Aguas Saladas

Autor: Beatriz Botero – Astrid Bravo 

 
 
 
 
 
 

Amaury José Barbosa Colón tiene la piel morena, la mirada seria, las cejas escasas y su barba siempre parece que fue afeitada hace un par de días. Tiene 48 años y vive en el mismo lugar en el que nació: Santiago de Tolú.

El pueblo está a nueve grados, treinta y un minutos y treinta segundos latitud norte, y setenta y cinco grados, treinta y cuatro minutos y cincuenta y cuatro segundos longitud oeste. Está sobre terreno llano, a escasos nueve metros sobre el nivel del mar y es uno de los sitios turísticos de mayor importancia en el caribe colombiano.

Amaury vive allí porque ama el mar y es de él de donde consigue el sustento. “Es pescador” dirá alguno apresurado, pero no. Amaury vive de manejar lanchas, de montar el mar como se monta a una bestia que aún no se ha domado: con respeto y admiración. Desde pequeño, cuando trabajaba en las playas vendiendo caramelos y haciendo mandados, corriendo de aquí para allá con las chanclas llenas de arena, aprendió que esa inmensidad de colores azulados y verdosos era como una especie de dios que podía quitar todo lo que daba en apenas un parpadeo.

Muchas veces vio a hombres de espaldas anchas y piel tostada regresar de la lejanía con la barcaza llena de sardinas y, de cuando en cuando, algún pez de esos que uno apenas sabe que existe porque lo ha visto en algún libro. Muchas otras veces, escuchó también que fulanito y perencejo no volvían desde hacía varios días, porque cuando salieron a pescar el tiempo estaba malo y el mar andaba bravo.

Aun sabiendo que vivir del mar es vivir al día, siempre supo que eso era lo que quería hacer. En cuanto se convirtió en un hombre se inscribió en una academia para estudiar y ser capitán de embarcaciones. Pero como en todo se empieza desde abajo, Barbosa no llegó de buenas a primeras a comandar una carabela de las que se ven en las películas en las que aparece su homónimo. “Como yo de pirata no tengo sino el apellido” dice entre risas, “empecé humildemente, de chofer de lancha en un club que me tuvo trabajando por 15 años”.

Él sabe bien el valor del tiempo, todos le reconocen por su puntualidad, pero a la par de cumplido es también paciente, y durante todos esos años, con la meta fija en la mente, esperó y ahorró lo suficiente para comprar su primera embarcación.

 

Ese primer “aparato”, como les dice él a sus lanchas, lo consiguió con ayuda de la que hoy es su esposa: Alba Martínez. La ilusión de formar una empresa y que la familia pudiera ser independiente fortaleció mucho su relación y además de esposos, ellos dicen que son socios. Mientras Amaury manejaba lancha en jornadas de diez o doce horas, Alba manejaba las finanzas y se encargaba de que todos los pesos que llegaban a la casa se aprovecharan al máximo.

Esa ilusión y todo el trabajo se convirtieron luego de un tiempo en un club náutico al que llamaron Navegar Club.

 

Las mareas iban y venían y Amaury siempre estaba trabajando. Después de la primera vino la segunda, la tercera, la quinta, la décima y la decimoséptima embarcación. Por el trato con los clientes y la excelencia de su trabajo, las cosas fueron yendo siempre a mejor. En la actualidad, en Santiago de Tolú hay 17 empresas como la de Barbosa, pero la suya es la única certificada por la norma ISO 9001 del ICONTEC (Instituto Colombiano de Normas Técnicas y Certificación).

El club creció tan rápido y tan bien, que tanto para la familia de Amaury y Amanda, como las de todos los que conducían alguna de las embarcaciones de Navegar Club, lo único que parecía asomarse en el horizonte era más progreso. Todos miraban al futuro con cara de esperanza. Hasta marzo de 2020.

Cinco años después de haber iniciado un proyecto impulsado apenas por las ganas de trabajar y el amor por el océano, un virus raro cruzó el mundo entero, enfermó a un montón de gente y los obligó a cerrar. “Uno quisiera entender por qué es que pasan las cosas, pero eso no dio tiempo de nada. Faltando como un mesecito pa’ semana santa, cuando ya estábamos preparados para todo el boleo de esos días, vimos en las noticias que habían decretado emergencia sanitaria y dizque ya no íbamos a poder trabajar”.

Contar cómo se fueron cerrando las terminales de autobuses, los aeropuertos y hasta las mismas carreteras “es llover sobre mojado”, como dice Amaury. 

Si no hay quien visite las playas no hay razón para salir a vender cocadas, ni hay a quién hacerle trenzas, ni hay quien compre manillitas de coral y menos hay quien quiera montar en una de las lanchas de Amaury. El mar se ve tranquilo, quieto como la gente que de él vive. Las coordenadas del pueblo son, por culpa de la pandemia, casi equivalentes a cualquier otra latitud y longitud de esas que visitan los pescadores y en las que lo único que se escucha es el ruido del viento acariciando las crestas del agua salada.

En medio de esa quietud, ya sin excusas para volver al mar, los 17 trabajadores de Amaury han tenido que buscar otros medios para ganarse la vida: la mayoría de ellos está ahora en el sector de la construcción, donde la arena con la que trabajan es gris y aburrida y nada tiene que ver con la de color blanco que antes se les metía entre los zapatos.

Al jefe de todos ellos, el barco se le ha ido hundiendo de a poco, pero como buen capitán, no lo va abandonar sino hasta el último momento, cuando el agua le llegue hasta la coronilla. “Toca hacer caso a lo que dice to’ el mundo. Toca reinventarse, pero yo mis lanchas no las dejo”.

Por decisión propia, casi por despecho, Amaury decidió aislarse a sí mismo de las montañas de información que aparecen día a día sobre el virus. Para él es alguna cosa rara que vino desde China, como desde el otro lado del mar, a acabar sin razón alguna con todo el fruto de su trabajo. Mientras lo dice su mirada ya seria se hace aún más grave y las cejas casi imperceptibles se fruncen en un gesto que combina algo de rabia, impotencia y desesperación.

Luego, levanta la cabeza, mira al frente y sonríe. “Como le dije, vivir del mar es vivir al día… Ahora que se nos acabó la buena racha habrá que buscar otra forma de sustento”.