¿Sobrevivir a la sociedad o alcanzar la felicidad?

Isabella Echavarría Carrasquilla

Llegamos a un punto en el que nuestras prioridades han cambiado, nos interesa más complacer a los demás que buscar la felicidad propia. El problema es que estamos desesperados por la aprobación de una sociedad que no busca nada más que vernos fracasar.

“El hombre es un animal racional”, dijo Aristóteles más de 300 a. C., lo que nos diferencia a los humanos de cualquier otra especie es nuestro uso de la razón. Los animales viven por medio de instintos, su objetivo es sobrevivir y mantener la prevalencia de la especie. La conducta de los animales ya está determinada; es un ciclo en el que nacen, aprenden a cazar o a conseguir su fuente de alimento, crecen, se reproducen y mueren. Muchos dirían que la conducta de los seres humanos es muy diferente, que el ciclo de nuestra vida no tiene un rumbo fijo, pero, ¿estamos seguros de esto?

Nacer, estudiar, casarse, reproducirse y morir; es nuestro ciclo, lo que se espera de nosotros a lo largo de nuestras vidas y aunque lógicamente estas etapas son diferentes a las de los animales, las seguimos y tratamos de cumplir a toda costa. Lo irónico es que, a diferencia de los animales, la mitad de nuestros “requisitos” no son indispensables para nuestra existencia, los cumplimos para sobrevivir a las presiones ejercidas por la sociedad. Buscamos la supervivencia social, muchas veces a cambio de nuestra felicidad. Entonces, podríamos decir que nuestro instinto se ha estropeado, puesto que tiene como prioridad el qué dirán antes que la tranquilidad y la plenitud.

No todos logran o quieren vivir bajo esos estándares sociales. Muchos intentan romper ese ciclo, tratan de buscar su felicidad, pero en el momento que ponen un pie fuera de los límites establecidos, llega la sociedad como un sargento que intenta mantener a sus soldados en orden. Comienza con cuestionamientos, para hacerlos dudar de sí mismos; luego, inician las presiones psicológicas: “no serás joven para siempre”, “mira la edad que tienes y no has logrado nada” y así triunfa el qué dirán, incorporando nuevamente al ciclo a cualquier insurgente.

Ejemplos de esto hay muchos. A la prima que está soltera y ya tiene 30 años, la tía chismosa cada vez que la ve le pregunta: “Mijita, ¿y pa’ cuando el marido?, yo a su edad ya había tenido a mis dos hijos”. El primo “diferente” de la casa que no quiere una carrera universitaria, sino que desea viajar por el mundo se vuelve siempre el tema de conversación de los tíos que dicen “ese no va a llegar a nada, es un vago”. La pareja de recién casados de la familia (que de por sí ya logran cumplir muchos de los requisitos impuestos por la sociedad) y simplemente no quieren tener hijos, siempre llegará la tía religiosa a decirles: “Wl matrimonio está hecho para hacer crecer a la familia, un matrimonio sin hijos no es matrimonio”.

Muy claro dejó esto Paulo Coelho en su obra El Alquimista, cuando dijo: “Todas las personas saben exactamente cómo debemos vivir nuestra vida y nunca tienen idea de cómo vivir sus vidas”. Estamos más enfocados en lo que hacen los demás que en nosotros mismos. Si vemos a alguien joven triunfando, sacamos excusas y comenzamos a demeritar sus logros, decimos “obtuvo ese puesto de trabajo por la palanca que tiene, está en esa empresa solo porque tiene contactos”; o también “a él le tocó muy fácil, los papás le pagaron la mejor universidad, así quién no sale adelante”. Pero cuando vemos a alguien fracasando pasa todo lo contrario, no pensamos en los porqués. Usamos a esa persona para hacernos sentir superiores, sin ponernos ni un segundo en sus zapatos. Es como si el fracaso ajeno fuera un triunfo propio.  

Debemos saber que por más logros que tengamos si no son los que la sociedad ha estipulado (estudiar, casarse, tener hijos) es como si no tuviéramos ninguno. En el momento en el que las presiones sociales comiencen a hacernos dudar de nosotros mismos, la pregunta que nos debemos hacer no es ¿soy exitoso?, porque el éxito es subjetivo, lo que para unos es una derrota para otros es una victoria, lo que nos debemos preguntar es: ¿soy feliz?

Cabe resaltar que no pienso que obtener un título universitario, casarse o tener hijos sea algo malo, de hecho, yo misma aspiro a estas tres cosas. Por momentos, me detengo a cuestionarme si es en realidad algo que quiero o si este deseo está en mi cabeza por el miedo a los señalamientos de los demás. Aunque sigo en busca de la respuesta, con cada paso que doy voy dándome cuenta de que hasta ahora he escogido el camino correcto y espero sea el que mayor felicidad le brinde a mi vida. 

 

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