Aumentan feminicidios en Antioquia con respecto al 2020

Aumentan feminicidios en Antioquia con respecto al 2020

El confinamiento por la pandemia de Covid-19 pudo contribuir a que cayera el número de feminicidios sexuales perpetrados por agresores desconocidos para las víctimas, a la vez que aumentaban los feminicidios íntimos, en los que el agresor es un miembro de la familia o la pareja sentimental.

Antioquia encabeza la lista de los departamentos del país con mayor número de casos de feminicidios. Entre enero y agosto de este año (los datos corresponden al año 2021), la Policía Nacional reportó 116 asesinatos de mujeres en Antioquia. Esto representa un aumento del 18% con respecto al mismo periodo de 2020, según el Observatorio de Asuntos de Mujer y Género de la Secretaría de Mujeres de la Gobernación de Antioquia.

 Este incremento es superior al de los homicidios en general, que ha sido del 6%. Del total de asesinatos a mujeres este año, la Policía registró 18 como feminicidios. Las cifras de septiembre no habían sido publicadas al momento de escribir esta noticia.

 Los datos oficiales no coinciden con los de organizaciones no gubernamentales que se encargan de velar por los derechos de las mujeres, como la Red Feminista Antimilitarista, que ha registrado 39 feminicidios en lo corrido del año solamente en el Valle de Aburrá.

 Valeria Acosta Isaza, profesional social del Observatorio de Asuntos de Mujer y Género, reconoce que existe un subregistro importante y que “la impunidad en los casos de feminicidios es absurda”. Explica que no hay suficiente rigurosidad en el estudio de los casos de homicidios a mujeres, lo que impide que muchos de estos puedan ser tipificados como feminicidios. 

 La Ley Rosa Elvira Cely establece las circunstancias que pueden determinar que un delito sea clasificado como feminicidio. Entre ellas están: haber tenido una relación familiar o de convivencia con la víctima en la que se hayan dado casos de violencia; aprovechar relaciones de poder; agredir sexualmente a la víctima, o cometer el delito para causar terror o humillación a quien se considere enemigo.

 Acosta dice que “si las personas encargadas de llegar al lugar de los hechos no hacen un análisis riguroso de contexto, sobre cómo encontraron el cuerpo, qué había alrededor, qué relación había entre el agresor y la víctima, cómo la abordó, la mayoría de los casos se van a quedar sin tipificar”.

No todas las mujeres pueden denunciar

No solo hay subregistro en los casos de feminicidio, sino también en los de violencia contra la mujer. Omaira López Vélez, coordinadora del proyecto “Sororas y empoderadas tejemos paz territorial con otros y otras” de la organización Vamos Mujer, atribuye esto a la dificultad de las víctimas para denunciar, especialmente en zonas rurales o de conflicto armado.

 Hay veredas que no tienen comisarías de familia, inspecciones de policía o CAIVAS. “El acceso a estos lugares no siempre les es fácil a las mujeres”, dice López. Añade que incluso cuando llegan a estos sitios, a veces les dicen que vayan a otros porque ahí no cuentan con las condiciones para realizar la denuncia. 

 López reconoce que en el departamento existe una notable oferta institucional y que Medellín es pionera en políticas públicas, pero señala que, con frecuencia, las mujeres que viven lejos de los centros urbanos no se ven beneficiadas. 

 Valeria Acosta también expresa preocupación por la falta de estas instituciones en varios municipios y la dificultad de las mujeres rurales para acceder a las rutas de atención. Además, dice que en la mayoría de los municipios de Antioquia no existen programas dirigidos para proteger específicamente a la mujer. Todo esto, según la analista, contribuye a que las mujeres no reciban ayuda oportunamente y permanezcan en contacto con su agresor. De esta manera corren más riesgo de ser víctimas de un feminicidio.

Gobernación mejoró rutas de atención en pandemia

Durante la pandemia de Covid-19, las dificultades para denunciar se agudizaron. Varias mujeres quedaron confinadas con sus agresores. A pesar de esto, en 2020 hubo una disminución del 12% en los homicidios a mujeres en comparación con 2019, menor que la reducción en los homicidios en general, que fue del 17%, según el Observatorio de Mujer y Género. 

 Acosta explica que el confinamiento pudo contribuir a que cayera el número de feminicidios sexuales perpetrados por agresores desconocidos para las víctimas, a la vez que aumentaban los feminicidios íntimos, en los que el agresor es un miembro de la familia o la pareja sentimental.

 Dice que las llamadas a la Policía para denunciar casos de violencia intrafamiliar se incrementaron, lo que impulsó a la Gobernación de Antioquia a crear la línea 123 Mujer Metropolitana, que permite activar alertas inmediatas y prevenir feminicidios. Sin embargo, este servicio tampoco llega al 100% de la población de mujeres rurales, pues solo funciona dentro del área metropolitana del Valle de Aburrá.

 Otra estrategia usada por el gobierno departamental para combatir la violencia de género durante la pandemia fue la creación de hogares de protección para mujeres sin redes de apoyo cuya vida estuviera en riesgo. Este programa funciona en todos los municipios y permite que las mujeres se muden temporalmente con su núcleo familiar a una casa ofrecida voluntariamente por otra familia, donde reciben apoyo psicológico, social y jurídico. 

 A pesar de que este programa funciona en todo el territorio antioqueño, tampoco tiene una cobertura para todas las mujeres. Para cuidar a las familias que prestan su casa para el programa, no se aceptan mujeres que sean víctimas de actores armados. 

 Las mujeres afectadas por el conflicto son atendidas por las oficinas de víctimas de cada municipio, por lo que, dice Acosta, la Secretaría de Mujeres ha buscado articular con ellas programas que se enfoquen en este grupo poblacional.

Lo que hay detrás de un feminicidio

Acerca de la violencia contra la mujer en el conflicto armado, la Corporación Vamos Mujer dice lo siguiente en su segundo boletín de 2019: “En contextos de disputa de territorios, es frecuente que las mujeres se vuelvan un territorio más en disputa, y su asesinato es una forma de atacar las posesiones de hombres rivales y de amenazarlos”.

 Omaira López dice que esta metáfora aplica también en otros contextos y habla del cuerpo como el primer territorio en el que la mujer puede ejercer autonomía. Para ella, es necesario explicar el feminicidio como la última consecuencia de un sistema de pensamiento que cosifica a la mujer y que la ve como un objeto del que un hombre se puede apropiar.

 De la misma manera, Vamos Mujer rechaza la descripción que se suele encontrar en medios de comunicación sobre los feminicidios catalogados como crímenes pasionales, así como el atenuante de la ira e intenso dolor. López explica que en la mayoría de los casos existe una historia de violencia y se evidencia un plan previo. 

 Un ejemplo de esto es el testimonio de Carmen*, que cuenta que su cuñada fue víctima de feminicidio hace 20 años.  “A Nelly la mató el esposo porque ella se iba a separar. Él la invitó a tomarse unos tragos, luego se fueron a la casa y ahí fue donde la mató. La degolló. Le echó seguro a la puerta y se escapó con las joyas y el carro. Ella murió desangrada en las escaleras, nunca pudo salir. Él fue capturado después de haber estado un tiempo prófugo. Solamente pagó siete años en la cárcel. Argumentó ante la justicia que había cometido el crimen bajo mucho dolor. Por eso, y contando el buen comportamiento, al final salió libre mucho antes de lo esperado”.

 Hoy en día, la ley brinda más garantías jurídicas a las potenciales víctimas de feminicidio o sus familias para actuar en contra de los agresores y hay más reconocimiento de otras formas de violencia de género. Aun así, falta mucho para que se garantice el derecho a la vida y a la autonomía corporal de las mujeres en el departamento.

 *Nombre cambiado para proteger la identidad de la fuente

En este espacio va el pide de foto / Foto por Bitácora

En la categoría Mejor Noticia el jurado fue Alejandro Gómez Valencia, periodista de la Universidad de Antioquia, editor de la Agencia de Noticias de la Universidad EAFIT y profesor de Periodismo informativo en el pregrado en Comunicación social de la misma institución.

La noticia va más allá de hablar del crecimiento de los feminicidios en el departamento y, con una amplia y diversa selección de fuentes y datos, muestra las brechas que existen en este tema en cuanto a lo rural y lo urbano, así como la necesidad de afinar conceptos que permitan saber qué pasa en realidad en cuanto al asesinato de mujeres en la región

Alejandro Gómez Valencia

“Hay que hacer cambios, pero no una revolución”

“Hay que hacer cambios, pero no una revolución”

Colombia ha vivido varios momentos de agitación social en los que los jóvenes han sido protagonistas. Las manifestaciones de 2019 y 2021, así como las protestas de las décadas de los sesenta y setenta y el surgimiento de grupos guerrilleros, son algunos ejemplos. Dos hermanos que han presenciado las dos épocas hablan de sus experiencias y hacen paralelos, desde diferentes perspectivas, entre el pasado y el presente.

Sergio Alonso (izquierda) y Carlos Eduardo Mejía Tobón (derecha), dos hermanos que hicieron parte de los movimientos sociales juveniles de los años sesenta y setenta en Colombia.

Sergio Alonso Mejía Tobón y su hermano, Carlos Eduardo, pasaron su juventud en la Medellín de los años sesenta y setenta, en el barrio Miranda. Vivieron una época de descontento social en la que gran parte de los estudiantes se lanzó a las calles a protestar, como ocurre actualmente, mientras que otros jóvenes se unieron a grupos guerrilleros. Ambos tuvieron relación, de distinta manera, con los movimientos que estaban surgiendo.

El primero estudió en el Politécnico Grancolombiano, pero se mudó a Boyacá para terminar su carrera en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC), donde se graduó como ingeniero de minas; el segundo trabajó en Enka de Colombia luego de hacer una tecnología de máquinas y herramientas en el Pascual Bravo.

Durante el tiempo que estudió en Medellín, Sergio se reunió con militantes de la JUCO (Juventud Comunista de Colombia), del MRL (Movimiento Revolucionario Liberal) y del MOIR (Movimiento Obrero Independiente Revolucionario).

Discutían acerca de literatura, psicoanálisis y las cuestiones políticas más importantes del momento. Entre los asistentes a las reuniones se hallaban Marcelo Torres, a quien recuerda como un gran orador, y Amylkar Acosta, que fue ministro de Minas y Energía durante el gobierno de Juan Manuel Santos.

No solo se sentaban a conversar; también salían a protestar a las calles. Sergio dice que él prefería enfocarse en el aspecto ideológico, aunque reconoce que participó en algunas manifestaciones que se tornaron violentas. “Recuerdo que tiré piedras dos veces, no más, al frente de la Universidad de Antioquia, en la Avenida del Ferrocarril”.

 Otros miembros del grupo eran más activos en las manifestaciones. “Amylkar Acosta y Marcelo Torres eran los duros para impulsar la protesta y llamar a la gente.


Sergio Alonso Mejía en Sogamoso, Boyacá, 1974. Foto cortesía del entrevistado.

Carlos Eduardo, en cambio, nunca protestó. “Uno no salía, pero sí apoyaba las manifestaciones”. Él hacía parte de un sindicato de trabajadores que era patrocinado por el movimiento guerrillero M-19. “Nos daban papelería de los proyectos que tenía el M-19 y teníamos un grupo donde los estudiábamos. Nos entregaron todo lo que tenían de Jaime Bateman, que era el cerebro de la reforma agraria que proponían. Eso fue en el año 1976”.

Hacer parte del sindicato lo exponía a ser perseguido por la fuerza pública, aunque siempre logró eludir ese riesgo. “En una ocasión, yo tenía toda esa papelería y el Ejército venía requisando las casas del barrio. Yo la piqué y mi señora me ayudó a tirarla por el sanitario. Llegaron dos puertas antes de la mía y ahí dejaron de requisar”.

Eduardo aclara que, aunque eran afines a sus ideas, ninguno de los miembros del sindicato con los que él se reunía era miembro de la guerrilla ni de ningún grupo violento.

Carlos Eduardo Mejía (derecha) en la primera comunión de una de sus hermanas menores (izquierda), 1972. Al día siguiente madrugaría para trabajar en Enka. Foto cortesía del entrevistado.

Sergio Alonso nunca tuvo relación con el M-19. Cuando ellos se alzaron en armas, en 1974, él vivía en Boyacá y se había alejado de la política. Los manifestantes con los que él estuvo en contacto eran afines al maoísmo y al ELN, pero eran críticos de las Farc. Sin embargo, no le consta que hubiera presencia guerrillera. “Decían que Marcelo Torres era guerrillero, pero nunca se le comprobó nada. Era chisme, como ocurre ahora”.

La protesta no ha cambiado

Para Alonso, las acusaciones sin fundamento acerca de la presencia guerrillera en las manifestaciones no son la única cosa que tiene en común la situación actual con la que él vivió en su juventud. Dice que, así como pasa hoy en día, la fuerza pública era la que iniciaba la violencia. “Los primeros que empezaban a tirar la piedra, desde esa época, eran los policías a los manifestantes. Los policías eran los que iniciaban la confrontación”.

También hace alusión a un hecho que recuerda lo sucedido el 28 de abril de 2021: el ingreso del Ejército a la Universidad Nacional en 1966 para reprimir una manifestación contra el presidente electo, Carlos Lleras Restrepo. “A raíz de que invadieron la Universidad Nacional en Bogotá, había un malestar duro de los estudiantes”. Según Sergio Alonso, los excesos de la fuerza pública intensificaron las protestas.

El Frente Nacional y el presunto robo de las elecciones de 1970 también eran motivos para salir a marchar, pero había otras razones para hacerlo, que Sergio considera que siguen vigentes hoy en día. Dice que la gente en Colombia históricamente se ha manifestado por la desigualdad, la pobreza, la falta de vivienda y el precio de los alimentos.

Señala al hambre como uno de los principales problemas que tiene el país. “Hermano, el hambre nubla pensamientos y nubla lo que sea. Con hambre usted mata. Uno no está de acuerdo con eso, pero el hambre lo nubla todo. El hambre y la droga. De un muchacho joven, con hambre y drogado no se puede esperar nada bueno”.

Según Sergio Alonso, la popularidad de la que gozaban las guerrillas en ese entonces se debía a ese mismo problema. “Por falta de educación y por hambre más de un manifestante salió a tirar piedra y a hacer saqueos. El M-19 hacía lo de Robin Hood. La gente con hambre lo veía bien”. Dice que a raíz de la consciencia que creaba la gente que se manifestaba con argumentos “mucha parte de la sociedad buena de Colombia los apoyaba”.

Carlos Eduardo está de acuerdo. Cuenta cómo el M-19 distribuía entre los pobres las mercancías robadas. Habla de cómo repartieron en Moravia lo que sacaron de un camión de Imusa. “Les llevaron todas esas ollas a la gente que vivía en el basurero. En ese entonces yo veía eso como algo bueno”.

Sergio Alonso dice que no pensaba de la misma manera. “Yo nunca he visto como algo bueno quitarle las cosas a los demás”.

La admiración de Eduardo hacia la guerrilla llegó a su fin cuando descubrió los negocios que tenían en secreto. “Yo apoyé al M-19 hasta que vi que cambiaban armas por droga. Había un amigo que me decía: ‘No coma de ese cuento, que vea, nosotros hacemos este negocio. Venga yo le muestro’, y yo fui y vi que era cierto. No volví a hacerle fuerza al M-19”

Sin grandes logros para celebrar

Sin embargo, cuando hablan de lo que se logró con las protestas, plantean ideas similares y sus rostros expresan la misma decepción. “Ahí no se consiguió nada. Solo se logró crear más violencia. Con lo que creíamos que hacíamos bien, solo se consiguieron cosas negativas”, dice Eduardo, que luego hace una corrección: “Para la sociedad no se logró nada. Personalmente sí consiguieron. Hasta uno que fue miembro del MOIR consiguió puesto político, Amylkar Acosta”.

“No se logró nada. La desigualdad ha seguido desde esos años hasta hoy”, dice Alonso, aunque después se muestra más optimista: “Algo consiguieron, al menos los buenos, pero no hubo un cambio. Dejaron consciencia en algunas personas”.

Tampoco tiene grandes esperanzas para la juventud de hoy. “Tanto de la izquierda como de la derecha, los que se meten en la política están en busca de contratos y de cosas turbias. Eso es por falta de educación. Ni de derecha ni de izquierda ni de centro”, dice. Piensa que eso es un obstáculo para lograr cualquier mejora en el país.

A Alonso le parece que las manifestaciones de hoy son muy similares a las de su época de estudiante. Dice que la Policía es la misma, aunque ahora tienen mejores armas, y que los manifestantes están mejor equipados para combatirla. “En eso ambos han progresado, pero para mal”.

Eduardo, en cambio, es más crítico con los manifestantes actuales. “Yo no veo similitud. Estos buscan el cambio incluso con más violencia. A pesar de lo violenta que fue esa época, algunos manifestantes actuales son más violentos. Lo que están buscando es desestabilización y bronca, no más”.

Las críticas de Eduardo hacia los manifestantes continúan: “Los estudiantes tienen todas las armas para hacer los cambios, pero a ellos no les interesa eso. Les interesa la bronca y joder. La revolución de ahora es una moda. Eso no es un proyecto de cambio; es una moda”.

Al hablar de las diferencias entre aquella época y esta, los dos hermanos parecen tener más ideas en común. Ambos dicen que la magnitud de la protesta es mayor ahora gracias a que hay más estudiantes y a que las redes sociales permiten difundir mensajes con más libertad que los demás medios de comunicación.

Alonso expresa que los manifestantes de antes creían más en sus ideales y eran más honestos, pero Eduardo profundiza: “Usted ve a los que están ahora en una protesta y la mitad no sabe por qué están protestando. Se dejan llevar. En esa época eran más poquitos, pero entendían mejor lo que querían, a pesar de que estábamos todos equivocados en la forma de protestar”.

Alonso dice que eso no es un fenómeno nuevo. Al dedicarse al aspecto ideológico de la movilización, se dio cuenta de que muchos manifestantes no sabían lo que hacían. “Había manifestación y ellos eran felices. Había gente que salía, pero ni sabía por qué estaba saliendo a luchar. Lo mismo pasa ahora. Hay mucho joven que no sabe por qué lucha”.

Visiones opuestas de la actualidad

A diferencia de Eduardo, Alonso ve las protestas actuales con ojos positivos, aunque también plantea algunas críticas. “Hay grandes pensamientos de jóvenes estudiantes. Hay otros que engañan, siguen con la violencia y quieren destruir las cosas, como los de la primera línea. Puede que ahí haya gente buena, pero hay otros mentirosos que lo que quieren es destruir y no construir. Uno no puede destruir lo que uno necesita. Eso es una cuestión de sentido común”.

Así como rechaza el vandalismo de la primera línea, Sergio Alonso resalta las acciones de los demás manifestantes. “Uno ve jóvenes que no han estado en esas manifestaciones duras, pero sí han hablado. Y si han estado en la manifestación, han estado en forma pacífica. Yo ahí reconozco cosas importantes y positivas”.

Para él, las ideas más importantes de la juventud de ahora son las relacionadas con la educación. “Dele a un niño educación, salud y buen alimento, que es la base para que una sociedad llegue a ser grande. Muchos estudiantes tienen ese pensamiento”.

 “Yo creo que la protesta se debe hacer con más cultura”, dice su hermano, firme en su oposición a las protestas de hoy. Alonso no se queda callado. “¿Qué cultura van a tener si nacieron en los gamonales?”, le pregunta.

“Para mí la cultura no la dan los libros. Yo conozco gente muy culta que no ha pasado por la primaria”, le contesta Eduardo.

“Hay que hacer cambios, pero no una revolución”, dice él. “Ellos tienen todas las armas para discutir las cosas dentro de ciertos escenarios, pero no por allá cogiendo a piedra un edificio. Lo poquito que se ha hecho, déjelo ahí. ¿Para qué va a tumbar eso? ¿Para darle más contratos a los corruptos, para que cojan el contrato de lo que tumbaron?”.

Las visiones de ambos hermanos han evolucionado con los años. Alonso se ha decepcionado de la política, y Eduardo ya no cree en la revolución que predicaba el M-19. Sus esperanzas de cambiar el país fueron similares a las de la juventud de hoy, pero ninguno de los dos las conserva ahora.

 

En este espacio va el pide de foto / Foto por Bitácora

En la categoría Mejor Entrevista o Testimonio, el jurado fue Juan Carlos Luján Sáenz, comunicador social – periodista de la Universidad de Antioquia, Magíster en Comunicación Transmedia de la Universidad EAFIT, y profesor de Periodismo Informativo de la misma institución.

La entrevista tiene una estructura definida, va del pasado al presente, además de un contexto y unos datos que permiten una lectura amena y acertada de la realidad. Cada parte del texto tiene un sentido, lo que permite entender mejor el contraste. Es una excelente nota, con una prosa limpia y unas preguntas muy bien formuladas.

Juan Carlos Luján Sáenz

Esta es Lupe, o lo que dicen de ella

Tomada del Facebok de Guadalupe
Esta es Lupe, o lo que dicen de ella
Se describe a sí misma como una chica problema, inquieta, autónoma e independiente; que nunca necesitó, ni pidió permiso para nada, ni siquiera para a los 9 años hacer su primer ‘rato’.

 

Desde muy joven, Yason se entregó al centro, el Parque de Bolívar se convirtió en su casa. Vendía chicles y reciclaba, y a los 9 años empezó a “hacer ratos”. Descubrió que la calle no era fácil; recibió su primera puñalada, un puntazo, y escuchó los gritos de su mamá cuando, a plena luz del día, la vio vestida como Guadalupe por primera vez.   

   

Son las 2:00 p.m. y el Parque Berrío, como todos los días, está en movimiento. Desde la entrada del Palacio de la Cultura hay unas rejas que encierran todo el Parque Botero y promueven títulos cómo “centro consentido” y “Medellín enamora”, buscando así que las personas sientan más seguridad.

 

Los policías rodean todo el lugar, y, aun así, los únicos que se atreven a caminar despreocupados y a sacar sus cámaras profesionales, son los extranjeros que en realidad no se percatan del peligro que habita siempre en esta zona. Los músicos de la Red de Escuelas de Música ambientan el lugar con su ensayo para el concierto que se dará en el Museo de Antioquia. Mientras, las trabajadoras sexuales, recostadas en las gordas de Botero, esperan pacientes, bajo un sol incandescente, a sus clientes.

   

A lo lejos se acerca una mujer de baja estatura, morena, y de cabello rizado. Lleva un vestido gris, corto, para evitar que la tela roce una quemadura que días antes se hizo con el mofle de una moto. Se acerca sonriente y dice: 

–¡Como estás de linda! Tiene una voz que es grave y dulce. Es Guadalupe. Mejor subamos al Parque de Bolívar, nos dice.

   

Del Parque Berrío al Parque de Bolívar hay siete minutos caminando por la Avenida Palacé, y ella recorre las calles con total seguridad, como si estuviese pasando de la sala a la cocina de su casa. No lleva tapabocas, dice que no cree en eso, lleva toda la pandemia de Covid-19 sin usarlo y no le ha dado nada. Tampoco se piensa vacunar, no confía en esas cosas.   

   

Al atravesar la Avenida Maracaibo, a una cuadra del Parque de Bolívar, se hace más evidente el calor y la sed, así que Guadalupe se acerca a una cigarrería para comprar una cerveza Pilsen de un litro y unos Choclitos, de los que se antoja en ese momento.    

   

Ya en el parque, en busca de sombra, se sienta en una banca desde la que se observa el pasaje de Junín. 

  

“A los 9, mucho antes de ser trans, llegué al centro y me mantenía aquí. En ese tiempo me le volaba a mi mamá, me le robaba la ropa a mi hermana y me vestía de mujer, y cuando me iba a ir para mi casa, me volvía a cambiar, ¿si me entiende?”, cuenta.  

 

Lupe recuerda que un día en la tarde, su mamá la vio vestida con blusa y falda corta desde la chaza en la que vendía tintos y cigarrillos. Ante esto, reaccionó de forma histérica y comenzó a gritarle.

  

“En mi casa nunca hubo rechazo hacia mí, porque desde muy polla tenía rasgos femeninos que no lograba entender. Sentía atracción por la ropa femenina, quería verme como una niña y jugar con juguetes de niña. Incluso llegué a un punto en que me daba piquitos con los niños de la guardería”, narra.  

  

Mientras termina de comerse los Cholitos y presiona una y otra vez la bolsa en sus manos, se describe a sí misma como una chica problema, inquieta, autónoma e independiente; que nunca necesitó, ni pidió permiso para nada, ni siquiera para a los 9 años hacer su primer ‘rato’.

 

Hacer ratos es prestar un servicio sexual, y la primera vez que lo hizo se dio cuenta que así ganaba más que vendiendo chicles. Desde entonces espera cada noche por un nuevo cliente; algunas veces cuenta con suerte, pero en ocasiones se encuentra con hombres que solo quieren hacerle daño.

    

Lupe recuerda, tranquilamente, cómo hace unas horas tuvo que correr de un hombre que la montó en su carro y la llevó a Rionegro, para luego bajarse a perseguirla con un machete, y eso, porque no fue capaz de sacar la escopeta recortada que también tenía preparada. Nadie la ayudó, ni siquiera cuando llegó corriendo y gritando que la querían matar, después de un trayecto largo hasta Marinilla.

  

“En estos días yo escuché las palabras de un man que decía que él estaba acostumbrado a matar a dos o tres diarias. También, ahora salen en grupitos en un taxi, uno se monta atrás y uno adelante, entre los dos van y le hacen el chanchullo a la pelada, la matan y por allá la dejan”, asegura.  

  

Guadalupe ya sabe discernir entre los hombres buenos y los malos. Cree en las energías y confía en que la calle la ha preparado para escoger a los clientes con buenas intenciones por encima de aquellos con caras pesadas, de psicópatas, hombres que quieren la chupada sin condón o que quieren tener sexo sin preservativo.

 

No solo desconfía de los hombres. La experiencia le ha enseñado que otras trans pueden violentarla si se dan cuenta de que ella está en su zona, que es más bonita o que consigue más clientes.

 

“Una amiguita me decía: ‘Parce entre trans deberían apoyarse, pero mor, yo veo que entre ustedes se hacen la guerra’. Es así, siempre ha sido así”, recuerda.

La chica problema, la autónoma, la inquieta, la independiente, la curiosa, la trans, la feminista, la drogadicta, la bonita, la vendedora de dulces, la de los ratos, la religiosa, la cualquiera, la morena, la peleonera, la de las energías, la puta, la del monte, la del Picacho, la incrédula, la espiritual, la antivacunas, la fiestera, la leal, la guarachera, la borracha, ‘la niño’, la loca, la indecente.

 

Esta es Lupe, o lo que dicen de ella.



En este espacio va el pide de foto / Foto por Bitácora

En la categoría Mejor Perfil el jurado fue Mario Alberto Duque Cardozo, periodista, magíster en Escrituras Creativas y profesor de Periodismo Narrativo en el pregrado de Comunicación Social de la Universidad EAFIT.



No es el tema marginal el que me parece destacable, sino la capacidad de las autoras para poner en escena, con mayor acierto, al personaje, retratándolo mejor, recreando los espacios por donde se mueve. Se atreven con los diálogos y las descripciones con atención a los detalles, eligiendo bien aquello que da pistas sobre cómo ve el mundo Guadalupe.

Mario Alberto Duque Cardozo

Transcriminación

Transcriminación
A pesar de que la palabra transfobia, actualmente, no aparece en el Diccionario de la lengua española, el miedo, odio, rechazo y no aceptación a las personas transgénero, transexuales y travestis, es una realidad latente que se vive en especial en países como Colombia.

Desde el balcón del quinto piso de un edificio en el barrio Santa Lucía se puede ver a un hombre esperando por Alexandra. La llama al citófono, ella contesta y le dice que hoy no está prestando ningún servicio, que llame después.

 

A seis kilómetros de allí, en el Parque de Bolívar, se encuentra Guadalupe subiéndose al carro de su próximo cliente; aunque el ambiente le genera miedo, necesita la plata.

 

En la Alpujarra, Juliana saluda efusivamente a todos los que se acercan a la entrada de la Secretaría de Inclusión Social, Familia y Derechos Humanos. Ahora es trabajadora social, pero antes solía ser trabajadora sexual trans, hasta que un hombre le dijo que si le faltaba operarse algo, era el cerebro.

 

“Colombia hace unos años no conocía la palabra trans. El más reconocido referente transexual que teníamos era Endry Cardeño, o inmediatamente lo trans se relacionaba con la peluquería o el trabajo sexual”, dice Nicolás Arroyabe, psicólogo clínico y director del proyecto en construcción Transenderse. En él atiende a quienes requieran asesoría en experiencias de vida trans, enfoque de género y diversidad sexual.

 

Es un hombre transgénero, y a diferencia de lo que el prejuicio designa para los y las trans, nunca ejerció ningún tipo de trabajo sexual.

 

Según el presidente de la Cámara de Comerciantes LGBT de Colombia: “Esta población es la que más sufre de desempleo, y de las personas encuestadas en el estudio, el 4% de las mujeres trans tenían un contrato laboral formal”.  El mundo en el que se desenvuelven las lleva, por falta de oportunidades tanto académicas como laborales, a hacer de la ‘narcocultura’ su ideal. Imitando los estereotipos que exigen operaciones extravagantes en partes del cuerpo como senos, glúteos, nariz y abdomen.

 

Juliana Londoño dice que solo se sintió completamente mujer cuando se vio al espejo con unos senos enormes. Eran desproporcionados para su cuerpo, porque en ningún momento recibió una asesoría, ni una advertencia previa, con intenciones de ayudarla, por parte de un profesional. En el momento en que comenzó a trabajar en la Alcaldía de Medellín decidió rebajar la talla, porque las personas no le mostraban respeto por su aspecto físico. También se operó la nalga y esperó que la cirugía de la nariz matizara sus facciones para nunca más parecer un hombre.

 

Alexandra, por su parte, también se operó la nariz y los senos, se hizo una depilación láser en todo el cuerpo y un diseño de sonrisa. “Uno para ser una trans bonita necesita mucha, mucha plata”, dice en tono de queja.

 

Al hablar de cirugías, Juliana asegura que recibió propuestas y ofrecimientos de otras mujeres trans para operarse por menos plata de lo que habitualmente cobraría un profesional. Las trabajadoras sexuales del centro de Medellín con el afán de conseguir más clientes recurren a inyectarse aceite mecánico o cemento, debido a que carecen de recursos, información y compiten constantemente entre ellas.

“Es tan difícil ser mujer trans que empiezan a adquirir un sentimiento de rivalidad con las demás. Al nivel ‘no te digo quién me operó’, ‘no quiero que tus cirugías sean exitosas, ni que seas bonita’”, afirma Nicolás Arroyabe.

 

Esto lo confirma Guadalupe: “El mundo trans es muy duro. Siempre existe una competencia y una rivalidad en la que se quiere ser más que la otra. Yo no tengo amigas trans, soy muy solitaria”.

 

Guadalupe llegó al centro de la ciudad cuando tenía 9 años, e inmediatamente lo convirtió en su casa. Comenzó a trabajar reciclando, vendiendo chicles y haciendo recorridos, hasta que descubrió que dentro del mundo de la prostitución podía ganar más plata.

 

Influenciada por otras trans que habitaban el Parque de Bolívar, en ese mismo año, hizo su primer ‘rato’; hacer ratos es prestar cualquier tipo de servicio sexual. Por ser la más bonita de todas, comenzó a generar celos y envidias entre las mismas que la incitaron a empezar en ese negocio. La trataron mal, la insultaron, e incluso, la agredieron; recibió su primera puñalada, un puntazo.

Alexandra tampoco tiene amigas trans, no confía en ellas, les tiene mucho miedo.

 

“Tuve un problema con una; éramos amigas y resultó que cuando yo salía con ella y con tipos, ella les robaba. Así que nunca le volví a hablar y me metí en un problema. Una vez me cogió con un cuchillo y me amenazó de muerte. Desde entonces, odio a las trans”, asegura Alexandra.

 

El investigador y docente de la Universidad de Valladolid, Pablo Arconada, señala, en la publicación para la Asociación Juvenil Nanou Ki, que “nos olvidamos de que la comunidad LGTBI+ no es un bloque monolítico y aunque la situación haya mejorado sensiblemente, este progreso es desigual en diferentes partes de nuestro planeta. También hay diferencias entre las “siglas” que conforman la comunidad, siendo siempre mejor la posición de la comunidad gay que el contexto en el que viven las personas trans o intersexuales, por ejemplo”.

 

“Cada vez que digo comunidad LGBT me retracto porque siento que actualmente existe, al igual que dentro del movimiento feminista, el fenómeno de ¿cuál sufrimiento pesa más?, entonces se dice: ‘mi experiencia de vida ha sido más dolorosa que la tuya y por eso merece más reconocimiento’”, dice Nicolás.

 

A pesar de que la palabra transfobia, actualmente, no aparece en el Diccionario de la lengua española, el miedo, odio, rechazo y no aceptación a las personas transgénero, transexuales y travestis, es una realidad latente que se vive en especial en países como Colombia, en el que las cifras de violencia y asesinatos sistemáticos está constantemente en aumento.

 

Colombia Diversa es una organización no gubernamental creada en 2004 con el fin de abogar por los derechos de personas que, históricamente, han sido discriminadas por su condición sexual o de género.

 

En una investigación realizada por dicha organización se evidencia que entre el año 2000 y 2018 fueron asesinadas 314 mujeres trans. En más del 50% de los casos se desconoce el presunto responsable, y en 133 casos el homicidio se dio por prejuicios. Mientras que, la cifra de hombres trans asesinados es de 11, y en el 77% de los casos no se tiene suficiente información para determinar la causa del asesinato.

 

Sin embargo, la discriminación no solo se evidencia cuando el desenlace es la muerte. En el caso de Alexandra, como trabajadora sexual, nunca ha recibido ningún tipo de maltrato por parte de los hombres que van a su casa y se adaptan a sus condiciones, pero vive una situación muy distinta cuando se trata de su familia.

 

“Mi tío es sacerdote y celebra misa, pero al mismo tiempo me insulta; mi hermano me odia, e incluso, cuando mi mamá estaba agonizando no me dejó entrar a verla”, cuenta.

 

A diferencia de ella, Guadalupe no hace trabajos sexuales desde su casa, y mucho menos bajo sus propias reglas. Todos los días espera, en el centro, a que el hombre que la recoja no tenga malas energías, cara de psicópata, quiera la chupada sin condón o tener sexo sin preservativo.

 

Hace poco le sucedió algo que narra sin mayor asombro, y es que tuvo que correr de un hombre que la montó en su carro, la llevó a Rionegro y la empezó a perseguir con un machete. Cuando llegó a Marinilla gritando que la querían matar, nadie le hizo caso.

 

También recuerda la llamada que le hizo a una de sus amigas cuando un policía la amenazaba con haberla grabado haciéndole sexo oral a alguien en una banca del parque. Cuando ella le pidió ver el video, comenzó a agredirla con un bolillo y terminó arrebatándole el celular para, posteriormente, estrellarlo varias veces contra el piso.

 

“La policía no nos ayuda a nosotras. Ellos solo están ahí para conspirar plata, y algunos, para echarle a uno los perros”, dice.

 

Según datos de Colombia Diversa, con datos a 2021, las mujeres trans han sido víctimas de 46 casos de violencia policial, de los cuales el 45% se han registrado en el espacio público; un 7,14% han sido ejecuciones extrajudiciales y otro 7% se ve reflejado en torturas. El 50% de estos motivados por prejuicios. Los hombres trans, por otra parte, han sufrido en ese mismo periodo de tiempo, cinco casos de violencia policial.

 

Nicolás tuvo que mediar, como psicólogo, una situación de enfrentamiento entre una persona excedida por consumo de drogas y un policía, en el parque de El Poblado. Después de identificarse como profesional, notó que lo que empeoró la situación, fue que la autoridad invalidó la identidad de las personas insultándolas y llamándolas ‘maricones’.

 

“A pesar de que el órgano policial en muchos casos es incompetente, la solución de ninguna manera es removerlo, todo lo contrario, hay que transformarlo. Es necesaria la instauración de una nueva pedagogía.

Gracias a su profesión, Nicolás debe enfrentarse constantemente a episodios sistemáticos de abuso que sufren las personas trans. En Transenderse se encarga de guiar a las familias que aman, pero no pueden entender muy bien qué es una transición. También asiste por medio de la contención a personas en crisis, da charlas en universidades y habla libremente en entrevistas sobre temas de discriminación de identidad sexual y de género. Sin embargo, la primera vez que vivió el rechazo, no fue por parte de nadie más que de sí mismo.

 

“En una pelea con una pareja trans, cuando yo aún lucía como una mujer, terminé verbalizando: ‘¡Yo deseo ser más trans que vos!’”, relata.

 

Se fue de la casa porque creyó que lo echarían si llegaba rapado y vistiendo ropa de hombre, dejó de asistir a la mayoría de las reuniones familiares y perdió contacto con sus más allegados. Hasta que, en diciembre, su tía y su abuela, le regalaron una camiseta básica y una loción de hombre, y le preguntaron: “mijo, ¿y usted cómo está de boxers?”. Definitivamente el rechazo hacia él solo existía en su cabeza.

 

“Me alejé del mundo, porque nadie me dijo que ser trans estaba bien, porque por ser lo que soy, no me creía digno de recibir amor”, afirma.



 

En este espacio va el pide de foto / Foto por Bitácora
Referencias

Recuperado 21 de noviembre de 2021, de https://www.defensoria.gov.co/es/nube/enlosmedios/9555/%C2%BFViven-o-sobreviven-Durante-2020-en-Colombia-ya-van-63-homicidios-contra-personas-LGBTI.htm

Recuperado 20 de noviembre de 2021, de https://www.eleconomista.com.mx/arteseideas/Mexico-abre-la-primera-clinica-publica-para-personas-trans-en-lucha-contra-discriminacion-20211110-0052.html

En la categoría Mejor Crónica o Reportaje el jurado fue Margarita Isaza Velásquez, periodista y magíster en Ciencia de la Información – Memoria y Sociedad, de la Universidad de Antioquia; y profesora de Reportaje del pregrado en Comunicación Social de la Universidad EAFIT.



Hay un interés especial por las dinámicas de la vida digital, contemporánea; así como una búsqueda de identidad y ciudadanía con vínculo a la sociedad actual, que trasciende la zona sur de Medellín. En varios textos se valora la intención de conocer lugares, personas y procesos opuestos a los propios, a los habituales. La narración en primera persona está presente en la mayoría de los relatos, lo que da cuenta de una necesidad de hallar la propia voz y ofrecerla a los demás, pero nutrida y al mismo tiempo ávida de experiencias. Se valora también la decisión de confrontarse a sí mismos en los textos, al poner en juego o encarar las reporterías realizadas en “tierra ajena” con las historias propias de vida.

Margarita Isaza Velásquez

¿Un diagnóstico para una identidad?

¿Un diagnóstico para una identidad?
Ser trans no significa estar mal de la cabeza, sino tenerla tan bien puesta que comprenden que ese no era su lugar en la vida y así hacer un cambio para sentirse bien consigo mismos. Esa es la verdadera valentía.

Las puertas de la primera clínica para personas transgénero se abrieron hace poco en la capital mexicana. La alcaldesa Claudia Sheinbaum cumplió con su promesa y les brindó esperanza a todas las personas trans que buscaban no solo tratamientos físicos y hormonales, sino también acompañamiento psicológico. La clínica cuenta con dos plantas y con 32 trabajadores de los cuales cuatro son médicos especialistas, dos son médicos generales y once son trans. La Clínica Trans de Ciudad de México ha sido un éxito, pues en menos de seis semanas ya cuenta con 200 personas registradas buscando acompañamiento.

 

Oyuki Martínez, asesora del centro de salud y activista trans, comentó en una entrevista que espera que el movimiento se replique en otros estados, por lo cual es válido preguntarse: ¿Qué está haciendo Colombia?

 

La respuesta es simple: muy poco. Solo una de cada 100 personas trans sigue los procesos de transición de género propuestos por el sistema de salud; las demás se automedican, realizan procedimientos quirúrgicos entre ellas, se suicidan o son asesinadas. Carolina Herrera, psicóloga de Liberarte (grupo de personas LGTBI+), explica que para tener acceso al sistema de salud deben pasar por dos momentos terroríficos: no ser identificados en la cédula y ser diagnosticados con disforia de género por un psiquiatra. Pero claro, dicho diagnóstico puede estar sujeto a pensamientos o creencias y, por tanto, ser subjetivo.

 

En la sentencia T-771 de 2013 la Corte Constitucional expuso: “(…) el diagnóstico es necesario para poder acceder a la atención médica toda vez que constituye la condición que precede la prescripción de procedimientos relacionados con la reafirmación sexual o de género”. En otras palabras, sin diagnóstico, no hay acceso al sistema de salud. Ahora se comprende por qué solo una de las personas trans logra el acceso, ¿no?

 

Sin embargo, hay cosas que ni con tener el visto bueno de un psiquiatra se pueden solucionar; como la aceptación social. Según las recomendaciones para la garantía del derecho a la salud de las personas trans, publicado por el Ministerio de Interior en 2018, “un número amplio de personas trans viven en contextos de vulnerabilidad, marginalidad y violencias. Esto se asocia al no reconocimiento pleno y digno de su identidad, así como a la patologización y criminalización que se ha hecho de sus identidades en ámbitos sociales, económicos, culturales, políticos y de participación ciudadana”.

 

Máximo, hombre trans entrevistado por Pacifista, sostiene que las intervenciones psiquiátricas deben existir como acompañamiento a la salud mental, no como un método de patologización. Ser trans no significa estar mal de la cabeza, sino tenerla tan bien puesta que comprenden que ese no era su lugar en la vida y así hacer un cambio para sentirse bien consigo mismos. Esa es la verdadera valentía.

 

No obstante, esa valentía retrocede cuando en tiempos de guerra y discriminación puede terminar costándole la vida. El promedio de vida de las personas cisgénero en América Latina es de 79 años, mientras que el de las trans es de 35 años. Sí, 35 años. El reporte de la Defensoría del Pueblo revela 388 casos de violencia contra personas LGTBI+ desde enero de 2020 (los datos de este artículo corresponden a 2020 y 2021); de los cuales 167 fueron contra personas transgénero; 58 contra mujeres lesbianas; 130 a hombres gais; 17 a bisexuales y 16 de otras identidades.

 

Sobre esto la Defensoría del Pueblo reconoce que la fuerza pública “contribuye en gran medida a la reproducción de patrones de discriminación y exclusión contra mujeres lesbianas, hombres gais, hombres y mujeres bisexuales y personas transgénero”. Sin embargo, es importante destacar la participación de la primera mujer trans en las filas de la Policía, Andrea Cortés. Si bien la Policía se cuelga ahora la medalla de la inclusión, no se pueden olvidar los casos en los cuales los mismos integrantes fueron los discriminadores e incluso agresores.

 

No le recrimino la exclusión social de personas trans únicamente a la fuerza pública, sino a toda la sociedad, pues cómo es posible que una persona que está debatiendo su identidad tenga que justificarla con millones de colombianos más. Para algunas cosas salimos por la tangente diciendo “cada uno con su cuento”, pero ¿y si el cuento es no sentirse a gusto con el cuerpo con el que nació?

 

La realidad es una y es que el actual sistema segregador de minorías debe cambiar. Deben existir espacios de inclusión social, clínicas (como la de México) que soporten los tratamientos médicos y apoyen los psicológicos, doctores capacitados para comprender que nacer en el cuerpo equivocado no es sinónimo de tener una enfermedad mental y una ciudadanía dispuesta a aceptar y respetar el “cuento” de cada uno



 

En este espacio va el pide de foto / Foto por Bitácora
Referencias

Recuperado 21 de noviembre de 2021, de https://www.defensoria.gov.co/es/nube/enlosmedios/9555/%C2%BFViven-o-sobreviven-Durante-2020-en-Colombia-ya-van-63-homicidios-contra-personas-LGBTI.htm

Recuperado 20 de noviembre de 2021, de https://www.eleconomista.com.mx/arteseideas/Mexico-abre-la-primera-clinica-publica-para-personas-trans-en-lucha-contra-discriminacion-20211110-0052.html

En la categoría Mejor Artículo de Opinión: el jurado fue Adolfo León Maya Salazar, sociólogo, profesor e investigador del Departamento de Ciencias Políticas y Gobierno de la Universidad EAFIT.

En este artículo está bien definida una problemática, se soporta en fuentes autorizadas, el nivel de argumentación es alto y nada evasivo, emplea una voz activa y crítica, es inclusivo en su tratamiento, pero para nada lastimero, caracteriza los contextos de vulnerabilidad por los que pasa una persona trans en procesos de transición de género. Parafrasea bien, cuando rescata la afirmación según la cual: “Ser trans no significa estar mal de la cabeza, sino tenerla tan bien puesta que comprenden que ese no era su lugar en la vida y así hacer un cambio para sentirse bien consigo mismos

Adolfo León Maya Salazar

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