Manual de estilo para hablar de la muerte: Carlos Mario Correa

Lorena Castaño Morales

Han pasado 30 años y aún muchos periodistas están encartados, no han salido del sueño, quizá porque no es un sueño. Nunca lo fue. Hablamos con Carlos Mario Correa Soto, comunicador social y periodista, especialista en periodismo investigativo y magíster en literatura colombiana con énfasis en periodismo narrativo, quien dedicó su vida a la prensa, incluso en la época de Pablo Escobar, aunque eso le quitara la libertad.

“Siempre hay alguien interesado en que no se sepa lo que está oculto, y siempre hay un periodista preguntando por eso cuando ejerce como reportero. El periodista siempre es incómodo, es un estorbo, se le tiene miedo y prevención sobre todo por quien está en el poder”, Carlos Mario Correa.

Carlos Mario se despierta. No puede dormir tranquilo. No con esos recuerdos, los de su paso como periodista en El Espectador: cuando era el único corresponsal que quedaba en Medellín, cuando Pablo Escobar amenazó a ese periódico y asesinó a Guillermo Cano, cuando amenazó de muerte a todo el que tuviera que ver con ellos. Han pasado 30 años. Algunas noches, Carlos Mario recuerda esos episodios y sueña que le ponen un trabajo, pero no puede hacerlo. No encuentra el tono, está encartado, enredado, bloqueado. Luego, agradece cuando amanece y recuerda que ahora es profesor, que ese ya no es su trabajo.

¿Cómo inició su carrera como periodista?

Conté con mucha suerte: hice mi práctica en el periódico El Mundo. Ahí tuve la posibilidad de ver la dimensión del periodismo escrito. Vi que una cosa era lo que se veía en la teoría universitaria y los manuales de estilo, y otra cosa era ejercer. Ejercer es totalmente particular. También tuve la suerte, un semestre antes de graduarme en 1989, de ingresar a El Espectador, por azares de la vida. Sin saber prácticamente nada de periodismo me dieron en ese periódico la oportunidad y allí permanecí hasta el 2001. Todo eso me definió como un periodista muy investigador, muy reportero. 

¿Qué tipo de historias le interesaban?

Tenía historias muy propias, con temas muy polémicos y difíciles de abordar como la violencia del narcotráfico en los años noventa. También me interesaban el deporte y la política. Y en El Espectador me apoyaron para contar historias de la vida cotidiana, con personajes que no estaban en el poder, que no eran famosos. Ese periodismo es el que más me gusta: descubrir personas esenciales y sencillas que tienen una historia enorme por contar, pero que hay que saber acercarse a ellas.

¿Cuál ha sido el reto más grande al ejercer como periodista en Colombia?

Cubrir la violencia colombiana, especialmente la desatada por Pablo Escobar en los años noventa contra el Estado colombiano, contra el Cartel de Cali y, de manera particular, contra El Espectador

Como periodista principiante, de entrada, sufrí el terror. Desde el primer año empecé a sufrir las amenazas, a ver la muerte producida por el arsenal de Pablo Escobar y su grupo de criminales, de sicarios. Empecé a darme cuenta de que estaba en un medio que estaba amenazado de manera real, que estaba sentenciado a desaparecer, a morir. En la época que Pablo Escobar fue político y llegó al Congreso de la República, Guillermo Cano, el director, había destapado periodísticamente que él no era el Robin Hood colombiano que muchos creían. Eso le costó la vida en 1986, pero El Espectador siguió enfrentando a Pablo Escobar escribiendo editoriales y noticias en su contra, haciendo investigaciones para desenmascararlo. 

Las amenazas las hacían solo por uno trabajar en El Espectador. Yo no escribía nada en contra de Pablo Escobar, y menos en mi primer año. No hacía editoriales, no tenía acciones en el periódico, no era familiar de los Cano, nada. Era corresponsal en Medellín, muy pequeño, de noticias de policía, noticias del día a día, y estaba apenas aprendiendo periodismo.

Toda la oficina en la que trabajé, todas las 35 personas que trabajamos en ese grupo sufrieron amenazas de todo tipo: llamadas telefónicas todos los días, insultos, afrentas que les dejaban a los empleados y administrativos en sus casas o en la entrada de la sede. Dejaban coronas de flores, boletas, llegaban los sicarios en motocicletas a tirar fotos de Pablo Escobar mientras mostraban las armas, a insultar directamente, de tú a tú. Fui testigo de cómo fueron matando a los compañeros de trabajo: primero asesinaron, en un mismo día, a los tres jefes de oficina; a los dos meses asesinaron a otro, y a los demás nos decían que, o dejábamos de trabajar en El Espectador, o correríamos con la misma suerte.

¿Por qué seguir trabajando ahí, bajo esas condiciones?

No le di mucha trascendencia en ese momento. Era un joven ansioso, quería ser un periodista bueno y vivir del periodismo, pensaba que lo podía lograr. Mi vocación era muy salvaje, no le metía mucha cabeza a esas amenazas, no tenía el sentido muy puntual de que estaba siendo amenazado y que contra mí también era la sentencia de muerte. Por eso hice ese periodismo, y lo hice en condiciones muy raras.

Entre octubre de 1990 y enero de 1995 trabajé en una oficina, totalmente solo. Ya habían asesinado a los administradores de El Espectador; a los jefes de la oficina; a Miguel Solero y Jorge Tavera, jefes de circulación; y a Marta Luz López, administradora y jefe de publicidad. El jefe de redacción había renunciado, se había ido del país para protegerse. A todos los otros trabajadores la empresa decidió darles los honorarios, la liquidación, porque no se podía seguir trabajando en esas condiciones en la oficina.

Y usted continuó...

Me arriesgué y abrí una oficina para El Espectador en Medellín, sin aviso, en total clandestinidad. Yo mismo asumí el trabajo de corresponsal para ellos y no firmaba ni un solo artículo, no podía. La sentencia de Pablo Escobar era que todo el que tuviera que ver con El Espectador, y lo siguiera haciendo, corría con la misma suerte que los demás. Eso era de frente, muy reiterado. Incluso periodistas amigos de Pablo Escobar, que recibían su apoyo para publicidad en programas de radio, pequeños programas de televisión u otros medios impresos, eran los amenazadores de nosotros.

¿A usted le llegaron a decir algo?

Sí. Me decían que no me hicieran matar, que no fuera “güevón”.  Que había muchas cosas por hacer, que yo no era parte del problema, que Pablo Escobar sabía que contra mí no era, pero que, si seguía colaborando con la familia Cano y El Espectador, iba a perder la vida. Me llamaban por teléfono y me advertían del peligro que estaba corriendo. Pero yo trabajaba haciendo un periodismo al revés.

¿Periodismo al revés?

Escondido en una oficina oculta en un edificio del centro de Medellín. Durante cuatro años trabajé así, hasta un año después de muerto Pablo Escobar. Cuatro años sin firmar ningún artículo, pero yendo a un montón de eventos de manera incógnita. A eventos deportivos, culturales, políticos, sociales. Eso llevó a que Pablo Escobar se diera cuenta de que había alguien en Medellín que hacía eso para El Espectador y se propuso que lo buscaran y lo eliminaran.

¿Y lo buscaron?

Sí. Se descubrió que el jefe de sicarios de Pablo Escobar, “el estratega de la muerte”, como yo lo llamo, Mario Alberto Castaño Molina alias el Chopo, por algún azar, por alguna razón, trabajaba en el mismo edificio en el que yo ejercía clandestino para El Espectador. Él, en el piso 20; yo, en el 4. Y ahí, en ese mismo piso 20, el bloque de búsqueda de Pablo Escobar lo dio de baja, lo mataron el 19 de marzo de 1993, nueve meses antes de morir Pablo Escobar, el 2 de diciembre del mismo año. 

Fue su jefe de sicarios desde 1984 y, por sus habilidades como delincuente, no había sido detenido nunca, no se tenía siquiera una foto actualizada suya en el organigrama de búsqueda. Para ese momento había una recompensa de cien millones de pesos a quien diera información de él…, hasta que por fin lo encontraron.

Yo no tenía idea de que el que me buscaba para matarme estaba en el mismo edificio que yo.

No lo supe sino hasta que lo vi muerto. La policía me lo mostró antes que a todos los otros periodistas. Como yo trabajaba en ese edificio, cuando la policía llegó yo quedé entre las personas que no podían salir ni entrar. Dije que era periodista, me contactaron con el que hizo el operativo y me subieron al piso 20. Me mostraron el cadáver y ahí fue cuando la película se me devolvió. 

¿Llegó a tener algún contacto con el Chopo antes de eso?

Dormía en esa oficina, mi cama eran los propios periódicos. En El Espectador me hicieron un enlace con una señora tan clandestina como yo para que surtiera mis necesidades, me diera unos viáticos, pagara mi sueldo. Yo no podía ir con credenciales a las ruedas de prensa, no podía hacer un periodismo social donde me presentara como periodista de El Espectador y entrara por la puerta de prensa en los eventos, sino que trabajaba clandestino, entraba como invitado y a escondidas. 

Hacía mucho periodismo de agenda propia. Contactaba, entrevistaba y escribía. Como era al revés de todo lo habitual del periodismo, tenía que hacerlo todo más que nada de noche. Estaba todo el día escuchando en la radio lo que pasaba, lo que los noticieros de radio contaban y hacía una selección, una agenda que pudiera desarrollar durante el día. Lo hacía sobre todo de asuntos de orden público, pero también de asuntos políticos, deportivos o culturales. Con entregas de un día para otro, inmediatas, para el fin de semana, para dentro de un mes. Hacía periodismo muy esencial y bien hecho, aunque muchas veces no tenía ni tiempo de escribir. Solo me daba para llamar por teléfono, dar los datos y dar una media redacción oral que los editores en Bogotá procesaban para que saliera muy bien escrito.

¿Entonces nunca pudo identificarse dentro de sus trabajos?

No. En ese momento estaba la edición nacional de El Espectador que, en Bogotá, salía al público de madrugada. Y estaban las ediciones nacionales que llegaban a las ciudades como Medellín, Cali, Cartagena. Todas estaban firmadas como redacción Medellín y Bogotá, redacción Medellín, Bogotá y Cali, colaboración especial de Medellín, pero ninguna estaba firmada por mí.

¿Cómo supieron que era usted entonces?

Por la inteligencia del grupo de Pablo Escobar. Ellos sí sabían ya quién era el corresponsal. Tenían amigos en los medios, los mismos con los que yo conversaba para hacer las noticias. Llamaba a muchos colegas de radio para pedirles información, así que sabían que yo estaba trabajando para El Espectador y me ayudaban, pero también le ayudaban a Pablo Escobar informándole que había un corresponsal que se llamaba Carlos Mario Correa, que no firmaba, pero existía. Y así fue que me buscaron todo ese tiempo.

¿Qué tipo de contenidos pudo producir así, escondido?

Así, clandestinamente, di una vuelta por Colombia en bicicleta, que es inexplicable cómo. Cubrí un mundial de patinaje en Bello, entrevisté a todos los políticos de Medellín, a todos los jugadores de la selección Colombia que se prepararon para los mundiales del 90, 94 y 98. Conocí a todos los jugadores de esa época: a Rincón, Asprilla, Higuita, a todos los entrevisté. Incluso hice cubrimientos semanalmente de cómo entrenaban, quiénes eran, escribí perfiles de todos, hice entrevistas pregunta y respuesta, informativas, propuse trabajos como un día en la concentración de la selección Colombia, cómo duermen los jugadores, quién lava su ropa, cómo son los balones, quién los infla. Hacía crónicas paralelas a lo habitual, y eso está en los archivos de El Espectador. Pero también me quedó la angustia, la inquietud de por qué no fui al mundial. ¡Nunca me enviaron!

¿Cómo se sentía al no poder firmar sus trabajos?

Era muy raro eso, que el periodismo de autor, el periodismo narrativo que es el que se firma especialmente porque es hecho por uno, con la sensibilidad de uno, con la calidad estética que uno puede tener y que muestra las habilidades de uno como reportero y escritor, ese que se firma por excelencia, privilegio y merecimiento, no pudiera llevar mi nombre. 

¿Recibía alguna compensación especial por su trabajo?

Durante esos años no gané ni un centavo más ni menos. Ganaba un sueldo de periodista de la época, de un periodista raso, de reportero de a pie. También de carro y de avión, pero sobre todo de burro y de andar por ríos. Nunca gané sueldo de editor ni de director ni de enviado especial ni de corresponsal privilegiado, y lo hice porque la vida me puso ahí y me sentí involucrado en ese remolino.

¿Qué pasó después de todo eso? ¿Qué pasó después de la muerte de Pablo Escobar?

Empezaron a llamarme, a interesarse por mi vida. Querían contar mi historia antes de que yo la contara. Ahí me di cuenta del peligro en el que estuve, ahí le di trascendencia. 

En su libro Las llaves del periódico, donde usted cuenta con más detalles estos sucesos, hay una historia de dos colegas y amigos, un fotógrafo y un periodista que perdieron la vida en Segovia cuando fueron llamados a cubrir una noticia. ¿Cómo fue eso?

Eso fue lo más difícil que viví: ir a reconocer los cadáveres de esos dos periodistas a Segovia. Los asesinaron a balazos en una calle conocida como la Calle Principal, o la Calle la Reina. Fue en 1991, la muerte de Julio Daniel Chaparro, un cronista de 29 años, y Jorge Torres, un fotógrafo de 39 o 40 años. Los despedí del avión aquí en Medellín entre las 4:30 y 5 de la tarde, almorcé con ellos antes de eso. A las 9 de la noche ya estaban muertos. Al otro día llegó un helicóptero de la gobernación para recoger esos cadáveres y enviarlos a Bogotá. ¿Cómo se cuenta eso? Hay que vivirlo para sentirlo. 

¿Y en la escritura? ¿Qué fue lo más difícil?

Encontrar el tono narrativo para contar historias. Lo que para mí era más complicado, y seguro también para todos los periodistas de mi generación en los noventa, era tener un manual de estilo para hablar de la muerte. De la muerte destrozada por el carro bomba, una muerte despedazada: usted ve cabezas, brazos, piernas, dedos, gente desangrándose. En ese momento el periodismo era así: usted iba y veía, y sentía, olía y pisaba. Por ejemplo, fue muy difícil contar la masacre de los obreros bananeros en Urabá. Fueron muchas en 1995, hasta cinco masacres en una semana, de 10, 12, 15 muertos. Amarrados, con destrozos en sus cabezas por las balas de fusil. 

Oler esa sangre descomponerse al sol de la mañana, pisarla, caminar por entre esos muertos y darse cuenta que no hay nadie para contar. Escribir de eso, ¿cómo se hacía?
¿Cómo lo hacía usted?

Inventándome un propio idioma, un propio lenguaje para contar. Muy crudo, muy falto de filtros. Escribir de eso fue muy difícil: encontrar el tono, no caer en el morbo, en revictimizar a las víctimas, pero ese concepto ni siquiera existía por esos tiempos. En las universidades, con los manuales, se enseñaba cómo cubrir un incendio, cómo cubrir un secuestro, cómo cubrir una desaparición, cómo cubrir un asalto a un banco. Esos eran los manuales de los años setenta y ochenta, casi todos españoles y norteamericanos. Pero cuando uno tenía que cubrir lo que veía, sentía, olía, casi sin testigos que lo certificaran y le dieran voces, y no solo las voces oficiales, era un reto muy intrigante, al menos para mí. A tal punto que, 30 años después, aún sueño con episodios como esos. 

¿Siente usted que el periodismo tiene desafíos?

Sí, también hay prevención contra el periodista por la manera en que informa. El periodista reportero siempre será indiscreto. También hay muchos periodistas mal informados y periodistas que tienen intereses muy propios, también corruptos. Esos nos han hecho mucho daño a todos los demás, nos han estandarizado como eso: desinformados, mal preparados y corruptos. Días como estos son para reflexionar si hemos logrado hacer que el periodismo tenga un estándar, que gane más nivel, o si el periodismo sigue siendo mal hecho, mal preparado o contribuye a los intereses de otros. 

Otro desafío es que casi todos los periodistas se autocensuran en Colombia por necesidad. Nuestra libertad de expresión llega hasta donde nuestra necesidad empieza. Eso lleva a que no haya un periodismo de alto nivel, aunque hay quienes consiguen hacerlo, que son los periodistas formados en nuestras universidades.

Para mí, la mayoría de los periodistas colombianos son de los mejores formados del mundo. Colombia es un país que todo el tiempo es un laboratorio para el ejercicio del periodismo. Cada segundo, cada minuto hay infinidad de hechos sobre los que informar y que son exigentes a nivel ético y profesional.

Creo que, sobre todo los que ejercemos el periodismo y la comunicación en general, debemos hoy ser los primeros vigilantes de la libertad de prensa y la libertad de expresión. Hay que estar atentos, ver si hemos crecido y hemos hecho un buen uso de esas libertades y las estamos defendiendo o, por el contrario, si somos parte del problema que las restringe. Es muy complejo, los periodistas también dependemos de las oportunidades laborales que, de entrada, pueden estar condicionándonos el derecho a la libertad de expresión especialmente.

¿Considera que este panorama que acaba de relatar podría cambiar garantizando la seguridad no solo física, sino también emocional de los periodistas?

Sí. Creo que los profesores de asignaturas de Comunicación Social y Periodismo tenemos un gran reto por contribuir a que haya más libertad de prensa y más libertad de expresión, que se garantice. Lo podemos hacer formando mejor a los estudiantes en tres áreas. Primero, intelectualmente: es necesario formarse en humanidades, en literatura, en cultura, historia, política, idiomas, en el manejo de las herramientas de los nuevos medios. Segundo, anímica y emocionalmente: contar el desastre colombiano, nuestra tragedia, la de todos los días, la de Latinoamérica y la del mundo implica tener fortaleza emocional. Tercero, físicamente: el mejor periodismo es el que se logra con un acercamiento esencial, efectivo y real a la gente en el lugar en el que vive, se divierte, hace vida familiar, trabaja. Para lograr eso hay que estar bien físicamente para poder desplazarse, acercarse a la gente, salir a donde otros no llegan y contar esas historias poniendo los sentidos como fuente de información.

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