Que siga la fiesta

Que siga la fiesta

Pablo Patiño

Durante la pandemia del covid-19 el pueblo ha visto un cambio de apariencia en la piel de sus fachadas. Locales desocupados, barridos de todo objeto, negocios cerrados, trasladados y sustituidos en una muestra de supervivencia, en los mejores casos, y de lánguida renuncia en los peores.

La Unión es un pueblo extrañamente modesto. Aun siendo la manzana de adán, el trago obligado, entre La Ceja y Sonsón, dos lugares de gran población y avance económico y político, por alguna razón parece nunca haberse sugestionado —por no decir infectado, ya no es posible— de la velocidad social de sus vecinos. Fue puesta en el mapa por la lamentable celebridad del siniestro del avión que traía al equipo de fútbol brasileño Chapecoense, el 28 de noviembre de 2016. Más allá de algunos deseos iniciales de utilizar esto como impulso económico, La Unión parece ser un pueblo que tiene lo que necesita y está feliz con ello. Sus habitantes comentan, con un tono de preocupación y nostalgia adelantada, sus deseos de que el pueblo no crezca mucho más, con sus poco más de 21 mil habitantes, se preocupan de comenzar a ver muchas caras desconocidas. Y de igual manera, lamentan que otras caras se pierdan, que al salir a la calle, con las ahora despreocupadas precauciones de bioseguridad, extrañen ciertas músicas, ciertos conocidos lugares, ciertos olores y luces.

 

Durante la pandemia del covid-19 el pueblo ha visto un cambio de apariencia en la piel de sus fachadas. Locales desocupados, barridos de todo objeto, negocios cerrados, trasladados y sustituidos en una muestra de supervivencia, en los mejores casos, y de lánguida renuncia en los peores. Entre los espacios desiertos se encuentran los que, hasta hace poco, eran testigos nocturnos de pistas de baile repletas, mesas que lloraban lágrimas de licores y saltarines equipos de sonido.

En La Unión hay 10 farmacias, 6 fábricas de arepas, 6 ferreterías, 5 papelerías, 5 asaderos de pollo, 4 hoteles, 4 montallantas, 3 bombas de gasolina y 2 funerarias. Y en medio de estos comercios diversos se zarandean con paso fino 14 bares, cantinas y discotecas. Este último número se ha reducido un poco, dejando desvalidos varios negocios de vieja data en el pueblo, demostrando que el coronavirus es particularmente peligroso para todo lo longevo.

Yo comencé a recorrer las calles de este, mi pueblo, contando locales cerrados, enumerando negocios y haciendo registro de los reemplazos. En cuanto vi que los bares y cantinas que me habían acompañado, por lo menos como paisaje, no solo a mí sino a mis padres y abuelos, ya no estaban, sentí que el pueblo se encontraba más apagado, como si a muchas personas les hubieran apagado la fiesta.

Billares Yoryi

Lo espero, con una libreta de pocas hojas y mi celular preparado para grabar, en una cafetería del parque, una de las que logró continuar. De los bafles que cuelgan en las esquinas del local sale, como un hilo tenue, una canción de salsa que me parece muy triste para aquel ritmo. Le pregunto a cualquier mesero el nombre de la canción: “Que siga la fiesta, de Frankie Ruiz”, me responde. Poco sabía que su letra nos acompañaría tanto durante aquellos tres días de entrevistas.

Él llegó con una bolsa de plástico que contenía 150 mil pesos en monedas, se sentó y al principio no se quitó el tapabocas; yo sí, me era imposible hablar con él puesto. Pude sentir que la irresponsabilidad me etiquetaba pero debía priorizar la claridad de nuestras voces. Al rato él se quitaría el tapabocas también, y me dejaría conocer por fin a un hombre del cual había escuchado mucho, ya que, su negocio era un oasis en el pueblo. Jorge Iván Zuluaga Tobón, nombre irreconocible para la gente, parece que aceptó hace muchos años que su verdadero nombre es Yoryi. Inicio preguntando por la duración de su negocio.

—Lo inauguré el 1 de septiembre del año 2000—me responde.

—Dos décadas exactas, las bodas de porcelana. Me alegra saber que recuerda las fechas con esa exactitud, me hace pensar que viene preparado, como si hubiera estado esperando a alguien para dar rienda suelta a su historia.

Yoryi había comenzado a trabajar muy joven en bares. Cuando le pregunto sobre las características de su negocio responde “sitio familiar y de encuentro Yoryi, eso lo describe a la perfección”. Escucharlo da la impresión de que se viaja en el tiempo y se lo puede ver, 20 años antes, convenciendo a su familia para que le presten dinero para iniciar. —Una buena atención, un buen tinto, suscripciones al periódico, una mesita de billar que vale 8 millones pero podemos dar un poco y seguir pagando— les dijo en su momento. Como me convenció a mí también convenció a sus familiares. Le prestaron el dinero y abrió sus puertas a jóvenes y viejos creando lo más cercano a un club social que el pueblo ha visto.

El deporte, la amistad y la conversa tenían ahora su espacio. Como si fuera un campo que comienza a ver su cosecha, el negocio empezó a llenarse de inventario. Las mesas de billar se multiplicaron, llegó el ajedrez y las mesas de ping-pong. Intentó con un par de videojuegos pero su difícil mantenimiento los hizo desaparecer pronto en aquel escenario, uno que Yoryi defiende con orgullo hasta el día de hoy como un lugar recreativo, evitando por todos los medios aceptar mi calificativo de bar o cantina.

—Todavía puedo recordar la primera vez que vimos el Tour de Francia. O cuando trajimos a Guillermo Gutiérrez, campeón colombiano de billar. Oiga, ese man le hacía todas las maromas que usted encuentra en internet. Y esto se llenó.

Se llenó, y continuó lleno a través de los años hasta que su clientela fue regurgitada de golpe en marzo del 2020. Intentó mantener el negocio con ahorros, convenciendo a sus arrendatarios de rebajar el precio, de ser flexibles, sólo por un tiempo. También los convenció, hasta que le llegaron con la noticia de que no sólo no podían rebajarlo más ni por más tiempo, sino que doblaban el precio, dándole a Yoryi la razón final y contundente para desistir.

El día exacto del cierre no lo recuerda, o no lo quiere recordar con la exactitud de la inauguración. Piensa reabrir en el futuro, si es posible, porque confía en que la gente, la clientela, lo seguirá sin importar mucho el local. Todos los días recibe las mismas preguntas en la calle “¿Cuándo vuelve a abrir?”; aunque lo preocupa el desmedido aumento de los arriendos de locales en el pueblo. No entiende —y yo tampoco— cómo un local cuyo negocio anterior cerró, quebró, ahora puede valer el doble o el triple. Además, argumenta que los domicilios están haciendo entender a la gente que es más barato crear la fiesta en su propia casa.

—Y es que Billares Yoryi inicio en medio de una pandemia, la de la violencia del 2000. A este pueblo se metió la guerrilla dos veces. La primera vez nos escondimos, en la segunda los despedimos con aplausos. Vea, inició con una pandemia y acaba con otra.

“Lo que hace un murciélago” pienso, mientras la canción ataca nuestra conversa: ¡Y seguimos bailando! Abre bien la puerta que aquí vengo yo por la calle de siempre y con más corazón algo de experiencia y esta crónica obsesión de traerle a mi gente otra vez mi canción.

¡Y seguimos bailando!

Abre bien la puerta que aquí vengo yo por la calle de siempre y con más corazón algo de experiencia y esta crónica obsesión de traerle a mi gente otra vez mi canción.

Babilonia

— ¿Cómo será esto? Porque yo soy muy malo para hablar—me advierte Gustavo Giraldo, mientras nos dirigimos a otra cafetería. Yo le digo que no hay problema, sólo necesito que me cuente la historia de Babilonia. El que tuvo la vida más corta de los bares perdidos, pero también, el más exitoso en el menor tiempo. Era parte del paisaje de cualquier fin de semana: las puertas de Babilonia, tapizadas por el humo de las máquinas, las luces verdes llegando hasta lugares lejanos, dando tumbos de locura, y adentro, un espectáculo popular de proporciones orgiásticas.

Gustavo es oriundo de La Unión pero su maestría sin acreditar, en bares y discotecas, la desarrolló en Abejorral. De allí comenzó una vida triple entre el cinturón compuesto por Abejorral, La Ceja y La Unión, una vida de fiesta profesional. Y es que habla del negocio con una desenvoltura que desvirtúa su idea de no saber hablar. Aunque puede que sea una verdad a medias y no sepa hablar de nada que no sea el negocio de la fiesta.

Bajo su administración ha tenido un conjunto de lugares que yo le pido enumerar por simple placer creativo nominal: “Bar Manrique, Taberna caballo, La fonda de mi tierra, Licorera zona T, Fonda Guadalupe, Springfield y Babilonia”.

—Yo entregaba un negocio, me iba para otro pueblo y al poco tiempo me llamaban porque el negocio se iba a caer.

—¿Usted es, entonces, un rehabilitador de bares?

No me responde directamente a la pregunta, pero puedo ver que el término le agrada, tal vez lo adopte, ojalá. Le pregunto cuáles son las técnicas que ha desarrollado, en esa vida de levante de bares y discotecas, para que todo marche bien. Entiendo que es un secreto doble: el regalo y la música.

—Un tinto no se le niega a nadie y nadie se va a quebrar por regalarlo. La amabilidad empieza ahí, el buen ambiente. Y también, la música. La Unión sigue siendo un pueblo de música vieja.

Y es que la buena fama corre rápido en este gremio. “Al turista es al que mejor hay que atender” me dice mientras recuerda aquella vez que llegaron unas 15 personas del Chocó, directamente preguntando por Babilonia.

 

La demografía local de la clientela de Babilonia estaba compuesta por personas adultas y habitantes de las veredas. De cierta manera encontraban, en la música nostálgica, sin concesiones generacionales, sin renuncia, en la continuidad de los porros, las cumbias, los boleros, las canciones de despecho, un pequeño refugio frente a otras zonas de fiesta más modernizadas. Un refugio que, en tiempos de un acercamiento que hoy nos parece casi fusión nuclear, tenía capacidad para 140 personas sentadas, pero entraban 200. Babilonia veía su mayor esplendor en las celebraciones del pueblo. Sus treinta y unos —de octubre y de diciembre— y las Fiestas Folclóricas y Populares de la Papa eran las plenitudes de la pachanga, las hipérboles de la verbena.

—En las últimas Fiestas de la Papa, que eran culturales, se hicieron fácilmente 15 millones de pesos en un fin de semana.

La fecha del cierre es, con Gustavo, más precisa, un deceso. Aguantó hasta el 15 de mayo. Hace poco, impulsado por las conocidas peticiones de la gente reabrió el negocio en un local muy distinto, menos propicio para el baile y el movimiento —por ahora prohibidos— un local, como se dice, chorizudo. Pero la gente continúa, con fidelidad, yendo a donde sabe que la tratan bien, donde un tinto no se niega y donde es ley que la música no para y no cambia.

“Lo que hace un murciélago” me digo a mí mismo, mientras me voy, intentando introducir esta frase en una melodía que ya me voy aprendiendo:

Que siga la fiesta porque hoy vengo yo cantando si todo empezó bailando, bailando va a continuar que siga la fiesta porque hoy vengo yo contento y si mañana no vengo, que siga la fiesta.

Café Olaya n°1

—A esta lo acompaño yo—me dice mi papá.

Llegamos a la casa de Mauricio Cardona en la tarde. Nos recibe en la sala, con un tinto servido en un pocillo hermoso, blanco con una hojarasca azul; yo le digo que es la misma porcelana que hay en mi casa. En un pueblo como este, muchas personas reciben los mismos aguinaldos, de las mismas empresas. Mientras enfrío mi tinto mi papá se me adelanta.

—Qué pérdida la del Olaya, como era de bueno. Era el rematadero del pueblo.

Mauricio concuerda, pero antes de que pueda decir algo más yo pido una aclaración que sé que le dará un inicio claro a su historia. —Estoy confundido ¿cerró el Olaya 1 o el 2?

Cerraron ambos. Aunque Mauricio me dice que él llevaba administrando sólo el primero, el del primer piso. Bajo su guía, joven y de un aprendizaje iniciado con el error, El Olaya llevaba 22 años, pero pronto recuerda junto a mi padre, que el negocio, y sobre todo el nombre, pueden tener más de 100 años. Así como yo los escucho hablar del bar, esperando con ansias las historias, y así como yo caminé en mi niñez cerca a sus puertas, ellos hicieron lo mismo, habiendo hecho esta entrevista, inconscientemente, muchos años antes.

No se ponía música, por lo cuál era el lugar preferido de los negociantes para reunirse y durar toda una mañana a punta de tintos. Cuando Mauricio tomó las riendas del negocio, cuenta que en su primer inventario sólo registró unas cuantas mesas, una empanada, un buñuelo y un montón de botellas de licor medio vacías.

—Nos tomamos, el primer día, la única media garrafa de aguardiente que había. E inició con los cambios, pequeños, pero en esencia cruciales.

Primero, pasar de abrir muy temprano a cerrar muy tarde. Que los negociantes ya no se reunieran a hacer cuentas en la mañana, sino que se gastaran la plata en parrandas por la noche. Una pequeña grabadora de CD dio las primeras notas musicales al lugar. La ponía sobre el mostrador, y no faltaba cualquier borracho que lo golpeara, haciendo volar el CD y reiniciando toda la fiesta. Tal vez por eso se acostumbró a que estas nunca acabaran.

—En mi familia somos músicos. En eso le llevábamos ventaja al resto del gremio.

Me cuenta del personaje Totuma, el cual entraba a la fiesta con una raspa y unas maracas a acompañar a los artistas del sonido. Era un cliente más pero muchas personas pensaban que era el entretenimiento contratado para aquella noche. Vieron necesario comprar una raspa y un par de maracas para el negocio, y prestarlo a las mesas como si estos fueran pasabocas.

—Totuma tiene mucha influencia en el éxito del Olaya. Creo que ahí inicio todo verdaderamente.

La música en vivo, el baile incontrolable, el licor que fluye y que se rebaja en precio para los amigos o necesitados. Me cuenta, con una alegría controlada pero visible, las proezas, las famosas dimensiones de las farras, y mi papá confirma todo. Es testigo de la inmensidad de aquel nombre, yo siento poder oler el licor y el sudor de las fiestas de madrugada con la emoción de sus historias.

—La música era muy viejita, muy buena, pero ya al final empezamos a colocar más reguetón, aunque no molestaba. Y me sorprendió porque empezaron a ir muchos jóvenes.

— ¿Y no había un choque entre las personas adultas y las jóvenes?, le pregunto.

—Pues, es imposible que un bar hoy en día no sea crossover. Yo creo que no, los jóvenes escuchan un reguetón en una discoteca y lo bailan y también cantan con muchas ganas lo que suene luego de Darío Gómez. De cierta manera, los bares crossover unen a las generaciones.

Le pregunto si piensa volver a abrir el negocio y me dice que esa es la idea pero la situación no está para tomar riesgos, luego, me señala que detrás de su silla, en una esquina de la sala, está sin desempacar el equipo de sonido que había comprado este año para estrenar en el bar.

—Tal vez lo abra de nuevo. Con otro nombre porque no soy dueño del nombre El Olaya.

— Me dice, y entiendo que una buena idea llegó a su cabeza cuando agrega—Tal vez le ponga la Raspa y la Maraca.

Termino la entrevista, luego de muchas más historias y de sus consideraciones sobre el negocio de la fiesta en La Unión y me pide que agregue a todos los otros lugares que también cerraron, lugares viejos, conocidos, históricos. Le pido que me los enliste y me enuncia una lista que para mí ya empieza a ser conocida.

—Cristales, Fontana, Babilonia, Yoryi, Los recuerdos —que antes se llamaba La Capri —y Los Olaya.

 

De camino a casa con mi padre, mientras hablamos de nuevo de estas historias. Él se alegra por la entrevista, que considera exitosa.

 

—De verdad eran impresionantes las fiestas allá. “Lo que hace un murciélago”—agrega y yo sonrió con complicidad, finalmente, la frase es suya.

 

Pongo la radio y al no escuchar nada propicio, busco en mi celular la canción que me sigue acompañando.

 

Todo es problemático en la realidad y si vives de sueños, se ríen de ti pero cuando hay pánico te asusta el vente acá y celebrando entre amigos, la vida es feliz.

 

Terceto musical.

Termino las entrevistas sin poder evitar pensar en aquellas personas que quedaron huérfanas de parranda.

Yo, que no soy una persona fiestera, puedo imaginarme entrando en aquellos bares y billares que hoy no están, saludando a los amigos, pidiendo una cerveza para refrescar los partidos y una botella de aguardiente para calentar las frías noches de los diciembres de montaña.

Sólo queda, además de los costosos arriendos, los antiguos dueños de aquellas fiestas del pasado, los administradores de la felicidad, de la euforia, y aquí la historia de tres de ellos, unidos por una pérdida y por una canción que le pide algo al pueblo:

 

 

Billares Yoryi

¡Y seguimos bailando!

Abre bien la puerta que aquí vengo yo por la calle de siempre y con más corazón

algo   de   experiencia  y   esta   crónica obsesión

de traerle a mi gente otra vez mi canción.

 

 

Que siga la fiesta

porque hoy vengo yo cantando

si todo empezó bailando, bailando va a continuar

que siga la fiesta

porque hoy vengo yo contento y si mañana no vengo,

que siga la fiesta.

 

 

Babilonia

¡Y seguimos bailando!

Abre bien la puerta que aquí vengo yo por la calle de siempre y con más corazón

algo   de   experiencia  y   esta   crónica obsesión

de traerle a mi gente otra vez mi canción.

 

 

Que siga la fiesta

porque hoy vengo yo cantando si todo empezó bailando, bailando va a continuar

que siga la fiesta

porque hoy vengo yo contento y si mañana no vengo,

que siga la fiesta.

 

 

Café Olaya n°1

¡Y seguimos bailando!

Abre bien la puerta que aquí vengo yo por la calle de siempre y con más corazón algo de experiencia y esta crónica obsesión

de traerle a mi gente otra vez mi canción.

 

 

Que siga la fiesta

porque hoy vengo yo cantando si todo empezó bailando, bailando va a continuar

que siga la fiesta

porque hoy vengo yo contento y si mañana no vengo,

 

que siga la fiesta.

To Do

To Do

Diseñado e ilustrado  por Nicole Rubinstein Ángel y Ana María Bozón

La pandemia no apaga la música

La pandemia no apaga la música

Texto por Carlos Luis Arévalo y Lisseth Camila Suarez.

El Retiro, Antioquia

El pasado 19 de noviembre del 2020, el municipio de El Retiro celebró sus 100
años de música de la banda municipal. Una celebración atípica para todos los
guarceños, un concierto a puerta cerrado con transmisión virtual. La banda de El
Retiro ha sido una de las bandas más reconocidas a nivel nacional, con múltiples
honores y premios. Este año los guarceños tuvieron que celebrar sus 100 años
con tan solo 10 espectadores de manera presencial. Camila Suarez y yo, tuvimos
la oportunidad de asistir a este único e importante evento de manera presencial.

Un hacedor de muñecos

Un hacedor de muñecos

Texto por Aura Cristina Arcila, Luisa María Montes, Carlos Enrique González

El Zarco se quedó con las ansias de conocer el nuevo trabajo que le habían ofrecido, pero nunca imaginó que sería su primera “vuelta para quebrar a alguien”.

Después de una charla en el despacho del sacerdote amigoniano, Carlos Mauricio Agudelo, esperábamos en una mesa en forma de U cuando de repente llegó el Zarco, quien por ser menor de edad prefiere nombrarse como Juan Camilo, un joven con una altura de más o menos 1,72 metros, de piel morena, contextura atlética y un extenso tatuaje que cubre su antebrazo derecho; lleva un reloj con una cruz encima y dos rosas a cada lado. Juan Camilo resalta de entrada por sus grandes ojos color verde oliva, adornados con cejas pobladas y largas pestañas. Toma asiento con timidez y se dispone para ser presionado por preguntas. Su semblante rígido hace que le propongamos salir a un lugar donde se sienta más relajado.

Nos ubicamos en el pasillo de Casa Blanca, un edificio más del Centro de Atención al Joven Carlos Lleras Restrepo, al fresco de la tarde nos sentamos en la esquina de un pequeño balcón, donde el muchacho empezó a revelarnos su identidad. Al poco tiempo de empezar a hablar, el Zarco se acomoda el tapabocas y descubre su pulido rostro, de sonrisa tierna, con dientes pequeños, nariz prominente y labios gruesos.

El siguiente relato contiene narraciones de violencia y drogadicción:

“Yo me había puesto tapabocas, guantes y gorrito, así como un enfermero. Terminé el trabajo y ya luego botaron los restos en una bolsa negra por la vía Las Palmas; entonces al patrón le gustó como yo camellaba. Me ascendió de rango; me puso a llevar la contabilidad, a liquidar y de vez en cuando hacer vueltas de despedazar muñecos”.

La vida de Juan Camilo comenzó en los alrededores de Ituango; su madre hacía el aseo de una de las zonas de Hidroituango, hasta que con las irregularidades de los contratistas vino el ahorro en los materiales de construcción de los túneles y pasillos internos, y el recorte de personal de servicios generales y personal administrativo.

Sus hermanas, Jezabel y Rosario, ya habían tomado la calle desde sus 14 y 15 años, respectivamente, y se habían entregado a matrimonios de facto a cambio de drogas y alcohol. Él, a sus 11 años, había quedado como único sostén económico de su madre enferma, quien padece de un tumor cerebral y de insuficiencia cardiaca; además, agrega que no se amañaba mucho con su madre, le generaba estrés y prefería salir a dar vueltas por Ituango.

“A mí sí me gustaba mucho el estudio, incluso aún me gusta; me encantaba leer, pero por necesidad de dinero y por influencias de amistades me dejé llevar por el vicio y el crimen; luego de que salí de mi tierra y me vine a vivir al barrio Manrique, mi mamá comenzó a hacer aseo en casas, uno que otro día al mes”, cuenta Juan Camilo.

A pesar de su interés por educarse, continuó las desventuras hurtando y consumiendo drogas, por tal motivo, su familia decidió internarlo en Hogares Claret (institución social), con la intención de rehabilitarlo. Desafortunadamente, allí encontró compañeros que lo siguieron llevando por caminos sombríos. Se escapó de la institución para volver a su casa, fue recibido, pero al poco tiempo, mientras iba “de roce”, unos conocidos de Claret le presentaron al Viejo, un cabecilla de la zona. La escasez de dinero y el placer de callejear del joven lo tentaron a pedirle trabajo, a sus 12 años empezó en el negocio ilegal como campanero, “¡AGUA, AGUA!”, era lo que debía gritar cada vez que un policía se acercaba.

Juan Camilo comenzó a moverse por las calles de Manrique, a vender drogas y participar en robos. Poco a poco comenzó a consumir marihuana, cocaína y ‘ruedas’ (pastillas). Alternaba sus largas estadías en la calle con fines de semana al lado de su madre. Ella, Maria Piedad, hacía cuanto sacrificio podía para intentar sacarlo de ese mundo; lo internó más de una vez en los hogares de rehabilitación Claret y lo hizo jurar que se volvería un joven sobrio y limpio de drogas.

El comienzo de la sangre fría

Luego de varios meses comenzó a necesitar más plata; quería comprar ropa y no le alcanzaba, porque los 100 o 200 mil pesos diarios que conseguía se los “mecateaba”; “plata mala, por donde venía, fácil se iba”, recuerda Juan Camilo; además, necesitaba ayudar a su madre a pagar el alquiler de su casa. Un día se encontró con su jefe, quién lo vio desalentado y le dijo:

–¿Qué tiene Zarco? –le replicó el patrón. 

–Necesito colaborarle a la cucha con el arriendo y me toca comprar ropa.

–¿Necesita plata? ¡Listo! Ahora lo llamo –contestó el patrón al otro lado de la línea.

El Zarco se quedó con las ansias de conocer el nuevo trabajo, pero nunca imaginó que sería su primera “vuelta para quebrar a alguien”, y mucho menos se le pasó por la cabeza que, además de “quebrarlo”, tenía que llevar al elegido a una pieza de un apartamento barato y ‘picarlo’. “El patrón me dijo: ¿Cuánto necesita? Y yo: No, por ahí 800. Y me dijo: Le voy a dar 1.500.000. Nunca me esperé el trabajo que me iba a proponer, porque yo nunca me imaginé que lo iba a hacer, matar a alguien, pero no la típica de ir y quebrarlo por allá, era más distinto; era en una pieza pa’ picarlo”, relata el joven, que aceptó el trato por un millón y medio de pesos.

“¿Sabe qué? El señor de Girasol, Girasol es un supermercado que queda ahí a una cuadra. El señor había tenido una discusión por una plata, que la pusiera como quisiera que no iba a pagar nada, el man se picoteó y lo mandó traer, lo metieron, cuando yo pillé que me pasaron como una especie de hacha, pero más pequeña y me dijeron que lo picara y lo metiera en una bolsa, que ya los otros se encargaban de botarlo. Me dio mucho susto, porque yo nunca había hecho eso, y tampoco sabía cómo hacerlo, a uno le enseñan. Me colocaron un tapabocas, guantes y me colocaron hasta un gorrito, así como un enfermero, y yo empecé, el man lloraba, era un señor de edad, lloraba y me decía que no… Yo iba era por la plata, a mí la plata me vuelve loco, me decía que no, que no lo fuera a hacer, que él tenía familia, empezó a rezar y rezar, porque sabía que yo iba de ahí para arriba. Y no sé, los nervios me causaban risa, yo lo veía así y a mí me daba risa. Bueno, entonces yo terminé y ya lo tiraron”.

Su expresión fría no da cuenta de los hechos macabros que relata.

A partir de este punto, Juan Camilo se convirtió en el mejor descuartizador de la organización y no le volvió a faltar trabajo, también lo pusieron a armar baretos, llevar la contabilidad, liquidar y hacer ese tipo de “vueltas” tétricas. Él relata que le comenzó a ir tan bien económicamente que hasta pudo conseguir mujer, una chica prepago y webcam, 14 años mayor que él; se fue a vivir con ella, hasta que se aburrió y comenzó a perderse de su hogar cada ocho días, en orgías de alcohol y droga.

“Yo nunca pensaba en tener algo serio con ella, pero me fui enamorando; yo estaba en la casa y me decía: viene un cliente, eran clientes fijos de Panamá, Estados Unidos y yo me iba y quedaba dolido; entonces la quería, me gustaba, pero veía eso  y quedaba mal de la cabeza”.

Su extraño idilio de amor duró hasta que su mujer fue de visita a donde la familia en Caucasia, y de regreso su bus tuvo un accidente en el cual murió. “Fue muy duro, porque llevábamos muchos años. Yo la quería y nos entendíamos para muchas cosas”, recuerda Juan Camilo.

A pesar del dolor, siguió “camellando en forma”, hasta que llegó una de sus amigas prostitutas, Juliana; y ella le propuso el que habría de ser el último “encargo” de su atroz carrera delictiva:

–Hay un gringo que porta la plata y es cliente, ¿qué vamos a hacer?

–Hay que hacerle la vuelta, lo que importa es la plata, lo secuestramos y bien –le contestó.

“Ella lo trajo a la casa y bien. Si algo yo soy su sobrino y usted mi tía. Le dije a Juliana”, nos cuenta Juan Camilo.

“Hice como que estaba estudiando, haciendo tareas. A las 5:00 p.m. llegó el mancito; un señor de 50 años, 1.60 de estatura y un cucho bien. Empezamos a hablar, yo tenía un socio y me había prestado un 38 (un revólver), y yo ya había hablado con la señora de enfrente que era mamá de otro socio con el que yo trabajaba, y me había arrendado la casa tres meses por adelantado sin preguntarme nada ni pedirme ningún papeleo. Cogí a ‘cachazos’ al cucho, lo metí a la pieza y lo amarré, le quité la ropa. Le saqué todas las tarjetas, lo mediqué con ‘ruedas’ y amitriptilina para que le hiciera perder el conocimiento y le hiciera decir lo que uno quisiera saber”.

El joven relata que lo tuvo retenido por nueve meses, dándole medicamentos, comida, cambiándole las sábanas y llevándolo al baño. Al gringo le llegaba una pensión de 9 millones mensuales.

“Al final se le puso la piel rara, y ya estaba muy flaco el gringo. A pesar de que yo lo alimentaba, a los pocos días se murió. Quedó muñeco, entonces lo llevé pal baño y lo colgué en unos tornillos que son para colgar la ropa, quedó así colgado de los tobillos perforados y le moché la cabeza para que se desangrará el cadáver en un balde. Luego llevé dos litros de hipoclorito y lo envolví en sábanas para quitarle la humedad y echar las partes en las bolsas; lo envolví en eso y luego en una parte de la maleta, eché la cabeza envuelta y en otra los pies, y me fui a dormir tranquilamente. Al otro día limpié todo el lugar, y me fui para la Asomadera en un taxi”.

En ese trayecto, un oficial de policía detuvo el taxi para una inspección de rutina.

–¿Qué tiene ahí? –preguntó el agente.

–Una ropita que está mojada –contestó Juan Camilo.

“Juemadre, me caí”, pensó en ese momento, cuando el oficial abrió la maleta vio una cabeza.
De inmediato lo trasladaron al Centro de Reclusión de Menores La Pola, en Medellín. Tuvo que contratar un abogado y enfrentar un juicio que le salió por 70 millones de pesos; dinero que recogió su madre entre los amigos. 

El cruel preocupado

En las audiencias judiciales, su madre, Maria Piedad, no dejó de repetir ante jueces y fiscales que su hijo tenía “las manitos más puras de este mundo”, que él no había hecho nada, que él era el niño de su alma. Hasta que fue condenado y ahora purga condena en el Centro de Justicia Restaurativa para Menores.

Afirma haberse convertido al cristianismo y que se entregó por completo a la reflexión espiritual y a las largas lecturas, dado que la cuarentena restringe sus visitas. Sin embargo, para este joven ha sido una situación tensionante, ya que él asegura que tiene problemas mentales y que no poder ver a su madre lo tiene al borde de la locura; pues él siente que en el reclusorio está seguro de un contagio de covid-19, pero le preocupa la salud de su madre, ya que como se mencionó, él era su único apoyo, tanto económico como emocional. Por este motivo, el centro en el que él está detenido, decidió darle un apoyo a su madre por un monto total de un millón de pesos.

“En la pandemia he reflexionado mucho sobre Dios, a mi mamá la pienso mucho; he tenido mucha ansiedad, porque como ella está enferma no quiero que se contagie. Acá adentro había positivos para covid-19 y me asusté, pero nos cuidamos mucho. Ellos se aislaron y no pasó nada gracias a Dios. Dios cuida a sus ovejas. Solo espero que pase rápido esta condena y poder salir a la calle y hacer una nueva vida, sin necesidad de fabricar más muñecos”.

Un país desagradecido con el campo

Un país desagradecido con el campo

Juliana Heredia

La pandemia del covid-19 agudizó la falta de apoyo para los campesinos en distintas regiones del país; y a la vez incrementó la cantidad de promesas inclumplidas de parte de los gobiernos central y regionales, que ha dejado a los pequeños productores a merced de la voracidad de los bancos. 

“Ya no aguantamos más, necesitamos apoyo del Gobierno”, es una frase que sale de los labios de los campesinos colombianos. El 25 de marzo del 2020 el país se paralizó por la pandemia del covid-19, pero el campo nunca se detuvo. A pesar de esto, el sector de la agricultura ha sido uno de los más afectados durante la crisis sanitaria. Los bajos precios de los granos, legumbres y frutas han perjudicado a los campesinos, quienes además se sienten abandonados por el Gobierno Nacional.

Lascario Espita produce maíz en sus fincas ubicadas en San Pelayo y Cotorra en el departamento de Córdoba. Cultiva este grano durante todo el año: siembra en abril y mayo, y cosecha durante septiembre a octubre e inmediatamente cultivan de nuevo para cosechar en enero y febrero.

En una situación normal, él le vendería su producto a la empresa colombiana La Soberana y a compradores del interior del país, y ganaría alrededor de un millón y medio de pesos por hectárea cosechada. Ahora, en una situación completamente anormal y fuera de lo común como lo es una pandemia, La Soberana, de las 20.000 a 25.000 toneladas de maíz blanco que compraba a grandes y pequeños productores en el departamento de Córdoba, solo compró alrededor de 1.000 toneladas.

Por otro lado, los compradores de ciudades como Medellín y Bucaramanga no se presentaron en la última cosecha de septiembre y octubre. No hay una razón clara que explique esto, ya que el transporte interno que lleva el maíz hasta el centro de acopio en Cereté, Córdoba, está funcionando con normalidad. “Yo pienso que de pronto la pandemia incidió en eso y no los dejó desplazarse, no vinieron a comprar y este es el motivo principal por el cual toda esta gente cogió su maíz y lo depositó en los campos, en las bodegas, en los ranchos”, opina Lascario.

Julio Potache tiene su finca en la vereda Portachuelo en Ocaña, Norte de Santander. Cultiva productos varios como el tomate, pepino y el pimentón. Tiene dos hectáreas de riego y seis de terreno baldío, es un productor pequeño.

La situación a la hora de comercializar sus cosechas es variada, pues aveces vende los bultos de pepino a 20.000 pesos y en otras ocasiones, en las que no le va muy bien, puede ganar 10.000 pesos por bulto. Él explica que los suministros para cuidar sus cultivos son muy costosos y lo que produce es muy barato, “prácticamente uno está trabajando a pérdidas”.

En otro lugar en las afueras de Ocaña, el plan de Fredy Quintero es ir al mercado local para vender sus productos: el pepino, la habichuela, el arvejón y el pimentón. Sin embargo, se lleva una decepción cuando vende el bulto de pepino a 12.000 pesos, incluso a veces a 10.000 pesos.

“Comercializar los productos es un desastre porque no nos dan nada. Eso es muy ingrato para uno como campesino”, dice Quintero. Vende sus productos a precios bajos, mientras que el costo de insumos como el insecticida, los venenos y abonos son altos. Esta situación lo deja sin ganancias, solo son pérdidas.

Javier Navarro está que “tira la toalla”, como se dice coloquialmente. Es un campesino de Ocaña que cultiva pepino, ají topito, habichuela, cilantro y fríjol en su finca de 3 hectáreas. La mayoría de las veces, él manda sus productos a Barranquilla, Sincelejo y Montería, y en algunas ocasiones a Bucaramanga y a Cúcuta. En estos momentos no está recibiendo pedidos, ni de las otras ciudades a las que envía sus cosechas ni en el mercado local, lo que dificulta las ventas.

Está trabajando a pérdidas, vende el pepino y el ají topito con el precio de 15.000, 12.000 y hasta 10.000 pesos. Lo que gana con sus productos se va en los insumos para los cultivos. “Estamos que tiramos la toalla, eso lo comenta uno diariamente, que todo lo poquito que uno hace eso se queda en los insumos y en los químicos que uno echa al cultivo”.

A Javier Navarro, al igual que a Fredy Quintero y a Julio Potache no les alcanza lo que ganan con sus cosechas para sobrevivir. Su única solución es recurrir a los bancos y hacer préstamos. “Uno hace un préstamo en el banco y este le quita la poquita tierra que uno tiene porque no hay para pagar y no hay subsidios para ayudar al campesino, nada”, reclama Julio ante este problema.

Los cuatro productores han coincidido en que no han recibido ningún tipo de ayuda de parte del Gobierno para mejorar la precaria situación que viven los campesinos y agricultores del país. Todos están trabajando a pérdidas, lo que ganan apenas les alcanza para comprar los venenos, químicos y abonos para mantener sus cultivos.

Entre vecinos y colegas en las veredas, junto a sus parcelas y rodeados del verde de los cultivos, los campesinos comentan su desacuerdo con las importaciones y los tratados de libre comercio que tiene Colombia con otras naciones. Este es un país agrícola que importa alimentos de Alemania, Bélgica, Estados Unidos y Perú.

“Lo que es el producto de aquí toca dejarlo perder y el gobierno le da los subsidios a los importadores de por allá, en cambio para el campesino aquí cada día es peor”, sostiene Julio Potache.

Es una contradicción, sobre todo por la amplia oferta de productos agrícolas que cultivan los campesinos en el país. “Colombia consume más de lo que traen del exterior que de lo que se produce internamente”, reclama Lascario Espitia.

A pesar de que Colombia importe productos agrícolas de otros países, los campesinos defienden lo que ellos cultivan con dedicación en sus fincas. Se respaldan ellos mismos y a sus compañeros, como lo dice Fredy Quintero sobre la cebolla que traen de Perú: “aquí hay bastante gente que trabaja la cebolla que se produce aquí mismo y es mejor que la peruana. No hay un apoyo para ellos”.

Como indicó Jorge Bedoya, presidente de la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC), “el campo le ha cumplido a Colombia con abastecimiento de alimentos, ahora es hora de que se revierta el apoyo”.

 

Redes de campesinos

Las redes sociales como Facebook, Instagram y Twitter se han convertido en aliados para los agricultores. Las personas se han movilizado y han promocionado campañas para promover la compra directa a los campesinos colombianos a través de estas plataformas. Esto ha sido un factor importante, ya que es información que llega a miles de usuarios que se solidarizan con la situación que atraviesa el campo.

Los campesinos han encontrado la manera de alzar sus voces y ser escuchados. Este es el caso de Nubia Gaona Cárdenas, de Chipaque, Cundinamarca, quien junto con sus dos hijos Jaime Alejandro y Arley David, decidieron abrir un canal en Youtube. Esta familia de campesinos, junto con alrededor de 20 familias más del sector, se unieron al emprendimiento social Huertos de la Sabana para vender sus productos sin intermediarios.

El canal de Youtube lleva por nombre “Nubia e hijos” y fue creado para enseñar a sus suscriptores cómo hacer huertos en sus propias casas. Por medio de este canal, Nubia y sus dos hijos muestran también cómo es su vida en el campo. Con su carisma han conquistado a las personas y han acumulado más de 650.000 suscriptores desde que subieron su primer video.

Se han convertido en toda una sensación en internet y han sido varias veces nombrados por los usuarios como “los campesinos más famosos de Colombia”. Esta familia ha alcanzado su objetivo de hacer visible su situación, que es la misma de miles de campesinos que no tienen cómo sobrevivir y tienen que recurrir a los bancos y a las deudas.

Aunque el proyecto de “Nubia e hijos” ha mejorado la situación de ellos y de otras familias que están aliadas con Huertos de la Sabana, muchos otros campesinos de diferentes lugares del país no han tenido solución a la crisis.

En Colombia hay 50 millones de habitantes y, según la Encuesta de Cultura Política realizada por el DANE en el 2019, el 31,8% de la población mayor a 18 años se identifica como campesina. Estas son las personas que producen los alimentos que llegan a cada hogar. El país ha sido desagradecido con este sector agrario y esto se nota con el simple hecho de buscar las cifras de desempleo en el campo.

Los pequeños productores ya no encuentran una manera viable para sobrevivir porque no tienen apoyo. Es una situación lamentable porque, como afirma Fredy Quintero: “ya la juventud va sacándole el cuerpo al trabajo del campo y los que trabajamos directamente en esto ya somos poquitos”.

Carlos Fernando Niño: Aprendizaje en el deporte y en la pandemia

Carlos Fernando Niño Aprendizaje en el deporte y en la pandemia

Sergio Suescún Silva

Es una tarde soleada. Luego del entrenamiento cotidiano, los futbolistas del Deportes Tolima se van a los camerinos. En ese momento, emerge la figura del médico Carlos Fernando Niño, quien ha estado atento a cada uno de los ejercicios desarrollados durante la jornada. Dado que no hubo ninguna lesión, habla con el entrenador y le da su reporte médico. Acto seguido, mira su agenda para continuar con otras labores de su profesión.

Carlos Fernando Niño Valbuena es un médico cirujano general apasionado por el deporte. Dedica gran parte de su tiempo a acompañar a los futbolistas en su práctica y se siente uno más del equipo.
Se graduó en 1995 como médico cirujano general en Escuela de Medicina Juan N Corpas, de la ciudad de Bogotá.

Como él mismo lo dice “fue un golpe de mucha suerte y una bendición de Dios el haber empezado mi práctica médica en Ibagué”. Con el paso de los años, y ya graduado, continúa viviendo en la ciudad musical de Colombia, donde ha sido contratado para prestar sus servicios en la Clínica Minerva, en la Clínica Tolima y en el Hospital Federico Lleras Acosta.

El médico Niño ha ejercido su profesión durante varios años, a la vez que trabaja con el deporte.

Hace 15 años tuvo su primer contacto con el Deportes Tolima. “En esa época enviaban varios jugadores del equipo a mi consultorio. Con el pasar de los días, me llamaron para que presentara mi hoja de vida a esta institución deportiva de la ciudad de Ibagué”.

El Deportes Tolima contaba con un médico deportólogo, que era el doctor Juan Carlos Mejía. Esta situación hizo que el médico Niño le manifestara al gerente del momento, que le encantaría ser el colaborador del doctor Mejía, y la respuesta que recibió fue: “usted no va a ser colaborador de nadie. Usted va a ser el médico del equipo”. Ante el asombro, le aclaró al directivo que él no era ni ortopedista, ni deportólogo, sino médico cirujano general, de urgencias y traumas. Para su sorpresa, la respuesta del gerente fue: “sí, lo necesitamos a usted”.

Hoy en día, el médico Carlos Fernando Niño es reconocido como un profesional consagrado, responsable y comprometido, cualidades que lo han llevado a ser apreciado por los equipos del fútbol colombiano, entrenadores, jugadores, hinchas y por los periodistas.

Estos años con el Deportes Tolima han sido de trabajo intenso. Así lo expresa cuando dice que ha aprendido de Medicina Deportiva sin ser deportólogo. “Se ha estudiado mucho y pienso que hemos ido por buen camino”.

La afectación de la pandemia del covid-19 en lo deportivo

Uno de los retos que ha tenido que asumir el médico Niño, ha sido afrontar junto con los deportistas, las consecuencias del confinamiento por la pandemia del covid-19.
La cuarentena afectó tanto la parte física como técnica de los jugadores. “Por más que queríamos dirigir, ejercitar en casa, monitorear el peso corporal, que se cuidaran en la alimentación, que trataran de hacer ejercicios que se pudieran hacer dentro de sus apartamentos o sus viviendas, fue complicado”, manifestó el médico.

Durante el aislamiento obligatorio, el cuerpo técnico hizo una estrategia estructurada junto con la asistencia del Departamento Médico del equipo, que consistió en ubicar bicicletas estáticas, de spinning y colchonetas en las casas de los jugadores. Además, se les entregó una rutina de ejercicios de estiramiento y de alta intensidad en espacio corto.

Mediante la plataforma Zoom, se integró a todo el equipo de jugadores y al cuerpo técnico, para la aplicación de la estrategia. Por su parte, el personal del Departamento Médico visitaba a los jugadores, para monitorear los pesos corporales y solucionar posibles necesidades en su entrenamiento en casa. No obstante, cuando se dio vía libre a los entrenamientos se notaron falencias en el acondicionamiento físico y en la pérdida de técnica futbolística. Esta situación condujo a un reentrenamiento y un reacondicionamiento en la práctica deportiva. En palabras del médico Niño “fue tedioso, pero se logró.”

En este reencuentro con las canchas hubo lesionados. Se presentaron contracturas, tendinitis y sobrecargas, que limitaron el nivel competitivo, pero era algo que se esperaba, dada la larga quietud deportiva. Así mismo, aseguró, el reacondicionamiento aeróbico y anaeróbico fue complicado.

El médico Niño es el director del departamento médico del Deportes Tolima.

Impacto psicológico en los deportistas

Con el fin de mantener a los jugadores en un alto estado de motivación a pesar del confinamiento, el médico Niño acompañó permanentemente y se comunicó con cada uno de los jugadores a través de la virtualidad y los visitó en sus casas. “El hecho de estar todos conectados por una plataforma, de reírnos y de hacer ejercicio, permitió que no se perdiera la camaradería”.

Dentro de la estrategia de manejo psicológico, se sumó al acompañamiento, el estar centrados en la realidad de cada jugador y su familia. Por fortuna, “Mentalmente son jugadores muy fuertes”, manifestó.

Aunque se presentaron casos positivos para covid-19 en integrantes del equipo, ningún jugador necesitó hospitalización ni soporte médico complejo. Según el médico, todos cumplieron su tiempo de cuarentena. Este hecho ha permitido mantener la motivación de los jugadores. “El organismo guarda memoria inmunológica. Entonces, este virus ha afectado de manera diferente, ha sido muy bizarro y cambiante. Hoy en día no sabemos por qué para unos solo es un resfriado común, otros no presentan ningún síntoma, mientras otras personas han fallecido por el virus”.

Al estar expuestos al virus, independientemente de si se es trabajador de la salud o no, en cualquier sitio se puede presentar el contagio. Por tanto, como lo expresa el médico Niño, “esta situación se debe afrontar con responsabilidad y precaución”.

En Colombia se ha dificultado que los deportistas manejen un perfil profesional. Algunos no tienen la madurez necesaria para un deportista de alto rendimiento, pues toman el tema de la pandemia como un juego.

El médico Niño ha recibido solicitudes de valoraciones y consejos de entrenadores y deportistas de disciplinas como tenis de campo, atletismo de fondo y salto de garrocha, para alcanzar un alto rendimiento e impacto en las competencias, puesto que estos deportes son de mucha exigencia. Estas solicitudes se han multiplicado en esta época de pandemia.

El covid-19 es un virus cambiante, según lo manifiesta. Para él, es muy importante saber cómo tratarlo y abordarlo. Sin embargo, no se arriesga a predecir el futuro. “Por el momento, sabemos que han muerto muchas personas. Hablemos de Europa, Estados Unidos, América Latina, Centroamérica o Colombia. Entonces es hacer una remembranza, una recopilación de todo lo que está sucediendo, analizarlo, reinventarnos y, sobretodo, ser responsables. Si esto lo logramos controlar, podemos lograr cosas positivas”, concluye el médico Niño, frente a lo que pueda venir en los próximos años frente a la pandemia.

Mente infectada

Mente infectada

Ana María Bozón Velásquez

La salud mental se ha vuelto un tema tan recurrente como la salud física, pues se ha visto altamente afectada durante el confinamiento… Míresele por donde se le mire, estamos todos sumergidos de lleno en el virus.

Llevamos varios meses viviendo una película, a veces de terror, a veces de suspenso, a veces de comedia y otras, postapocalíptica. Algunos hemos estado encerrados desde marzo de 2020, otros solo de manera parcial y algunos otros no lo han estado en absoluto.

Para aquellos que sí lo hemos estado, estos meses han sido un vaivén de emociones: desde el miedo que trajeron los primeros días, que se convirtió en incertidumbre constante, pasando por la ansiedad de ser productivo y aprovechar al máximo este “tiempo de sobra”, a la pereza por la monotonía y la rutina o el estrés por la falta de equilibrio entre el trabajo y el ocio.

Para mí la cuarentena empezó desde el viernes 13 de marzo de 2020 y, a excepción de unas cuantas ocasiones especiales, perdura hasta el día de hoy. Hace un par de días me sorprendí por la falta de conciencia del tiempo que tenía. Las clases universitarias se han convertido en mi única referencia temporal y, aún así, a veces me fallan. Me he sorprendido un domingo pensando que es jueves, un lunes pensando que es sábado.

La salud mental se ha vuelto un tema tan recurrente como la salud física, pues se ha visto altamente afectada durante el confinamiento. La falta de interacción social, la presión que ejercen las redes sociales por no desperdiciar un solo segundo del día, la falta no solo de actividad física, sino de movimiento en general y otros factores externos, han sido detonantes para el deterioro de esta.

Ya no están esas distracciones que teníamos antes para minimizar nuestros problemas personales, llámese ir a rumbear, al centro comercial, salir a comer, ir a la universidad, al trabajo o al cine. Ahora toda esa ansiedad, depresión, estrés o lo que sea que usted, mi querido lector tenga con que lidiar, sale a flor de piel; y nadie está listo para esto, no creo que nadie llegue a estarlo nunca, pero nos guste o no, es momento de dejar de minimizarlo y enfrentarlo.

Entre los países más afectados por el virus, China, Irán y Estados Unidos han reportado un incremento del 35%, 60% y 40% de la angustia, respectivamente, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). No solo la incertidumbre que genera vivir con el virus ha aumentado estas cifras, factores como la crisis económica mundial que se vive en conjunto con la del coronavirus, el aumento de la inseguridad en algunas zonas, el exceso de información, fake news alarmantes y los medios de comunicación que no han tenido otro tema desde marzo, son factores que juegan un papel importante en términos de salud mental.

Una alternativa para “huir” de todo esto podrían ser las redes sociales o plataformas de streaming, pues en estas somos nosotros quienes escogemos qué tipo de contenido consumir, pero ni allí se encuentra refugio. La productividad se ha puesto de moda, y todo el contenido de las redes sigue la idea “ahora que tenemos más tiempo…”.

“Ahora que tenemos más tiempo, aprovechemos y hagamos 3 horas de cardio en ayunas, corramos 20 kilómetros, montemos bicicleta todos los días hasta el pueblo más cercano y volvamos, hagamos ayuno de 2 días y bajemos 20 kilos”. “Ahora que tenemos tiempo, leamos mínimo 3 libros al día y escribamos mínimo 1 a la semana”. “Ahora que tenemos  más tiempo libre, montemos un negocio, invirtamos en otros 2  y demos TedTalks una vez a la semana”. “Ahora que tenemos más tiempo, aprendamos 5 idiomas por semana”. “Ahora que hay más tiempo, no pare ni un solo segundo del día, haga mil cosas al mismo tiempo para no desperdiciar esta nueva oportunidad de hacer lo que siempre ha querido, ya descansará después”.

No sé de dónde sacan que tenemos más tiempo libre, porque así mismo como las redes lo han pensado, lo han pensado en las universidades y trabajos. Hace poco un profesor de mi universidad nos dijo: “chicos, ahora que tenemos más tiempo, voy a acortarles el tiempo de entrega y así mismo, incrementarles el trabajo” y siguiendo ese orden de ideas, los demás profes también lo han hecho. Mi mamá está trabajando desde la casa y notoriamente tiene mucho más que hacer, antes su jornada laboral terminaba a las 5:00 p.m., pero ahora, se alarga hasta que se va a dormir, y al igual que nosotras dos, esta historia se puede repetir en muchos hogares más.

Las plataformas de streaming también se han “contagiado”; en el primer mes de confinamiento, los primeros 10 más vistos en Colombia eran películas o series sobre virus, pandemias, parásitos o escenarios postapocalipticos en los que un enemigo externo amenazaba con destruir la humanidad. 

Míresele por donde se le mire, estamos todos sumergidos de lleno en el virus. Sumado a todo esto, la relación de las personas con la comida y sus propios cuerpos también se ha visto afectada, ya que según un informe del Ministerio de Salud,  los trastornos alimenticios subieron un 37%, sumado a un 56,2% de aparición de síntomas ansiosos. “El aislamiento social preventivo podría aumentar los disparadores relacionados con los trastornos alimentarios y plantear un ambiente retador para personas con anorexia nerviosa, bulimia o trastornos por atrancones de comida” (Hensley, 2020; McMenemy, 2020; Shah et.al., 2020).

Hay alrededor de 60 millones de casos reportados en el mundo, pero me atrevería a decir que hay muchos más. ¿Qué pasa con aquellos cuya mente se ha contagiado? Y no me refiero a los hipocondriacos a quienes les da coronavirus tres veces a la semana, me refiero a aquellos cuyas mentes se han visto afectadas, los que hacen parte de las cifras que he mencionado, los que físicamente están sanos, pero mentalmente infectados. Creería yo que estamos lidiando con dos pandemias al mismo tiempo.

Aumentan feminicidios en Antioquia con respecto al 2020

Aumentan feminicidios en Antioquia con respecto al 2020

El confinamiento por la pandemia de Covid-19 pudo contribuir a que cayera el número de feminicidios sexuales perpetrados por agresores desconocidos para las víctimas, a la vez que aumentaban los feminicidios íntimos, en los que el agresor es un miembro de la familia o la pareja sentimental.

Antioquia encabeza la lista de los departamentos del país con mayor número de casos de feminicidios. Entre enero y agosto de este año (los datos corresponden al año 2021), la Policía Nacional reportó 116 asesinatos de mujeres en Antioquia. Esto representa un aumento del 18% con respecto al mismo periodo de 2020, según el Observatorio de Asuntos de Mujer y Género de la Secretaría de Mujeres de la Gobernación de Antioquia.

 Este incremento es superior al de los homicidios en general, que ha sido del 6%. Del total de asesinatos a mujeres este año, la Policía registró 18 como feminicidios. Las cifras de septiembre no habían sido publicadas al momento de escribir esta noticia.

 Los datos oficiales no coinciden con los de organizaciones no gubernamentales que se encargan de velar por los derechos de las mujeres, como la Red Feminista Antimilitarista, que ha registrado 39 feminicidios en lo corrido del año solamente en el Valle de Aburrá.

 Valeria Acosta Isaza, profesional social del Observatorio de Asuntos de Mujer y Género, reconoce que existe un subregistro importante y que “la impunidad en los casos de feminicidios es absurda”. Explica que no hay suficiente rigurosidad en el estudio de los casos de homicidios a mujeres, lo que impide que muchos de estos puedan ser tipificados como feminicidios. 

 La Ley Rosa Elvira Cely establece las circunstancias que pueden determinar que un delito sea clasificado como feminicidio. Entre ellas están: haber tenido una relación familiar o de convivencia con la víctima en la que se hayan dado casos de violencia; aprovechar relaciones de poder; agredir sexualmente a la víctima, o cometer el delito para causar terror o humillación a quien se considere enemigo.

 Acosta dice que “si las personas encargadas de llegar al lugar de los hechos no hacen un análisis riguroso de contexto, sobre cómo encontraron el cuerpo, qué había alrededor, qué relación había entre el agresor y la víctima, cómo la abordó, la mayoría de los casos se van a quedar sin tipificar”.

No todas las mujeres pueden denunciar

No solo hay subregistro en los casos de feminicidio, sino también en los de violencia contra la mujer. Omaira López Vélez, coordinadora del proyecto “Sororas y empoderadas tejemos paz territorial con otros y otras” de la organización Vamos Mujer, atribuye esto a la dificultad de las víctimas para denunciar, especialmente en zonas rurales o de conflicto armado.

 Hay veredas que no tienen comisarías de familia, inspecciones de policía o CAIVAS. “El acceso a estos lugares no siempre les es fácil a las mujeres”, dice López. Añade que incluso cuando llegan a estos sitios, a veces les dicen que vayan a otros porque ahí no cuentan con las condiciones para realizar la denuncia. 

 López reconoce que en el departamento existe una notable oferta institucional y que Medellín es pionera en políticas públicas, pero señala que, con frecuencia, las mujeres que viven lejos de los centros urbanos no se ven beneficiadas. 

 Valeria Acosta también expresa preocupación por la falta de estas instituciones en varios municipios y la dificultad de las mujeres rurales para acceder a las rutas de atención. Además, dice que en la mayoría de los municipios de Antioquia no existen programas dirigidos para proteger específicamente a la mujer. Todo esto, según la analista, contribuye a que las mujeres no reciban ayuda oportunamente y permanezcan en contacto con su agresor. De esta manera corren más riesgo de ser víctimas de un feminicidio.

Gobernación mejoró rutas de atención en pandemia

Durante la pandemia de Covid-19, las dificultades para denunciar se agudizaron. Varias mujeres quedaron confinadas con sus agresores. A pesar de esto, en 2020 hubo una disminución del 12% en los homicidios a mujeres en comparación con 2019, menor que la reducción en los homicidios en general, que fue del 17%, según el Observatorio de Mujer y Género. 

 Acosta explica que el confinamiento pudo contribuir a que cayera el número de feminicidios sexuales perpetrados por agresores desconocidos para las víctimas, a la vez que aumentaban los feminicidios íntimos, en los que el agresor es un miembro de la familia o la pareja sentimental.

 Dice que las llamadas a la Policía para denunciar casos de violencia intrafamiliar se incrementaron, lo que impulsó a la Gobernación de Antioquia a crear la línea 123 Mujer Metropolitana, que permite activar alertas inmediatas y prevenir feminicidios. Sin embargo, este servicio tampoco llega al 100% de la población de mujeres rurales, pues solo funciona dentro del área metropolitana del Valle de Aburrá.

 Otra estrategia usada por el gobierno departamental para combatir la violencia de género durante la pandemia fue la creación de hogares de protección para mujeres sin redes de apoyo cuya vida estuviera en riesgo. Este programa funciona en todos los municipios y permite que las mujeres se muden temporalmente con su núcleo familiar a una casa ofrecida voluntariamente por otra familia, donde reciben apoyo psicológico, social y jurídico. 

 A pesar de que este programa funciona en todo el territorio antioqueño, tampoco tiene una cobertura para todas las mujeres. Para cuidar a las familias que prestan su casa para el programa, no se aceptan mujeres que sean víctimas de actores armados. 

 Las mujeres afectadas por el conflicto son atendidas por las oficinas de víctimas de cada municipio, por lo que, dice Acosta, la Secretaría de Mujeres ha buscado articular con ellas programas que se enfoquen en este grupo poblacional.

Lo que hay detrás de un feminicidio

Acerca de la violencia contra la mujer en el conflicto armado, la Corporación Vamos Mujer dice lo siguiente en su segundo boletín de 2019: “En contextos de disputa de territorios, es frecuente que las mujeres se vuelvan un territorio más en disputa, y su asesinato es una forma de atacar las posesiones de hombres rivales y de amenazarlos”.

 Omaira López dice que esta metáfora aplica también en otros contextos y habla del cuerpo como el primer territorio en el que la mujer puede ejercer autonomía. Para ella, es necesario explicar el feminicidio como la última consecuencia de un sistema de pensamiento que cosifica a la mujer y que la ve como un objeto del que un hombre se puede apropiar.

 De la misma manera, Vamos Mujer rechaza la descripción que se suele encontrar en medios de comunicación sobre los feminicidios catalogados como crímenes pasionales, así como el atenuante de la ira e intenso dolor. López explica que en la mayoría de los casos existe una historia de violencia y se evidencia un plan previo. 

 Un ejemplo de esto es el testimonio de Carmen*, que cuenta que su cuñada fue víctima de feminicidio hace 20 años.  “A Nelly la mató el esposo porque ella se iba a separar. Él la invitó a tomarse unos tragos, luego se fueron a la casa y ahí fue donde la mató. La degolló. Le echó seguro a la puerta y se escapó con las joyas y el carro. Ella murió desangrada en las escaleras, nunca pudo salir. Él fue capturado después de haber estado un tiempo prófugo. Solamente pagó siete años en la cárcel. Argumentó ante la justicia que había cometido el crimen bajo mucho dolor. Por eso, y contando el buen comportamiento, al final salió libre mucho antes de lo esperado”.

 Hoy en día, la ley brinda más garantías jurídicas a las potenciales víctimas de feminicidio o sus familias para actuar en contra de los agresores y hay más reconocimiento de otras formas de violencia de género. Aun así, falta mucho para que se garantice el derecho a la vida y a la autonomía corporal de las mujeres en el departamento.

 *Nombre cambiado para proteger la identidad de la fuente

En este espacio va el pide de foto / Foto por Bitácora

En la categoría Mejor Noticia el jurado fue Alejandro Gómez Valencia, periodista de la Universidad de Antioquia, editor de la Agencia de Noticias de la Universidad EAFIT y profesor de Periodismo informativo en el pregrado en Comunicación social de la misma institución.

La noticia va más allá de hablar del crecimiento de los feminicidios en el departamento y, con una amplia y diversa selección de fuentes y datos, muestra las brechas que existen en este tema en cuanto a lo rural y lo urbano, así como la necesidad de afinar conceptos que permitan saber qué pasa en realidad en cuanto al asesinato de mujeres en la región

Alejandro Gómez Valencia

“Hay que hacer cambios, pero no una revolución”

“Hay que hacer cambios, pero no una revolución”

Colombia ha vivido varios momentos de agitación social en los que los jóvenes han sido protagonistas. Las manifestaciones de 2019 y 2021, así como las protestas de las décadas de los sesenta y setenta y el surgimiento de grupos guerrilleros, son algunos ejemplos. Dos hermanos que han presenciado las dos épocas hablan de sus experiencias y hacen paralelos, desde diferentes perspectivas, entre el pasado y el presente.

Sergio Alonso (izquierda) y Carlos Eduardo Mejía Tobón (derecha), dos hermanos que hicieron parte de los movimientos sociales juveniles de los años sesenta y setenta en Colombia.

Sergio Alonso Mejía Tobón y su hermano, Carlos Eduardo, pasaron su juventud en la Medellín de los años sesenta y setenta, en el barrio Miranda. Vivieron una época de descontento social en la que gran parte de los estudiantes se lanzó a las calles a protestar, como ocurre actualmente, mientras que otros jóvenes se unieron a grupos guerrilleros. Ambos tuvieron relación, de distinta manera, con los movimientos que estaban surgiendo.

El primero estudió en el Politécnico Grancolombiano, pero se mudó a Boyacá para terminar su carrera en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia (UPTC), donde se graduó como ingeniero de minas; el segundo trabajó en Enka de Colombia luego de hacer una tecnología de máquinas y herramientas en el Pascual Bravo.

Durante el tiempo que estudió en Medellín, Sergio se reunió con militantes de la JUCO (Juventud Comunista de Colombia), del MRL (Movimiento Revolucionario Liberal) y del MOIR (Movimiento Obrero Independiente Revolucionario).

Discutían acerca de literatura, psicoanálisis y las cuestiones políticas más importantes del momento. Entre los asistentes a las reuniones se hallaban Marcelo Torres, a quien recuerda como un gran orador, y Amylkar Acosta, que fue ministro de Minas y Energía durante el gobierno de Juan Manuel Santos.

No solo se sentaban a conversar; también salían a protestar a las calles. Sergio dice que él prefería enfocarse en el aspecto ideológico, aunque reconoce que participó en algunas manifestaciones que se tornaron violentas. “Recuerdo que tiré piedras dos veces, no más, al frente de la Universidad de Antioquia, en la Avenida del Ferrocarril”.

 Otros miembros del grupo eran más activos en las manifestaciones. “Amylkar Acosta y Marcelo Torres eran los duros para impulsar la protesta y llamar a la gente.


Sergio Alonso Mejía en Sogamoso, Boyacá, 1974. Foto cortesía del entrevistado.

Carlos Eduardo, en cambio, nunca protestó. “Uno no salía, pero sí apoyaba las manifestaciones”. Él hacía parte de un sindicato de trabajadores que era patrocinado por el movimiento guerrillero M-19. “Nos daban papelería de los proyectos que tenía el M-19 y teníamos un grupo donde los estudiábamos. Nos entregaron todo lo que tenían de Jaime Bateman, que era el cerebro de la reforma agraria que proponían. Eso fue en el año 1976”.

Hacer parte del sindicato lo exponía a ser perseguido por la fuerza pública, aunque siempre logró eludir ese riesgo. “En una ocasión, yo tenía toda esa papelería y el Ejército venía requisando las casas del barrio. Yo la piqué y mi señora me ayudó a tirarla por el sanitario. Llegaron dos puertas antes de la mía y ahí dejaron de requisar”.

Eduardo aclara que, aunque eran afines a sus ideas, ninguno de los miembros del sindicato con los que él se reunía era miembro de la guerrilla ni de ningún grupo violento.

Carlos Eduardo Mejía (derecha) en la primera comunión de una de sus hermanas menores (izquierda), 1972. Al día siguiente madrugaría para trabajar en Enka. Foto cortesía del entrevistado.

Sergio Alonso nunca tuvo relación con el M-19. Cuando ellos se alzaron en armas, en 1974, él vivía en Boyacá y se había alejado de la política. Los manifestantes con los que él estuvo en contacto eran afines al maoísmo y al ELN, pero eran críticos de las Farc. Sin embargo, no le consta que hubiera presencia guerrillera. “Decían que Marcelo Torres era guerrillero, pero nunca se le comprobó nada. Era chisme, como ocurre ahora”.

La protesta no ha cambiado

Para Alonso, las acusaciones sin fundamento acerca de la presencia guerrillera en las manifestaciones no son la única cosa que tiene en común la situación actual con la que él vivió en su juventud. Dice que, así como pasa hoy en día, la fuerza pública era la que iniciaba la violencia. “Los primeros que empezaban a tirar la piedra, desde esa época, eran los policías a los manifestantes. Los policías eran los que iniciaban la confrontación”.

También hace alusión a un hecho que recuerda lo sucedido el 28 de abril de 2021: el ingreso del Ejército a la Universidad Nacional en 1966 para reprimir una manifestación contra el presidente electo, Carlos Lleras Restrepo. “A raíz de que invadieron la Universidad Nacional en Bogotá, había un malestar duro de los estudiantes”. Según Sergio Alonso, los excesos de la fuerza pública intensificaron las protestas.

El Frente Nacional y el presunto robo de las elecciones de 1970 también eran motivos para salir a marchar, pero había otras razones para hacerlo, que Sergio considera que siguen vigentes hoy en día. Dice que la gente en Colombia históricamente se ha manifestado por la desigualdad, la pobreza, la falta de vivienda y el precio de los alimentos.

Señala al hambre como uno de los principales problemas que tiene el país. “Hermano, el hambre nubla pensamientos y nubla lo que sea. Con hambre usted mata. Uno no está de acuerdo con eso, pero el hambre lo nubla todo. El hambre y la droga. De un muchacho joven, con hambre y drogado no se puede esperar nada bueno”.

Según Sergio Alonso, la popularidad de la que gozaban las guerrillas en ese entonces se debía a ese mismo problema. “Por falta de educación y por hambre más de un manifestante salió a tirar piedra y a hacer saqueos. El M-19 hacía lo de Robin Hood. La gente con hambre lo veía bien”. Dice que a raíz de la consciencia que creaba la gente que se manifestaba con argumentos “mucha parte de la sociedad buena de Colombia los apoyaba”.

Carlos Eduardo está de acuerdo. Cuenta cómo el M-19 distribuía entre los pobres las mercancías robadas. Habla de cómo repartieron en Moravia lo que sacaron de un camión de Imusa. “Les llevaron todas esas ollas a la gente que vivía en el basurero. En ese entonces yo veía eso como algo bueno”.

Sergio Alonso dice que no pensaba de la misma manera. “Yo nunca he visto como algo bueno quitarle las cosas a los demás”.

La admiración de Eduardo hacia la guerrilla llegó a su fin cuando descubrió los negocios que tenían en secreto. “Yo apoyé al M-19 hasta que vi que cambiaban armas por droga. Había un amigo que me decía: ‘No coma de ese cuento, que vea, nosotros hacemos este negocio. Venga yo le muestro’, y yo fui y vi que era cierto. No volví a hacerle fuerza al M-19”

Sin grandes logros para celebrar

Sin embargo, cuando hablan de lo que se logró con las protestas, plantean ideas similares y sus rostros expresan la misma decepción. “Ahí no se consiguió nada. Solo se logró crear más violencia. Con lo que creíamos que hacíamos bien, solo se consiguieron cosas negativas”, dice Eduardo, que luego hace una corrección: “Para la sociedad no se logró nada. Personalmente sí consiguieron. Hasta uno que fue miembro del MOIR consiguió puesto político, Amylkar Acosta”.

“No se logró nada. La desigualdad ha seguido desde esos años hasta hoy”, dice Alonso, aunque después se muestra más optimista: “Algo consiguieron, al menos los buenos, pero no hubo un cambio. Dejaron consciencia en algunas personas”.

Tampoco tiene grandes esperanzas para la juventud de hoy. “Tanto de la izquierda como de la derecha, los que se meten en la política están en busca de contratos y de cosas turbias. Eso es por falta de educación. Ni de derecha ni de izquierda ni de centro”, dice. Piensa que eso es un obstáculo para lograr cualquier mejora en el país.

A Alonso le parece que las manifestaciones de hoy son muy similares a las de su época de estudiante. Dice que la Policía es la misma, aunque ahora tienen mejores armas, y que los manifestantes están mejor equipados para combatirla. “En eso ambos han progresado, pero para mal”.

Eduardo, en cambio, es más crítico con los manifestantes actuales. “Yo no veo similitud. Estos buscan el cambio incluso con más violencia. A pesar de lo violenta que fue esa época, algunos manifestantes actuales son más violentos. Lo que están buscando es desestabilización y bronca, no más”.

Las críticas de Eduardo hacia los manifestantes continúan: “Los estudiantes tienen todas las armas para hacer los cambios, pero a ellos no les interesa eso. Les interesa la bronca y joder. La revolución de ahora es una moda. Eso no es un proyecto de cambio; es una moda”.

Al hablar de las diferencias entre aquella época y esta, los dos hermanos parecen tener más ideas en común. Ambos dicen que la magnitud de la protesta es mayor ahora gracias a que hay más estudiantes y a que las redes sociales permiten difundir mensajes con más libertad que los demás medios de comunicación.

Alonso expresa que los manifestantes de antes creían más en sus ideales y eran más honestos, pero Eduardo profundiza: “Usted ve a los que están ahora en una protesta y la mitad no sabe por qué están protestando. Se dejan llevar. En esa época eran más poquitos, pero entendían mejor lo que querían, a pesar de que estábamos todos equivocados en la forma de protestar”.

Alonso dice que eso no es un fenómeno nuevo. Al dedicarse al aspecto ideológico de la movilización, se dio cuenta de que muchos manifestantes no sabían lo que hacían. “Había manifestación y ellos eran felices. Había gente que salía, pero ni sabía por qué estaba saliendo a luchar. Lo mismo pasa ahora. Hay mucho joven que no sabe por qué lucha”.

Visiones opuestas de la actualidad

A diferencia de Eduardo, Alonso ve las protestas actuales con ojos positivos, aunque también plantea algunas críticas. “Hay grandes pensamientos de jóvenes estudiantes. Hay otros que engañan, siguen con la violencia y quieren destruir las cosas, como los de la primera línea. Puede que ahí haya gente buena, pero hay otros mentirosos que lo que quieren es destruir y no construir. Uno no puede destruir lo que uno necesita. Eso es una cuestión de sentido común”.

Así como rechaza el vandalismo de la primera línea, Sergio Alonso resalta las acciones de los demás manifestantes. “Uno ve jóvenes que no han estado en esas manifestaciones duras, pero sí han hablado. Y si han estado en la manifestación, han estado en forma pacífica. Yo ahí reconozco cosas importantes y positivas”.

Para él, las ideas más importantes de la juventud de ahora son las relacionadas con la educación. “Dele a un niño educación, salud y buen alimento, que es la base para que una sociedad llegue a ser grande. Muchos estudiantes tienen ese pensamiento”.

 “Yo creo que la protesta se debe hacer con más cultura”, dice su hermano, firme en su oposición a las protestas de hoy. Alonso no se queda callado. “¿Qué cultura van a tener si nacieron en los gamonales?”, le pregunta.

“Para mí la cultura no la dan los libros. Yo conozco gente muy culta que no ha pasado por la primaria”, le contesta Eduardo.

“Hay que hacer cambios, pero no una revolución”, dice él. “Ellos tienen todas las armas para discutir las cosas dentro de ciertos escenarios, pero no por allá cogiendo a piedra un edificio. Lo poquito que se ha hecho, déjelo ahí. ¿Para qué va a tumbar eso? ¿Para darle más contratos a los corruptos, para que cojan el contrato de lo que tumbaron?”.

Las visiones de ambos hermanos han evolucionado con los años. Alonso se ha decepcionado de la política, y Eduardo ya no cree en la revolución que predicaba el M-19. Sus esperanzas de cambiar el país fueron similares a las de la juventud de hoy, pero ninguno de los dos las conserva ahora.

 

En este espacio va el pide de foto / Foto por Bitácora

En la categoría Mejor Entrevista o Testimonio, el jurado fue Juan Carlos Luján Sáenz, comunicador social – periodista de la Universidad de Antioquia, Magíster en Comunicación Transmedia de la Universidad EAFIT, y profesor de Periodismo Informativo de la misma institución.

La entrevista tiene una estructura definida, va del pasado al presente, además de un contexto y unos datos que permiten una lectura amena y acertada de la realidad. Cada parte del texto tiene un sentido, lo que permite entender mejor el contraste. Es una excelente nota, con una prosa limpia y unas preguntas muy bien formuladas.

Juan Carlos Luján Sáenz

Esta es Lupe, o lo que dicen de ella

Tomada del Facebok de Guadalupe
Esta es Lupe, o lo que dicen de ella
Se describe a sí misma como una chica problema, inquieta, autónoma e independiente; que nunca necesitó, ni pidió permiso para nada, ni siquiera para a los 9 años hacer su primer ‘rato’.

 

Desde muy joven, Yason se entregó al centro, el Parque de Bolívar se convirtió en su casa. Vendía chicles y reciclaba, y a los 9 años empezó a “hacer ratos”. Descubrió que la calle no era fácil; recibió su primera puñalada, un puntazo, y escuchó los gritos de su mamá cuando, a plena luz del día, la vio vestida como Guadalupe por primera vez.   

   

Son las 2:00 p.m. y el Parque Berrío, como todos los días, está en movimiento. Desde la entrada del Palacio de la Cultura hay unas rejas que encierran todo el Parque Botero y promueven títulos cómo “centro consentido” y “Medellín enamora”, buscando así que las personas sientan más seguridad.

 

Los policías rodean todo el lugar, y, aun así, los únicos que se atreven a caminar despreocupados y a sacar sus cámaras profesionales, son los extranjeros que en realidad no se percatan del peligro que habita siempre en esta zona. Los músicos de la Red de Escuelas de Música ambientan el lugar con su ensayo para el concierto que se dará en el Museo de Antioquia. Mientras, las trabajadoras sexuales, recostadas en las gordas de Botero, esperan pacientes, bajo un sol incandescente, a sus clientes.

   

A lo lejos se acerca una mujer de baja estatura, morena, y de cabello rizado. Lleva un vestido gris, corto, para evitar que la tela roce una quemadura que días antes se hizo con el mofle de una moto. Se acerca sonriente y dice: 

–¡Como estás de linda! Tiene una voz que es grave y dulce. Es Guadalupe. Mejor subamos al Parque de Bolívar, nos dice.

   

Del Parque Berrío al Parque de Bolívar hay siete minutos caminando por la Avenida Palacé, y ella recorre las calles con total seguridad, como si estuviese pasando de la sala a la cocina de su casa. No lleva tapabocas, dice que no cree en eso, lleva toda la pandemia de Covid-19 sin usarlo y no le ha dado nada. Tampoco se piensa vacunar, no confía en esas cosas.   

   

Al atravesar la Avenida Maracaibo, a una cuadra del Parque de Bolívar, se hace más evidente el calor y la sed, así que Guadalupe se acerca a una cigarrería para comprar una cerveza Pilsen de un litro y unos Choclitos, de los que se antoja en ese momento.    

   

Ya en el parque, en busca de sombra, se sienta en una banca desde la que se observa el pasaje de Junín. 

  

“A los 9, mucho antes de ser trans, llegué al centro y me mantenía aquí. En ese tiempo me le volaba a mi mamá, me le robaba la ropa a mi hermana y me vestía de mujer, y cuando me iba a ir para mi casa, me volvía a cambiar, ¿si me entiende?”, cuenta.  

 

Lupe recuerda que un día en la tarde, su mamá la vio vestida con blusa y falda corta desde la chaza en la que vendía tintos y cigarrillos. Ante esto, reaccionó de forma histérica y comenzó a gritarle.

  

“En mi casa nunca hubo rechazo hacia mí, porque desde muy polla tenía rasgos femeninos que no lograba entender. Sentía atracción por la ropa femenina, quería verme como una niña y jugar con juguetes de niña. Incluso llegué a un punto en que me daba piquitos con los niños de la guardería”, narra.  

  

Mientras termina de comerse los Cholitos y presiona una y otra vez la bolsa en sus manos, se describe a sí misma como una chica problema, inquieta, autónoma e independiente; que nunca necesitó, ni pidió permiso para nada, ni siquiera para a los 9 años hacer su primer ‘rato’.

 

Hacer ratos es prestar un servicio sexual, y la primera vez que lo hizo se dio cuenta que así ganaba más que vendiendo chicles. Desde entonces espera cada noche por un nuevo cliente; algunas veces cuenta con suerte, pero en ocasiones se encuentra con hombres que solo quieren hacerle daño.

    

Lupe recuerda, tranquilamente, cómo hace unas horas tuvo que correr de un hombre que la montó en su carro y la llevó a Rionegro, para luego bajarse a perseguirla con un machete, y eso, porque no fue capaz de sacar la escopeta recortada que también tenía preparada. Nadie la ayudó, ni siquiera cuando llegó corriendo y gritando que la querían matar, después de un trayecto largo hasta Marinilla.

  

“En estos días yo escuché las palabras de un man que decía que él estaba acostumbrado a matar a dos o tres diarias. También, ahora salen en grupitos en un taxi, uno se monta atrás y uno adelante, entre los dos van y le hacen el chanchullo a la pelada, la matan y por allá la dejan”, asegura.  

  

Guadalupe ya sabe discernir entre los hombres buenos y los malos. Cree en las energías y confía en que la calle la ha preparado para escoger a los clientes con buenas intenciones por encima de aquellos con caras pesadas, de psicópatas, hombres que quieren la chupada sin condón o que quieren tener sexo sin preservativo.

 

No solo desconfía de los hombres. La experiencia le ha enseñado que otras trans pueden violentarla si se dan cuenta de que ella está en su zona, que es más bonita o que consigue más clientes.

 

“Una amiguita me decía: ‘Parce entre trans deberían apoyarse, pero mor, yo veo que entre ustedes se hacen la guerra’. Es así, siempre ha sido así”, recuerda.

La chica problema, la autónoma, la inquieta, la independiente, la curiosa, la trans, la feminista, la drogadicta, la bonita, la vendedora de dulces, la de los ratos, la religiosa, la cualquiera, la morena, la peleonera, la de las energías, la puta, la del monte, la del Picacho, la incrédula, la espiritual, la antivacunas, la fiestera, la leal, la guarachera, la borracha, ‘la niño’, la loca, la indecente.

 

Esta es Lupe, o lo que dicen de ella.



En este espacio va el pide de foto / Foto por Bitácora

En la categoría Mejor Perfil el jurado fue Mario Alberto Duque Cardozo, periodista, magíster en Escrituras Creativas y profesor de Periodismo Narrativo en el pregrado de Comunicación Social de la Universidad EAFIT.



No es el tema marginal el que me parece destacable, sino la capacidad de las autoras para poner en escena, con mayor acierto, al personaje, retratándolo mejor, recreando los espacios por donde se mueve. Se atreven con los diálogos y las descripciones con atención a los detalles, eligiendo bien aquello que da pistas sobre cómo ve el mundo Guadalupe.

Mario Alberto Duque Cardozo