La coordinación del John F.

Por: Daniela Jaramillo Parra

 

Mi casa era un tercer piso arrendado en obra negra, había un patio grande en el frente y unas escaleras. Allí vivíamos mis papás –mi mamá era ama de casa y mi papá taxista–, mi hermano mayor –estudiaba en la Institución Educativa María Jesús Mejía–, mis abuelos y yo. Solo teníamos un baño y tres cuartos, uno era el del reciclaje, pues mis abuelos eran recicladores, incluso yo los ayudaba con eso antes de que me sucediera algo, que cambió mi vida para siempre.

 

En la casa muchas veces no teníamos para comer, entonces solo me tomaba una aguapanela y me iba a estudiar a la escuela. Le pedía a los compañeros comida, porque a veces sentía hambre durante la jornada escolar y yo no llevaba lonchera. Tenía 11 años y estaba en sexto grado en ese momento. Ese era ya mi segundo colegio, llamado John F. Kennedy. La entrada tenía una reja grande color naranja, con barrotes a su alrededor del mismo color. Recuerdo que por una de las esquinas de esos barrotes me escapaba del colegio. El John F., como lo llamábamos, tenía forma de D y una estructura de cinco pisos, cuatro eran de salones y algunas oficinas y el último, era la terraza; además en el centro quedaba la cancha. Yo estaba en secundaria y mi jornada era por la mañana, pues la primaria era en la tarde.

 

La primera vez que yo consumí drogas fue porque había un muchacho del colegio que era muy “valija” (de estilo callejero-delincuente) y le decían “fresa”. A mí me gustaba la forma de ser de él, porque era extrovertido y yo era muy tímido para ese momento. A él le gustaban las drogas y llevaba popper al salón. Una vez no entramos a clase desde por la mañana y nos fuimos a fumar marihuana a San Gabriel. Este lugar era un parque con mucha zona verde y desde entonces empecé a dejar de entrar a clase, a volarme del colegio y a fumar marihuana.

 

Luego las profesoras me empezaron a llevar donde el coordinador del colegio, un señor de más o menos cincuenta años de edad, de piel morena y calvo. Él me dejaba en coordinación, me decía que me sentara, me ponía a leer, me hacía preguntas extrañas sobre las drogas y también me regalaba plata, me parecía extraño, pero siempre recibía su dinero y me lo gastaba.

 

La coordinación se encontraba en el segundo piso y era una oficina con una reja color gris, al lado había una puerta para ingresar y en ese primer espacio se encontraba un escritorio, unas sillas y algunos cuadros alusivos a la institución. El segundo espacio estaba dividido por una puerta, también había un escritorio y dos sillas, este lugar era más privado y solitario.

 

Yo iba en repetidas ocasiones y él no me decía nada, me hacía sentar en la silla, leer, me daba plata y me dejaba en coordinación, entonces yo siempre prefería poner problema en las clases, no prestar atención, crear conflicto con mis compañeros y que me sacaran del salón, para volver a coordinación y tener dinero.

 

Una vez yo iba bajando por la Carrera 50A, cerca del colegio, y me lo encontré. Me preguntó que cuándo iba a subir a su casa, él vivía en San Antonio de Prado y yo le dije que sí quería ir. La casa del coordinador era blanca, la primera parte era la cocina y tenía dos habitaciones. El hijo, que tenía 28 años, en ese momento vivía en uno de los cuartos; un día subí donde él, la habitación del coordinador tenía un baño, la cama y el televisor, luego me mostró muchos billetes y me dijo que me relajara y que me quitara la ropa, que lo que estaba pasando iba a ser un secreto entre los dos.

 

Él me siguió regalando dinero y yo seguía yendo a su casa para tener plata y comprar marihuana y comida, además molestaba mucho en el salón y me seguían enviando a la coordinación donde él me hacía sexo oral en la parte de atrás de la oficina. Luego, empecé a notar que otro niño también iba mucho a su oficina y me di cuenta de que también lo hacía con él. Lo último que supe del coordinador del John F. fue que se murió y me hizo pensar que no solo me causó mucho daño a mí, sino a muchos otros niños que pasaron por su coordinación; la verdad nunca me sentí bien al hacer esas cosas y sentía asco por él.

 

Yo nunca volví a ser el mismo, seguí consiguiendo dinero de forma fácil, me volví más rebelde, no le hacía caso a mis papás, ni a mis abuelos, ni mucho menos a los profesores. Continué consumiendo drogas y esto me llevó a entrar en un proceso de rehabilitación, en contra de mi voluntad, durante 22 meses en Hogares María Auxiliadora. Allí trabajan con terapia de choque, recuerdo que el primer día entré sin saber que me iba a quedar allí tanto tiempo; no se me olvida el día de mi cumpleaños, me sentaron en el banco y los operadores me empezaron a insultar y a echarme baldados de agua fría, luego me cantaron el cumpleaños. Otro de los recuerdos más fuertes que tengo fue cuando me demoraba en cocinar los alimentos para un grupo de cuarenta personas, me llamaban a un círculo y me empezaban a recalcar de una forma hostil que no había hecho las cosas bien. Esa fue un época muy difícil para mí.

 

Lo que pasó con el coordinador marcó mi vida para siempre, yo era un niño alegre y divertido, pero después de eso me volví un resentido con la vida, sin deseos de salir adelante, alejado de mi familia, sin ganas de estudiar o de tener un proyecto de vida. Hoy lucho con mis recuerdos para salir adelante, superar lo vivido y volver a soñar, tratando de tener una vida normal y ganándome el sustento diario de forma digna, me entregué al entrenamiento deportivo y esto me ha ayudado a distraerme y a volver a luchar por mi vida. Quiero enamorarme y formar una familia. Espero que esto que cuento al menos le sirva alguien para que no pase de nuevo.

“Sé que esto tiene un nombre, se llama pedofilia”

Por: Daniela Ríos Granada y Daniela Jaramillo Parra

 “Pedofilia es la atracción sexual de una persona adulta hacia niños de su mismo o de distinto sexo. En mi caso me gustan las niñas, y sé también que la pedofilia es catalogada como una enfermedad mental, un trastorno”, dice Carlos Bedoya; un hombre de 35 años de edad que siente atracción por las menores que son trabajadoras sexuales y paga por tener relaciones con ellas. Actualmente es fiel cliente en las plazas de prostitución infantil.

Carlos refiere que su atracción hacia las niñas no la sintió desde joven, pero las experiencias que ha vivido a lo largo de su vida lo llevaron a pagar por acostarse con ellas. “No creo que desde siempre haya sentido que me gustaban las niñas, porque yo también fui niño, lo que me llevó a sentir atracción por las menores fue que dentro de todo ese mundo oscuro en el que estaba, yo veía las niñas jugando en el parque y me encantaba esa inocencia”.

En varias oportunidades se les acercó únicamente para conversar, no les quería hacer daño, dice, “sino que solo quería hablar con alguien que no tuviera maldad. Me encantaba que todo lo que salía de la boca de una niña fuera verdad, no esconden nada, no tienen malas intenciones, son puras”.

Carlos Bedoya nació en el municipio de Itagüí, el 5 de agosto de 1985. Su familia es numerosa, son siete hijos del matrimonio de sus padres, Marina y Norberto, quienes llevan 50 años de casados. Él fue el sexto hijo y uno de los menores, por lo tanto, recibía mucha más atención de sus padres. Actualmente, vive en Envigado con sus padres y algunos hermanos, en una casa grande de tres pisos ubicada en el barrio Alcalá. Su estrato socioeconómico es medio alto, han tenido una buena calidad de vida.

Su niñez la describe solo con momentos felices, pero al cumplir los 11 años empezó a fumar marihuana. Ya tenía nuevos amigos en el barrio y algunos eran muy “loquitos” y le ofrecían drogas. Por presión social probó la marihuana y quedó aferrado a ella. Desde ahí le abrió las puertas a otras drogas, como cocaína, LSD, tusi, pastillas y también alcohol.

Empezó a tener problemas con sus padres, lo notaban extraño y él, por evitar más problemas, se la pasaba más tiempo en la calle. A los 15 años su madre le encontró un porro de marihuana y lo echaron de su casa. En ese tiempo estudiaba en el Liceo Francisco Restrepo Molina y se las arregló para seguir yendo a estudiar; vendía dulces para obtener ingresos, pues según él, así hubiera cogido ciertos vicios, el estudio era muy importante y quería ser alguien en la vida.

En la calle vivió experiencias que parecían buenas, porque la pasaba muy bien, rumbeaba mucho y tenía un combo de amigos muy grande; pero luego, como dice él: “Me empezaron a clavar el puñal por la espalda”. Le robaban su dinero, hablaban mal de él, le quitaban sus novias. “Eran bobadas, pero veía que no todo era tan bueno y luego empecé a ver mucha maldad de otra clase: se empezaron a matar unos a otros por drogas y plata, se empezaron a volver ladrones, se iban en las motos y atracaban gente caminando, la mayoría del combo ya eran delincuentes y yo nunca quise pertenecer al combo de esa manera, solo me juntaba con ellos para consumir drogas”.

Unos meses después, sus padres lo recibieron en casa al llegar a un acuerdo: ellos le respetarían su forma de ser y pensar, incluyendo sus vicios, con el compromiso de que Carlos debía graduarse del colegio y trabajar para conseguir sus propios bienes. “Somos muy unidos, alegres, solidarios, compañeros, amigos y con problemas como en toda familia, pero siempre juntos buscamos solucionarlos”.

Finalmente, se graduó y comenzó a trabajar como asesor en una línea de atención al cliente. Luego consiguió otros trabajos y pudo pagar siete semestres de Ingeniería en Productividad y Calidad, pero terminó su carrera por motivos económicos. Así que hoy es un mensajero independiente y tiene un vivero donde cultiva y vende plantas. Pero entonces ¿Cuándo empezó Carlos a sentir atracción por las niñas?

En el año 2007, Carlos tenía 21 años y una amiga suya le pidió que cuidara a su hija de 9 años por un fin de semana para ella poder disfrutar el día del amor y la amistad con su pareja. Él estaba soltero y no tenía con quién pasar ese fin de semana así que aceptó. Desde esos días, Carlos no volvió a ser el mismo y supo que algo no estaba bien: “Cuando empecé a ver sus comportamientos mientras convivimos, me sentí atraído y más porque tenía un cabello hermoso, liso, largo, brillante y era mona. Era toda una hermosura. A la noche le dije que ya debía ponerse la piyama, que era un short y una camisa. Cuando se la puso se me vinieron ideas sexuales a la cabeza, me contuve porque quería saltarle encima, pero algo no me dejaba, sabía que no estaba bien”.

Ese fin de semana tuvo toda clase de fantasías sexuales y se masturbaba pensando en la niña. Asegura haber sido una tortura mental para él, porque dice que es un hombre de principios y no quería hacer daño tomando a la pequeña contra su voluntad, así que buscó por primera vez las plazas de prostitución: “Empecé a averiguar en dónde se ubicaban las menores, ya no me podía contener y era mi mayor fantasía, tenía que hacerlo realidad, pero no quería sentir remordimiento”.

Carlos encontró plazas en muchas comunas y en el Centro de Medellín, también en municipios cercanos, pero finalmente se decidió por ir a las plazas de Itagüí, en un lugar que se llama La Raya, y fue allí cuando tuvo su primer contacto sexual con una menor. Había varias niñas y adultas paradas en la puerta de la recepción de un hotel. “Me gustó la que tenía el pelo y la cara más bonita, se llamaba Laura y tenía 12 años”. Entraron a un cuarto muy pequeño y la niña comenzó a besarlo, mientras Carlos la desvestía. “Luego, sobra decir, pues pasó de todo, y lo que sentí no lo había sentido nunca en la vida. Había estado con muchas mujeres de mi edad en el pasado y ninguna provocó lo que esta niña me hizo sentir, había cumplido lo que era mi fantasía desde hacía un buen tiempo y me sentí pleno y feliz”.

La satisfacción de Carlos, después de haber tenido relaciones con una menor, la encontró también en que no se sentía como un violador de niños o una mala persona. Se vistieron y salieron de la habitación como si nada hubiera pasado, él cogió un taxi y se fue para su casa contento. “La verdad, no maté a nadie, no forcé a nadie, no violé a nadie, ni soy un delincuente, ni me fui pa la cárcel”. Después de su primera vez, empezó a recorrer las otras plazas de prostitución infantil, aunque sigue frecuentando mucho La Raya. “Ahí fue mi primera vez y ese lugar es mi favorito”.

Según el Código Penal Colombiano de acuerdo con el artículo 217-A que habla sobre demanda de explotación sexual comercial de persona menor de 18 años de edad, adicionado por el artículo 3 de la Ley 1329 de 2009: “el que directamente o a través de tercera persona, solicite o demande realizar acceso carnal o actos sexuales con persona menor de 18 años, mediante pago o promesa de pago en dinero, especie o retribución de cualquier naturaleza, incurrirá por este sólo hecho, en pena de prisión de catorce (14) a veinticinco (25) años”.

Él se siente como un individuo normal, a pesar de que para muchos no lo sea. Es una persona que cree firmemente en que es un buen sujeto. “Yo sé que esto para muchos es una aberración, pero mi intención no es hacer daño, aunque puede que lo cause y yo no lo sepa. Solo me gustan las niñas, no los niños, porque no soy gay, y cuando he tenido relaciones con niñas no he sentido que sufren, sino que de hecho les gusta. Creo que no es un pecado sentir esa atracción, siempre y cuando sea entre comillas legal”.

Ese “entre comillas legal” quiere decir para él que se considera una buena persona “y gracias a que la prostitución infantil existe no he tenido que tomar otras medidas e irme a lo extremo, como un violador de niños”. También aclara que tiene conocimiento de que la prostitución infantil es ilegal, pero que clandestinamente se ve mucho y para él es como si fuera algo normal. “Pagas y tienes relaciones sexuales o con una adulta o con una niña y para mí es como si fuera legal. En otras palabras, este servicio hace que yo pueda ser una persona normal, no un delincuente, de lo contrario yo creo que sería a estas alturas una mala persona”.

Tener relaciones con cualquier niño, niña y adolescente evidentemente es un delito y además de ser algo que va en contra de la ley, produce daños irreversibles tanto psicológicos, físicos como sociales. Perpetúa una situación de degradación de la dignidad de un ser humano y promueve el círculo intergeneracional de esta problemática.

De sus relaciones afectivas dice que varias veces lo han traicionado por infidelidad, “pero otras han sido buenas y yo he sido el que las he dejado, porque de pronto no nos entendemos bien en la forma de ser. Yo creo que he tenido como la mayoría, experiencias buenas y malas”.

Hoy en día Carlos está soltero, pero tiene varias amigas con las que sale de rumba a discotecas o visitan las plazas de vicio y se fuman un porro. También tiene amigos, pero son pocos, aunque dice que está rodeado de mucha gente: “Trato de guardar distancias con la mayoría, porque solo son compañías de entretenimiento y en los momentos difíciles es cuando menos aparecen. La palabra amigo la reservo para muy pocas personas, la vida me lo ha enseñado”. Entre sus gustos o hábitos está el deporte, la lectura, los juegos de azar, el casino, las apuestas, la rumba, encuentros con amigos en parques al aire libre y disfrutar reuniones familiares.

Según un reporte oficial de El Tiempo del 23 de noviembre de 2019, entre 2014 y el primer semestre de 2019, se presentaron 476 denuncias de explotación sexual comercial de niños, niñas y adolescentes en los 10 municipios que componen el Valle de Aburrá, eso sin tomar en cuenta los casos que no se denuncian.

No es fácil llegar a un solo factor causal de esta problemática, sino que es un asunto multifactorial que puede tener sus raíces en la infancia o durante la formación del individuo en su adolescencia; por tal motivo pueden existir diferentes perfiles de abusadores sexuales infantiles.

En el caso de Carlos, no había indicios que delataran sus fantasías con niñas, pues dentro de su vida todo parecía estar en orden. Su infancia fue normal y aunque se tropezó con el camino de las drogas en su adolescencia, se sabe que hay muchas otras personas que las consumen y no por esto pagan por tener relaciones sexuales con menores de edad. El problema no solo es mental o psicológico, sino que siempre ha estado en lo más profundo de la cultura, enfermando a la sociedad.

 

 

 

La coordinación del John F.

Por: Daniela Jaramillo Parra 

 Mi casa era un tercer piso arrendado en obra negra, había un patio grande en el frente y unas escaleras. Allí vivíamos mis papás –mi mamá era ama de casa y mi papá taxista–, mi hermano mayor –estudiaba en la Institución Educativa María Jesús Mejía–, mis abuelos y yo. Solo teníamos un baño y tres cuartos, uno era el del reciclaje, pues mis abuelos eran recicladores, incluso yo los ayudaba con eso antes de que me sucediera algo, que cambió mi vida para siempre. 

 En la casa muchas veces no teníamos para comer, entonces solo me tomaba una aguapanela y me iba a estudiar a la escuela. Le pedía a los compañeros comida, porque a veces sentía hambre durante la jornada escolar y yo no llevaba lonchera. Tenía 11 años y estaba en sexto grado en ese momento. Ese era ya mi segundo colegio, llamado John F. Kennedy. La entrada tenía una reja grande color naranja, con barrotes a su alrededor del mismo color. Recuerdo que por una de las esquinas de esos barrotes me escapaba del colegio. El John F., como lo llamábamos, tenía forma de D y una estructura de cinco pisos, cuatro eran de salones y algunas oficinas y el último, era la terraza; además en el centro quedaba la cancha. Yo estaba en secundaria y mi jornada era por la mañana, pues la primaria era en la tarde.

 La primera vez que yo consumí drogas fue porque había un muchacho del colegio que era muy “valija” (de estilo callejero-delincuente) y le decían “fresa”. A mí me gustaba la forma de ser de él, porque era extrovertido y yo era muy tímido para ese momento. A él le gustaban las drogas y llevaba popper al salón. Una vez no entramos a clase desde por la mañana y nos fuimos a fumar marihuana a San Gabriel. Este lugar era un parque con mucha zona verde y desde entonces empecé a dejar de entrar a clase, a volarme del colegio y a fumar marihuana.

 Luego las profesoras me empezaron a llevar donde el coordinador del colegio, un señor de más o menos cincuenta años de edad, de piel morena y calvo. Él me dejaba en coordinación, me decía que me sentara, me ponía a leer, me hacía preguntas extrañas sobre las drogas y también me regalaba plata, me parecía extraño, pero siempre recibía su dinero y me lo gastaba.

 La coordinación se encontraba en el segundo piso y era una oficina con una reja color gris, al lado había una puerta para ingresar y en ese primer espacio se encontraba un escritorio, unas sillas y algunos cuadros alusivos a la institución. El segundo espacio estaba dividido por una puerta, también había un escritorio y dos sillas, este lugar era más privado y solitario.

 Yo iba en repetidas ocasiones y él no me decía nada, me hacía sentar en la silla, leer, me daba plata y me dejaba en coordinación, entonces yo siempre prefería poner problema en las clases, no prestar atención, crear conflicto con mis compañeros y que me sacaran del salón, para volver a coordinación y tener dinero.

 Una vez yo iba bajando por la Carrera 50A, cerca del colegio, y me lo encontré. Me preguntó que cuándo iba a subir a su casa, él vivía en San Antonio de Prado y yo le dije que sí quería ir. La casa del coordinador era blanca, la primera parte era la cocina y tenía dos habitaciones. El hijo, que tenía 28 años, en ese momento vivía en uno de los cuartos; un día subí donde él, la habitación del coordinador tenía un baño, la cama y el televisor, luego me mostró muchos billetes y me dijo que me relajara y que me quitara la ropa, que lo que estaba pasando iba a ser un secreto entre los dos.

 Él me siguió regalando dinero y yo seguía yendo a su casa para tener plata y comprar marihuana y comida, además molestaba mucho en el salón y me seguían enviando a la coordinación donde él me hacía sexo oral en la parte de atrás de la oficina. Luego, empecé a notar que otro niño también iba mucho a su oficina y me di cuenta de que también lo hacía con él. Lo último que supe del coordinador del John F. fue que se murió y me hizo pensar que no solo me causó mucho daño a mí, sino a muchos otros niños que pasaron por su coordinación; la verdad nunca me sentí bien al hacer esas cosas y sentía asco por él.

 Yo nunca volví a ser el mismo, seguí consiguiendo dinero de forma fácil, me volví más rebelde, no le hacía caso a mis papás, ni a mis abuelos, ni mucho menos a los profesores. Continué consumiendo drogas y esto me llevó a entrar en un proceso de rehabilitación, en contra de mi voluntad, durante 22 meses en Hogares María Auxiliadora. Allí trabajan con terapia de choque, recuerdo que el primer día entré sin saber que me iba a quedar allí tanto tiempo; no se me olvida el día de mi cumpleaños, me sentaron en el banco y los operadores me empezaron a insultar y a echarme baldados de agua fría, luego me cantaron el cumpleaños. Otro de los recuerdos más fuertes que tengo fue cuando me demoraba en cocinar los alimentos para un grupo de cuarenta personas, me llamaban a un círculo y me empezaban a recalcar de una forma hostil que no había hecho las cosas bien. Esa fue un época muy difícil para mí. 

Lo que pasó con el coordinador marcó mi vida para siempre, yo era un niño alegre y divertido, pero después de eso me volví un resentido con la vida, sin deseos de salir adelante, alejado de mi familia, sin ganas de estudiar o de tener un proyecto de vida. Hoy lucho con mis recuerdos para salir adelante, superar lo vivido y volver a soñar, tratando de tener una vida normal y ganándome el sustento diario de forma digna, me entregué al entrenamiento deportivo y esto me ha ayudado a distraerme y a volver a luchar por mi vida. Quiero enamorarme y formar una familia. Espero que esto que cuento al menos le sirva alguien para que no pase de nuevo.