Que siga la fiesta

Que siga la fiesta

Pablo Patiño

Durante la pandemia del covid-19 el pueblo ha visto un cambio de apariencia en la piel de sus fachadas. Locales desocupados, barridos de todo objeto, negocios cerrados, trasladados y sustituidos en una muestra de supervivencia, en los mejores casos, y de lánguida renuncia en los peores.

La Unión es un pueblo extrañamente modesto. Aun siendo la manzana de adán, el trago obligado, entre La Ceja y Sonsón, dos lugares de gran población y avance económico y político, por alguna razón parece nunca haberse sugestionado —por no decir infectado, ya no es posible— de la velocidad social de sus vecinos. Fue puesta en el mapa por la lamentable celebridad del siniestro del avión que traía al equipo de fútbol brasileño Chapecoense, el 28 de noviembre de 2016. Más allá de algunos deseos iniciales de utilizar esto como impulso económico, La Unión parece ser un pueblo que tiene lo que necesita y está feliz con ello. Sus habitantes comentan, con un tono de preocupación y nostalgia adelantada, sus deseos de que el pueblo no crezca mucho más, con sus poco más de 21 mil habitantes, se preocupan de comenzar a ver muchas caras desconocidas. Y de igual manera, lamentan que otras caras se pierdan, que al salir a la calle, con las ahora despreocupadas precauciones de bioseguridad, extrañen ciertas músicas, ciertos conocidos lugares, ciertos olores y luces.

 

Durante la pandemia del covid-19 el pueblo ha visto un cambio de apariencia en la piel de sus fachadas. Locales desocupados, barridos de todo objeto, negocios cerrados, trasladados y sustituidos en una muestra de supervivencia, en los mejores casos, y de lánguida renuncia en los peores. Entre los espacios desiertos se encuentran los que, hasta hace poco, eran testigos nocturnos de pistas de baile repletas, mesas que lloraban lágrimas de licores y saltarines equipos de sonido.

En La Unión hay 10 farmacias, 6 fábricas de arepas, 6 ferreterías, 5 papelerías, 5 asaderos de pollo, 4 hoteles, 4 montallantas, 3 bombas de gasolina y 2 funerarias. Y en medio de estos comercios diversos se zarandean con paso fino 14 bares, cantinas y discotecas. Este último número se ha reducido un poco, dejando desvalidos varios negocios de vieja data en el pueblo, demostrando que el coronavirus es particularmente peligroso para todo lo longevo.

Yo comencé a recorrer las calles de este, mi pueblo, contando locales cerrados, enumerando negocios y haciendo registro de los reemplazos. En cuanto vi que los bares y cantinas que me habían acompañado, por lo menos como paisaje, no solo a mí sino a mis padres y abuelos, ya no estaban, sentí que el pueblo se encontraba más apagado, como si a muchas personas les hubieran apagado la fiesta.

Billares Yoryi

Lo espero, con una libreta de pocas hojas y mi celular preparado para grabar, en una cafetería del parque, una de las que logró continuar. De los bafles que cuelgan en las esquinas del local sale, como un hilo tenue, una canción de salsa que me parece muy triste para aquel ritmo. Le pregunto a cualquier mesero el nombre de la canción: “Que siga la fiesta, de Frankie Ruiz”, me responde. Poco sabía que su letra nos acompañaría tanto durante aquellos tres días de entrevistas.

Él llegó con una bolsa de plástico que contenía 150 mil pesos en monedas, se sentó y al principio no se quitó el tapabocas; yo sí, me era imposible hablar con él puesto. Pude sentir que la irresponsabilidad me etiquetaba pero debía priorizar la claridad de nuestras voces. Al rato él se quitaría el tapabocas también, y me dejaría conocer por fin a un hombre del cual había escuchado mucho, ya que, su negocio era un oasis en el pueblo. Jorge Iván Zuluaga Tobón, nombre irreconocible para la gente, parece que aceptó hace muchos años que su verdadero nombre es Yoryi. Inicio preguntando por la duración de su negocio.

—Lo inauguré el 1 de septiembre del año 2000—me responde.

—Dos décadas exactas, las bodas de porcelana. Me alegra saber que recuerda las fechas con esa exactitud, me hace pensar que viene preparado, como si hubiera estado esperando a alguien para dar rienda suelta a su historia.

Yoryi había comenzado a trabajar muy joven en bares. Cuando le pregunto sobre las características de su negocio responde “sitio familiar y de encuentro Yoryi, eso lo describe a la perfección”. Escucharlo da la impresión de que se viaja en el tiempo y se lo puede ver, 20 años antes, convenciendo a su familia para que le presten dinero para iniciar. —Una buena atención, un buen tinto, suscripciones al periódico, una mesita de billar que vale 8 millones pero podemos dar un poco y seguir pagando— les dijo en su momento. Como me convenció a mí también convenció a sus familiares. Le prestaron el dinero y abrió sus puertas a jóvenes y viejos creando lo más cercano a un club social que el pueblo ha visto.

El deporte, la amistad y la conversa tenían ahora su espacio. Como si fuera un campo que comienza a ver su cosecha, el negocio empezó a llenarse de inventario. Las mesas de billar se multiplicaron, llegó el ajedrez y las mesas de ping-pong. Intentó con un par de videojuegos pero su difícil mantenimiento los hizo desaparecer pronto en aquel escenario, uno que Yoryi defiende con orgullo hasta el día de hoy como un lugar recreativo, evitando por todos los medios aceptar mi calificativo de bar o cantina.

—Todavía puedo recordar la primera vez que vimos el Tour de Francia. O cuando trajimos a Guillermo Gutiérrez, campeón colombiano de billar. Oiga, ese man le hacía todas las maromas que usted encuentra en internet. Y esto se llenó.

Se llenó, y continuó lleno a través de los años hasta que su clientela fue regurgitada de golpe en marzo del 2020. Intentó mantener el negocio con ahorros, convenciendo a sus arrendatarios de rebajar el precio, de ser flexibles, sólo por un tiempo. También los convenció, hasta que le llegaron con la noticia de que no sólo no podían rebajarlo más ni por más tiempo, sino que doblaban el precio, dándole a Yoryi la razón final y contundente para desistir.

El día exacto del cierre no lo recuerda, o no lo quiere recordar con la exactitud de la inauguración. Piensa reabrir en el futuro, si es posible, porque confía en que la gente, la clientela, lo seguirá sin importar mucho el local. Todos los días recibe las mismas preguntas en la calle “¿Cuándo vuelve a abrir?”; aunque lo preocupa el desmedido aumento de los arriendos de locales en el pueblo. No entiende —y yo tampoco— cómo un local cuyo negocio anterior cerró, quebró, ahora puede valer el doble o el triple. Además, argumenta que los domicilios están haciendo entender a la gente que es más barato crear la fiesta en su propia casa.

—Y es que Billares Yoryi inicio en medio de una pandemia, la de la violencia del 2000. A este pueblo se metió la guerrilla dos veces. La primera vez nos escondimos, en la segunda los despedimos con aplausos. Vea, inició con una pandemia y acaba con otra.

“Lo que hace un murciélago” pienso, mientras la canción ataca nuestra conversa: ¡Y seguimos bailando! Abre bien la puerta que aquí vengo yo por la calle de siempre y con más corazón algo de experiencia y esta crónica obsesión de traerle a mi gente otra vez mi canción.

¡Y seguimos bailando!

Abre bien la puerta que aquí vengo yo por la calle de siempre y con más corazón algo de experiencia y esta crónica obsesión de traerle a mi gente otra vez mi canción.

Babilonia

— ¿Cómo será esto? Porque yo soy muy malo para hablar—me advierte Gustavo Giraldo, mientras nos dirigimos a otra cafetería. Yo le digo que no hay problema, sólo necesito que me cuente la historia de Babilonia. El que tuvo la vida más corta de los bares perdidos, pero también, el más exitoso en el menor tiempo. Era parte del paisaje de cualquier fin de semana: las puertas de Babilonia, tapizadas por el humo de las máquinas, las luces verdes llegando hasta lugares lejanos, dando tumbos de locura, y adentro, un espectáculo popular de proporciones orgiásticas.

Gustavo es oriundo de La Unión pero su maestría sin acreditar, en bares y discotecas, la desarrolló en Abejorral. De allí comenzó una vida triple entre el cinturón compuesto por Abejorral, La Ceja y La Unión, una vida de fiesta profesional. Y es que habla del negocio con una desenvoltura que desvirtúa su idea de no saber hablar. Aunque puede que sea una verdad a medias y no sepa hablar de nada que no sea el negocio de la fiesta.

Bajo su administración ha tenido un conjunto de lugares que yo le pido enumerar por simple placer creativo nominal: “Bar Manrique, Taberna caballo, La fonda de mi tierra, Licorera zona T, Fonda Guadalupe, Springfield y Babilonia”.

—Yo entregaba un negocio, me iba para otro pueblo y al poco tiempo me llamaban porque el negocio se iba a caer.

—¿Usted es, entonces, un rehabilitador de bares?

No me responde directamente a la pregunta, pero puedo ver que el término le agrada, tal vez lo adopte, ojalá. Le pregunto cuáles son las técnicas que ha desarrollado, en esa vida de levante de bares y discotecas, para que todo marche bien. Entiendo que es un secreto doble: el regalo y la música.

—Un tinto no se le niega a nadie y nadie se va a quebrar por regalarlo. La amabilidad empieza ahí, el buen ambiente. Y también, la música. La Unión sigue siendo un pueblo de música vieja.

Y es que la buena fama corre rápido en este gremio. “Al turista es al que mejor hay que atender” me dice mientras recuerda aquella vez que llegaron unas 15 personas del Chocó, directamente preguntando por Babilonia.

 

La demografía local de la clientela de Babilonia estaba compuesta por personas adultas y habitantes de las veredas. De cierta manera encontraban, en la música nostálgica, sin concesiones generacionales, sin renuncia, en la continuidad de los porros, las cumbias, los boleros, las canciones de despecho, un pequeño refugio frente a otras zonas de fiesta más modernizadas. Un refugio que, en tiempos de un acercamiento que hoy nos parece casi fusión nuclear, tenía capacidad para 140 personas sentadas, pero entraban 200. Babilonia veía su mayor esplendor en las celebraciones del pueblo. Sus treinta y unos —de octubre y de diciembre— y las Fiestas Folclóricas y Populares de la Papa eran las plenitudes de la pachanga, las hipérboles de la verbena.

—En las últimas Fiestas de la Papa, que eran culturales, se hicieron fácilmente 15 millones de pesos en un fin de semana.

La fecha del cierre es, con Gustavo, más precisa, un deceso. Aguantó hasta el 15 de mayo. Hace poco, impulsado por las conocidas peticiones de la gente reabrió el negocio en un local muy distinto, menos propicio para el baile y el movimiento —por ahora prohibidos— un local, como se dice, chorizudo. Pero la gente continúa, con fidelidad, yendo a donde sabe que la tratan bien, donde un tinto no se niega y donde es ley que la música no para y no cambia.

“Lo que hace un murciélago” me digo a mí mismo, mientras me voy, intentando introducir esta frase en una melodía que ya me voy aprendiendo:

Que siga la fiesta porque hoy vengo yo cantando si todo empezó bailando, bailando va a continuar que siga la fiesta porque hoy vengo yo contento y si mañana no vengo, que siga la fiesta.

Café Olaya n°1

—A esta lo acompaño yo—me dice mi papá.

Llegamos a la casa de Mauricio Cardona en la tarde. Nos recibe en la sala, con un tinto servido en un pocillo hermoso, blanco con una hojarasca azul; yo le digo que es la misma porcelana que hay en mi casa. En un pueblo como este, muchas personas reciben los mismos aguinaldos, de las mismas empresas. Mientras enfrío mi tinto mi papá se me adelanta.

—Qué pérdida la del Olaya, como era de bueno. Era el rematadero del pueblo.

Mauricio concuerda, pero antes de que pueda decir algo más yo pido una aclaración que sé que le dará un inicio claro a su historia. —Estoy confundido ¿cerró el Olaya 1 o el 2?

Cerraron ambos. Aunque Mauricio me dice que él llevaba administrando sólo el primero, el del primer piso. Bajo su guía, joven y de un aprendizaje iniciado con el error, El Olaya llevaba 22 años, pero pronto recuerda junto a mi padre, que el negocio, y sobre todo el nombre, pueden tener más de 100 años. Así como yo los escucho hablar del bar, esperando con ansias las historias, y así como yo caminé en mi niñez cerca a sus puertas, ellos hicieron lo mismo, habiendo hecho esta entrevista, inconscientemente, muchos años antes.

No se ponía música, por lo cuál era el lugar preferido de los negociantes para reunirse y durar toda una mañana a punta de tintos. Cuando Mauricio tomó las riendas del negocio, cuenta que en su primer inventario sólo registró unas cuantas mesas, una empanada, un buñuelo y un montón de botellas de licor medio vacías.

—Nos tomamos, el primer día, la única media garrafa de aguardiente que había. E inició con los cambios, pequeños, pero en esencia cruciales.

Primero, pasar de abrir muy temprano a cerrar muy tarde. Que los negociantes ya no se reunieran a hacer cuentas en la mañana, sino que se gastaran la plata en parrandas por la noche. Una pequeña grabadora de CD dio las primeras notas musicales al lugar. La ponía sobre el mostrador, y no faltaba cualquier borracho que lo golpeara, haciendo volar el CD y reiniciando toda la fiesta. Tal vez por eso se acostumbró a que estas nunca acabaran.

—En mi familia somos músicos. En eso le llevábamos ventaja al resto del gremio.

Me cuenta del personaje Totuma, el cual entraba a la fiesta con una raspa y unas maracas a acompañar a los artistas del sonido. Era un cliente más pero muchas personas pensaban que era el entretenimiento contratado para aquella noche. Vieron necesario comprar una raspa y un par de maracas para el negocio, y prestarlo a las mesas como si estos fueran pasabocas.

—Totuma tiene mucha influencia en el éxito del Olaya. Creo que ahí inicio todo verdaderamente.

La música en vivo, el baile incontrolable, el licor que fluye y que se rebaja en precio para los amigos o necesitados. Me cuenta, con una alegría controlada pero visible, las proezas, las famosas dimensiones de las farras, y mi papá confirma todo. Es testigo de la inmensidad de aquel nombre, yo siento poder oler el licor y el sudor de las fiestas de madrugada con la emoción de sus historias.

—La música era muy viejita, muy buena, pero ya al final empezamos a colocar más reguetón, aunque no molestaba. Y me sorprendió porque empezaron a ir muchos jóvenes.

— ¿Y no había un choque entre las personas adultas y las jóvenes?, le pregunto.

—Pues, es imposible que un bar hoy en día no sea crossover. Yo creo que no, los jóvenes escuchan un reguetón en una discoteca y lo bailan y también cantan con muchas ganas lo que suene luego de Darío Gómez. De cierta manera, los bares crossover unen a las generaciones.

Le pregunto si piensa volver a abrir el negocio y me dice que esa es la idea pero la situación no está para tomar riesgos, luego, me señala que detrás de su silla, en una esquina de la sala, está sin desempacar el equipo de sonido que había comprado este año para estrenar en el bar.

—Tal vez lo abra de nuevo. Con otro nombre porque no soy dueño del nombre El Olaya.

— Me dice, y entiendo que una buena idea llegó a su cabeza cuando agrega—Tal vez le ponga la Raspa y la Maraca.

Termino la entrevista, luego de muchas más historias y de sus consideraciones sobre el negocio de la fiesta en La Unión y me pide que agregue a todos los otros lugares que también cerraron, lugares viejos, conocidos, históricos. Le pido que me los enliste y me enuncia una lista que para mí ya empieza a ser conocida.

—Cristales, Fontana, Babilonia, Yoryi, Los recuerdos —que antes se llamaba La Capri —y Los Olaya.

 

De camino a casa con mi padre, mientras hablamos de nuevo de estas historias. Él se alegra por la entrevista, que considera exitosa.

 

—De verdad eran impresionantes las fiestas allá. “Lo que hace un murciélago”—agrega y yo sonrió con complicidad, finalmente, la frase es suya.

 

Pongo la radio y al no escuchar nada propicio, busco en mi celular la canción que me sigue acompañando.

 

Todo es problemático en la realidad y si vives de sueños, se ríen de ti pero cuando hay pánico te asusta el vente acá y celebrando entre amigos, la vida es feliz.

 

Terceto musical.

Termino las entrevistas sin poder evitar pensar en aquellas personas que quedaron huérfanas de parranda.

Yo, que no soy una persona fiestera, puedo imaginarme entrando en aquellos bares y billares que hoy no están, saludando a los amigos, pidiendo una cerveza para refrescar los partidos y una botella de aguardiente para calentar las frías noches de los diciembres de montaña.

Sólo queda, además de los costosos arriendos, los antiguos dueños de aquellas fiestas del pasado, los administradores de la felicidad, de la euforia, y aquí la historia de tres de ellos, unidos por una pérdida y por una canción que le pide algo al pueblo:

 

 

Billares Yoryi

¡Y seguimos bailando!

Abre bien la puerta que aquí vengo yo por la calle de siempre y con más corazón

algo   de   experiencia  y   esta   crónica obsesión

de traerle a mi gente otra vez mi canción.

 

 

Que siga la fiesta

porque hoy vengo yo cantando

si todo empezó bailando, bailando va a continuar

que siga la fiesta

porque hoy vengo yo contento y si mañana no vengo,

que siga la fiesta.

 

 

Babilonia

¡Y seguimos bailando!

Abre bien la puerta que aquí vengo yo por la calle de siempre y con más corazón

algo   de   experiencia  y   esta   crónica obsesión

de traerle a mi gente otra vez mi canción.

 

 

Que siga la fiesta

porque hoy vengo yo cantando si todo empezó bailando, bailando va a continuar

que siga la fiesta

porque hoy vengo yo contento y si mañana no vengo,

que siga la fiesta.

 

 

Café Olaya n°1

¡Y seguimos bailando!

Abre bien la puerta que aquí vengo yo por la calle de siempre y con más corazón algo de experiencia y esta crónica obsesión

de traerle a mi gente otra vez mi canción.

 

 

Que siga la fiesta

porque hoy vengo yo cantando si todo empezó bailando, bailando va a continuar

que siga la fiesta

porque hoy vengo yo contento y si mañana no vengo,

 

que siga la fiesta.

La pandemia no apaga la música

La pandemia no apaga la música

Texto por Carlos Luis Arévalo y Lisseth Camila Suarez.

El Retiro, Antioquia

El pasado 19 de noviembre del 2020, el municipio de El Retiro celebró sus 100
años de música de la banda municipal. Una celebración atípica para todos los
guarceños, un concierto a puerta cerrado con transmisión virtual. La banda de El
Retiro ha sido una de las bandas más reconocidas a nivel nacional, con múltiples
honores y premios. Este año los guarceños tuvieron que celebrar sus 100 años
con tan solo 10 espectadores de manera presencial. Camila Suarez y yo, tuvimos
la oportunidad de asistir a este único e importante evento de manera presencial.

Un hacedor de muñecos

Un hacedor de muñecos

Texto por Aura Cristina Arcila, Luisa María Montes, Carlos Enrique González

El Zarco se quedó con las ansias de conocer el nuevo trabajo que le habían ofrecido, pero nunca imaginó que sería su primera “vuelta para quebrar a alguien”.

Después de una charla en el despacho del sacerdote amigoniano, Carlos Mauricio Agudelo, esperábamos en una mesa en forma de U cuando de repente llegó el Zarco, quien por ser menor de edad prefiere nombrarse como Juan Camilo, un joven con una altura de más o menos 1,72 metros, de piel morena, contextura atlética y un extenso tatuaje que cubre su antebrazo derecho; lleva un reloj con una cruz encima y dos rosas a cada lado. Juan Camilo resalta de entrada por sus grandes ojos color verde oliva, adornados con cejas pobladas y largas pestañas. Toma asiento con timidez y se dispone para ser presionado por preguntas. Su semblante rígido hace que le propongamos salir a un lugar donde se sienta más relajado.

Nos ubicamos en el pasillo de Casa Blanca, un edificio más del Centro de Atención al Joven Carlos Lleras Restrepo, al fresco de la tarde nos sentamos en la esquina de un pequeño balcón, donde el muchacho empezó a revelarnos su identidad. Al poco tiempo de empezar a hablar, el Zarco se acomoda el tapabocas y descubre su pulido rostro, de sonrisa tierna, con dientes pequeños, nariz prominente y labios gruesos.

El siguiente relato contiene narraciones de violencia y drogadicción:

“Yo me había puesto tapabocas, guantes y gorrito, así como un enfermero. Terminé el trabajo y ya luego botaron los restos en una bolsa negra por la vía Las Palmas; entonces al patrón le gustó como yo camellaba. Me ascendió de rango; me puso a llevar la contabilidad, a liquidar y de vez en cuando hacer vueltas de despedazar muñecos”.

La vida de Juan Camilo comenzó en los alrededores de Ituango; su madre hacía el aseo de una de las zonas de Hidroituango, hasta que con las irregularidades de los contratistas vino el ahorro en los materiales de construcción de los túneles y pasillos internos, y el recorte de personal de servicios generales y personal administrativo.

Sus hermanas, Jezabel y Rosario, ya habían tomado la calle desde sus 14 y 15 años, respectivamente, y se habían entregado a matrimonios de facto a cambio de drogas y alcohol. Él, a sus 11 años, había quedado como único sostén económico de su madre enferma, quien padece de un tumor cerebral y de insuficiencia cardiaca; además, agrega que no se amañaba mucho con su madre, le generaba estrés y prefería salir a dar vueltas por Ituango.

“A mí sí me gustaba mucho el estudio, incluso aún me gusta; me encantaba leer, pero por necesidad de dinero y por influencias de amistades me dejé llevar por el vicio y el crimen; luego de que salí de mi tierra y me vine a vivir al barrio Manrique, mi mamá comenzó a hacer aseo en casas, uno que otro día al mes”, cuenta Juan Camilo.

A pesar de su interés por educarse, continuó las desventuras hurtando y consumiendo drogas, por tal motivo, su familia decidió internarlo en Hogares Claret (institución social), con la intención de rehabilitarlo. Desafortunadamente, allí encontró compañeros que lo siguieron llevando por caminos sombríos. Se escapó de la institución para volver a su casa, fue recibido, pero al poco tiempo, mientras iba “de roce”, unos conocidos de Claret le presentaron al Viejo, un cabecilla de la zona. La escasez de dinero y el placer de callejear del joven lo tentaron a pedirle trabajo, a sus 12 años empezó en el negocio ilegal como campanero, “¡AGUA, AGUA!”, era lo que debía gritar cada vez que un policía se acercaba.

Juan Camilo comenzó a moverse por las calles de Manrique, a vender drogas y participar en robos. Poco a poco comenzó a consumir marihuana, cocaína y ‘ruedas’ (pastillas). Alternaba sus largas estadías en la calle con fines de semana al lado de su madre. Ella, Maria Piedad, hacía cuanto sacrificio podía para intentar sacarlo de ese mundo; lo internó más de una vez en los hogares de rehabilitación Claret y lo hizo jurar que se volvería un joven sobrio y limpio de drogas.

El comienzo de la sangre fría

Luego de varios meses comenzó a necesitar más plata; quería comprar ropa y no le alcanzaba, porque los 100 o 200 mil pesos diarios que conseguía se los “mecateaba”; “plata mala, por donde venía, fácil se iba”, recuerda Juan Camilo; además, necesitaba ayudar a su madre a pagar el alquiler de su casa. Un día se encontró con su jefe, quién lo vio desalentado y le dijo:

–¿Qué tiene Zarco? –le replicó el patrón. 

–Necesito colaborarle a la cucha con el arriendo y me toca comprar ropa.

–¿Necesita plata? ¡Listo! Ahora lo llamo –contestó el patrón al otro lado de la línea.

El Zarco se quedó con las ansias de conocer el nuevo trabajo, pero nunca imaginó que sería su primera “vuelta para quebrar a alguien”, y mucho menos se le pasó por la cabeza que, además de “quebrarlo”, tenía que llevar al elegido a una pieza de un apartamento barato y ‘picarlo’. “El patrón me dijo: ¿Cuánto necesita? Y yo: No, por ahí 800. Y me dijo: Le voy a dar 1.500.000. Nunca me esperé el trabajo que me iba a proponer, porque yo nunca me imaginé que lo iba a hacer, matar a alguien, pero no la típica de ir y quebrarlo por allá, era más distinto; era en una pieza pa’ picarlo”, relata el joven, que aceptó el trato por un millón y medio de pesos.

“¿Sabe qué? El señor de Girasol, Girasol es un supermercado que queda ahí a una cuadra. El señor había tenido una discusión por una plata, que la pusiera como quisiera que no iba a pagar nada, el man se picoteó y lo mandó traer, lo metieron, cuando yo pillé que me pasaron como una especie de hacha, pero más pequeña y me dijeron que lo picara y lo metiera en una bolsa, que ya los otros se encargaban de botarlo. Me dio mucho susto, porque yo nunca había hecho eso, y tampoco sabía cómo hacerlo, a uno le enseñan. Me colocaron un tapabocas, guantes y me colocaron hasta un gorrito, así como un enfermero, y yo empecé, el man lloraba, era un señor de edad, lloraba y me decía que no… Yo iba era por la plata, a mí la plata me vuelve loco, me decía que no, que no lo fuera a hacer, que él tenía familia, empezó a rezar y rezar, porque sabía que yo iba de ahí para arriba. Y no sé, los nervios me causaban risa, yo lo veía así y a mí me daba risa. Bueno, entonces yo terminé y ya lo tiraron”.

Su expresión fría no da cuenta de los hechos macabros que relata.

A partir de este punto, Juan Camilo se convirtió en el mejor descuartizador de la organización y no le volvió a faltar trabajo, también lo pusieron a armar baretos, llevar la contabilidad, liquidar y hacer ese tipo de “vueltas” tétricas. Él relata que le comenzó a ir tan bien económicamente que hasta pudo conseguir mujer, una chica prepago y webcam, 14 años mayor que él; se fue a vivir con ella, hasta que se aburrió y comenzó a perderse de su hogar cada ocho días, en orgías de alcohol y droga.

“Yo nunca pensaba en tener algo serio con ella, pero me fui enamorando; yo estaba en la casa y me decía: viene un cliente, eran clientes fijos de Panamá, Estados Unidos y yo me iba y quedaba dolido; entonces la quería, me gustaba, pero veía eso  y quedaba mal de la cabeza”.

Su extraño idilio de amor duró hasta que su mujer fue de visita a donde la familia en Caucasia, y de regreso su bus tuvo un accidente en el cual murió. “Fue muy duro, porque llevábamos muchos años. Yo la quería y nos entendíamos para muchas cosas”, recuerda Juan Camilo.

A pesar del dolor, siguió “camellando en forma”, hasta que llegó una de sus amigas prostitutas, Juliana; y ella le propuso el que habría de ser el último “encargo” de su atroz carrera delictiva:

–Hay un gringo que porta la plata y es cliente, ¿qué vamos a hacer?

–Hay que hacerle la vuelta, lo que importa es la plata, lo secuestramos y bien –le contestó.

“Ella lo trajo a la casa y bien. Si algo yo soy su sobrino y usted mi tía. Le dije a Juliana”, nos cuenta Juan Camilo.

“Hice como que estaba estudiando, haciendo tareas. A las 5:00 p.m. llegó el mancito; un señor de 50 años, 1.60 de estatura y un cucho bien. Empezamos a hablar, yo tenía un socio y me había prestado un 38 (un revólver), y yo ya había hablado con la señora de enfrente que era mamá de otro socio con el que yo trabajaba, y me había arrendado la casa tres meses por adelantado sin preguntarme nada ni pedirme ningún papeleo. Cogí a ‘cachazos’ al cucho, lo metí a la pieza y lo amarré, le quité la ropa. Le saqué todas las tarjetas, lo mediqué con ‘ruedas’ y amitriptilina para que le hiciera perder el conocimiento y le hiciera decir lo que uno quisiera saber”.

El joven relata que lo tuvo retenido por nueve meses, dándole medicamentos, comida, cambiándole las sábanas y llevándolo al baño. Al gringo le llegaba una pensión de 9 millones mensuales.

“Al final se le puso la piel rara, y ya estaba muy flaco el gringo. A pesar de que yo lo alimentaba, a los pocos días se murió. Quedó muñeco, entonces lo llevé pal baño y lo colgué en unos tornillos que son para colgar la ropa, quedó así colgado de los tobillos perforados y le moché la cabeza para que se desangrará el cadáver en un balde. Luego llevé dos litros de hipoclorito y lo envolví en sábanas para quitarle la humedad y echar las partes en las bolsas; lo envolví en eso y luego en una parte de la maleta, eché la cabeza envuelta y en otra los pies, y me fui a dormir tranquilamente. Al otro día limpié todo el lugar, y me fui para la Asomadera en un taxi”.

En ese trayecto, un oficial de policía detuvo el taxi para una inspección de rutina.

–¿Qué tiene ahí? –preguntó el agente.

–Una ropita que está mojada –contestó Juan Camilo.

“Juemadre, me caí”, pensó en ese momento, cuando el oficial abrió la maleta vio una cabeza.
De inmediato lo trasladaron al Centro de Reclusión de Menores La Pola, en Medellín. Tuvo que contratar un abogado y enfrentar un juicio que le salió por 70 millones de pesos; dinero que recogió su madre entre los amigos. 

El cruel preocupado

En las audiencias judiciales, su madre, Maria Piedad, no dejó de repetir ante jueces y fiscales que su hijo tenía “las manitos más puras de este mundo”, que él no había hecho nada, que él era el niño de su alma. Hasta que fue condenado y ahora purga condena en el Centro de Justicia Restaurativa para Menores.

Afirma haberse convertido al cristianismo y que se entregó por completo a la reflexión espiritual y a las largas lecturas, dado que la cuarentena restringe sus visitas. Sin embargo, para este joven ha sido una situación tensionante, ya que él asegura que tiene problemas mentales y que no poder ver a su madre lo tiene al borde de la locura; pues él siente que en el reclusorio está seguro de un contagio de covid-19, pero le preocupa la salud de su madre, ya que como se mencionó, él era su único apoyo, tanto económico como emocional. Por este motivo, el centro en el que él está detenido, decidió darle un apoyo a su madre por un monto total de un millón de pesos.

“En la pandemia he reflexionado mucho sobre Dios, a mi mamá la pienso mucho; he tenido mucha ansiedad, porque como ella está enferma no quiero que se contagie. Acá adentro había positivos para covid-19 y me asusté, pero nos cuidamos mucho. Ellos se aislaron y no pasó nada gracias a Dios. Dios cuida a sus ovejas. Solo espero que pase rápido esta condena y poder salir a la calle y hacer una nueva vida, sin necesidad de fabricar más muñecos”.

Un país desagradecido con el campo

Un país desagradecido con el campo

Juliana Heredia

La pandemia del covid-19 agudizó la falta de apoyo para los campesinos en distintas regiones del país; y a la vez incrementó la cantidad de promesas inclumplidas de parte de los gobiernos central y regionales, que ha dejado a los pequeños productores a merced de la voracidad de los bancos. 

“Ya no aguantamos más, necesitamos apoyo del Gobierno”, es una frase que sale de los labios de los campesinos colombianos. El 25 de marzo del 2020 el país se paralizó por la pandemia del covid-19, pero el campo nunca se detuvo. A pesar de esto, el sector de la agricultura ha sido uno de los más afectados durante la crisis sanitaria. Los bajos precios de los granos, legumbres y frutas han perjudicado a los campesinos, quienes además se sienten abandonados por el Gobierno Nacional.

Lascario Espita produce maíz en sus fincas ubicadas en San Pelayo y Cotorra en el departamento de Córdoba. Cultiva este grano durante todo el año: siembra en abril y mayo, y cosecha durante septiembre a octubre e inmediatamente cultivan de nuevo para cosechar en enero y febrero.

En una situación normal, él le vendería su producto a la empresa colombiana La Soberana y a compradores del interior del país, y ganaría alrededor de un millón y medio de pesos por hectárea cosechada. Ahora, en una situación completamente anormal y fuera de lo común como lo es una pandemia, La Soberana, de las 20.000 a 25.000 toneladas de maíz blanco que compraba a grandes y pequeños productores en el departamento de Córdoba, solo compró alrededor de 1.000 toneladas.

Por otro lado, los compradores de ciudades como Medellín y Bucaramanga no se presentaron en la última cosecha de septiembre y octubre. No hay una razón clara que explique esto, ya que el transporte interno que lleva el maíz hasta el centro de acopio en Cereté, Córdoba, está funcionando con normalidad. “Yo pienso que de pronto la pandemia incidió en eso y no los dejó desplazarse, no vinieron a comprar y este es el motivo principal por el cual toda esta gente cogió su maíz y lo depositó en los campos, en las bodegas, en los ranchos”, opina Lascario.

Julio Potache tiene su finca en la vereda Portachuelo en Ocaña, Norte de Santander. Cultiva productos varios como el tomate, pepino y el pimentón. Tiene dos hectáreas de riego y seis de terreno baldío, es un productor pequeño.

La situación a la hora de comercializar sus cosechas es variada, pues aveces vende los bultos de pepino a 20.000 pesos y en otras ocasiones, en las que no le va muy bien, puede ganar 10.000 pesos por bulto. Él explica que los suministros para cuidar sus cultivos son muy costosos y lo que produce es muy barato, “prácticamente uno está trabajando a pérdidas”.

En otro lugar en las afueras de Ocaña, el plan de Fredy Quintero es ir al mercado local para vender sus productos: el pepino, la habichuela, el arvejón y el pimentón. Sin embargo, se lleva una decepción cuando vende el bulto de pepino a 12.000 pesos, incluso a veces a 10.000 pesos.

“Comercializar los productos es un desastre porque no nos dan nada. Eso es muy ingrato para uno como campesino”, dice Quintero. Vende sus productos a precios bajos, mientras que el costo de insumos como el insecticida, los venenos y abonos son altos. Esta situación lo deja sin ganancias, solo son pérdidas.

Javier Navarro está que “tira la toalla”, como se dice coloquialmente. Es un campesino de Ocaña que cultiva pepino, ají topito, habichuela, cilantro y fríjol en su finca de 3 hectáreas. La mayoría de las veces, él manda sus productos a Barranquilla, Sincelejo y Montería, y en algunas ocasiones a Bucaramanga y a Cúcuta. En estos momentos no está recibiendo pedidos, ni de las otras ciudades a las que envía sus cosechas ni en el mercado local, lo que dificulta las ventas.

Está trabajando a pérdidas, vende el pepino y el ají topito con el precio de 15.000, 12.000 y hasta 10.000 pesos. Lo que gana con sus productos se va en los insumos para los cultivos. “Estamos que tiramos la toalla, eso lo comenta uno diariamente, que todo lo poquito que uno hace eso se queda en los insumos y en los químicos que uno echa al cultivo”.

A Javier Navarro, al igual que a Fredy Quintero y a Julio Potache no les alcanza lo que ganan con sus cosechas para sobrevivir. Su única solución es recurrir a los bancos y hacer préstamos. “Uno hace un préstamo en el banco y este le quita la poquita tierra que uno tiene porque no hay para pagar y no hay subsidios para ayudar al campesino, nada”, reclama Julio ante este problema.

Los cuatro productores han coincidido en que no han recibido ningún tipo de ayuda de parte del Gobierno para mejorar la precaria situación que viven los campesinos y agricultores del país. Todos están trabajando a pérdidas, lo que ganan apenas les alcanza para comprar los venenos, químicos y abonos para mantener sus cultivos.

Entre vecinos y colegas en las veredas, junto a sus parcelas y rodeados del verde de los cultivos, los campesinos comentan su desacuerdo con las importaciones y los tratados de libre comercio que tiene Colombia con otras naciones. Este es un país agrícola que importa alimentos de Alemania, Bélgica, Estados Unidos y Perú.

“Lo que es el producto de aquí toca dejarlo perder y el gobierno le da los subsidios a los importadores de por allá, en cambio para el campesino aquí cada día es peor”, sostiene Julio Potache.

Es una contradicción, sobre todo por la amplia oferta de productos agrícolas que cultivan los campesinos en el país. “Colombia consume más de lo que traen del exterior que de lo que se produce internamente”, reclama Lascario Espitia.

A pesar de que Colombia importe productos agrícolas de otros países, los campesinos defienden lo que ellos cultivan con dedicación en sus fincas. Se respaldan ellos mismos y a sus compañeros, como lo dice Fredy Quintero sobre la cebolla que traen de Perú: “aquí hay bastante gente que trabaja la cebolla que se produce aquí mismo y es mejor que la peruana. No hay un apoyo para ellos”.

Como indicó Jorge Bedoya, presidente de la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC), “el campo le ha cumplido a Colombia con abastecimiento de alimentos, ahora es hora de que se revierta el apoyo”.

 

Redes de campesinos

Las redes sociales como Facebook, Instagram y Twitter se han convertido en aliados para los agricultores. Las personas se han movilizado y han promocionado campañas para promover la compra directa a los campesinos colombianos a través de estas plataformas. Esto ha sido un factor importante, ya que es información que llega a miles de usuarios que se solidarizan con la situación que atraviesa el campo.

Los campesinos han encontrado la manera de alzar sus voces y ser escuchados. Este es el caso de Nubia Gaona Cárdenas, de Chipaque, Cundinamarca, quien junto con sus dos hijos Jaime Alejandro y Arley David, decidieron abrir un canal en Youtube. Esta familia de campesinos, junto con alrededor de 20 familias más del sector, se unieron al emprendimiento social Huertos de la Sabana para vender sus productos sin intermediarios.

El canal de Youtube lleva por nombre “Nubia e hijos” y fue creado para enseñar a sus suscriptores cómo hacer huertos en sus propias casas. Por medio de este canal, Nubia y sus dos hijos muestran también cómo es su vida en el campo. Con su carisma han conquistado a las personas y han acumulado más de 650.000 suscriptores desde que subieron su primer video.

Se han convertido en toda una sensación en internet y han sido varias veces nombrados por los usuarios como “los campesinos más famosos de Colombia”. Esta familia ha alcanzado su objetivo de hacer visible su situación, que es la misma de miles de campesinos que no tienen cómo sobrevivir y tienen que recurrir a los bancos y a las deudas.

Aunque el proyecto de “Nubia e hijos” ha mejorado la situación de ellos y de otras familias que están aliadas con Huertos de la Sabana, muchos otros campesinos de diferentes lugares del país no han tenido solución a la crisis.

En Colombia hay 50 millones de habitantes y, según la Encuesta de Cultura Política realizada por el DANE en el 2019, el 31,8% de la población mayor a 18 años se identifica como campesina. Estas son las personas que producen los alimentos que llegan a cada hogar. El país ha sido desagradecido con este sector agrario y esto se nota con el simple hecho de buscar las cifras de desempleo en el campo.

Los pequeños productores ya no encuentran una manera viable para sobrevivir porque no tienen apoyo. Es una situación lamentable porque, como afirma Fredy Quintero: “ya la juventud va sacándole el cuerpo al trabajo del campo y los que trabajamos directamente en esto ya somos poquitos”.

Carlos Fernando Niño: Aprendizaje en el deporte y en la pandemia

Carlos Fernando Niño Aprendizaje en el deporte y en la pandemia

Sergio Suescún Silva

Es una tarde soleada. Luego del entrenamiento cotidiano, los futbolistas del Deportes Tolima se van a los camerinos. En ese momento, emerge la figura del médico Carlos Fernando Niño, quien ha estado atento a cada uno de los ejercicios desarrollados durante la jornada. Dado que no hubo ninguna lesión, habla con el entrenador y le da su reporte médico. Acto seguido, mira su agenda para continuar con otras labores de su profesión.

Carlos Fernando Niño Valbuena es un médico cirujano general apasionado por el deporte. Dedica gran parte de su tiempo a acompañar a los futbolistas en su práctica y se siente uno más del equipo.
Se graduó en 1995 como médico cirujano general en Escuela de Medicina Juan N Corpas, de la ciudad de Bogotá.

Como él mismo lo dice “fue un golpe de mucha suerte y una bendición de Dios el haber empezado mi práctica médica en Ibagué”. Con el paso de los años, y ya graduado, continúa viviendo en la ciudad musical de Colombia, donde ha sido contratado para prestar sus servicios en la Clínica Minerva, en la Clínica Tolima y en el Hospital Federico Lleras Acosta.

El médico Niño ha ejercido su profesión durante varios años, a la vez que trabaja con el deporte.

Hace 15 años tuvo su primer contacto con el Deportes Tolima. “En esa época enviaban varios jugadores del equipo a mi consultorio. Con el pasar de los días, me llamaron para que presentara mi hoja de vida a esta institución deportiva de la ciudad de Ibagué”.

El Deportes Tolima contaba con un médico deportólogo, que era el doctor Juan Carlos Mejía. Esta situación hizo que el médico Niño le manifestara al gerente del momento, que le encantaría ser el colaborador del doctor Mejía, y la respuesta que recibió fue: “usted no va a ser colaborador de nadie. Usted va a ser el médico del equipo”. Ante el asombro, le aclaró al directivo que él no era ni ortopedista, ni deportólogo, sino médico cirujano general, de urgencias y traumas. Para su sorpresa, la respuesta del gerente fue: “sí, lo necesitamos a usted”.

Hoy en día, el médico Carlos Fernando Niño es reconocido como un profesional consagrado, responsable y comprometido, cualidades que lo han llevado a ser apreciado por los equipos del fútbol colombiano, entrenadores, jugadores, hinchas y por los periodistas.

Estos años con el Deportes Tolima han sido de trabajo intenso. Así lo expresa cuando dice que ha aprendido de Medicina Deportiva sin ser deportólogo. “Se ha estudiado mucho y pienso que hemos ido por buen camino”.

La afectación de la pandemia del covid-19 en lo deportivo

Uno de los retos que ha tenido que asumir el médico Niño, ha sido afrontar junto con los deportistas, las consecuencias del confinamiento por la pandemia del covid-19.
La cuarentena afectó tanto la parte física como técnica de los jugadores. “Por más que queríamos dirigir, ejercitar en casa, monitorear el peso corporal, que se cuidaran en la alimentación, que trataran de hacer ejercicios que se pudieran hacer dentro de sus apartamentos o sus viviendas, fue complicado”, manifestó el médico.

Durante el aislamiento obligatorio, el cuerpo técnico hizo una estrategia estructurada junto con la asistencia del Departamento Médico del equipo, que consistió en ubicar bicicletas estáticas, de spinning y colchonetas en las casas de los jugadores. Además, se les entregó una rutina de ejercicios de estiramiento y de alta intensidad en espacio corto.

Mediante la plataforma Zoom, se integró a todo el equipo de jugadores y al cuerpo técnico, para la aplicación de la estrategia. Por su parte, el personal del Departamento Médico visitaba a los jugadores, para monitorear los pesos corporales y solucionar posibles necesidades en su entrenamiento en casa. No obstante, cuando se dio vía libre a los entrenamientos se notaron falencias en el acondicionamiento físico y en la pérdida de técnica futbolística. Esta situación condujo a un reentrenamiento y un reacondicionamiento en la práctica deportiva. En palabras del médico Niño “fue tedioso, pero se logró.”

En este reencuentro con las canchas hubo lesionados. Se presentaron contracturas, tendinitis y sobrecargas, que limitaron el nivel competitivo, pero era algo que se esperaba, dada la larga quietud deportiva. Así mismo, aseguró, el reacondicionamiento aeróbico y anaeróbico fue complicado.

El médico Niño es el director del departamento médico del Deportes Tolima.

Impacto psicológico en los deportistas

Con el fin de mantener a los jugadores en un alto estado de motivación a pesar del confinamiento, el médico Niño acompañó permanentemente y se comunicó con cada uno de los jugadores a través de la virtualidad y los visitó en sus casas. “El hecho de estar todos conectados por una plataforma, de reírnos y de hacer ejercicio, permitió que no se perdiera la camaradería”.

Dentro de la estrategia de manejo psicológico, se sumó al acompañamiento, el estar centrados en la realidad de cada jugador y su familia. Por fortuna, “Mentalmente son jugadores muy fuertes”, manifestó.

Aunque se presentaron casos positivos para covid-19 en integrantes del equipo, ningún jugador necesitó hospitalización ni soporte médico complejo. Según el médico, todos cumplieron su tiempo de cuarentena. Este hecho ha permitido mantener la motivación de los jugadores. “El organismo guarda memoria inmunológica. Entonces, este virus ha afectado de manera diferente, ha sido muy bizarro y cambiante. Hoy en día no sabemos por qué para unos solo es un resfriado común, otros no presentan ningún síntoma, mientras otras personas han fallecido por el virus”.

Al estar expuestos al virus, independientemente de si se es trabajador de la salud o no, en cualquier sitio se puede presentar el contagio. Por tanto, como lo expresa el médico Niño, “esta situación se debe afrontar con responsabilidad y precaución”.

En Colombia se ha dificultado que los deportistas manejen un perfil profesional. Algunos no tienen la madurez necesaria para un deportista de alto rendimiento, pues toman el tema de la pandemia como un juego.

El médico Niño ha recibido solicitudes de valoraciones y consejos de entrenadores y deportistas de disciplinas como tenis de campo, atletismo de fondo y salto de garrocha, para alcanzar un alto rendimiento e impacto en las competencias, puesto que estos deportes son de mucha exigencia. Estas solicitudes se han multiplicado en esta época de pandemia.

El covid-19 es un virus cambiante, según lo manifiesta. Para él, es muy importante saber cómo tratarlo y abordarlo. Sin embargo, no se arriesga a predecir el futuro. “Por el momento, sabemos que han muerto muchas personas. Hablemos de Europa, Estados Unidos, América Latina, Centroamérica o Colombia. Entonces es hacer una remembranza, una recopilación de todo lo que está sucediendo, analizarlo, reinventarnos y, sobretodo, ser responsables. Si esto lo logramos controlar, podemos lograr cosas positivas”, concluye el médico Niño, frente a lo que pueda venir en los próximos años frente a la pandemia.

Mente infectada

Mente infectada

Ana María Bozón Velásquez

La salud mental se ha vuelto un tema tan recurrente como la salud física, pues se ha visto altamente afectada durante el confinamiento… Míresele por donde se le mire, estamos todos sumergidos de lleno en el virus.

Llevamos varios meses viviendo una película, a veces de terror, a veces de suspenso, a veces de comedia y otras, postapocalíptica. Algunos hemos estado encerrados desde marzo de 2020, otros solo de manera parcial y algunos otros no lo han estado en absoluto.

Para aquellos que sí lo hemos estado, estos meses han sido un vaivén de emociones: desde el miedo que trajeron los primeros días, que se convirtió en incertidumbre constante, pasando por la ansiedad de ser productivo y aprovechar al máximo este “tiempo de sobra”, a la pereza por la monotonía y la rutina o el estrés por la falta de equilibrio entre el trabajo y el ocio.

Para mí la cuarentena empezó desde el viernes 13 de marzo de 2020 y, a excepción de unas cuantas ocasiones especiales, perdura hasta el día de hoy. Hace un par de días me sorprendí por la falta de conciencia del tiempo que tenía. Las clases universitarias se han convertido en mi única referencia temporal y, aún así, a veces me fallan. Me he sorprendido un domingo pensando que es jueves, un lunes pensando que es sábado.

La salud mental se ha vuelto un tema tan recurrente como la salud física, pues se ha visto altamente afectada durante el confinamiento. La falta de interacción social, la presión que ejercen las redes sociales por no desperdiciar un solo segundo del día, la falta no solo de actividad física, sino de movimiento en general y otros factores externos, han sido detonantes para el deterioro de esta.

Ya no están esas distracciones que teníamos antes para minimizar nuestros problemas personales, llámese ir a rumbear, al centro comercial, salir a comer, ir a la universidad, al trabajo o al cine. Ahora toda esa ansiedad, depresión, estrés o lo que sea que usted, mi querido lector tenga con que lidiar, sale a flor de piel; y nadie está listo para esto, no creo que nadie llegue a estarlo nunca, pero nos guste o no, es momento de dejar de minimizarlo y enfrentarlo.

Entre los países más afectados por el virus, China, Irán y Estados Unidos han reportado un incremento del 35%, 60% y 40% de la angustia, respectivamente, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). No solo la incertidumbre que genera vivir con el virus ha aumentado estas cifras, factores como la crisis económica mundial que se vive en conjunto con la del coronavirus, el aumento de la inseguridad en algunas zonas, el exceso de información, fake news alarmantes y los medios de comunicación que no han tenido otro tema desde marzo, son factores que juegan un papel importante en términos de salud mental.

Una alternativa para “huir” de todo esto podrían ser las redes sociales o plataformas de streaming, pues en estas somos nosotros quienes escogemos qué tipo de contenido consumir, pero ni allí se encuentra refugio. La productividad se ha puesto de moda, y todo el contenido de las redes sigue la idea “ahora que tenemos más tiempo…”.

“Ahora que tenemos más tiempo, aprovechemos y hagamos 3 horas de cardio en ayunas, corramos 20 kilómetros, montemos bicicleta todos los días hasta el pueblo más cercano y volvamos, hagamos ayuno de 2 días y bajemos 20 kilos”. “Ahora que tenemos tiempo, leamos mínimo 3 libros al día y escribamos mínimo 1 a la semana”. “Ahora que tenemos  más tiempo libre, montemos un negocio, invirtamos en otros 2  y demos TedTalks una vez a la semana”. “Ahora que tenemos más tiempo, aprendamos 5 idiomas por semana”. “Ahora que hay más tiempo, no pare ni un solo segundo del día, haga mil cosas al mismo tiempo para no desperdiciar esta nueva oportunidad de hacer lo que siempre ha querido, ya descansará después”.

No sé de dónde sacan que tenemos más tiempo libre, porque así mismo como las redes lo han pensado, lo han pensado en las universidades y trabajos. Hace poco un profesor de mi universidad nos dijo: “chicos, ahora que tenemos más tiempo, voy a acortarles el tiempo de entrega y así mismo, incrementarles el trabajo” y siguiendo ese orden de ideas, los demás profes también lo han hecho. Mi mamá está trabajando desde la casa y notoriamente tiene mucho más que hacer, antes su jornada laboral terminaba a las 5:00 p.m., pero ahora, se alarga hasta que se va a dormir, y al igual que nosotras dos, esta historia se puede repetir en muchos hogares más.

Las plataformas de streaming también se han “contagiado”; en el primer mes de confinamiento, los primeros 10 más vistos en Colombia eran películas o series sobre virus, pandemias, parásitos o escenarios postapocalipticos en los que un enemigo externo amenazaba con destruir la humanidad. 

Míresele por donde se le mire, estamos todos sumergidos de lleno en el virus. Sumado a todo esto, la relación de las personas con la comida y sus propios cuerpos también se ha visto afectada, ya que según un informe del Ministerio de Salud,  los trastornos alimenticios subieron un 37%, sumado a un 56,2% de aparición de síntomas ansiosos. “El aislamiento social preventivo podría aumentar los disparadores relacionados con los trastornos alimentarios y plantear un ambiente retador para personas con anorexia nerviosa, bulimia o trastornos por atrancones de comida” (Hensley, 2020; McMenemy, 2020; Shah et.al., 2020).

Hay alrededor de 60 millones de casos reportados en el mundo, pero me atrevería a decir que hay muchos más. ¿Qué pasa con aquellos cuya mente se ha contagiado? Y no me refiero a los hipocondriacos a quienes les da coronavirus tres veces a la semana, me refiero a aquellos cuyas mentes se han visto afectadas, los que hacen parte de las cifras que he mencionado, los que físicamente están sanos, pero mentalmente infectados. Creería yo que estamos lidiando con dos pandemias al mismo tiempo.