Un joven sordo se enfrenta todos los días a la muerte
Camilo Andrés Viloria Arrieta

Uno tras otro, van pasando los cadáveres por la larga mesa de acero inoxidable. Carlos Andrés Bermúdez ha estado frente a ellos. Lleva puestos guantes, tapabocas y ropa anti-fluidos. Así cumple su turno como tanatopraxista en la funeraria San Vicente, de Medellín: es una de las personas que arregla a los muertos.

Se despierta todos los días a las 5 de la mañana, se baña y va hasta el comedor donde su mamá le sirve el desayuno. Come, se despide con un beso en la mejilla y sale de su casa. Se monta en su moto y maneja hasta la funeraria donde trabaja. Cuando llega son las seis de la mañana y de inmediato se organiza con la indumentaria para trabajar.

A las nueve, después de haber tenido frente a sí a varios muertos, tiene un receso de diez minutos. Sale y se sienta a conversar con sus compañeros, quienes poco a poco han ido aprendiendo a comunicarse con él en lengua de señas.

Carlos Andrés Bermúdez es tanatopraxista (la seña de su lenguaje que corresponde a esta palabra combina las señas “organizar-muerto”) y trabaja en la funeraria San Vicente desde hace casi 10 años. En esta entrevista cuenta cómo llegó a ese oficio.

Carlos Andrés Bermúdez estudió Tanatopraxia en el Sena y es uno de los dos sordos que ejercen como tal en el departamento de Antioquia. A la derecha, el autor del artículo durante la entrevista.

¿Puede explicar qué es eso de la tanatopraxia?

La palabra está compuesta por “tanato” que significa “muerte” y “praxis” que hace referencia a “práctica”. Al unirlas se obtiene “práctica de la muerte”. Consiste en preparar los cadáveres para su conservación. 

¿Cómo llegó a estudiar y trabajar en esto?

En julio cumplí 10 años de trabajar como tanatopraxista. Todo empezó siendo muy niño y mi papá trabajaba en la funeraria San Vicente. Yo siempre acompañaba a mi mamá para llevar a mi papá a la funeraria. Recuerdo un día, tenía 5 o 6 años, mi papá me dijo que lo acompañara. Yo estaba corriendo por la funeraria, se abrieron las puertas de un salón y estaban preparando un cadáver.

Mi papá me llamaba y yo le decía que esperara porque estaba viendo en vivo y en directo todo esto. Mi papá seguía llamándome, pero yo estaba concentrado, totalmente cautivado, y no le prestaba atención.

Seguí yendo a la funeraria como hasta los 13 años. En ese momento el reglamento cambió y ya estaba prohibido entrar a esa zona. El cambio fue para prevenir el contagio de enfermedades. Antes no había problema porque las enfermedades comunes eran poco contagiosas, pero luego dijeron que era muy delicado permitir que las personas que no trabajaran allí pudieran ingresar a esa zona y, aunque yo insistía, no me dejaban entrar.

Pasaron los años, yo estaba en grado 11 y mi papá había ascendido, así que le dije que quería empezar a trabajar en el cortejo fúnebre y así empecé. Al principio pensé que me iba a dar un poco de miedo volver a asomarme a donde preparaban los cadáveres, pero no fue así: al entrar me sentí tranquilo y quise aprender a hacerlo.

Empecé a estudiar la tecnología en el Sena mientras seguía trabajando en el cortejo. Cuando me gradué les pasé mi hoja de vida, pero no se decidían a contratarme. Yo seguía esperando, hasta que un día mi abuelo murió.

Mi abuelo era muy reconocido en el gremio porque fue uno de los pioneros del negocio de las funerarias a nivel nacional y era muy amigo del gerente de la funeraria. Yo quería ser quien preparara a mi abuelo, pero todos me decían que no por ser un familiar y, de acuerdo con lo que nos enseñan en el manejo del duelo, los tanatopraxistas no podemos trabajar sobre alguien de la familia.

Mi papá finalmente me dio su permiso, así que lo hice. Fue una experiencia difícil, lloré mucho, pero al final el resultado fue increíble: mi abuelo se veía muy guapo, parecía como si hubiese vuelto a la vida.

En la sala de velación estaba no solo mi familia, sino muchos gerentes de funerarias. Al ver a mi abuelo se dieron cuenta que yo era capaz de trabajar y a los tres días me contrataron.

“Me gustaría saber exactamente qué sucede después, pero es algo que ha sido imposible de demostrar”: Carlos Andrés Bermúdez.

¿Cómo se comunica en su trabajo con sus jefes o compañeros?

Con la mayoría de personas de la parte administrativa y de atención entablo conversaciones muy básicas, ellos señalan y tratan de representar lo que quieren decirme, un nivel muy básico de señas naturales. En el lugar donde preparamos los cadáveres fue más complicado comunicarme con los colegas.

Cuando llegué por primera vez siempre estaba solo, pero luego uno de mis compañeros se interesó por aprender lengua de señas así que le empecé a enseñarle y ha aprendido mucho, no a un nivel profesional como lo haría un intérprete, pero sí para entendernos en conversaciones cotidianas.

Con el tiempo se fueron sumando más compañeros y actualmente ocho personas de la funeraria saben lengua de señas.

 

¿Cuántos muertos llegan en un día a la funeraria?

En las 24 horas, pueden llegar 20, 25, 30, pero es muy variable. Ha habido días extremos en que han llegado hasta 50 personas, pero es algo poco común. Me refiero a muertes tanto naturales como por accidentes de tránsito.

 

Y ahora, ante la situación de contingencia por el covid-19, ¿cómo han cambiado los protocolos en la funeraria?

Han cambiado bastante. Sobre todo, en términos del protocolo y la indumentaria de protección. Antes usábamos lo básico: tapabocas, guantes y uniforme.

Cuando la persona que estábamos preparando había tenido alguna enfermedad delicada, tomábamos precauciones extra para evitar adquirir la enfermedad, pero con el coronavirus el presidente Duque decretó que las personas que hayan muerto por eso no pueden ser preparadas en una funeraria, sino que deben llevarse de inmediato a cremación, así que nosotros no corremos riesgo.

 

¿Cómo es el proceso cuando alguien muere en el hospital o en casa por complicaciones con el coronavirus?

Antes, si una persona moría la trasladaban a la funeraria directamente desde el hospital, la casa o la Fiscalía. Con el coronavirus el proceso ha cambiado.

Cuando están en el hospital y la persona muere, el personal se encarga de hacerle los exámenes para detectar la enfermedad. Si el diagnóstico es positivo, del hospital llaman a alguna de las funerarias y avisan que hay una persona muerta que tenía coronavirus.

En ese caso, quien recoge el cadáver debe llevar un vestido aislante especial, totalmente cubierto. En el hospital, al cadáver se le aplican unos químicos especiales y es cubierto por un plástico especial. Luego lo llevan directamente hacia el horno crematorio, el que quede más cercano, ya que todo debe hacerse con la mayor rapidez. Al día siguiente los restos de las cenizas le son entregados a la familia.

Cuando la muerte ocurre en la casa, la familia llama a la funeraria y si aún no tienen certificado de defunción, la funeraria llama al servicio médico de la Fiscalía para que se traslade a la casa e indague con la familia las causas de la muerte. Si hay sospecha por coronavirus, el médico de la Fiscalía llama a la funeraria y hace la advertencia y se lleva a cabo el mismo protocolo que expliqué antes.

Con la emergencia producida por el coronavirus, los protocolos para el sepelio o cremación de los difuntos han cambiado. / Foto Juan Gonzalo Betancur

Pero, ¿qué sucede con la familia? En Colombia tenemos la costumbre de despedirnos de la persona que fallece en una sala de velación por uno, dos y hasta tres días, ¿no es posible hacerlo con alguien diagnosticado con coronavirus o con quienes no hayan tenido el virus?

Todo eso cambió con esta contingencia. Es difícil para las familias, pero hay un decreto presidencial que lo prohíbe y nosotros debemos regirnos por ese mandato.

Si la persona murió por causas distintas al coronavirus, la familia puede visitar al fallecido por un tiempo limitado, máximo tres horas, la velación no puede ser en la casa, sino que debe ser en una sala especial de la funeraria en la que pueden estar un máximo de diez personas.

Luego el cuerpo puede ser llevado a la iglesia en una misa de 30 minutos y de allí pasar a cremación o a entierro. Con los que hayan tenido coronavirus pueden hacer esto, pero sin el cuerpo presente, ya que va directo a cremación.

 

De todos los años que lleva en este trabajo, ¿puede contar alguna experiencia extraña o fuera de lo normal que haya tenido?

Una impresionante fue cuando recibí a una persona que tenía una condición en la piel: se le desprendía en todo el cuerpo, tenía mal olor y fue recién yo había empezado a trabajar en esto.

Me sentía mareado, incómodo, pero debía hacer mi trabajo. Poco a poco fui normalizando incluso las condiciones más extrañas. Cuando llegan personas por accidentes de tránsito, con golpes, desfiguradas, para mi es algo normal, ya no me impresiona.

 

Pero, ¿no le provoca ninguna reacción ver los cuerpos destruidos?

Yo antes andaba en moto y al ver tantas personas que morían por accidentes en moto me puse en su lugar y pensé: “¡qué tal que fuera yo!”. Así que empecé a ser más precavido, a manejar más despacio y le empecé a coger susto a andar en moto.

Lo mismo me pasó al ver lo que ocurre cuando las personas abusan del alcohol en las discotecas o en bares, arman peleas y alguien saca un arma y mata a otro. Creo que ver esto a diario me ha ayudado a ser mucho más consciente, ser testigo de primera mano me ha hecho más responsable.

 

Por último, ¿qué cree que significa la muerte?

Hay muchísimas interpretaciones filosóficas, para los judíos, los hindúes, los cristianos… Algunos creen en que después de morir puedes reencarnar en un animal o en otro ser humano. Para otros, el espíritu se eleva hacia el cielo, otros creen en el alma.

Aparte de la religión o de las creencias, lo cierto es que la muerte es como apagar algo que estaba encendido y no vuelve a prender. Esa persona que estaba allí ya no está. Me gustaría saber exactamente qué sucede después, pero es algo que ha sido imposible de demostrar.

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