¡Qué no apaguen el pico!

Autor: Astrid Bravo 

 
 
 
 
 
 

Desde antes de nacer, antes de que se conecten a la energía y alguna tecnología medio mística les haga cantar las voces de los grandes del vallenato, los picós ya retumban: las piezas de madera que los componen, que nunca miden menos de un metro, esparcen por el aire el sonido del martillo cayendo sobre ellas y a veces puede adivinarse algún vestigio de una caja vallenata oculto en el golpeteo.

Osvaldo Junior los crea desde su casa: los corta, los arma, los pega, los pule, los pinta… Y luego, cuando quedan listos para quebrar vidrios y destemplar dientes, los lleva a concurso. Como una pelea de gallos, otra de las tradiciones costeñas, un concurso de picó solo termina cuando uno de los dos corre, cuando se demuestra sin lugar a dudas quién es el que más. Hay algo del espíritu de la gente de esta tierra caliente y alegre que los impulsa siempre a querer superarse entre sí, y en ese afán llegan a lugares insospechados.

¿Dónde, si no en El Caribe, dónde si no en Valledupar, se le iba a ocurrir a la gente competir para ver quién tiene el aparato que más duro suena? En esa carrera, según cuenta Osvaldo, han llegado a fabricar aparatos de sonido con hasta 40 bajos y 24 medios, 64 parlantes en total, más las unidades para brillos. Una monstruosidad.

“El Offa”, como le dicen sus amigos, conoció los picós y se enamoró de ellos en 1988, cuando fue a prestar el servicio militar en Barranquilla. Desde entonces han pasado poco más de tres décadas y Osvaldo habla de ellos con una pasión contagiosa. Cuando le preguntan por la historia de los picós en Valledupar, explica que esta tradición nació de la necesidad de los caribeños de “vacilarse” su música preferida: no se puede comparar el sonido de un radio, de un teléfono o de algún baflecito con conexión bluetooth, al sonido de los parlantes creados a mano y con la firme intención de que lo que suene a través de ellos vibre sobre la piel y haga sentir esa especie de gentil golpe en el estómago del que escucha y baila.

 

“Aquí la gente competía por quien tenía el sonido más potente, se cerraban las calles de los barrios y comenzaba la mamadera de gallo el baile y la recocha”, cuenta Osvaldo. En torno a estos monstruos de madera creció y se fortaleció toda una tradición de sano esparcimiento sin la que la cultura de los costeños estaría incompleta.

 

Aunque al principio decir picó era decir alegría, jolgorio, emoción y baile, con el tiempo los picós se fueron estigmatizando por incidentes violentos y drogas. Sin embargo, personas como Osvaldo Junior han luchado por reorganizar este movimiento y devolverle su carácter sano.

Luego hay cosas contra las que no se puede hacer nada más que esperar: a los que ya pasados de tragos y sin control de sí mismos se ponen a pelear en pleno evento, Osvaldo los saca, pero poco puede hacer para sacar de una presentación al bichito que ha creado todo este caos en el que vivimos actualmente. La pandemia redujo el ritmo de avance que tenía esta tradición y recluyó a los equipos de sonido junto con los picoteros en patios y talleres como el que utiliza Osvaldo para crearlos: unos 40 metros cuadrados a cielo abierto, cercados con muros de adobe rojo y en cuyo aire, como el de todos los lugares que de alguna manera tienen que ver con esta cultura, suena casi siempre un vallenato. Detrás de la caja, el acordeón y la guacharaca, suena de tanto en tanto un taladro que pule las esquinas de las piezas de madera, el “tum tum” acompasado del martillo que las une o el llamado potente de Osvaldo que se abre paso entre los demás ruidos para que alguno de sus ayudantes le alcance una herramienta.

Al fondo del taller, bajo techo, están las armazones desnudas de los picós que están por nacer junto a uno ya experimentado, pintado por completo y con un letrero colorido que dice “soooonando”, como enfatizando el entusiasmo de los que lo crearon. Debajo, el nombre del picó “Los Caribeños Super Stereo” y sobre las rejillas que cubren las membranas de las que emerge el sonido un grupo de amigos sonrientes rodeados de bafles descomunales. Con todo y sus diseños, tiene una inversión de más de 100 millones de pesos, tardó años en crearse y pesa no solo por lo grande sino por los sentimientos que genera.

Este y todos los otros picós son a la cultura de Valledupar como los bombones a los niños: un motivo de alegría. Si desaparecieran seguramente habría quejas, lamentos y hasta llanto. Antes de que eso ocurra, los amantes de estos aparatos y toda la cultura en torno a ellos están tomando cartas en el asunto. Osvaldo y los picoteros están buscando salidas junto con los entes gubernamentales y ya hay planes para crear una asociación de picoteros independiente. “Lo que buscamos es que no se muera esa tradición tan importante para nosotros como costeños”, concluye Junior.

El baile se pospone y los picós guardan silencio, por ahora.