Mi padre tiene que salir todos los días a trabajar
Miércoles 25 de marzo, Medellín
Me levanté a las 5:30 a. m. para asistir a mi primera clase virtual que sería a las 6:00 a. m. por medio de una plataforma en internet. Era extraño pensar que no tenía que desplazarme por toda la ciudad para ir a la universidad, que no tuve que levantarme a las 4 de la madrugada para llegar a tiempo, que no tuve que usar el metro para recorrer más de 10 kilómetros desde mi hogar aplastada por la gente en la hora pico.


Se suponía que todos en mi casa a esa hora estarían dormidos, mi mamá, mi hermana, pero… ¿qué hacía mi papá organizado? Se supone que estamos en cuarentena, que nadie debe salir y que nadie debe exponerse a este virus. “A mí si me toca trabajar, mami”, fue lo que me dijo cuando vio mi cara de preocupación y le pedía que no saliera.

Mi papá trabaja en una empresa del área de tecnología. En estos momentos de crisis y de emergencia sanitaria, es él quien se encarga de capacitar a los demás y de otorgarles el material para hacer teletrabajo.

Él se expone a una grave enfermedad para que otros puedan laborar desde la comodidad de sus casas y no puede oponerse o refutar acerca de esto porque esa es su labor y si lo hace estaría poniendo en juego su empleo. Ahora veo que es cierta esa frase que he leído en las redes: “la cuarentena es un privilegio de clase”.
Las nuevas clases virtuales
Pensé que sería más duro estar en casa con el resto de mi familia, pero el día transcurrió con algo de normalidad. A decir verdad, ayer martes parecía un domingo. Un domingo que se repetirá por varias semanas más.

Mi hermana hacía talleres que le mandaban por correo y mi mamá se encargaba de las tareas del hogar. Por mi parte, poco a poco me fui acostumbrando a las clases virtuales.

Era gracioso como una computadora transmitía la voz de los profesores, como los veía a través de una pantalla y ellos también comentaban que era extraño hablarle a la nada, pero también era triste porque no podía ver ni escuchar a mis compañeros: solo podíamos hablar por un chat o cuando el profesor nos daba permiso para prender los micrófonos. Creo que eso es lo que más voy a extrañar de las clases presenciales.
Pánico y terror
Así sale y entra de la casa mi padre para cumplir con su trabajo.
Aún no he sentido necesidad de salir o me he sofocado con este “encierro”. Sin embargo, cuando leo las noticias y veo que el número de casos y contagiados es cada vez mayor, me entra un sentimiento de pánico y terror.

Tengo miedo sobre todo por mi padre, a quien le va a tocar salir de casa quién sabe hasta cuándo, y por más que nosotras nos cuidemos estando dentro, mientras él no esté encerrado no estamos del todo seguras.

Mi mamá me dice que no me preocupe tanto, que él gracias a Dios viaja en moto y no tiene que entrar en contacto físico con nadie en el camino, que él sabe cómo cuidarse afuera y que seguramente no le va a tocar ir a trabajar sino unos pocos días.

Pero en unos pocos días cualquier cosa puede pasar. Nosotros vivimos en un tercer piso, así que cuando mi papá llegó a eso de las 6 de la tarde, mi mamá hizo que se quitara la ropa en las escaleras porque, según todo lo que ha leído en internet, el virus puede estar ahí.

Cuando subió se bañó y nos saludó a todas. Nos tranquilizó diciendo: “Todos tenemos tapabocas y guantes, y en la empresa hay mucho antibacterial, no se preocupen”.

Aún así no quedo tranquila porque mañana él tiene que salir otra vez.
Este contenido hace parte del especial
Diario de la pandemia

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