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De Edulab a Edulife: el proyecto académico que ahora es proyecto de vida

De Edulab a Edulife: el proyecto académico que ahora es proyecto de vida

Dayana Palencia

Desde sus inicios, el Edulab ubicado en el barro Doce de Octubre de Medellín, buscó ser parte de la transformación social de la comuna 6. Gracias a la constancia de los estudiantes, la pasión de los profesores y el apoyo de instituciones como la Universidad EAFIT, este proyecto rompió barreras direccionando la forma de aprender a un camino diferente. Esta es su historia.

La comuna 6 de Medellín, Doce de Octubre, ha sido un lugar donde la violencia ha estado presente por muchas generaciones. El alto consumo de sustancias psicoactivas en niños y adolescentes es algo que ha influido en sus futuros. Y, debido a esta situación, ha sido difícil pensar en un después, en un camino diferente e, incluso, en la posibilidad de acceder a educación superior. 

Y aunque han sido pocas las iniciativas que han transitado por esta comuna, las que lo han hecho han tenido impacto en la comunidad, como es el caso del Edulab ubicado en el colegio Jesús Amigo.

Desde la comuna para el mundo

En la Institución Educativa Jesús Amigo opera, desde el 2015, un laboratorio. Nació de la idea de abrir un espacio donde los estudiantes pudieran tener una oportunidad para la experimentación y el aprendizaje colaborativo y basado en proyectos a través del uso de las TIC. 

Para que este reto se materializara en proyectos de incidencia para la comunidad, se consolidó un grupo liderado por la profesora Lorena Avilés Romero, quien en ese momento tenía a su cargo la asignatura de Lengua Castellana; El profesor del Departamento de Comunicación Social de EAFIT, Mauricio Vásquez Arias; y un grupo de 80 estudiantes de diferentes grados, que, con el tiempo, se redujo a 25.

Hasta ese momento, los estudiantes de Jesús Amigo asociaban la idea de un laboratorio con un lugar lleno de microscopios, probetas, beakers, y demás instrumentos. Pero, de la mano de la profesora Lorena, varias horas de trabajo, cubetas de huevo para termorregular la temperatura del salón, tardes de cine para la recaudación de fondos, muchas risas y un proceso de trabajo arduo e intercambio de conocimiento, esos 25 estudiantes aprendieron a entender el concepto LABORATORIO como un lugar de prueba, de error y de aprendizaje

El grupo de Robótica levantaba una y otra vez un robot bailarín; el de Modulado en 3D esperaba dos días para obtener una impresión; y los de periodismo digital y producción audiovisual y sonora, mejoraban cada vez más sus medios de comunicación.

Este laboratorio, que empezó como una actividad extracurricular, les abrió a los estudiantes la posibilidad de ver el mundo de una forma diferente, y de lograr cosas increíbles para su entorno. 

“Transmito lo que sé y hago parte de su crecimiento personal”

Entre el grupo de estudiantes que  le dio vida al Edulab, estaba John Alexis Restrepo Giraldo, quien ahora es comunicador social y magister en Comunicación Transmedia de la Universidad EAFIT, demás de profesor de la media técnica de Comunicación Social del colegio Jesús Amigo. 

Ese John Alexis es el mismo que en su momento de ‘edulasense’, sin consentimiento de su profesora, escribió un correo al hospital Pablo Tobón para poner los servicios del laboratorio a disposición de los niños del pabellón de Pediatría. El correo fue respondido y en consecuencia se desarrolló el proyecto Los Piratas de Pablito, dónde estos estudiantes, utilizando tecnologías modernas, pudieron enseñarles a los niños que debido a su condición habían quedado sin educación. 

Cuando John Alexis se graduó del colegio, debido a su desempeño en el examen de nivel nacional ICFES, logró iniciar sus estudios en la Universidad EAFIT. Él ya conocía sus instalaciones, porque como integrante del Edulab había tenido la oportunidad de recibir varias clases en esta Institución. 

Así, mientras adelantaba sus estudios de Comunicación Social, John Alexis seguía asistiendo al Edulab, lugar al que considera más que un grupo para el trabajo extracurricular. “Ahí se formaron relaciones afectivas y fuertes que hoy en día permanecen, al igual que ese grupo de WhatsApp ‘Edulife’, que es la representación de esos lazos fuertes que se tejieron durante años”, dice.

¡Edulab 2.0!

Pero este laboratorio no solo permitió construir relaciones de amistad, y abrir nuevas oportunidades para sus integrantes, también fue pilar para la iniciativa Edulab Pro, donde los docentes aplicaban las opciones que brindaba la transmedia en escenarios de aprendizaje. Así, gracias a Edulab y al convenio que se había generado con la universidad EAFIT, el colegio pudo avalar la media técnica en comunicaciones y brindar un nivel educativo más avanzado a los grupos de Décimo y de Once.

Es sorprendente ver cómo estudiantes de lo que fue Edulab son ahora los profesores de la media técnica, retribuyendo así esa esperanza que en algún momento recibieron, influyendo en la vida de los niños y adolescentes de la comuna donde crecieron.

Aunque el Edulab ahora no está activo, la idea de restaurar este proyecto transformador está cada vez más latente, un Edulab 2.0 que siga impactando a una comuna olvidada, con personas talentosas, pero con una situación sociocultural donde es cada vez más difícil acceder a nuevas oportunidades.

Casai

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La historia de ‘Damu’ contra el muro

La historia de ‘Damu’ contra el muro

Nicole Rubinstein Ángel

De la nada vi que Lucía estaba hablando de nuevo por el grupo de Whatsapp y parecía estar muy enojada. La verdad no sé cómo se enteró que yo estaba en la universidad ese día, pero el caso es que ahora estaba casi que liderando una protesta en mi contra.

Esta es la historia de Damu, un hecho contado en primera persona que le pone cara a una práctica de intimidación, por medio de tecnologías digitales, cada vez más frecuente. Cuando en 2020 el mundo entero afrontaba la crisis por los masivos contagios de Covid-19, los niños, niñas y adolescentes luchaban contra algo más: la violencia en línea.

En Europa el 44% de los niños víctimas de ciberacoso aseguraron que este se incrementó durante los meses de cuarentena, así lo indicó un estudio realizado por la Unión Europea.

Ahora sí, los dejo con Damu…

Recuerdo que Lucía también estaba al frente y apenas me vio llegar se paró y se fue para otra silla. Sé que aún estaba algo enferma, pero creo que ella estaba siendo algo dramática. No pensé que la situación fuera a empeorar como ocurrió.

 

 

Autorretrato realizado por ‘Damu’

Las cosas no iban bien para mi esa semana: con tanto trabajo pendiente y justo me tenía que enfermar. Cuando ya ni me podía parar de la cama supe que no era una gripa cualquiera. “Así de maluca no puedes ir a la universidad, Damu.”, me decía mi papá, y tenía razón. Me sentía débil, no paraba de toser y para acabar de ajustar estaba estresada pensando en todos los dibujos y diseños que me habían puesto de tarea. Puede que algunos digan que ilustrar no es tan difícil, pero uno se lo toma muy en serio cuando lo escoge como carrera en una institución tan exigente como la ESDIP (Escuela Superior de Dibujo Profesional de Madrid).

Entonces eso hice: me quedé en la casa, demasiado enferma como para sentarme a dibujar. Decidí escribir por el grupo de Whatsapp de mi promoción para avisar que no iría y pedirles a mis compañeros que les avisaran a los profes. Vi cómo poco a poco iban leyendo mi mensaje y de todos los miembros del grupo me respondió la que menos quería que me contestara…

El mensaje de Lucía

Desde antes ya tenía problemas conmigo. Estaba acostumbrada a personas como ella: gente que me rechaza e intenta hacerme a un lado, que hablan a mis espaldas como cobardes, en vez de enfrentarme directamente. Es por esto

por lo que solo la ignoraba, porque ya sabía cómo manejar este tipo de gente. Estaba en ESDIP para estudiar y mejorar mi técnica, no para meterme en peleas sin sentido. Ella, en cambio, venía buscándose una pelea conmigo desde hace rato y al fin encontró su oportunidad.

El mensaje que mandó era hiriente, pero no me sorprendió para nada viniendo de Lucía. Decía algo como “coronavirus jajaja” o algo por el estilo. No era como   si estuviese equivocada; yo ni siquiera sabía qué tenía y perfectamente podría haber sido Covid porque realmente me estaba sintiendo muy mal. Aun así, sabiendo que ella me odiaba y que tenía mucho apoyo entre mis compañeros, fue muy bajo de su parte decir eso por el grupo. Yo solo la ignoré, como siempre lo hacía, y me enfoqué en recuperarme para poder cumplir con mis trabajos.

Al pasar una semana al fin logré que me dieran una cita donde el médico y los resultados de los exámenes concluyeron que se trataba de una faringitis fuerte. Pregunté varias veces si estaban seguros de que no era coronavirus y me aseguraron que efectivamente no lo era. Inclusive, me firmaron un permiso para regresar a la universidad siempre y cuando me tapara con una bufanda. Les escribí a mis profesores para ver si no les molestaba que volviera, pues ya había casos en España, pero todos estuvieron de acuerdo: ¡podía volver! Yo me tranquilicé y volví feliz a la universidad, pues no me gusta dejar de ilustrar por mucho tiempo y además extrañaba ir a clase.

Sé que aún estaba algo enferma, pero creo que ella estaba siendo algo dramática. No pensé que la situación fuera a empeorar como ocurrió.

Regresé ese jueves, aún con un poco de tos, pero con una bufanda tapándome la boca y la nariz. En ese momento no se estaban usando los tapabocas, por eso llevaba una bufanda en vez de uno. Recuerdo que me tocaba clase de pintura y mi profesor era muy amable conmigo; le volví a preguntar si podía entrar y una vez más me dijo que era bienvenida. Me senté al frente y mis compañeros se habían sentado en la parte de atrás, lejos de mí.

Recuerdo que Lucía también estaba al frente y apenas me vio llegar se paró y se fue para otra silla. Sé que aún estaba algo enferma, pero creo que ella estaba siendo algo dramática. No pensé que la situación fuera a empeorar como ocurrió.

 

Todo el mundo se fue..

Tras dos horas de trabajo llegó el momento de nuestro descanso. Como la clase duraba cuatro horas, en la mitad teníamos un pequeño espacio para ir a comer algo o ir al baño. Todo parecía estar como siempre hasta que se acabó el receso; volví al salón y lo encontré completamente vacío, excepto por el profesor. ¡Todo el mundo se había ido! Inmediatamente supe que algo estaba mal, entonces revisé el grupo de Whatsapp y vi que Lucía estaba hablando. Esta vez su mensaje decía algo así: “Nos fuimos más temprano porque hay gente que no sabe cuidarse y quedarse en casa”.

Ahí me di cuenta de que todos se habían ido por mí, porque no querían que les pegara lo que sea que tenía. Hay que tener en cuenta que la faringitis no es contagiosa y por eso el médico y mis profesores me dejaron ir a clase. Lucía sabía esto, pero ya estaba armando un drama enorme y ahora todos pensaban que tenía coronavirus. Yo solo pensaba: “Esta pendejita se cree muy chistosa”; pero decidí no perder mi tiempo con ella. El profesor estaba igual de pasmado que yo y hasta me preguntó que si me quería ir, pero me negué porque no había nadie en mi casa para recibirme y además quería seguir con mi trabajo. No permitiría que Lucía arruinara mi día, por lo cual me quedé trabajando y conversando con el profesor hasta el final de la clase.

El día siguiente, que era viernes, también decidí ir porque de verdad tenía mucho trabajo atrasado. Ese día me tocaban las clases de Diseño en 3D y Cómic; una vez entré al salón noté que estaba completamente vacío como el día anterior. Al igual que la vez pasada, le pregunté a mi profesor que si me podía quedar, aunque aún estuviera algo indispuesta, a lo que contestó que no había ningún problema. Me puse a trabajar para recuperar el tiempo que había perdido la semana pasada y con eso me distraje.

La queja

De la nada vi que Lucía estaba hablando de nuevo por el grupo de Whatsapp y parecía estar muy enojada. La verdad no sé cómo se enteró que yo estaba en la universidad ese día, pero el caso es que ahora estaba casi que liderando una protesta en mi contra.

Abrí el chat y en efecto vi que estaba muy alterada, diciendo que “esto era el colmo” y que “llamaría a la ESDIP” para poner la queja. Yo, sin saber qué estaba pasando, le dije que le escribiera a la universidad a ver qué le decían. Paralizada, vi cómo me contestaba que estaba llamando por mi porque uno no debería ir a clase cuando está enfermo.

Esa fue la gota que colmó la copa: un montón de mis compañeros comenzaron a escribirme por privado, insultándome y diciéndome muchas cosas que me hicieron sentir muy mal. Decían que no me tapaba la boca y que era un riesgo para todos, aunque ellos mismos me habían visto con una bufanda y yo había dicho varias veces que no tenía Covid. Lo que más me molestó es que Lucía perfectamente pudo haberme confrontado por privado, pero, en lugar de eso, me acusó en el chat público donde todos podían ver, y eso fue muy humillante para mí.

No sabía qué hacer en ese momento, sentía que estaba entrando en pánico. No soy una persona conflictiva, detesto pelear. Hice lo primero que se me vino a la mente: llamé a mi mamá y le conté la situación. Me pidió que le pasara el número de Lucía porque mi hermana quería llamarla para ponerla en su lugar. Un rato después, Lucía volvió a dirigirse a mí por el grupo de Whatsapp. Esta vez me estaba atacando porque mi hermana la había llamado y aparentemente le dijo de todo.

Creo que esto pudo haberlo dicho por privado, pero para mí era claro que su intención era hacerme quedar en ridículo. Si de verdad hubiese estado preocupada por su salud y la de sus amigos, no me habría escrito por el chat público para que todos se pusieran de su lado y me escribieran más cosas hirientes. Era obvio que quería hacerme sentir mal y, sobre todo, hacerme sentir sola y acorralada.

Sí, es ciberacoso

Solo mis profesores se pusieron de mi lado ese día, y hasta el mismo director de la ESDIP estuvo de acuerdo conmigo en que se trataba de una situación de acoso y ciberacoso. Me causa gracia que me estuviera tratando de cobarde, pues fue ella quien borró los mensajes poco después para que no los pudiera usar como prueba en su contra, incluso, si yo ya tenía los pantallazos.

A la fecha, Lucía ya no está en ESDIP, salió hace unos meses. Sin embargo, aún veo clase con esos mismos compañeros que me acorralaron con ella y me hicieron sentir tan mal. Aunque las clases luego fueron remotas, no dejaron de ser incómodas, pues ellos siguieron ignorándome y haciéndome a un lado, inclusive desde la virtualidad.

No creo que los vuelva a ver, pues decidí cuadrar con mis profesores y el director para poder terminar mi carrera remotamente. Me mudé de nuevo a Colombia y debo admitir que ahora estoy mucho más tranquila sabiendo que no tendré que volver a verles las caras. Sí, me toca levantarme a las 3:00 de la mañana para ver algunas de mis clases, pero no volvería a como estaba antes. La salud mental se debe cuidar, ¿no?