Te entrego todo, pero ya no te quiero tanto como a mi vieja

RELATOS DE PANDEMIA

Te entrego todo, pero ya no te quiero como a mi vieja

Autores: María Camila Vergara y Daniel Botero Vélez

 
 

La noche que antecedió a la mañana en la que falleció su madre, Andrés Felipe Muñoz, el futbolero, fanático de Atlético Nacional, líder de la barra popular Los Del Sur y baterista de la banda de punk rock Tr3sdeCorazón, estaba rodeado de sus ídolos deportivos.

Hernán Darío El Bolillo Gómez, Francisco Maturana, Luis Fernando Suárez y Juan Carlos Osorio eran algunos de los personajes invitados a uno de los congresos deportivos organizados por el club de sus amores. Felipe, añorando una pequeña charla personal con Pacho, Bolillo y el Míster, perdió la noción del tiempo.

Su madre, internada en un hospital, esperaba su visita, que finalmente no se dio por un taco que le impidió a Felipe llegar hasta dónde ella.

La vida, así de misteriosa, luego de compartir unos minutos con personajes que él mismo reconoce como “papás”, le dio el golpe más mortal que recuerda.

“Cuando mi mamá falleció, fue un golpe letal para mí, que obviamente todavía me duele y me perturba, que me agobia, pero que lo vuelve a uno un poco más fuerte para afrontarlo, precisamente gracias a ella misma y al aprendizaje de su ausencia”, dice Felipe.

Ahora, unos años después de aquel golpe, que aún le causa emotividad, recuerda la relación con su mamá como una muy poco usual entre un hijo y una madre. Una mujer ejecutiva, muy profesional, cargada de valores que poco o nada se encargaba de las labores domésticas. 

“Tengo muchos recuerdos de mi mamá dándome gusto en todas las cosas que me empezaban a gustar como un niño y luego como un preadolescente que empezaba a soñar con el fútbol y la música. Mi mamá me regaló mi primera batería, mi primera camiseta de Nacional”.

Desde marzo de 1992, cuando su madre le regaló esa primera camiseta, Felipe, año tras año, comenzó a coleccionar todas las prendas oficiales del club que ama. Su colección, con el pasar de las décadas, fue creciendo y diversificándose. Hasta que un día su closet no solo protegía las playeras de su Atlético Nacional, sino que, además, conservaba más de dos mil camisetas y objetos de clubes de diferentes partes del mundo. 

Un buen número de camisetas de la Selección Colombia, otro de la Selección Antioquia, de jugadores históricos que hicieron parte de un mundial de fútbol, de camisetas verde y blanca de distintos equipos en el mundo, entre tantas otras que convertirían su armario en un campo de admiración para cada futbolero y coleccionista.

Con apenas dos años, y en los brazos de su padre, fue por primera vez a un partido de Nacional. Ese día el Club Verdolaga ganó su cuarta estrella y a estas alturas del partido, Felipe aún no se explica cómo fue posible que dejaran ingresar a un bebé a ese juego.

Desde ese momento quedó encantado por el verde y blanco, y durante los años 80 hasta 1991 iba con su papá a las tribunas de Oriental y Preferencia. Ese año, Felipe comenzó a ir solo a Oriental para sumarse a la primera barra organizada del equipo, que por ese tiempo se hacía llamar El Escándalo Verde y que en 1997 pasó a conocerse como Los Del Sur.

Imagen de la tribuna Sur del Atanasio Girardot tomada en el año 2016. Foto: Atlético Nacional

En enero de 1998 se sumó a la barra popular con un sinnúmero de ideas sociales, musicales y culturales para transformar la convención errática que la sociedad, llena de prejuicios, tenía acerca del barrismo.

Desde entonces Los Del Sur comenzó a crecer de manera exponencial, no solo en volumen, sino también en responsabilidad social, transformando la realidad de miles de jóvenes. Andrés Felipe fue uno de los principales pioneros y se convirtió así en una de las caras visibles de la barra.

Andrés Felipe Muñoz tocando su batería. Foto: Instagram pipe3dc

Además del fútbol y el barrismo, a Felipe también lo cautivó desde muy joven el amor por la música y el rock. Mientras veía a Nacional convertirse en el primer equipo colombiano campeón de la Copa Libertadores de América, ya seguía muy de cerca a Kraken, Ekhymosis e incluso Metallica.

De tantos instrumentos posibles, la batería se convirtió en una de sus mayores pasiones, acompañándolo durante largas horas de su vida, en su habitación y más tarde en distintos escenarios y tarimas.

Esa descarga de golpes sonoros con algo de empirismo y poco profesional, como él mismo reconoce, lo llevó a incursionar en la música y definir otro de sus grandes sueños: conformar una banda.

Tr3sdeCorazón, desde el 2002, es la materialización del amor por la música de Felipe y tres amigos más, entre esos Sebastián Mejía. Ambos se conocieron en el kinder del Colegio Calasanz, hace 35 años. Desde entonces, su relación, más que de amigos, la identifican como la de dos hermanos que tienen casi prohibido hacerse bromas futboleras. 

“Cuando el que pierde es Medellín, que es casi siempre, no se dice nada. Más bien hablamos del contexto, se habla de fútbol, pero no se discute”, cuenta Sebastián, quien contrario a su gran amigo, es hincha del Independiente Medellín, rival de patio del equipo de Felipe.

Muñoz, como baterista, se define como “un lateralsito cumplidor, que hace lo que tiene que hacer” y reconoce que no es el mejor en su instrumento. Razón tenía Sebastián al decir que su hermano no es un tipo de medias tintas y que va por la vida diciendo las cosas como las va sintiendo.

Pero, además de ser un tipo que cumple con su instrumento y reconoce que el talento musical lo tienen sus compañeros, hay algo que sí defiende con certeza: su liderazgo estratégico para mover fichas y darle un rumbo a su banda.

“Eso soy yo, un man que no tiene muchísimo talento en la batería, pero que sí soy rendidor, que sí soy cumplidor, y eso sí, soy líder del grupo, soy el que lo empuja y el que lo jala”.

Así, en condición de líder calculador, no solo aplica su empuje para alcanzar sus sueños musicales, sino también sus metas sociales, junto a la barra, y alguno que otro reto institucional con el equipo que ama.

Desde muy joven, esa numerosa colección de camisetas siempre ha tenido un significado. Es otro de los anhelos más grandes de Felipe y, quizá, de cualquier hincha de un equipo de fútbol: ver alzar las paredes del museo de su club. 

Ese sueño está cerca. Muchas veces ignorado, trabajó por él de forma silenciosa. Persistente y estratégico, Muñoz un día creó unas redes sociales de carácter oficial y se acercó al presidente de Atlético Nacional del momento para decirle: “Presidente, voy a crear estas redes sociales, que yo sé que algún día tienen que ser las redes del museo”.

Solo unos años más tarde, Nacional anunció –el pasado 3 de septiembre– la fase cero del primer museo de un equipo de fútbol en Colombia. Desde entonces, Felipe, el tipo terco y estratega, que dice las cosas como las piensa, viene trabajando junto a su equipo en la activación de las redes oficiales de ese museo que tanto soñó.

Él, que siempre tuvo claro que algún día tendría que donar una buena parte de su colección a su equipo, por eso de sentirse atado y comprometido a su historia, se prepara para hacer la entrega oficial de la mayoría de sus implementos, que durante tanto tiempo permanecieron atesorados en uno de sus armarios.

A estas alturas de su vida, Felipe ya tiene más claro qué es lo indispensable, y en medio de una pandemia que llegó para encerrarnos y desafiarnos cara a cara, luce más desprendido de algunas cosas que ya no siente tan importantes.

La pérdida de su madre marcó su vida, y desde entonces, justo cuando conoció de frente una derrota verdadera, lejos de un campo de fútbol y de los 90 minutos, comenzó a resignificar lo que para él era más importante.

Por eso, pese a extrañar a Nacional y los domingos futboleros, sabe que la vida sigue con o sin fútbol. Se desprendió de algunas de las colecciones de camisetas que ya no representaban tanto para él. Su armario perdió volumen y, después de la derrota, llegó su hija.

Felipe sostiene en sus brazos a su pequeña hija. Instagram: pipe3dc

“Perder es ganar un poco”, dijo algún día Pacho Maturana en un contexto deportivo que es aplicable para la vida y, a pesar de que nunca más podrá ver a su madre, las enseñanzas y aprendizajes de un tipo más curtido y maduro espera aplicarlas en su nuevo rol de padre.

“Lo que sí ha ocurrido con mi vida es que si mi hija está en el hospital y Nacional juega una final, yo me quedo en el hospital con mi hija. De hecho, eso ocurrió el 10 de enero de este año cuando ella nació. Ese día se despedía un gran ídolo de mi vida, que es Alexis Henríquez. Yo me tuve que quedar con mi hija y no ir a la despedida”.

Lo cierto, como Felipe lo afirma, es que sus otras pasiones no han disminuido su intensidad, solo que “llegó algo que es lo número uno en mi vida, que es mi hija, para entender que hay una cosa que es mucho más importante”.

Y, por supuesto, la letra de la canción de Los Del Sur que dice: “Mi verde / sos todo lo que yo quiero / sos mi alegría / te quiero como a mi vieja / vos sos mi vida”, tal vez identifique a miles de hinchas de Nacional, pero ya no identificará más a Felipe Muñoz.

El día que la muerte cobró la vida de su madre, Francisco Maturana llamó a Felipe. En esa sentida conversación, Pacho le dijo una frase que él no olvida: “Felipe, las mamás son tan tesas que uno toda la vida tuvo la frustración de no estar con ellas todo el tiempo y ellas se encargaron, con su muerte, de estar siempre con nosotros”.

Especial realizado por los estudiantes del Énfasis en periodismo digital del pregrado en Comunicación Social.

2020 / 2

Cuarentena: una papa caliente

RELATOS DE PANDEMIA

Cuarentena: una papa caliente

Autor: Daniel Botero Velez

 
 
 

Antes de que partiera a tierras lejanas, Ciudad del río se había convertido para el Valle de Aburrá en un sector muy concurrido. Su ambiente tranquilo, de picnics y skateboarding lo convertían en un lugar ideal para combinar actividades deportivas o de ocio. Un lugar cultural donde reposa el Museo de Arte Moderno de la ciudad y algunas fachadas graffiteadas que adornan su paisaje colorido.

El día que volví a Medellín vi el sector muy desolado, con escasos rostros cubiertos de nariz a mentón y el skatepark completamente vacío. Ahí fue cuando pensé en los food trucks, que durante años trabajaron duro para ubicar a Ciudad del río en un punto de referencia gastronómico de la eterna primavera. ¿Aún permanecen en el sector? ¿Qué habrá pasado con esos negocios? –fueron algunas de las preguntas que me hice en ese momento.

Entonces recordé a las “papitas cochinas” –como le solemos decir los paisas a las papas fritas post rumba–, que llevaban por nombre Potato Mix y solían ser el manjar preferido de las personas al terminar sus noches de fiesta. Allí trabajaba Lesme Samuel Hernández, un venezolano con un poder de convencimiento tan alto, que lograba acercar a propios y extraños a probar las reconocidas papas.

Hoy por hoy y luego de perder su empleo tras el cierre del negocio donde había logrado conseguir una estabilidad económica, su energía característica y sus ávidos deseos de ganarse la vida ya no reposan en el lugar.

“No cuento con un sueldo, ni un trabajo fijo. Trabajaba en la empresa Potato Mix, me iba a bien, pero en estas circunstancias me tocó bandeármela como dicen por la calle, vendiendo caramelo, mazamorra y ahora estoy trabajando en Rappi, que eso no me sirve pa’ mucho si no pa’ subsistir pa’ la comida y pagar algo del arriendo” – dijo Lesme Samuel acerca del viacrucis que atraviesa.

Solo hasta el viaje de regreso a mi ciudad natal vi de cerca la tragedia. Vi como puñados de policías hacían señas en la carretera para detener los carros y revisar papeles que certificaran su permiso de movilidad. Vi como una de las autopistas más transitadas del país permanecía sola, con contadas tractomulas recorriendo los paisajes del Magdalena Medio. Y, además, como si fuera poco, vi a cuatro adultos y dos niños de menos de cinco años empujar descalzos una carroza llena de trastes y baratijas en pleno sol del mediodía, con dirección a Santander.

Son venezolanos – dijo el conductor con seguridad, mientras el grupo se quedaba atrás por el retrovisor.

Entonces caí en cuenta que durante mi trasegar lejos de casa, iba a encontrar una Medellín muy distinta. Sin sus enloquecidas noches en el Parque Lleras, sin sus tardes llenas de folclor y deporte en el Atanasio Girardot e incluso, por primera vez en décadas, sin un desfile de autos antiguos o de silleteros.

Pensé en mi gente, pensé en mis amigos, y también tuve tiempo para pensar en esos venezolanos que caminaban descalzos seguramente hasta su tierra. Una que iban a encontrar muy diferente, como yo encontré la mía.

Según la Secretaría de Desarrollo Económico de la ciudad son 6.248 establecimientos como bares, restaurantes, cafeterías y locales móviles de comida que están a la espera de su reapertura económica. Este sector representa para Medellín el 8.2% del tejido empresarial.

Unas papas sobre un saco. Foto: Pexels

Dentro de ese porcentaje, Potato Mix y otros emprendimientos que forjaron parte de su éxito en Ciudad del Río aseguran que la disputa con las instituciones gubernamentales viene desde antes de que iniciara la pandemia.

“Hemos tenido una lucha diaria con el Gobierno y con la Alcaldía porque ese lugar, es un lugar que maneja mucha política y maneja mucha gente de plata que no nos quiere tener en el punto. Pero tanto como gente que no nos quiere, tenemos en nuestros clientes gente que nos quiere y nos apoya. Si o si, Ciudad del Río es una parte cultural muy bonita, y una parte cultural gastronómica” – dijo Johnny Yepes, dueño de Potato Mix.

Johnny es fiel muestra de solidaridad y esperanza en medio de la crisis. En este momento la ayuda es mutua entre él y Lesme Samuel, su trabajador, quien le adeuda cinco meses de arriendo por uno de los cuartos de su casa. Allí, el venezolano vive con su esposa y su hija.

“Nosotros no podemos hacer domicilios porque al trabajador no me da para tenerlo toda la noche disponible porque a él no le está dando el sueldo para ayudarme a mí, porque él me paga una pieza en la casa donde vivimos” – dijo Johnny.

Para ambos, la reapertura del sector gastronómico termina siendo fundamental y esperan que pronto la vida también sea solidaria con ellos. Poniéndole fin a las papas calientes y a los tiempos difíciles.

Especial realizado por los estudiantes del Énfasis en periodismo digital del pregrado en Comunicación Social.

2020 / 2

La única pandemia que le ganó a la barbería Restrepo Hermanos

RELATOS DE PANDEMIA

La única pandemia que le ganó a la barbería Restrepo Hermanos

Autor: Maria Camila Vergara

En los 60 años de historia de la Barbería Restrepo Hermanos se cuentan tantas anécdotas como tipos de cortes, sin embargo, la pandemia fue el corte que le puso fin a tantos años de historia.

 

Con apenas 16 años, Álvaro Restrepo llegó desde Fredonia, municipio del suroeste Antioqueño, a la Calle Colombia, en pleno corazón de Medellín, para darle inicio al proyecto al que le dedicaría su vida y donde esperaba terminar sus últimos días

 

Según la Asociación Colombiana de Barberos, por cada 213 hogares existe una barbería en un lugar de Medellín; ante tanta oferta y competencia, la ubicación es fundamental.

 

Alvaro Restrepo- propietario

Una cuadra de distancia separaba la Barbería Restrepo Hermanos del Palacio Nacional de Justicia de Medellín en esos primeros años de la década de los 60 del siglo pasado, – hoy el Centro Comercial Palacio Nacional- desde entonces los mejores abogados y jueces de la ciudad le pusieron la cabeza a Don Álvaro y a tres de sus hermanos. Bernardo Trujillo Calle, ex alcalde de Medellín, y Jesús María Valle, reconocido abogado del momento, son algunos de los clientes estrella que recuerda su propietario.

Ésta no solo fue la época dorada de la barbería, por conocer personas políticamente importantes, sino por batir su récord de cortes en un día. “Una vez, el 17 de diciembre de 1965, motilé 56 personas, a tres pesos cada una”, cuenta Álvaro Restrepo. Hoy por hoy, un corte tiene el valor de 10.000 pesos.

En un país de tiendas, peluquerías y barberías, la Restrepo Hermanos nos cuenta, por medio de los objetos tradicionales, la historia de estos negocios, que por muchos años eran desinfectados con formol y las cuchillas afiladas con correas de cuero. Los cortes se realizaban en su totalidad con barbera y tijera, la que actualmente es reemplazada por una cuchilla.

La silla tradicional, aparatosa y pesada, es el único recuerdo que guarda Álvaro después del cierre de la barbería, fue fabricada en Chicago a principios del siglo XX, hoy tiene un valor de diez millones de pesos aproximadamente, asegura su dueño. Pese a su gran valor monetario, éste irónicamente no supera el valor emocional y será guardada y utilizada para uso familiar.

Sin embargo, después de esos años de gloria, apareció la primera “pandemia” que afectaría el negocio, pero esta vez cultural. La llegada del movimiento hippie, a finales de los años 60, hizo que las personas llevaran un estilo de vida descomplicado y un poco vago,  y que en consecuencia no se quisieran cortar el cabello. Las largas melenas amenazaron con ser el fin de las barberías. Aunque con los años sobrevivieron al virus del pelo largo.

Más adelante, la llegada del virus de las afeitadoras a los supermercados hizo que el fácil contagio a estos implementos personales les disminuyeran una parte las ganancias, debido a que antes de su llegada todos los cortes de cabello incluían la barba, pues nadie sabía cómo cortarla.

Álvaro no solo supo adaptarse ante las embestidas sucesivos de las modas, sino también a la ausencia que con los años fueron dejando sus tres socios y hermanos. Los cuatro hermanos llegaban a las 5:30 de la mañana, hora a la que ya había personas esperando para ser atendidas, y cerraban a las nueve de la noche, de lunes a lunes. Su propietario asegura que fue éste compromiso el  hizo posible comprar una casa y educar bien a sus hijos.

“Fue un punto de encuentro de la familia, veníamos con mi mamá, con todos los hermanitos desde pequeños y esperábamos a que mi papá terminara de trabajar y nos seguíamos, digamos, si era diciembre, a ver alumbrados por acá por los parques cerquita”, cuenta Luis Carlos Restrepo, sobrino de Álvaro. Juntos recuerdan que, al finalizar la jornada, los últimos clientes y quienes visitaban a los hermanos Restrepo acostumbraban a jugar dominó. 

Con la llegada de la pandemia del COVID-19, el último cliente fue atendido el 19 de marzo del 2020. A sus 76 años, el barbero estrella y propietario tenía como única opción mantenerla cerrada. “Nunca me imaginé que iba a entregar, yo pensé que me iba a quedar hasta que me muriera, pero ya, ya tocó y da nostalgia”, dice Álvaro.

Especial realizado por los estudiantes del Énfasis en periodismo digital del pregrado en Comunicación Social.

2020 / 2

Los sueños no son neutros

RELATOS DE PANDEMIA

Los sueños no son neutros

Autor: Paula Andrea Tamayo

Para Sebastián Cardona el cierre de sus sueños no es una opción. Y, en contra de todo pronóstico en medio de esta pandemia, su bar Neutro logró reinventarse y prevalecer, respondiendo al llamado de las personas al entretenimiento y la conexión que este trae. En palabras de Sebastián; “Neutro bar sigue siendo el lugar donde todos caben, donde no hay pretensiones de ser más que otros. Es el lugar de la gente, por el momento no físico, pero, sea como sea, su espíritu sigue ahí.”

 

 

Sebastián, antes de su bar, solía tener un trabajo al que él recuerda como monótono y que lo estaba llevando a sumirse en una depresión profunda. El año pasado, después de que su padre se enfrentara a un cáncer que casi termina con su vida, decidieron los dos entonces cumplir el sueño que siempre habían tenido y los iba a llenar de felicidad; abrir su bar. 

Neutro Bar nació el 9 de noviembre de 2019, bajo la idea de crear un espacio innovador y lleno de vida, eso era lo que más representaba para el par de hombres detrás de su creación: vida. Un lugar que pudiese hacerle frente a la fuerte competencia de Medellín en este campo. Sus puertas se iluminaron en medio del barrio Provenza en El Poblado, momento que Sebastián recuerda como una apertura sublime, repleta de felicidad y acompañada de seres queridos que vivían su mismo sueño.

 

Pero, al igual que el resto de personas en todo el mundo, no contaba con la llegada de un virus que le daría un cambio repentino a todo, sin embargo, las ganas de salir adelante de Sebastián, y cierto compromiso ligado al amor tan grande que le tiene a su padre, lo motivaron a levantar la cabeza y pensar en nuevas alternativas para no decir adiós a lo que se había convertido en su segunda casa.


El bar ahora ofrece servicio a domicilio de los famosos cocteles de la casa, pues era una manera de “seguir llevando un pedacito de Neutro a los hogares de todos.” También realizan Lives por las plataformas de Instagram y Facebook, permitiéndole a las personas escuchar música y ambientar los espacios insonoros, pues Sebastián considera que el arte del entretenimiento, en tiempos de tanta preocupación es fundamental para lograr unir personas y continuar con la esperanza de algún día volver a compartir un espacio físico.


Además, Sebastián comenzó a involucrar platos fuertes en su menú, sobre todo comida rápida, dándole más opciones a los consumidores de comprar en su local, todo con el fin de que siga siendo un lugar rentable, con varios empleados y que siga creando una micro red de mercado local.

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El sector de la gastronomía, incluidos bares y restaurantes, ha sido uno de los más golpeados en este momento. La situación no es para nada fácil. Según cifras de la Asociación Colombiana de la Industria Gastronómica, al menos un 30% de este sector ha tenido que cerrar sus puertas.  “Definitivamente el sector más afectado por la pandemia es la industria de la comida, desde productores de alimentos hasta los restaurantes y bares. La pandemia ha causado una drástica caída en el tráfico diario de clientes de estos establecimientos, lo que significa una disminución en la demanda, que finalmente provoca una reducción en la producción de alimentos y por supuesto, empleos”, asegura Simón Gómez, economista, y afirma que, son valientes e innovadores los que se atreven a salir de su zona de confort para rescatar a sus emprendimientos. 

Y, a pesar de que algunos de estos negocios estén intentando prevalecer en tiempos difíciles, el futuro para ellos es incierto, pues no existe respuesta inmediata de cuando todo volverá a la “normalidad”, o, si es el caso, de que debamos crear y adaptarnos a nuevas “normalidades”.

 

A la pregunta ¿por cuánto tiempo crees seguir con tu bar?, Sebastián sin titubear responde que seguirá junto a Neutro el tiempo que sea necesario. No importa que tan difícil sea ver los números bajar u observar sus puertas una junto a la otra cada noche, el lugar alcanzó a tener un gran acogimiento por las personas que entraban por sus puertas a tomar sus cocteles favoritos, y más importante aún, hace parte del corazón y legado que junto a su padre tratan de construir.

 

Neutro no es un bar cualquiera ni mucho menos. Esconde detrás de su historia un amor y lazo paterno que no dejarán vencer por ninguna pandemia u obstáculo que se ponga en frente. Sebastián promete hacer todo lo posible para que el día en que todo empiece a volver a como era antes, Neutro este allí para celebrar la felicidad más grande: estar todos juntos de nuevo.  

Especial realizado por los estudiantes del Énfasis en periodismo digital del pregrado en Comunicación Social.

2020 / 2

La manicurista de sueños

RELATOS DE PANDEMIA

La manicurista de sueños

Por: Daniela Medina y Paula Tamayo

Si a la palabra “resiliencia” le agregaran un sinónimo, sin duda para este caso sería “Milena”. A las 4:30 a.m. se apaga la alarma de Milena Valencia. Sus ojos café oscuro se abren de par en par y se prepara para empezar el día “echándose” una bendición y caminando hacia el cuarto de su hijo para revisar que esté bien. Milena tiene esta misma rutina desde hace 17 años que nació Daniel. Y ha seguido con ella incluso cuando dormía en cuartos alquilados, o cuando una de sus exparejas la amenazó con asesinarla antes de dormir, o cuando en esta pandemia pensó que no iba a ser capaz de seguir más. 

La historia de Milena parece ser una montaña rusa que da mil vueltas y no sabe cuando parará. A su padre nunca lo conoció y su madre murió por culpa de un cáncer cuando la pequeña tenía tan solo 15 años. Su abuela la acogió y le enseñó a trabajar por sus sueños desde esta edad. Todos los días, después del colegio, Milena se sentaba en un banquito de madera y comenzaba a coser lo que estaba pendiente en el trabajo de su abuela costurera. Así creció durante bastantes años hasta que su rutina cambio por Andrés, el hombre que ella pensó era el gran amor de su vida. 

 

A Andrés Quintero lo conoció en su barrio natal, Guayabal. Él con 18 años y ella 16, empezaron una relación que ella recuerda como si hubiera sido “de película”. “Él me llevaba a comer helado, al parquesito, y me decía que era muy bonita. Yo me sentía enamorada, quería pasar todos mis días a su lado”. Pero todo esto cambió cuando después de 4 meses de relación Milena se realizó una prueba de embarazo a las 3 a.m. escondida en el baño de su casa. Dos rayas que marcaban positivo era lo único que podía ver en ese momento. 

 

De Andrés no volvió a saber mucho, no quiso verla después de que ella pronunciara con voz temerosa pero entusiasmada “estoy embarazada”. No estuvo cuando debía ir a la clínica a hacerse los controles y mucho menos cuando Daniel respiró por primera vez por fuera del vientre de su madre. A él tampoco podía pedirle ningún apoyo económico, el joven gastaba su poco dinero en drogas y bebida, y en sus planes definitivamente no contemplaba comenzar una familia. Sin embargo, para Milena, su hijo se convirtió en su mayor inspiración. Desprendió de ella un amor que no tenía ni idea que podía sentir y se prometió a ella misma nunca dejar de luchar por su pequeño.

 

 

En su adolescencia, y siendo madre soltera, el consejo que más escuchaba por parte de sus conocidos era “mija, consígase un hombre que la quiera y le ayude un poquito con Daniel por ahí derecho. No lo vaya a dejar sin papá como se quedó usted”. Y estas palabras sí que resonaban en su cabeza. Siendo una mujer sonriente, con curvas, pelo largo y muy coqueta, Milena empezó a interesarse en qué podía hacer para verse “más linda”. Ahí comenzó su pasión por todo lo relacionado a belleza y a sus 20 años inició trabajando en salones pequeños. 

 

 

 Las uñas eran su fuerte, y su pasión. Se veían como pequeñas obras de arte. Así que, decidió entrar a la Escuela de Belleza Mariela para convertirse en una verdadera manicurista. Ese, después de tener a Daniel, era sin duda el logro más grande de su vida. Se graduó después de dos años, lista para ocupar los puestos de esos grandes manicuristas o peluqueros que tanto admiraba. 

 
 

Su último salón fue Glow Nails, ubicado en el barrio El Poblado. Era la manicurista estrella. Su agenda tenia nombres anotados uno tras otro y todos salían con una sonrisa después de ser tocados por las maravillosas manos de esta mujer. Su hijo estaba a punto de graduarse del colegio, tenía una pareja estable, era como si la montaña rusa de su vida se hubiera quedado estancada arriba, en la cima. Hasta que llegó lo que, en un segundo, sin ni siquiera dejar que ella se preparara para el pánico cómo pasa en los parques de diversiones, su vagón descendió a la velocidad de la luz. 

En marzo Glow Nails cerró temporalmente. Era imposible atender clientes en medio de una pandemia, y era igual de difícil ver un sueldo reflejado en los meses que estaban por venir. “Niñas, yo lo siento mucho pero no puedo pagarles bien. O les pago, o cierro esto”, les dijo la propietaria de Glow. 

Dos días después, una tarde después de ir a recoger sus cosas al salón, llegó a casa y faltaba algo, o más bien, alguien. Fabio, su novio, su “este si es”, se había marchado. La noche anterior habían tenido una discusión fuerte. El estrés de la situación mundial los había alcanzado hasta lograr destruir lo que ella consideraba su familia completa. “Esta bien, esto yo ya lo viví. Somos Daniel y yo, y futuro es lo que nos queda”, se repetía una y otra vez. 

La calma, o esta motivación, se empezó a esfumar cuando los alimentos de su nevera hicieron lo mismo. Así que, tomó una decisión dura pero necesaria: trabajar. Trabajar cuando sabía que lo que iba a hacer estaba totalmente prohibido. Milena comenzó a escribirle a sus clientas, y muchas, para sorpresa de ella, aceptaban la visita a sus casas. Cada día salía a ganarse lo que podía y llegaba a su casa siguiendo casi los mismos protocolos que un médico de cuidados intensivos en época de covid-19. Retiraba sus prendas en la entrada, dejaba sus maletas en la puerta para desinfectar y corría a la ducha. No importa que cansada estuviera, siempre hacía lo mismo, y después pasaba 1 hora y media desinfectando sus utensilios de trabajo. “Yo no me quiero infectar. No quiero infectar a mi hijo. Además, me tocaría parar 15 días. ¿15 días sin un peso? Eso es muy difícil” Incluso, en tres ocasiones las autoridades la pararon en la vía por violar la cuarentena. Ella, con lagrimas en los ojos, les explicaba su situación, y por fortuna en ninguna recibió una multa. 

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Sus clientas son su segunda familia. Milena es una mujer que se encarga de llevar esa normalidad que ya no esta y que no se sabe cuando volverá a las casas de quienes la contratan. Con sus historias cautiva y es muchas veces psicóloga personal de las niñas a las que atiende. Tal vez, más que un arreglo de uñas, pies o pelo, Milena representa ese contacto social que nadie quiere perder, y todos buscan, aunque eso signifique incluso violar normas de bioseguridad.

 

Hoy Milena no quiere volver a al salón, aunque pueda. Sus clientes más fieles siguen a su lado, e incluso su hijo le creó un perfil en Instagram para que la conozcan más. Milena incursiona en lo que le piden, no se rinde, no se cansa, no se agota, o por lo menos, no lo muestra. “En este momento las uñas siguen siendo mi pasión y mi fuerte, pero a muchas clientas les estoy arreglando su pelo y hasta he sido la decoradora de 2 fiestas, pequeñas, pero quedaron muy bonitas” 

 

 

El futuro de Milena es incierto, pero lo que tiene por seguro, es que sea lo que se presente en su vida, buscará la forma una y otra vez de salir adelante demostrándose a si misma que puede con todo, y que, a pesar de las adversidades, siempre tendrá una sonrisa para ofrecer. Milena pinta sus sueños, y cuando los cumple terminan siendo la mayor obra de arte que pueda existir. 

 

Especial realizado por los estudiantes del Énfasis en periodismo digital del pregrado en Comunicación Social.

2020 / 2

Gimnasios post cuarentena

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