Salud mental

Salud mental

Maria Villamizar

El 10 de octubre se celebrará el día mundial de la Salud Mental con el objetivo de resaltar su importancia en la sociedad, y hacer del bienestar una prioridad mundial. La OMS quiere brindar varias estrategias que transformen la salud mental y los cuidados alrededor de esta.

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Una aventura médica en la selva 

Mi padre cargando en sus brazos a las dos hijas de la mujer que le cocinaba en La Chorrera. / Foto cortesía
Una aventura médica en la selva 

Por María José Escobar G.

Durante su año rural, Alejandro Escobar enfrentó situaciones complejas en el corregimiento de La Chorrera. Su historia cuenta la experiencia que vivió en esta zona que lo transformó como médico y como persona al ver sus expectativas chocar con la realidad. 

“Mi primera noche en la selva fue larga. Comenzó muy recién entrado el sol y terminaría en la madrugada con el canto de los gallos… o tal vez era el ruido de un pájaro, un mono aullador o hasta un jaguar”, menciona mi papá, Alejandro Escobar, siempre que recuerda su año rural en La Chorrera, un área de la selva colombiana ubicada en el departamento del Amazonas.

Mi padre, el aventurado estudiante de medicina que hace 27 años decidió realizar su año rural en el Amazonas, hoy en día es cirujano cardiovascular. Una persona arriesgada que eligió este lugar porque soñaba con cambiar el mundo a través de la medicina y transformar el sistema de salud de las comunidades indígenas. Por eso la medicina no solo es su profesión, es su estilo de vida. 

Él quería vivir una experiencia diferente a las que relataban sus antecesores. Su abuelo, quien también era médico, siempre prefirió trabajar en un consultorio tradicional en la ciudad. 

En ese tiempo, La Chorrera contaba con una población de aproximadamente 2.000 habitantes. A los pocos días de su llegada, ya parecía uno más de la comunidad. Andaba descalzo, sin camisa y con lanza en mano. Era un joven delgado, no muy alto y con un pelo largo inconfundible, ya que siempre llevaba atada una pañoleta naranja en su cabeza. 

Chocando con la realidad

 

Antes de llegar, tomó una inducción de 15 días en Leticia, capital de ese departamento. En ese momento recibió sorpresas no muy gratas. Se enteró de todas las incomodidades a las que se iba a enfrentar en su aventura médica en la selva. Al principio, la inducción le pareció muy emocionante, pero al terminarla su primer pensamiento fue: “Hijueputa, ¿en dónde me metí?” 

En un momento, hablando de los equipos médicos, los instructores dijeron: “En todas las periferias funcionan perfecto, excepto en La Chorrera donde son equipos viejos y no han sido cambiados”. Para terminar la amable inducción, mencionaron que “en todas las zonas la población indígena le da buena acogida al blanco y más al personal médico, excepto en La Chorrera donde existe cierto rencor”. 

Después de la bienvenida en Leticia había que caminar un largo trayecto desde el aeropuerto para llegar al hospital. Además, era necesario cruzar el río Igara Paraná. Este es de unos 15 metros de ancho y es muy profundo. Se puede flotar sin tocar el piso. Justo donde quedaba el centro de salud y el colegio caía un chorro supremamente grande. Por esto, el corregimiento se llama La Chorrera. 

Su equipaje eran dos maletas y una caja con libros de medicina. En una iba una pequeña cantidad de ropa y en la otra, que era el sobrecupo, iban en promedio diez santos a los cuales lo encomendaron su madre y su abuela. El día de su llegada, se montó en una pequeña canoa. Iván Remuy, el enfermero, dio la orden de arranque.  

No obstante, el “paisano” dijo: “No. Todavía no se puede. Hay que esperar más gente”.  Mi papá dirigió su mirada hacia el equipaje que estaba a punto de caer al agua. Pensaba: “Solo falta que a alguien más le dé por viajar con santos”. 

En ese entonces, el “Chorrera Memorial Hospital” era una pequeña casa de color blanco con café. Era mitad material y mitad madera. Allí, los médicos tenían una barba descuidada de varios meses de no ver una Gillette occidental, y las enfermeras eran brillantes y pegajosas de la cantidad de aceite que se aplicaban en la piel para evitar los insectos.  

El nuevo médico de La Chorrera en el lugar que sería su habitación por un año. / Foto cortesía
Un parto acelerado

Mi padre aún recuerda historias personales de algunos pacientes, como la de Néstor Alejando, quien después de un trágico nacimiento se convirtió en su ahijado y a quien le pusieron su nombre. Un sábado, a las 4:30 de la mañana, tocaron la puerta del hospital. Era “un hombre de mediana estatura, contextura media y de facciones finas, pero con el rostro curtido por el sol y la selva”. 

El hombre le dijo: “Mi señora lleva 24 horas en trabajo de parto y no ha podido dar a luz”. Mi padre cogió su equipaje y ambos se dirigieron a la casa donde se encontraba la “comadre”. Como es natural en las indígenas, ella estaba atendiendo sola su propio parto. 

–¡Ayúdeme doctor! No soporto más –dijo la mujer. 

–Usted no ha roto la fuente y el bebé no ha descendido –respondió mi padre–. Camine hasta el hospital para atenderla allá. Estamos a más o menos 3 cuadras. La caminada puede ayudar con el descenso del niño. 

Cuando llegaron al centro médico, Alejandro calculó que se podía demorar otra hora. Mientras tanto, se fue a desayunar. Sin embargo, no contaba con el acelerado trabajo de parto que tienen las mujeres indígenas. En el momento en que estaba saliendo del hospital a comer algo, el bebé también estaba saliendo por las piernas de la mujer e iba directo hacia el piso. 

Por fortuna, el esposo de la mujer estaba a su lado y logó atraparlo en el aire. Con las manos temblorosas del susto, mi padre examinó al niño. Estaba en excelentes condiciones y pudo salir del hospital ese mismo día. En el centro de salud estuvieron pendientes de él hasta que cumplió 8 meses y todo su desarrollo fue normal. Hoy en día, Néstor Alejandro debe tener unos 27 años de vida. 

Entrada del Hospital Local de Puerto Arica “Diego Alexis Sierra”. / Foto cortesía
El secreto que solo Dios conoce

Una de las situaciones más difíciles que tuvo que vivir fue cuando una institución educativa quería vincular a su personal al Seguro Social, lo que hoy en día son las Instituciones Prestadoras de Servicios de Salud (IPS).   

El rector del colegio, por ejemplo, fue el único positivo para la serología, examen para el diagnóstico de sífilis. Durante varios días mi papá pensó en las mil formas en que se podía abordar el tema. Recuerda el día de la entrega de los resultados como “una de las tardes más calientes de mi estancia. El sol entraba por la ventana con un poniente que me golpeaba el rostro por el cual caían gotas de sudor”.  

–Bueno, todos los resultados están muy bien, pero hay uno en particular que tiene alteraciones. Se trata del examen de sífilis –expresó mi papá. 

–La verdad, sí tuve un “enredito” hace un tiempo –dijo el hombre en forma muy sincera.  

Por esto, se colocó la dosis inicial de un medicamento que debía volver a ponerse en 8 y en 15 días. 

Volvió muy cumplido para la segunda dosis, pero para la tercera se le presentó un viaje al Caquetá. Mi papá le suministró el medicamento para aplicárselo durante el viaje. Como todos allá eran tan curiosos, lo instruyó para defenderse si le preguntaban sobre porqué una dosis tan alta. Le dijo que, si alguien lo cuestionaba, respondiera que era por una “amigdalitis recurrente”. 

Cuando el rector regresó de su viaje, visitó a mi papá y le dijo: “Alejo, usted es famoso en el Caquetá”. Cuando le iban a aplicar la inyección, la enfermera le hizo la temible pregunta. Él contestó que la alta dosis era para “una amigdalitis reflexiva”. La mujer no pudo controlar su risa y llamó a varios doctores para que escucharan el diagnóstico que le había hecho el médico de La Chorrera. 

Esta historia tuvo un desenlace feliz. Mi papá cree que de todas las personas que ha conocido, es una de las más humanas y sinceras. Tiene todos los conocimientos para ejercer su labor, pero acompañados por el sentimiento de una persona de carne y hueso. Sin embargo, hasta el día de hoy, no sabe si su verdad ya salió a la luz o si es un secreto que solo Dios conoce. 

Los ocho kilómetros al infierno

Un día triste, gris y con olor a muerte, mi padre se encontraba estudiando en su oficina luego de una consulta médica en la mañana. Estaba lloviendo extremadamente duro. Eran alrededor de las doce del mediodía cuando entró un hombre al hospital: 

–¡Doctor, rápido que se muere, rápido! –dijo el “paisano” mojado por la lluvia. 

–¿Qué pasó? –le preguntó mi padre con calma. 

–La mujer de uno de los promotores de salud tiene 7 meses de embarazo y está vomitando sangre. 

–Es mejor traer a la paciente al hospital. Aquí contamos con más recursos para hacer lo que sea necesario. 

–El problema es que la señora está en una vereda que se llama El Kilómetro 8. 

Luego de una hora de camino lograron llegar. Ella, de 18 años, estaba en una hamaca rodeada por toda la familia rezando. Su pequeña hija de dos años le tomaba la mano. 

Era necesario trasladarla al hospital para hacer una cesárea porque el bebé seguía vivo. Decidieron colgar la hamaca en un palo y llevarla entre dos hombres, con un tercero que relevaba al que estuviera cansado.  

Los hombres se llenaron la boca con mambe para emprender el camino que duró tres horas. El mambe es un polvillo que se hace triturando y cerniendo hojas de coca tostadas mezcladas con la ceniza de hojas de yarumo. Los indígenas de casi todas las regiones de Colombia lo consumen por un tema religioso. Según ellos, es una manera de comunicarse con sus ancestros. Sin embargo, también sirve para evitar el sueño y el hambre. 

El cruce de los puentes era muy complejo. Estos eran de un solo tronco resbaladizo y lamoso. Algunos estaban completamente cubiertos por agua del torrencial aguacero que estaba cayendo. Los pies del médico se empezaron a ampollar en diferentes partes. La carne ardía cada vez más. 

Quince minutos antes de llegar, mi padre se adelantó para alertar al personal y tener todo listo para una intervención quirúrgica urgente. Corrió como nunca en la vida lo había hecho. Todavía no entiende de dónde sacó la fuerza porque sus piernas ya no respondían. Cuando la paciente llegó, mi papá vio en su rostro una mirada fría e insostenible al dejar este mundo. 

Realizó una cesárea urgente en la mitad de la entrada del hospital. Él bebé no respondía. Todos permanecieron quietos y en silencio con la mirada perdida en el infinito. Luego de cerrar a la paciente, lavaron su cara y su abdomen, y la colocaron en una cama con su pequeño feto en los brazos. Tenía una apariencia tranquila. 

Al día siguiente, mi padre fue al entierro. Se sentía mal. Muy mal. El cacique de la comunidad le ofreció su coca en sentido de amistad y agradecimiento. Al final, la familia lo ayudó a entender sus limitaciones y a comprender que lo que sucedió no fue culpa suya. Se dio cuenta de lo insignificantes que somos. Nacemos, y cuando morimos el mundo sigue igual, como si no hubiera pasado nada. 

Alejandro Escobar en una larga caminata para ir desde La Chorrera a una vereda lejos de allí. / Foto cortesía
La protesta de despedida

Alejandro llegó a La Chorrera con muchos ideales. Soñaba con transformar la cultura de estas personas. Pensaba que con sus conocimientos en salud por sus estudios universitarios podía cambiar el mundo. Sin embargo, allá la gente tenía una cultura y un estilo de vida muy estructurado. No querían cambiar. 

Como era la única persona buscando romper esa barrera, nadie lo ayudaba a remar. Era muy difícil demostrarles a los indígenas algo en lo que no creían. Una vez, ante la escasez de alimentos, mi papá intentó hacer un criadero de dantas. Estos son animales de la selva que pueden ser criados en corrales y pueden suministrar una buena cantidad de carne. 

No obstante, todos se empeñaron en que a ellos no les gustaba la carne si no era cazada por sus propias manos en la selva. Hasta ahí llegó la idea. Hubo otro episodio en que estaban tirando todas las basuras a las calles del corregimiento. A nadie le importaba. Mi papá propuso una jornada de recolección de basuras para llevarlas a un relleno sanitario que él mismo pensaba construir. 

Allá no había alcalde ni policías, pero existía una persona que ejercía como corregidor. En ese momento, tenía dos presos en un cuarto de aislamiento. Mi padre aprovechó y pidió la ayuda de los dos hombres para cavar el hueco del relleno sanitario. Nadie más estuvo dispuesto a ayudarlo. Terminó recogiendo las basuras él solo. 

Después hubo un problema con un enfermero del hospital. Tuvieron a una señora aislada por malaria. A este tipo de pacientes les ponían unos anjeos para evitar que los picaran los moscos. Esa noche, el enfermero llegó borracho y se acostó en la cama con la señora. Mi papá se enojó, lo echó del hospital y puso la queja en Leticia.  

De ahí en adelante, surgió un odio del enfermero hacia él. Incluso, le decía: “Doctor, mucho cuidado por la selva. Usted corre mucho por ahí y existen muchos riesgos”. Por eso, mi padre dejó de hacer muchas cosas que disfrutaba, como salir a trotar a altas horas de la noche para ir a mambear y a conversar con los caciques de otras veredas. Entonces, resolvió quedarse en el colegio a leer y a conversar sobre temas profundos y filosóficos. 

 

Más conflictos

Un día, agotado de todo el conflicto, Alejandro citó a la población a una reunión porque no pensaba marcharse con todo lo que tenía adentro. Quería discutir y mejorar muchas cosas, pero la población era muy difícil. 

Les dijo que La Chorrera era uno de esos sitios donde “todo el mundo se fijaba en la astilla que tenía el ojo del vecino, sin darse cuenta del madero que tenía el ojo propio”. Él realizó la reunión para limpiar los ojos y oídos de aquellos que los tuvieran sucios. 

La población le hizo muchos reclamos que no le correspondían a él y para los cuales no tenía ninguna explicación. Finalmente, mi padre les dio a entender que él había dejado su casa, sus costumbres y sus seres queridos para estar con ellos, dispuesto a ayudarles las 24 horas del día, y que lo único que estaba recibiendo de ellos eran ofensas. La despedida fue triste, pero no tenía más remedio que ese. 

Hoy en día, La Chorrera es completamente igual. Mi papá ha buscado y ha visto videos. No ha cambiado nada en estos 27 años. No ha vuelto al lugar. Le impresiona lo difícil que es viajar al corregimiento porque no se puede hacer turismo sin un permiso especial de los indígenas. A pesar de esto, le encantaría volver algún día. 

El médico en la noche mambeando con los indígenas en una maloca, centro donde se reúne la población para diferentes eventos. Estos frecuentes encuentros eran hasta la 1 o las 2 de la madrugada. / Foto cortesía
Enseñanzas para la vida

Mi papá se fue completamente defraudado de la población indígena. Pero piensa que esta generación no tiene por qué pagar por las cosas que hicieron las generaciones pasadas. No está de acuerdo con que haya que sufrir indefinidamente las consecuencias de los ancestros.  

El año rural en la selva fue una experiencia dura. Siempre ha sido una persona muy afortunada y no le ha faltado nada en la vida. Allá le tocó aguantar hambre, frío y mucho sueño. Le tocó enfrentarse a muchos conflictos con la población que lo ayudaron a fortalecerse y a prepararse para todos los inconvenientes que iba a tener de ahí en adelante.  

Cuando está pasando por un momento difícil, le gusta recordar lo que vivió allá para darse cuenta de que el sí es capaz de salir adelante y superar los pequeños obstáculos del camino. Dice que fue una experiencia muy bonita, pero en la que no pudo cumplir las metas que tenía de cambiar el sistema de salud de esta población.  

Kill Bill

Kill Bill

Texto por Ana María Arango Gonzáles 

Nicole Marchena Hernández 

Tras el éxito de Pulp Fiction, Quentin Tarantino y Uma Thurman se unieron de nuevo, esta vez en el 2003, para crear la salvaje, violenta y muy sangrienta Kill Bill vol. 1. Una mujer embarazada se va a casar con su novio, cuando un hombre llamado Bill interrumpe uno de los ensayos de la boda y arma un caos que termina con la protagonista perdiendo a su bebé, a su novio y, además, siendo torturada. Sin embargo, sobrevive para comenzar su venganza y asesinar a Bill. Este clásico reúne varios elementos del cine asiático como el kung-fu, los samuráis y las artes marciales que tanto admira Tarantino. En esta infografía te la resumimos en cinco secuencias.

Mad Max: Fury Road

Mad Max: Fury Road

Texto por Sara Batista

Karol Monsalve

Acción, héroes, amistad y muchas peleas componen la trama de esta película del 201.  Mad Max: Fury Road se sitúa en un mundo postapocalíptico en el que todos luchan para sobrevivir y no ser asesinados. Además, es la cuarta entrega de la trilogía de la década de los 80 que lleva el mismo nombre. Este largometraje ganó seis premios de la academia, cuatro BAFTA y 10 Critics’ Choice Movie Awards. Te traemos una infografía con la historia resumida para que te animes y le des una oportunidad al filme de George Miller.

Donde la tierra da vida

Donde la tierra da vida

Texto por Laura Tamayo Castaño

Fotografías por Andrés Gómez Loaiza

Laura Tamayo Castaño

"Siempre he vivido en el campo, toda mi familia trabaja, ama y honra el trabajo con la tierra; todo empieza desde mis padres con la producción de fresas y moras, mis tíos con las producción de frijol y papa, y yo, desde hace 6 años me aventuré al cultivo de diferentes hortalizas y flores, parte fundamental de la cultura silletera", Juan Camilo Gaviria Gallego.

El corregimiento de Santa Elena se encuentra al oriente de la ciudad de Medellín y, con su natural encanto, saluda a la vida rural que de deja ver entre los colores verdes de las montañas, mientras se despide poco a poco la vida urbana. 

Desde la carretera que conecta con la vereda Perico, se empiezan a divisar los colores vibrantes de algunas hortalizas y el aire se inunda del dulce olor de algunas frutas de temporada. El paisaje se va nutriendo y armonizando de forma natural  con el sonido de las aves que desde muy temprano llenan con sus cantos los campos de cultivo hasta el punto de generar la sensación de un abrazo que adormece el clima frío. Esa es la bienvenida que nos ofrece la llegada a la finca y mercado de Juan Camilo y su familia.

Para Juan Camilo, cada día es una nueva aventura con horarios muy distintos que avivan y despiertan el asombro que es el trabajo de la tierra.

En la semana comienza su día desde las 06:00, las 10:00 de la mañana, o, en casos extremos, a la 01:00 de la madrugada. Todo depende de la recolección o cosecha que esté programada y de la distribución hacia los centros mayoristas de mercado.  En estos, la cosecha trata de venderse al mejor postor, aunque se le apueste poco a la calidad y mucho a la puntualidad, ya que los citadinos a las 04:00 a.m necesitan surtidos sus locales.

Gran parte de sus cosechas se ponen en venta al frente de su finca y otra parte la promociona su tía en los puestos de diferentes ferias de mercado saludable en la ciudad. Sus cultivos son frescos y abonados con compuestos orgánicos, lo que le permite vender sus productos a un precio justo y proporcional a su calidad.  

 

Día a día la familia de Juan camina por los cultivos: supervisan su estado y apelan a la memoria para determinar el cronograma del sembrado, desde el cultivo que tarda seis meses, el que tarda sólo tres, o  el que debe sembrarse ya para proveer alimentos en los próximos cuatro.

El afán y la inmediatez en la que actualmente se vive, nos obliga a ver ordinario el proceso de mercar o alimentarse, nos hace separarnos de lo sagrado que es comer en tranquilidad y disfrutar cada sabor, olor y textura de los alimentos en nuestra boca; el objetivo de estas fotografías es realizar una evocación a la memoria, imaginar el campo y reflexionar sobre nuestra relación con la naturaleza.

El Día Internacional de la Tierra surge con la necesidad de reimaginarnos el planeta desde una utopía natural, orgánica, saludable y viva, donde animales, plantas, océanos y seres humanos podamos coexistir sin invadir la tranquilidad del otro. En la actualidad, existen diferentes soluciones que se han divulgado, incluso algunas se han declarado como ley, muchos son los países que se comprometen con el cuidado del medio ambiente y muchas, también, son las campañas que se realizan con estrategias medioambientes, pero ¿Qué importancia le damos realmente en nuestra cotidianidad?

Entre la tierra fértil de las montañas de esta región de arrieros y silleteros, aún crece y se evoca la vida. Esta es una invitación de Bitácora a honrar el planeta que todo nos provee, antes que sea muy tarde. 

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