Paramilitarismo: ¿amigos o victimarios?

Por Nicole Rubinstein


& Camila Bettin Escobar

Tenemos como sociedad una idea de la magnitud de los crímenes de lesa humanidad que se cometieron en el conflicto armado en Colombia y que nos han marcado como país.
No hay colombiano que no sepa qué son las FARC y el daño que le causaron a la nación. Sin embargo, desconocemos mucho sobre los paramilitares, inicialmente conocidos como Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).
Los medios de comunicación les han dado más protagonismo a la guerrilla y a Pablo Escobar, pero la información que nos han brindado de los paramilitares es muy limitada.
La mejor manera de informarnos acerca de estos grupos y de lo que hicieron es consultando directamente con testigos que tuvieron contacto con ellos durante esa época. Como muchas personas, nuestros entrevistados tienen puntos de vista diferentes sobre el paramilitarismo. Y es necesario destacar que el fenómeno sigue presente hoy en día, pero actuamos de forma indiferente frente a sus acciones.
Gabriel Correa Posada es un estudiante de Medicina de la Universidad de Antioquia. Vivió en Yarumal con su abuela hasta 2009, luego se fue a Medellín. En vacaciones iba a la vereda Guáimaro, en el municipio de Tarazá, para visitar a su familia, que se dedicaba a la minería y a la agricultura. Gabriel y su familia han sido víctimas del conflicto armado en Colombia, especialmente por parte de los paramilitares.
Fotografía de las manos de Gabriel Correa, victima del conflicto paramilitar. / Foto por Camila Bettin.
¿Cómo era su relación con los grupos paramilitares?
En Yarumal es menos común verlos por ahí, pero en el Guáimaro es muy normal que lleguen a la tienda, que pidan cosas o que les tengas que despachar tal mercado y, pues, no lo pagan.
¿Les cobraban algún tipo de vacuna? ¿Cuánto era el valor?
Sí, el valor por lo general dependía, por ejemplo, de la cantidad de ganado que tuvieras en la finca o de cuánto oro sacaras de la mina.
¿Su padre fue víctima de los paramilitares? ¿Cómo sucedió esto? ¿Cómo se enteró?
Sí, en el año 2000 en Anorí. Porque de Yarumal a Anorí los pueblos se los dividen dos grupos: la guerrilla y los paramilitares. Los paramilitares le prohibieron la ida a Anorí, pero él ya estaba ahí.
Tenía su tienda montada, cuando iba saliendo lo mataron. Yo tenía 4 años cuando sucedió, mi mamá no me quiso contar. Él iba en moto con unos amigos, lo pararon y lo mataron. Les dijeron a los amigos que no contaran nada, pero uno de ellos lo hizo.
No pudimos recogerlo ese día, él amaneció en la carretera. Luego mi mamá fue por él y me contó después de 8 días.
¿Cómo describe su infancia? ¿Era muy normal escuchar disparos o escuchar: “Se murió Juan, lo mataron los paramilitares/guerrilla”?
En la infancia uno no les presta tanta atención a los problemas, uno se mantiene haciendo las cosas normales de un niño. Pero ahora que recuerdo, sí, en mi familia hubo 5 secuestros, 2 asesinatos y a mi tío le dieron un tiro en la cabeza, aunque quedó vivo.
¿A quiénes secuestraron? ¿Cuál fue el otro asesinato en su familia?
El primero fue mi abuelo, el segundo fue un tío llamado Julio, el mayor de todos, el tercero fue el esposo de una tía y el último fue un esposo que tuvo mi mamá, luego de mi papá. El otro asesinato fue de un tío, John.
Él compró oro, vino a venderlo a Medellín y cuando iba en el carro lo asaltaron dos motos. El carro cayó a un lado. De hecho, ni siquiera pudieron robarle el dinero.
¿Su familia se atrevió a denunciar o a buscar ayuda?
No, en la Policía había infiltrados. Con el tiempo, por ahí en 2016, nos dimos cuenta de que el policía que iba a ayudar a salir a mi papá de Anorí trabajaba para los paramilitares que lo mataron, nos lo informó la Fiscalía en La Alpujarra.
¿Cuántas veces han sido desplazados?
Dos veces, la primera por un negocio que mi mamá tenía en Vijagual. Nos dijeron que no podíamos estar ahí y nos tocó irnos. La segunda en una finca de San Buenaventura. Esa tierra sí se perdió, nunca pudimos volver.
¿Ha sido víctima directa?
Como tal, no. Pero en el último secuestro, el del esposo que tenía mi mamá en ese momento, a ella le exigieron una gran suma de dinero, si no pagaba la mataban. Entonces mi mamá se fue de allá.
Yo fui a ese lugar en vacaciones a visitar a mi familia. Un tipo de botas me preguntó todo sobre mí y luego me dijo que me fuera, que no me querían ver allá.
¿Sucedieron hechos atroces en el pueblo de los que usted haya sido testigo?

Sí, una vez que iba a Tarazá en vacaciones y no alcancé a tomar el bus a causa de un accidente de derrumbe. Mi tío me recogió, íbamos más o menos a cinco cuadras de distancia del bus cuando ya se veía.
Vimos que se bajó alguien y al momento explotó. También muchos sucesos de masacre, cuando intervenía la guerrilla o los paramilitares. Se podía ver el helicóptero llegar por las víctimas.

¿Qué anécdota lo ha marcado?

Yo estaba el día que secuestraron al esposo de mi mamá. Con el tiempo nos enteramos de que la orden era que me llevaran a mí, ya que iban a dejar a dos adultos produciendo para ellos.

Ese día yo pensé que era un atraco y cuando me paré de la cama vi a un hombre grandísimo apuntando hacia nosotros, él no alcanzó a verme. Vio al trabajador de la tienda que estaba en ese momento ahí y al esposo de mi mamá, ellos dijeron que estaban solos.
Segunda entrevista
Andrés Salazar (nombre cambiado por petición de la fuente) era un finquero en los tiempos de las autodefensas. Él y su familia eran dueños de una finca en Puerto Boyacá, donde se concentraban las AUC en aquel tiempo. Tuvo contacto cercano con los líderes de este grupo y tuvo una experiencia tranquila con ellos.
Fotografía de las manos de Andrés Salazar. / Foto por Nicole Rubinstein.
¿Cómo fue su primer contacto con grupos paramilitares?

En Puerto Boyacá, el pueblo donde estábamos. Ahí tenían sus centros de mando. Yo iba mucho allá a los centros agropecuarios. Muchos de los jefes ya tenían fincas y así fue que nos volvimos amigos. Siempre me daban ayuda cuando se las pedía.

¿Cómo era la convivencia entre campesinos y paramilitares?

La convivencia era tranquila, porque cuando llegaron las autodefensas a la zona donde la guerrilla imponía el miedo y las armas, se unieron y se fueron armando poco a poco en grupos. Entonces eran las fuerzas campesinas, pero en ese entonces no eran paramilitares.

Sus armas no eran muy sofisticadas, se defendían con lo que tenían en contra de las ultrajadas de la guerrilla. Fueron creciendo y hasta el mismo Ejército se les unió, al mando del general Yanine Díaz.

Todo esto ocurrió en Puerto Berrío. Díaz les mandaba tropas y armas para limpiar la zona de guerrilla y sus condiciones inhumanas.

¿Sabía usted que estas personas cometían crímenes? No, los finqueros intentábamos ayudarlos con algo de dinero y transporte para que las autodefensas pudieran sostenerse. Es que en un momento dado, ellos empezaron a buscar a los guerrilleros en lugar de esperar a que estos atacaran primero. Ellos no cometían crímenes.

Lo que pasa es que sacando a la guerrilla, llegaron los mafiosos y crearon los laboratorios y zonas de coca. Entonces a las autodefensas los entrenaron en el negocio de la coca, a cambio de armas más modernas y mejor transporte. Ahí se volvieron paramilitares, grupos al margen de la ley.

Cambiaron la filosofía de las autodefensas por su acuerdo con los mafiosos. Perdieron el rumbo de dignidad y de la ley. Se volvieron un ejército al servicio de la mafia. No todos siguieron este camino.

Uno de esos fue Carlos Castaño, quien nunca fue traficante ni mafioso. Él en cambio les sacaba plata a los mafiosos y estaba en contra de ellos.

¿Qué momento lo marcó a usted durante este tiempo?

Yo me sentí muy protegido por ellos. Me querían mucho y fueron muy especiales conmigo. Sin embargo, sí quiero aclarar que hubo una parte de las autodefensas que no fueron corrompidas por la mafia. Ellos conservaron su ideología. Eran civiles comunes y corrientes y rara vez iban armados.

Una cosa que me marcó fue cuando tres autodefensas venían con 80 granadas de fragmentación en un carro. Una de las granadas explotó y activó las demás. No quedó absolutamente nada después de esa explosión.

Incluso pasé por ahí a los dos días y me encontré un pedazo de lata de ese carro que parecía un colador de los huecos que tenía.

¿Por qué inició un acuerdo con ellos?

Los finqueros teníamos el poder económico de la región. Por eso, antes de la guerrilla, nuestras tierras valían mucho y se valorizaban. Por eso apoyábamos tanto a las autodefensas.

Más aún porque sus miembros eran los mismos trabajadores de la finca, campesinos rasos. Queríamos ayudarlos económicamente.
¿Qué lo llevó a abandonar su finca?

Lo hice cuando entraron los narcotraficantes y se corrompieron las autodefensas. Ya no me gustaba esa zona, porque habían intereses económicos oscuros. A uno le podían esconder droga en la finca y uno no se daba cuenta.

Usted sabe que el dinero corrompe, y esos campesinos pobres se vieron beneficiados por el negocio de la droga.

¿Qué pensaba usted al saber de los actos de violencia que ocurrían cerca a sus tierras?

Vuelvo y le cuento, con la llegada de la mafia muchos de nosotros nos fuimos porque ya corríamos peligro. Antes no era así.

¿Sentía algún tipo de presión al tener que callar tanta información?

No. Tal vez un poco, cuando empezaron algunas banditas pequeñas que empezaron a robar petróleo de los oleoductos que pasaban por mi finca. Eso sí me molestó. Ahí sí sentí que podría correr peligro y decidí vender.

¿Cómo se siente hoy en día con respecto a sus amigos?

Tuve algunas confrontaciones con ellos, porque no quise permitir que robaran el petróleo de los oleoductos de mi finca. Podría haber quedado preso. Hoy en día, todavía los aprecio mucho.

Los que fueron mis amigos, algunos de ellos, nunca fueron asesinos. Venían a comer a la casa como amigos comunes y corrientes. Ninguno armado. Me decían “mi viejo”.

¿Cuál fue el destino de sus amigos?

Pues, muchos cayeron bajo la influencia de Pablo Escobar y Rodríguez Gacha. Otros terminaron en la cárcel o muertos.

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