Después de dejarte ir

Sara Tobón Marín

La muerte no es el tipo de tema que se trata en una cena familiar, en una reunión de amigos y, mucho menos, en un aula de clase. Los seres humanos tenemos la maravillosa habilidad de ignorar temas que nos causan dolor y, por eso, preferimos no imaginarnos situaciones trágicas hasta que no se conviertan en nuestra realidad.

En mi memoria aún tengo grabado el momento en el que mi mamá me dijo en la puerta de mi casa: “Mi vida, la abuelita ya se nos fue”. Aunque me sentía preparada para ese momento, no tenía ni la mejor idea de cómo asimilar la tristeza tan profunda que sentí en ese instante, fue como si dentro de mí se abriera un gran hoyo negro que se tragó todas las emociones que tenía en ese momento, con el único fin de mostrarme fuerte y poder brindarle a mi familia el apoyo que necesitaba.

Fue un cáncer de colon el encargado de deteriorar el cuerpo de mi abuela durante varios meses. Quimioterapia tras quimioterapia, los dolores se agudizaban, sus manos llenas de morados ya no aguantaban más agujas, su cuerpo cada vez se iba debilitando más y más, y a ella se le estaban acabando las esperanzas de seguir viendo crecer a su única nieta. Llegó a un punto en el que la morfina ya no le podía calmar el dolor, así que lo mejor era dejarla descansar de una vez por todas.

Ella y yo éramos inseparables, aún recuerdo la habilidad que tenía para buscar palabras en el diccionario en tiempo récord, cuando veíamos nuestras novelas favoritas después de almorzar, cuando la acompañaba a mercar a la tienda que quedaba a unas cuantas cuadras de la casa, y también cuando le ayudaba a limpiar cada domingo el altar de santos que tenía en el chifonier de la cocina. Todas esas rutinas que hacíamos juntas son tesoros intangibles que guardaré por el resto de mi vida en mi mente y en mi corazón.

A mis 10 años no sabía cómo hacerle frente al dolor que sentía por esta pérdida, siempre trataba de mantener mi mente ocupada para no prestarles atención a esos sentimientos que tenía guardados bajo llave en mi corazón. Para mí llorar y expresar mi tristeza eran sinónimos de debilidad y no quería que eso afectara aún más a mis familiares.

Nadie te enseña a vivir preguntándote todos los días “¿por qué ella?”, no te dicen cómo enfrentar la melancolía y el sentimiento, un poco culposo, de que pudiste haber hecho algo más para que no se fuera, nadie te va a dar una fórmula mágica para que sanes tu corazón y entiendas que esa persona ya no estará más cada mañana, preparándote el desayuno, peinándote para el colegio y ayudándote con tus tareas todos los días.

Perder a un ser querido deja un vacío inmenso en nuestro corazón que no se llena con nada que no sea aceptación y amor. Dejar ir a las personas que amas y aceptar que en algún momento ya no nos acompañarán físicamente es algo que debemos empezar a concebir como un proceso natural y no como un castigo o una injusticia del destino.

A medida en que iba creciendo, supe que ya era momento de ser mi prioridad, entendí que también tenían derecho a sentirme triste y expresarlo, empecé a identificar esos sentimientos que había reprimido por años y me di la oportunidad de sanar esas heridas que me quedaron luego de esta pérdida.

El duelo es un proceso muy personal, cada quien decide si lo prolonga por meses o vive con él el resto de su vida, aunque al principio sea algo difícil de asimilar, todos tenemos la capacidad de elegir qué camino vamos a tomar y cuál nos ayudará a aceptar el hecho de que esa persona no estará más tiempo con nosotros. Muchas personas buscan refugio en malos hábitos o vicios que solo generan problemas mayores a largo plazo, lo ideal es permitirnos sentir esa tristeza y ese vacío para sanarlos poco a poco.

Ahora me gusta vivir con la idea de que ella aún me acompaña, me escucha cuando le cuento mis alegrías y tristezas cada noche antes de dormir, y me cuida de los peligros a los que estoy expuesta diariamente. Aunque no pueda verla ni volver a tocar esos rizos negros que tanto la caracterizaban, me tranquiliza pensar que ella está en un lugar lleno de paz, que ya no siente ese dolor que tanto la mortificaba y que algún día podré volver a abrazarla.

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