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“Soy amante de la libertad y lo que implica; un curioso y apasionado del cannabis”

La primera vez que Alejandro Murillo tuvo contacto con el mundo del cannabis fue a los 16 años en un intercambio de colegio que hizo a Alemania. Cuando llegó, se dio cuenta de que en el círculo social con el que comenzó a salir, se movían muchos tipos de sustancias; “yo no fui al ‘totazo’ a probar cualquier tipo de cosa que me ofrecieran”. A pesar de las múltiples sustancias que podía experimentar, él quería probar el cannabis, pues tenía curiosidad y quería probarla para vivir la experiencia.  

En Colombia había escuchado cosas, como: “Si usted fuma se vuelve adicto y se muere de una sobredosis”, “primero se va a reír un montón y luego le va a entrar la depresión” y “todas las personas que empiezan fumando marihuana terminan con drogas peores”. Como buen curioso, Alejandro no quiso creer de cuenta de otro y decidió informarse; quería entender por qué hay tantos estigmas sociales en torno al tema y por qué se consideran legales algunas sustancias como el cigarrillo y la cerveza, e ilegales otras como el cannabis. En su búsqueda de respuestas, un dato que recuerda haber hallado es que para que suceda una sobredosis de marihuana una persona debe ingerir una cantidad absurda; concretamente alrededor de 680 kilos en un lapso de 15 minutos, lo cual representa unas veinte mil o cuarenta mil veces la cantidad consumida normalmente en una sesión. (El Planteo, 2020) 

Con datos en la mente y con ganas de una traba, Alejando estaba listo para su primera experiencia cannábica. “Una vez estaba en la casa de un amigo y los papás no iban a dormir allá, entonces prendimos el narguile como lo hacíamos habitualmente; una cosa llevó a la otra y la envenenamos.” En la casa, además de ellos dos, estaban otros tres amigos del grupo, entre ellos una alemana que tampoco había probado el cannabis, lo que hizo que él no se sintiera “solo en la experiencia”. Alejandro recuerda que todos disfrutaron el momento por estar en la misma tónica, que fue muy relajante y ninguno se mal viajó y que fue un ambiente sin presiones de “hágale rápido que ya llegan los papás”. 

Luego de terminar su intercambio en Alemania, se devolvió a su país con ganas de saber más de la planta. Durante los años siguientes disminuyó en gran medida su consumo, pero no perdió el interés. Un día un amigo suyo le propuso iniciar un emprendimiento con otros socios para vender kits e información de cómo autocultivar la planta. Fue así como volvió a acercarse al mundo del cannabis, esta vez desde una mirada comercial. Al adentrarse en el mercado, Alejandro descubrió que en Colombia “tenemos toda la industria: tenemos la maquinaria, el conocimiento y la mano de obra para ser punteros en la producción de cannabis a nivel mundial”. Y que además de ser un negocio muy próspero para el futuro, es justamente lo que el país necesita para combatir temas sociales como el microtráfico. 

Nueve años después de su primera experiencia y de haber visto el cannabis desde varios puntos de vista, concluye que “es muchísimo mejor de lo que te lo pintan”. Hay demasiados impedimentos socioculturales y tabúes que, según él, no valen la pena. Además, aclara que el consumo de esta planta no hace a nadie mejor ni peor persona, ya que no altera su personalidad; “no saca nada que no esté ya ahí”. Finalmente, considera que se debería legalizar el cannabis, pero con ciertas restricciones: “Algunas las tendrán que poner las autoridades y otras se las debe poner cada uno al momento de consumir la planta”. 

Esto es para ti, lector: “Si alguien me pregunta, le diría que si se considera una persona que tiene autocontrol sobre sus decisiones, el cannabis es una chimba. Pero si siente que lo está haciendo por presión, mejor no lo haga”, Alejandro Murillo. 

 

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Este espacio surge como un espacio de enseñanza para combatir la desinformación y desconocimiento que hay sobre la planta de marihuana; los cuales hacen que persistan mitos y prejuicios hacia esta y sus consumidores.

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