Un nocaut al pasado

En el ring de su gimnasio, Jacobo Crismatt nos recibe con la simpatía que lo caracteriza, su sonrisa dibuja la felicidad de hacer lo que más le apasiona, boxear; se despide de su último pupilo para respondernos algunas preguntas, al salir del ring, debe alzar las cuerdas más que los demás debido a su altura. El joven boxeador, empieza hablando de su infancia y del rol de su familia en su vida. Sin embargo, más allá de la infancia feliz que tuvo Jacobo, se esconde una lucha, la más importancia de su vida, que peleó junto a su familia desde la temprana adolescencia.

Desde su niñez, Jacobo creció rodeado del amor de sus padres, hermanas y abuelos, quienes siempre lo impulsaron a cumplir sus sueños teniendo presente los valores éticos adquiridos y la unión familiar. Además, tuvo la fortuna de ser parte de una familia de deportistas de alto rendimiento. Mientras la madre se destacó como miembro de la selección femenina de baloncesto, el padre de Jacobo fue beisbolista y posteriormente se centró en el ciclismo. Más allá de sus padres, Jacobo destaca la presencia de sus abuelos como promotores del deporte, su abuelo materno, siendo rector de colegios prestigiosos en Antioquia, siempre tuvo como premisa la frase “educación y deporte”, desde su trabajo apoyó jóvenes talentos deportivos con becas educativas, asimismo, su abuelo paterno, fue un beisbolista consagrado y un modelo de enseñanza para Jacobo. Él siente que lleva el deporte en las venas, pues sus raíces son netamente deportivas. Sin lugar a dudas, las experiencias adquiridas en su entorno familiar, calaron en Jacobo, pues en sus respuestas siempre está implícita su familia,  un pilar fundamental en su vida.

La adolescencia temprana inicia aproximadamente a los once o doce años, conlleva una serie de cambios físicos y psicológicos que cada individuo afronta de una forma distinta; pero en términos generales se caracteriza por comportamientos como la rebeldía. Jacobo experimentó una serie de cambios a los doce años. Gracias a su personalidad y siendo parte de una comunidad educativa, conoció jóvenes de grados más altos que el suyo y por ende de mayor edad, aproximadamente quince o dieciséis años,  a través de estos menores, Jacobo tuvo su primer acercamiento a las drogas.

Aunque era más pequeño que los demás, su afán por encajar en los temas que los “más grandes” hablaban lo llevaron hacía un abismo del que muchos no pueden salir, el consumo de sustancias alucinógenas. En una miniteca a los doce años, Jacobo probó un estupefaciente llamado “Dick”. A partir de ese momento, se desencadenaron una serie de problemas para Crismatt, ya no eran consumos recreativos sino rutinarios, pasó de los famosos Dick, al consumo de marihuana, perico y ácidos; fue expulsado del colegio, sus padres se enteraron de su adicción y a partir de ahí, los problemas familiares fueron constantes, incluso, llegó a tener inconvenientes legales, pues su círculo social había cambiado por completo, ya no era parte del grupo en el que deseó encajar sino que sus nuevas “amistades” incluían expendedores de drogas.

Jacobo
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¿Cómo te quieres ver dentro de cinco años?, ¿te quieres ver que tú familia te esté visitando en un centro de rehabilitación o quieres ver tú casa con alegría?- fueron las palabras de Omaira Uribe, la psicóloga de Jacobo, quien al escuchar estas palabras, visualizó su futuro y se dio cuenta que tenía un problema y el primer paso para recibir ayuda era aceptarlo. Así lo hizo e inició su proceso de rehabilitación con el apoyo de sus padres, una familia como muchas otras que vivió el flagelo de las drogas en Colombia; no obstante, el deporte fue vital para la rehabilitación de Jacobo.

Un día, mientras Jacobo ya estaba en proceso de rehabilitación de los alucinógenos; pero aún fumaba cigarrillo y bebía, llegó uno de sus amigos y lo invitó a un gimnasio para boxear, pues al amigo le daba pena ir solo. De inmediato, Jacobo aceptó. Llegó al gimnasio de boxeo y fue amor a primera vista, tenía 16 años y su estado físico no era el mejor en ese momento; pero su fuerza de voluntad y resiliencia son su carta de presentación. Jacobo empezó a entrenar en aquel gimnasio, tuvo la aprobación de sus padres, a pesar de algunos miedos que rondaban la mente del padre, dado que siendo médico sabía de las lesiones cerebrales que pueden causar un golpe en un deporte de contacto como el boxeo.

El joven de tez blanca, que se torna rosácea por el contacto y la energía que requieren el boxeo, narra en medio de risas su primera pelea, a tan solo dos o tres meses de haber empezado a entrenar y sin tener el debido conocimiento de las categorías en este deporte, puesto que su intención, al principio no era competir. El entrenador Gustavo Ospina, lo motivó a inscribirse a un “guanteo” con otro gimnasio de la ciudad. Después de entrenar unas semanas, llegó el día de la pelea en el hotel tryp. Jacobo pesaba sesenta y tres kilogramos mientras que su rival pesaba sesenta y siete, más allá de los kilos de diferencia, su contendiente tenía experiencia. La pelea de Crismatt era la número tres, estaba un poco nervioso y la adrenalina se apoderó de él, al punto de no recordar cómo ganó la pelea, afortunadamente hay vídeos de aquella batalla, donde ganó por nocaut, llenando de júbilo a su equipo y a sus padres, que se encontraban allí para verlo.

Después de esa primera pelea, Jacobo reafirmó sus ganas de ser deportista y competir. Gracias a su arduo trabajo, fue convocado a la selección antioqueña de boxeo y entre sus grandes logros, se encuentran viajar a Cuba a competir allí. Jacobo está seguro que le queda un largo camino por recorrer en el deporte colombiano y afirma que debe ser más determinado para continuar su carrera deportiva; sin embargo, de las batallas que ha librado ha salido victorioso y triunfó por nocaut en la guerra que libró contra su pasado, las adicciones.

A través del tiempo, ha aprendido muchas cosas que antes no valoraba, por eso, ahora es un hombre hogareño que no busca la aprobación de terceros, no le gustan los problemas y de acuerdo con sus palabras, lo que más lo destaca como persona es su alegría, impulso por vivir la vida y capacidad de pedir perdón. Físicamente, los tatuajes de su pecho son un referente de su estilo.

Hoy en día, Jacobo Crismatt tiene apenas veintitrés años repletos de vivencias; su barba le atribuye un poco más de edad, algo que le agrada porque marca un aspecto más rudo en su rostro. Labora en su propio gimnasio, donde se desempeña como entrenador de boxeo, puede decir que vive del deporte; su tiempo se divide entre el trabajo y el estudio, pues alterna sus prácticas de boxeo con el programa universitario que cursa, comunicación social. Los fines de semana los dedica a compartir con su novia y su familia, así como al descanso. El boxeador, es un ejemplo de resiliencia, tiene la madurez de la que carecía hace once años para tomar decisiones asertivas en su vida personal y profesional. Jacobo siente que no hay un logro principal en su vida, pues cada cosa que ha hecho lo ha convertido en la persona que es en la actualidad; no obstante, dejar las drogas y disfrutar de su vida sin hacer uso de ellas es un factor determinante para alcanzar sus sueños.

Jacobo C

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