RELATOS DE PANDEMIA

Amazonas: aventura, fauna, diversidad

Autor: Lina María Valencia Zuluaga

 
 
 

Es imposible viajar Amazonas y no amar cada uno de sus rincones, su aroma, su clima, su sabor, su cultura, variedad de etnias, su panorámica paisajista y un sinfín de contrastes verdes que hacen del Amazonas un lugar increíble y gustoso de visitar.

Mi experiencia data del 2017, cuando junto con un grupo de 14 amigos decidimos emprender este viaje, para el octavo mes del año comenzaba esta aventura. Lo primero que se debe tener en cuenta para emprender este viaje, es que debes estar vacunado contra la fiebre amarilla, portar bloqueador y repelente para los mosquitos. De Medellín a Rionegro es la ruta que se debe tener en cuenta para obtener un vuelo directo hasta Leticia. A eso de las 3:00 a.m. ya pisábamos la tierra del Amazonas. Llenos de ilusión y asombrados por el ambiente, el paisaje y la fauna bajamos del avión. Lo primero que sentimos fue un clima húmedo, no es el calor sofocante de la costa, sino como un clima más bien caliente, pero mojado no tan acalorante, el olor era distinto, provenía de las hojas hidratadas por el río. Estando en el aeropuerto, un bus nos recogió y se dirigió hacia una Maloka, una Maloka es como una cabaña grande, tipo choza redonda con techo de paja y columnas de madera, allí habían hamacas y colchonetas para descansar. Debíamos estar allí hasta la seis de la mañana, hora en la que salía una lancha en dirección al hotel que se encontraba en los adentros de la selva y para llegar allí debíamos cruzar el río Amazonas.

Eran las 5:30 a.m. cuando el bus nos llevó hasta un malecón, para esa hora se apreciaba una cantidad inimaginable de “pájaros” silbando en el cielo silbando, y también, algo que no había visto nunca antes, loros muchos loros que se confundían con las aves, pues la única vez que había visto un loro era en una jaula. El bullicio de esa hora era la de las aves y los loros, sin embargo, era un sonido agradable, que lo único que provocaba era sentarse a ver el cielo del amanecer entre azul oscuro y medio violeta, mientras se seguía con la mirada la dirección de las aves.

Del malecón a la orilla del río había que caminar unos quince minutos por una manga, la cual estaba un poco lodosa debido a que, en el Amazonas, aunque hace calor, llueve muchas veces durante la noche, lo que provoca que el clima se mantenga húmedo y fresco.

Mientras enfrentábamos este camino se veían algunas casas de lata, o madera creadas sobre troncos que parecían inhabitables, cuando llegamos a la orilla del río pudimos ver lo esperado. El río Amazonas, todo el inmenso río, de color entre café y gris, el cual al mirar no se es posible dimensionar su extensión y ancho. 

Al ver desde la orilla el frente solo se veía a lo lejos árboles y parecía que cruzarlo iba a ser muy demorado, pues parecía que estuviéramos en la mitad de un mar.  Nos montamos en la lancha, y no puedo negar que estar sobre el Río Amazonas genera un poco de tensión, aunque no iba tan rápida la caída del río, es muy caudaloso y profundo, en ese instante pasan por tu mente infinidad de cosas por el hecho de estar en la mitad del río en donde lo que te rodea es selva y no logras ver donde termina. 

En medio del viaje en la lancha llegamos a un punto del río en el que pudimos ver los límites, la triple frontera donde terminaba Colombia y donde comenzaba Perú y Brasil. Ver el panorama en directo y no en un mapa fue algo verdaderamente emocionante.

La llegada al hotel y el viaje en la lancha tardo más o menos media hora, una vez llegamos a este pudimos observar que el hotel esta construido totalmente en bambú y madera, pues los nativos evitan utilizar el concreto al máximo para poder preservar la selva, lo único que había y no era madera eran los baños y la piscina, algo muy agradable para el ecosistema.  A su vez, realizan una conferencia para concientizar a cerca del cuidado del ambiente y del buen manejo de las basuras, de los animales que podríamos encontrar y del evitar alimentarnos y dejarlos ingresar a las habitaciones, pues podrían acceder a nuestras pertenencias y llevárselas.

Efectivamente, en el hotel habían muchos monos titis que deambulaban como cualquier persona pero completamente inofensivos, también había una especie zoológico en donde pudimos ver arañas muy grandes, sapos y ranas de muchas especies, incluso la famosa rana dardo o rana venenosa dorada y roja, también se encontraban algunos monos, uno de ellos caminaban libres, monos como los que vemos en las películas, negritos inquietos y que se montan por todas partes, asimismo había un jaguar muy grande y una pantera, claramente encerrados, pero se podían ver a través de una habitación en vidrio.

Igualmente, pudimos ver un caracol cruzando el pasadizo, y como un mono se lo comió, lo cual nos causó mucho pesar, pero digamos que es el circulo de la cadena alimenticia.

Si hay algo que tengo que confesar es que fui una de las personas que no dormía bien en la noche, pues si te asomabas al balconcito de la habitación lo único que veías era selva, y en la noche se escuchaban muchos ruidos tanto en el techo como alrededor,  los sonidos que percibía era como si alguien caminara en la selva, muy parecido al sonido de los pasos aplastando la yerba, las hojas, y efectivamente no era una persona, por lo que la imaginación te lleva a pensar que  puede ser cualquier animal salvaje y no pequeño, Incluso se podía escuchar el sonido del río.

Ahora hablemos de los sabores, en realidad me parece que todo sabe a lo que huele el Amazonas, a ese clima húmedo. El agua, por ejemplo, no tenía el sabor agradable del agua que bebemos en Medellín, es como si hubieran puesto unas hojas a fermentar en ella, pero se podía consumir, por ende, la comida que preparaban quedaba con el mismo sabor. La carne y el pescado también tenían un sabor diferente pues los pescados eran de río, por lo tanto, saben muy diferente a los del mar.

Pude observar que muchos de los productos de consumo no eran nacionales, pues al parecer es mas cercano traer alimentos de las fronteras, por ejemplo, los embutidos como el chorizo son traídos del Brasil, y se llama calabresa. Su sabor es diferente, y tiene algo de picante, pero con las mismas características de un chorizo, solamente que es un poco más rojo.

Aunque la parte de las amazonas en la que nos encontramos hacia parte de la selva colombiana, encontrábamos varios productos de consumo como la Inca Cola, que sabe igual una Pepsi o Coca-Cola, pero es de color amarillo, te sorprende y te engaña por que piensas que va saber a piña. Otro de los productos que encuentras es el licor, en el caso de la cerveza no encuentras una Pilsen o águila, sino la cusqueña, al igual que el aguardiente, pues en su remplazo encuentras el pizco peruano y la cachaza de Brasil, son tragos mucho más fuertes que el aguardiente nacional, es algo que te quema la boca y por supuesto te prende mucho más rápido.

Peru
Selva
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Estando en el Amazonas, visitamos el municipio de puerto Nariño, el pesebre de Colombia debido a que no tiene vías para carros solo para caminar, además que las fachadas de sus casas son muy coloridas. Es un municipio muy joven, pues fue fundado en 1961.  Lo mágico de este pueblo es el silencio que habita en él, además que la tasa de mortalidad y violencia es muy baja. Sus calles se distinguen en palmeras y las avenidas con árboles. También cuenta con un mirador en el cual puedes divisar la selva amazónica.

Al día siguiente, fuimos a la isla de los micos, allí pudimos observar cientos de monos frailes que se te subían por todo el cuerpo, en ese lugar los puedes alimentar con frutas o bananos y solo se vive la experiencia de interactuar con ellos.

Después de la isla de los micos adentras al interior de la selva para ir a la comunidad indígena de las Yaguas, Ahí puedes ver innumerables árboles gigantescos, incluso árboles de troncos y raíces muy gruesas con ramas que cuelgan, como las de Tarzán, Para llegar a la comunidad debes caminar al menos veinte minutos, luego de transcurrir ese tiempo por la selva se empieza a visibilizar casas y chozas, allí nuevamente encuentras una maloka, lo cual significa casa de todos; allí te reúnen y te hacen demostraciones culturales como la danza y te invitan a participar, su manera de hacerlo es pintándote la cara y los indígenas te asocian a un animal, debes permanecer con la cara pintada para poder ingresar a su comunidad.

Isla de los micos

De regreso al hotel entras en Macedonia, una población de indígenas en donde también te cuentan historias de sus nativos, pero además venden artesanías y alimentos para llevar un pedazo de las amazonas a la ciudad.

Ese mismo día en la tarde finalizaba nuestra experiencia Amazónica, por lo tanto regresamos a Leticia allí fuimos a algunas casa de cabio con el fin de ir a Tabatinga, lugar donde se separa Colombia de Brasil, allí donde encontramos como una especia de san Andresito encuentras miles de productos para el cabello y la piel además de innumerables dulces y licores de todo tipo es fascinante pues al estar tan cerca de Colombia la mayoría de la gente habla portugués incluso los vendedores de estas tiendas lo que te hace sentir de verdad en otro lugar.

De regreso encontramos un reloj y una valla que decía bienvenido a Brasil, llenos de ilusión y tristes de regresarnos, llegamos nuevamente a Leticia donde pudimos encontrarnos de nuevo con el cantar de lo loros que se adentran en los árboles.

Finalmente, con las maletas llenas de recuerdos sientes que no te llevas el Amazonas solamente a la ciudad, después de una experiencia así también te lo llevas en el corazón.

Casa en la Selva
Foto Reloj
Perezoso
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Especial realizado por los estudiantes del Énfasis en periodismo digital del pregrado en Comunicación Social.

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