RELATOS DE PANDEMIA

Una inesperada parada en el camino de regreso a casa

Autor: Oriana María Acosta 

Fueron 112 días los que transcurrieron para que María Fernanda López, luego de haber quedado atrapada en Ecuador a causa de la pandemia y el cierre de fronteras en Colombia, lograra llegar a Cali, una de las paradas que tuvo que hacer entre Guayaquil y Medellín, viaje que demoró en total cinco días por tierra. 

En el segundo día de su viaje debía tomar un descanso, por lo que al salir de la Terminal de Transportes de Cali empezó a buscar dónde quedarse, pero empezó a llover. En ese momento un hombre de la zona la abordó a ella y a la persona con la que viajaba para preguntarles si necesitaban hotel y, sin pensarlo mucho, ella respondió que sí.

“Normalmente soy muy meticulosa con mis planes. Hacer un viaje por tierra tan largo no habría sido algo que hubiera decidido bajo ninguna otra circunstancia más que la pandemia. Haberle dicho a ese señor que sí, recién llegada a Cali, sin dudar si era una persona confiable, fue únicamente por el cansancio: acababa de bajarme de un bus, de un viaje de nueve horas en el que no dormí. Estaba demasiado cansada y solo pensaba en dormir un rato para seguir y por fin llegar a mi casa”.


Volver a casa

El hombre cruzó la calle con ellos y les abrió una reja verde que daba a una casa frente a la terminal. No tenía fachada de hotel, ni un nombre, ni nada que lo identificara. El único alivio era que seguía siendo frente a la terminal, pero María no quería buscar más. Solo quería sentarse en algún lugar, descansar y buscar tiquetes para viajar a Medellín.

En el exterior del lugar se veía la reja verde y la fachada de la casa: de dos pisos, ladrillo rojo, un garaje lleno de bicicletas y unas escaleras de caracol en el exterior. Al entrar al garaje, a la derecha, se encontraba una señora mayor de edad, corpulenta y grande, recostada en un sofá, quien aparentemente era la encargada del lugar; más al fondo, también a la derecha, había una cocina desprolija que estaba cerrada y desbordada de desorden por doquier; y al final del pasillo, un patio lleno de plantas, canarios que estaban en jaulas y unas escaleras que subían al segundo piso.

Por donde caminaran se paseaban perros y gatos, las paredes parecían necesitadas de una mano de pintura y las baldosas blancas del piso se veían viejas. A la izquierda se encontraban algunas habitaciones, al subir las escaleras otras y como solo había una ocupada tuvieron la oportunidad de escoger la de ellos. La habitación que escogieron se encontraba en el segundo piso, era la única con ventana y daba hacia la terminal. La ventana era una especie de persiana de vidrio, algo pequeña, pero entraba un poco el aire.

 

La habitación tenía dos camas mal tendidas, con las sábanas viejas y desteñidas. Una de las almohadas tenía una gran mancha roja. “Yo sé cómo se ve la sangre, eso era una mancha de sangre. Mi primer instinto fue voltear la almohada y hacer de cuenta que la mancha no estaba ahí”, cuenta María.

El baño era pequeño y lo único que lo separaba de la habitación era una cortina y, al entrar, lo que separaba el sanitario de la ducha era otra cortina sostenida en un palo de escoba. Las toallas eran rígidas, de una tela que lastimaba al rozarla con la piel, y el único rollo de papel higiénico que había estaba rasgado, como si algún animal pequeño lo hubiera roído con sus garras.

Durante todo el viaje, María se sintió tranquila, sin embargo, al encontrarse en ese lugar empezó a desesperarse. Intentó mantener la calma y buscar los tiquetes, pero necesitaba permiso de la alcaldía de Cali y de la de Medellín para viajar en bus y no sabía cuánto demorarían, podían ser días. Le picaba la piel, se sentía perdida.

Habló con su mamá, quien le recomendó contactar con la familia de su papá que viven en Pereira. “Si pueden recibirte allá, saco el permiso y te recojo, es más cerca de Cali, de pronto es más fácil”, le dijo su mamá.

Hacía más de seis años no hablaba con su papá, y mucho menos con su familia paterna. De igual manera, decidió intentar. Contactó con una de sus tías por Facebook, y ella la contactó con su papá.

El señor, en la sorpresa de saber de su hija, le dijo que él estaba viviendo en Cali. Lo esperó, él la recogió y se reencontraron, este fue el primer paso para continuar su viaje.

La estadía al final duró unas pocas horas y costó sesenta mil pesos, demasiado para un hotel sin nombre ni limpieza, pero fue necesaria para seguir el camino e impulsar el tan anhelado regreso a casa.

Especial realizado por los estudiantes del Énfasis en periodismo digital del pregrado en Comunicación Social.

2020 / 2