Todos los días parecen igual de interminables
Viernes 27 de marzo, Medellín
Son las 3:42 a. m. Desde que el Covid-19 llegó a Colombia no puedo dormir bien o me despierto con frecuencia durante la noche. La preocupación porque mis abuelos están solos en este momento y porque mis papás deban salir algunos días a la semana, me consume el sueño.


Sé que a mi mamá le pasa lo mismo. No debe ser fácil querer proteger a tu familia, pero a la vez representar un riesgo para ellos. También sé que está preocupada por mí, pues tengo algunas alergias respiratorias que me hacen parte de la población más vulnerable, por esto mi largo encierro.

El martes 24 de marzo, día en el que iniciaba el aislamiento preventivo obligatorio nacional y que justo coincidía con el fin de la Cuarentena por la Vida en Antioquia, mi mamá tuvo que salir de casa.

Ella trabaja en una entidad financiera que sigue funcionando y se encarga de la logística en estas circunstancias: que los empleados usen tapabocas, que haya materiales de aseo personal, que se mantenga cierta distancia entre las personas, etc.

Nos aseguramos de que estuviera lo más protegida posible y no utilizó el transporte público masivo, sino que se fue en taxi. Estábamos muy preocupados por la cantidad de gente que estuvo en las calles ese día. Llegó a casa, se duchó y desde entonces todos hemos estado aislados.

Pude conciliar el sueño de nuevo. Ahora son las 8:30 a. m. y lo primero que hago al levantarme es saludar a mis perros, Pato y Luna. Antes de todo esto, ellos estaban acostumbrados a correr todos los días en una pequeña cancha cerca a mi casa, desde hace una semana solo tienen paseos cortos.
Mi papá paseando a Pato con las medidas de protección.
Luego de rogarle a mi mamá durante 10 minutos, logro convencerla para llevarlos a correr de nuevo.
–Con una condición —dijo.
–¿Cuál?
–Usted ya sabe, con las medidas.
Las medidas se refieren a usar tapabocas, lavarles las patitas a los perros, ducharnos al llegar, etc. Acepto las medidas y mi papá y yo los llevamos a la cancha de la unidad en la que vivo.

Hay un hombre entrenando baloncesto, evitamos acercarnos a él porque nunca se sabe quién pueda ser portador del virus. Los perros corren por todos lados, estoy segura de que extrañaban jugar ahí.
Estrés en el encierro
A veces lo que más extraño son las situaciones más “normales” como caminar de la mano de mi novio, visitar a mi familia o llevar a caminar a mis perros por la ciudad.

En redes he visto que es un sentimiento colectivo, circulan varias imágenes que hacen referencia a que las personas extrañamos más que todo lo esencial de la vida, lo inmaterial y estoy de acuerdo.

Regresamos a casa 20 minutos después, tal como indica el decreto, y al entrar nos sentamos en las escaleras para asear a Pato y a Luna. Sumergimos las patas de mis mascotas en una ponchera con jabón, las frotamos y las enjuagamos. Luego nos duchamos y a seguir con nuestro día.

Mis padres cuando no tienen que salir, teletrabajan. Es como si no estuvieran allí. La casa, aunque esté llena de gente, se siente sola.

Hoy tengo una de las clases que más difíciles me han parecido del semestre y estoy tratando de estudiar para ella. Algunos vecinos deciden poner música a todo volumen y hacer karaoke. Trato de seguir en lo mío cuando escucho desde la calle:
–Van apenas cuatro días de cuarentena. ¡Vamos a armar la guachafita!, hagamos una fiesta de siquiera 100 personas.

Me asusta mucho ese comentario. Daniel Quintero, alcalde de Medellín, publicó apenas ayer la localización de los casos confirmados en Medellín y uno es en mi sector. El riesgo de contagio es muy alto. ¿Y si alguien infectado decide ir a la tienda y contagia a la vendedora? Ahí ya nos contagiamos todos.

Intento no desconcentrarme, pero no dejo de pensar en otros trabajos de la universidad, en que no me alcanzará el tiempo para hacerlos y entregarlos, la intranquilidad que me genera la pandemia y las preocupaciones del hogar tampoco salen de mi cabeza. Trato de guardar la calma, pero no lo logro y rompo en llanto del estrés.

“¿Cuándo se terminará todo esto?”, me digo. Le escribo Valentina, una amiga, y ella se encuentra en la misma situación que yo, entre las dos logramos darnos.
Nunca pensé en las acciones de otros
Estudiar para las clases, sin asesorías.
A las 12:00 m. inicia mi primera clase virtual del día. Desde que me conecto veo que será difícil. Durante la sesión se cae varias veces el internet de mi casa, a veces los compañeros dejaban sus micrófonos encendidos y algunas personas hacían comentarios fuera de lugar. Todo esto hace que el aprendizaje se dificulte mucho, pero son cosas a las que finalmente nos sometemos al estudiar de manera virtual.

A eso de las 2:40 p. m. mi clase finaliza. “Apenas para comer”, pienso. Voy a la sala y mi mamá nos espera con la comida: fideos, arroz, chorizo y ensalada. Me siento y aprovecho este momento para vagar en Instagram.

Un amigo con el que me gradué del colegio, Andrés, me respondió una historia que publiqué hace días en Instagram. Decía: “Día 10 de cuarentena: No entiendo por qué hay gente con tres o cuatro días de cuarentena”. Me dice:
–Porque trabajamos y apenas pudimos salir este viernes.
–Hay personas que trabajan, sí. Mis papás deben salir, por ejemplo.

Pero conozco personas que no tienen nada que hacer en la calle y aun así salen. –Yo no me preocupo por eso. La gente de Robledo es pobre. Entonces dime, ¿cuándo alguien de Robledo Aures va a ir a Europa? —me respondió.

No ayuda a mi paz mental. ¿Cuántas personas piensan como él?, y ¿cuántas personas no se han contagiado por pensar exactamente igual? No tienes que ser alguien que viaje por el mundo para infectarte. Incluso ya han muerto personas en el país que no viajaban.

Quisiera que todos se queden en sus casas, todos aquellos que puedan hacerlo. Eso disminuye el riesgo para personas como mis papás, que tienen que salir a la calle.
¡Ya les entregaron los mercados!
A las 3:00 p. m. inicia mi segunda clase virtual del día. Estoy un poco cansada por la clase que acaba de terminar. Nos explican un par de temas y cómo cambiará nuestro plan en el curso.

Siento que la carga académica ha aumentado, no solo en esta materia, si no en todas. Por fin acaba la videollamada y tengo la falsa sensación de que soy libre del estudio por hoy, pero no es así. Tengo decenas de cosas por hacer.

Para sobrellevar un poco la sensación de encierro, en la noche suelo pensar que acabo de llegar de la universidad y en la mañana pienso que es el primer día de aislamiento. Parece funcionar medianamente bien.

Hace unos días, por iniciativa de mi familia, iniciamos la recolecta de alimentos e implementos de aseo para dos personas que trabajan de manera informal: don Humberto, vendedor de mazamorra, y don Miguel, reciclador.
Don Miguel y don Humberto recibiendo los mercados.
A través de la red social Whatsapp enviamos un mensaje que invitaba a las personas a donar lo que estuviera a su alcance, para dárselo a estos hombres que viven del día a día, con el fin de que puedan irse a sus casas tranquilos al menos por unos días.

Mi mamá entra a mi cuarto y me cuenta en qué paró la recolección:
–¡Ya les entregaron los mercados! Siempre recogieron las dos cajas de alimentos y de cosas de aseo.
–¡Ay, que bueno! —dije.
–Sí, mandaron fotos de lo que se recogió y de cuando se los entregaron.
–¡Me alegra mucho!, deberíamos hacer la recolecta más seguido. Mi mamá asiente y sale de mi cuarto.
¿Y mis abuelos?
Son las 6:00 p. m. y me siento agotada. Este va siendo por mucho el día más agotador de la cuarentena. Aún es temprano y tengo la lista de quehaceres larga. Decido recostarme un rato, en un intento de recuperar la circulación en mis piernas.

Dejo la puerta de la habitación abierta para que mis perros puedan entrar y así lo hacen, primero Luna y luego Pato. Se acuestan uno a mi derecha y el otro a mi izquierda. Ellos me generan mucha paz, los comienzo a acariciar y todos nos dormimos un rato.

Me despierta mi hermana con el teléfono en la mano.
–¿Vas a hablar con el abuelo Jaime? —me pregunta.
Recibo el teléfono, aún somnolienta, y lo escucho al otro lado de la línea. Me saluda entusiasmado, me pregunta cómo me fue en el día y yo le cuento todos los pormenores.

Mi abuelo vive en Bello con su novia, Nubia. Ambos son mayores de 75 años, es decir, hacen parte de la población más vulnerable frente al virus.

En su turno, él me cuenta cómo ha sido la convivencia en la cuarentena, que han tenido mucho cuidado y que una hija de Nubia ha estado viendo por ellos cuando se salir se trata. Me tranquiliza mucho saber que está bien y que hay alguien que está ayudándolos.

Antes de colgar le recalco lo que le dije desde mi primer día de cuarentena: “En caso de tener que salir a la calle, porque no hay alguien disponible, tienes que hablar antes con nosotros y miraremos como solucionar en familia”.

Al otro lado de la moneda, mi abuelo materno está aislado de la familia. Se llama Miguel, tiene 79 años y vive en el municipio de Marinilla con dos tías. Una de ellas trabaja en el supermercado más grande del pueblo, que sigue atendiendo en cuarentena, así que si ella no asiste pone en riesgo su trabajo.

Ella representa un gran riesgo para mi abuelo. Ayer, mi tía se mudó a una casa cercana para no tener contacto con él. Tiene apenas lo necesario: una cama, un escritorio, escoba y recogedor, y otra tía le lleva de comer todos los días. A todos nos tranquiliza cuando mi mamá nos cuenta cómo ha avanzado la situación y que se están adaptando con facilidad.

A veces damos por sentado la presencia de algunas personas en nuestra vida. No exteriorizo mis sentimientos con mis abuelos tanto como me gustaría. En una situación como esta lo único que quiero es volverlos a ver y decirles cuánto los quiero y lo importantes que son para mí.
Mis abuelos posando con mi hermana y conmigo en mi primera comunión.
La parte más importante del día
Comimos juntos, mi mamá, mi papá, mi hermana, los perritos y yo. Relatamos lo que nos sucedió en el día, con pelos y señales. Es la parte más importante del día, creo que nos mantiene unidos como familia, a pesar de estar distantes durante el día.

La familia es uno de los apoyos más grandes en este momento, pero también pueden ser una fuente de preocupación. A pesar de que no me siento sola, sé que hoy en la madrugada me despertaré de nuevo.

Reviso las redes del Ministerio de Salud casi dos veces al día. Los datos de hoy no son alentadores: 539 casos confirmados en Colombia, 48 casos más que ayer. Datos que no ayudan a mi tranquilidad.

Al momento de escribir estas líneas llevo casi 14 horas sentada en la misma silla. Mis rodillas y espalda me duelen. Mi mamá está acostada a mi lado, me hace compañía hasta que termina día.
–¡Ay, ya no quiero ver más este computador! Estoy cansada de él —le digo.
–Cójale amor… porque lo que falta es tiempo.
Este contenido hace parte del especial
Diario de la pandemia

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