Coldplay, una experiencia única 

Coldplay, una experiencia única 

Juan Pablo Rodríguez Torres

Juan Pablo estaba sentado con su buso de Coldplay en la sala de cine del Tesoro y cerró los ojos, viendo la transmisión en vivo del concierto de Argentina y recordó todos los momentos que pasó en el concierto de Coldplay el 16 de septiembre cuando se presentaron en Colombia.

 

 

Todo se remonta al viernes cuando se estaba poniendo el buso negro que mandó a diseñar para el concierto, con un mandala formado por gran parte de los álbumes de Coldplay. Era un diagrama simbólico lleno de colores, planetas e imágenes que en el centro tenía en letra blanca, en mayúscula, el nombre de la banda.

Su madre, Sandra; su padre, Galo; y su hermana Mariana también tenían sus propios busos. Los mandaron a hacer para ir uniformados. Distintos en su diseño y estilo, pero con algo en común: en la parte trasera tenían las letras de Coldplay con una variedad de colores.

Su vuelo desde Medellín era a las 11 de la mañana de ese viernes 16 de septiembre. Se dirigieron al aeropuerto José María Córdoba en su Renault Scala rojo. Allí, los busos se robaron las miradas, tanto que un desconocido se acercó a Sandra:

–Perdona, ¿dónde los conseguiste? Están hermosos.

–Los mandamos a hacer con alguien que conocemos.

El hombre quedó perplejo, con ganas de comprarle uno. En la zona de abordaje, Juan revisó su boleto y vio que tenía el puesto 3A, totalmente alejado de su familia. Subió al avión, se colocó sus audífonos Xiaomi y se sentó en su silla.

Miraba por la ventana mientras grababa el despegue. Cuando el azafato terminó de hablar dijo que “en Viva Air somos fanáticos de la música, así que levanten la mano quienes van al concierto de Coldplay y Dualipa”.

Juan, junto a un gran grupo de personas, alzó la mano. El asistente de cabina se aproximó al dispositivo que se reproducían audios para el vuelo, oprimió un botón y empezó a sonar Sky full of stars. Juan, sorprendido, se bajó el audífono derecho y empezó a disfrutar la canción.

 

La parte difícil

Tenían que estar antes de las 4 de la tarde para hacer fila. Llegaron en taxi a la carrera 30, a la parte donde supuestamente ingresaban quienes tenían boletas de norte alta. Empezaron a caminar y encontraron la fila. Caminaban y caminaban y la hilera no paraba de alargarse, había demasiada gente.

Sandra, Juan y Mariana agilizaron el paso y en sus rostros se empezó a reflejar preocupación y angustia por ver ese montón de personas que no acababa. La fila terminaba en la calle 53b y daba inicio en la carrera 30. La entrada al concierto daba con el Movistar Arena, es decir, era una fila de aproximadamente de 5 a 6 cuadras.

Mientras estaban en la fila, pasaban rostros maquillados, con escarcha en los parpados y pestañas, con camisetas y gorras, en su mayoría de color blanco y negro, alusivas a la banda inglesa.

Después de dos horas se movieron muy poco. Para relajar su ansiedad y controlar el frío, Galo se compró una cajita de aguardiente que compartió con su esposa. La compró en una tienda al frente de la fila que olía a guaro, grasa y masa horneada. Allí, una buena cantidad de policías comían empanada con salsa rosada o limón.

Empezaba a oscurecer. Juan rezaba: “No va a llover”. Los vendedores ambulantes ofrecían busos, camisas, gorras, bebidas, alimentos e impermeables.

Comenzó a oscurecer y Juan y su familia giraron sus cabezas mirando hacia arriba, buscando un cielo lleno de estrellas y se encontraron con uno lleno de nubes negras.

–¿A cómo me deja 4 impermeables? –preguntaron a un vendedor.

–Vea, los 4 impermeables se los dejo en 20.

Galo los compró y se los repartió a la familia.

Pasó el tiempo y empezó a caer una ligera llovizna. Eran las 6:30 y ya, por lo menos, iban más adelante. Estaba oscuro y había gente que se trataba de pasar al otro lado de la acera donde estaba la fila, rompiendo la hilera.

Juan y su hermana percibieron a cuatro mujeres que se veían sospechosas, miraban a quienes estaban haciendo la fila, posiblemente para robar a alguno. Cuando se dieron cuenta que las empezaron a mirar, llegó la Policía y se fueron.

Nadie dijo que era fácil, pero tampoco dijeron que sería tan duro

Al frente de la fila, otra hilera era la continuidad de la que estaban. Avanzaron más y se empezó a generar el desorden y el caos. La fila llegó a un punto en que se unía con otra y formaba un embudo.

En ese punto no había una sola persona de logística y la fila se movía y unos corrían para que otros no se les metieran. Los agentes de policía cumplieron el rol de logística, ya que comenzaba una disputa entre los colados y los que respetaban la cola.

Al otro lado de la reja del estadio El Campín, alguien de logística miraba y discutía con los de la fila que estaban furiosos y reclamaban por el desorden. Ella no daba respuesta a ningún reclamo.

Después, el reclamo fue contra los policías: “¡Ustedes son el orden y la ley, no pueden permitir que esto se salga de las manos!”. La situación empezó a tornarse incómoda y pesada, los de la fila empezaron a empujar, a sacar y a gritarles a los colados. Juan y su familia ya estaban cerca de entrar.

El Campin: un cielo lleno de estrellas

Cuando ingresaron al estadio eran las 8:30 y ya habían iniciado los teloneros Mabiland y la famosa cantante de Cuba, Camila Cabello. El ingreso fue un desastre por el afán y la incertidumbre de coger buenos puestos.

Una vez adentro, alguien estaba encargado de leer las boletas, pero con un artefacto que presentaba fallas, por lo cual cualquiera podía entrar con solo mostrar una entrada y un código QR cualquiera.

Juan y su familia entraron a un portón donde había un tumulto de gente subiendo de izquierda a derecha y viceversa, buscando sus asientos. Hacía rato Juan no veía a nadie de logística. Se incrementaba el volumen de la música, a medida que avanzaban, cuando llegaron a sus puestos.

Estaban en las gradas al frente del escenario y se podía ver dos pantallas grandes de muy alta resolución y a Camila cantando “Así es la vida” junto a sus bailarines. Seguido de esto, en un momento, intentó imitar el acento paisa.

A las 9 estaba estipulado que iniciaría Coldplay, pero tardó. En ese tiempo de espera los fans hicieron de las graderías un espectáculo que empezó por los extremos más cerca del escenario: prendieron las luces de las linternas, formando olas humanas.

Los fans, en su euforia, buscaban que todos hicieran parte de un todo. Se paraban y sentaban. Era un efecto increíble el que se formó entre el público y la espera.

De repente entró un silencio, luego empezó a sonar una melodía y aparecieron los integrantes de la banda en las pantallas, caminando hacia el escenario en blanco y negro.

El público “convirtiéndose en algo hermoso”

El público se enloquecía, al igual que las luces que formaban una melodía única entre todas, generadas por las pulseras que les dieron a todos al ingreso, aunque Juan y su familia no alcanzaron a tenerlas pues se habían agotado.

Sonó la canción Higher power y las luces formaron magia en las muñecas del público: prendían y apagaban luces rojas en un orden fantástico, mientras Chris Martin cantaba.

Después fue Adventure of a lifetime y los fanáticos gritaban la letra de la canción. Las luces en las manos formaron un arcoíris y Chris les empezó a decir a sus seguidores que se agacharan y comenzó a hacer un conteo: 1, 2, 3, 4… Cuando dijo 4, todos saltaron a la par de la canción y las luces explotaron en un color blanco. Se escuchaba el “woohoo” y Chris junto a ellos. Era algo mágico.

Después siguió The Scientist y todos entraron en lágrimas y llanto, cantando la misma letra al unísono.

Con Hym for the weekend el estadio estaba conmovido y alegre gritando hasta que la garganta no diera más. El estadio se tornó de una luz color azul rey con Up&Up, seguido de un momento único: Chris empezó a cantar un tema de reguetón de J Balvin junto a Bad Bunny, La canción, continuando con Paradise, para después llenarse el estadio de un amarillo por la canción Yellow.

Chris invitó al público a saludar a los que estaban atrás de ellos: “Salúdenlos, ven, ahora tenemos nuevos amigos”.

Siguió un tema que no tiene nombre común, sino que es representado por un corazón rojo. En las pantallas mostraban la letra.

Después llegó una melodía que enloquecería al público y llenaría el estadio del clap clap provocado por las palmas de los asistentes, para seguir con el piano de Clocks. En un principio Chris se equivoca, pide disculpas y vuelve e inicia. Un rayo verde envuelve el público y la gente se emociona.

Un final maravilloso

Siguió un remix de Midnight y la canción Something just like this que el grupo usa para acercarse a un grupo de niños mudos con los que Coldplay entona el tema junto a ellos a través del lenguaje de señas.

Antes cantaron My Universe y Sky full of stars. En esta última Chris le pide al público “apaguen las cámaras de teléfonos, nada electrónico, solo su cuerpo, su personalidad y sus corazones. Y vamos a disfrutar a cantar y a bailar juntos”.

E inicia la canción al ritmo de las palmas de las personas. Se apagan y se prenden las luces, cuando llega el momento explosivo con los juegos pirotécnicos.

Chris volvió a cantar para que las personas pudieran grabar el momento único con sus cámaras y teléfonos.

Después, todos los integrantes de la banda cantaron Don´t Panic, cambiando de lugar de escenario para estar más cerca del público general, y luego finalizar con la canción que todos exigían: Fix you. Lo que siguió fue llantos, gritos y cantos.

Coldplay es una experiencia que nunca se podría repetir. Es única desde la llegada hasta el final. Todo fue mágico. Salir es la parte difícil de estos espectáculos que se vuelven inolvidables.

Para cuando todo terminó, los asistentes, y entre los últimos estuvieron Juan y su familia, se pararon a buscar la salida para que las luces tras la fabulosa música los guiaran de nuevo a su hogar.

Una aventura médica en la selva 

Mi padre cargando en sus brazos a las dos hijas de la mujer que le cocinaba en La Chorrera. / Foto cortesía
Una aventura médica en la selva 

Por María José Escobar G.

Durante su año rural, Alejandro Escobar enfrentó situaciones complejas en el corregimiento de La Chorrera. Su historia cuenta la experiencia que vivió en esta zona que lo transformó como médico y como persona al ver sus expectativas chocar con la realidad. 

“Mi primera noche en la selva fue larga. Comenzó muy recién entrado el sol y terminaría en la madrugada con el canto de los gallos… o tal vez era el ruido de un pájaro, un mono aullador o hasta un jaguar”, menciona mi papá, Alejandro Escobar, siempre que recuerda su año rural en La Chorrera, un área de la selva colombiana ubicada en el departamento del Amazonas.

Mi padre, el aventurado estudiante de medicina que hace 27 años decidió realizar su año rural en el Amazonas, hoy en día es cirujano cardiovascular. Una persona arriesgada que eligió este lugar porque soñaba con cambiar el mundo a través de la medicina y transformar el sistema de salud de las comunidades indígenas. Por eso la medicina no solo es su profesión, es su estilo de vida. 

Él quería vivir una experiencia diferente a las que relataban sus antecesores. Su abuelo, quien también era médico, siempre prefirió trabajar en un consultorio tradicional en la ciudad. 

En ese tiempo, La Chorrera contaba con una población de aproximadamente 2.000 habitantes. A los pocos días de su llegada, ya parecía uno más de la comunidad. Andaba descalzo, sin camisa y con lanza en mano. Era un joven delgado, no muy alto y con un pelo largo inconfundible, ya que siempre llevaba atada una pañoleta naranja en su cabeza. 

Chocando con la realidad

 

Antes de llegar, tomó una inducción de 15 días en Leticia, capital de ese departamento. En ese momento recibió sorpresas no muy gratas. Se enteró de todas las incomodidades a las que se iba a enfrentar en su aventura médica en la selva. Al principio, la inducción le pareció muy emocionante, pero al terminarla su primer pensamiento fue: “Hijueputa, ¿en dónde me metí?” 

En un momento, hablando de los equipos médicos, los instructores dijeron: “En todas las periferias funcionan perfecto, excepto en La Chorrera donde son equipos viejos y no han sido cambiados”. Para terminar la amable inducción, mencionaron que “en todas las zonas la población indígena le da buena acogida al blanco y más al personal médico, excepto en La Chorrera donde existe cierto rencor”. 

Después de la bienvenida en Leticia había que caminar un largo trayecto desde el aeropuerto para llegar al hospital. Además, era necesario cruzar el río Igara Paraná. Este es de unos 15 metros de ancho y es muy profundo. Se puede flotar sin tocar el piso. Justo donde quedaba el centro de salud y el colegio caía un chorro supremamente grande. Por esto, el corregimiento se llama La Chorrera. 

Su equipaje eran dos maletas y una caja con libros de medicina. En una iba una pequeña cantidad de ropa y en la otra, que era el sobrecupo, iban en promedio diez santos a los cuales lo encomendaron su madre y su abuela. El día de su llegada, se montó en una pequeña canoa. Iván Remuy, el enfermero, dio la orden de arranque.  

No obstante, el “paisano” dijo: “No. Todavía no se puede. Hay que esperar más gente”.  Mi papá dirigió su mirada hacia el equipaje que estaba a punto de caer al agua. Pensaba: “Solo falta que a alguien más le dé por viajar con santos”. 

En ese entonces, el “Chorrera Memorial Hospital” era una pequeña casa de color blanco con café. Era mitad material y mitad madera. Allí, los médicos tenían una barba descuidada de varios meses de no ver una Gillette occidental, y las enfermeras eran brillantes y pegajosas de la cantidad de aceite que se aplicaban en la piel para evitar los insectos.  

El nuevo médico de La Chorrera en el lugar que sería su habitación por un año. / Foto cortesía
Un parto acelerado

Mi padre aún recuerda historias personales de algunos pacientes, como la de Néstor Alejando, quien después de un trágico nacimiento se convirtió en su ahijado y a quien le pusieron su nombre. Un sábado, a las 4:30 de la mañana, tocaron la puerta del hospital. Era “un hombre de mediana estatura, contextura media y de facciones finas, pero con el rostro curtido por el sol y la selva”. 

El hombre le dijo: “Mi señora lleva 24 horas en trabajo de parto y no ha podido dar a luz”. Mi padre cogió su equipaje y ambos se dirigieron a la casa donde se encontraba la “comadre”. Como es natural en las indígenas, ella estaba atendiendo sola su propio parto. 

–¡Ayúdeme doctor! No soporto más –dijo la mujer. 

–Usted no ha roto la fuente y el bebé no ha descendido –respondió mi padre–. Camine hasta el hospital para atenderla allá. Estamos a más o menos 3 cuadras. La caminada puede ayudar con el descenso del niño. 

Cuando llegaron al centro médico, Alejandro calculó que se podía demorar otra hora. Mientras tanto, se fue a desayunar. Sin embargo, no contaba con el acelerado trabajo de parto que tienen las mujeres indígenas. En el momento en que estaba saliendo del hospital a comer algo, el bebé también estaba saliendo por las piernas de la mujer e iba directo hacia el piso. 

Por fortuna, el esposo de la mujer estaba a su lado y logó atraparlo en el aire. Con las manos temblorosas del susto, mi padre examinó al niño. Estaba en excelentes condiciones y pudo salir del hospital ese mismo día. En el centro de salud estuvieron pendientes de él hasta que cumplió 8 meses y todo su desarrollo fue normal. Hoy en día, Néstor Alejandro debe tener unos 27 años de vida. 

Entrada del Hospital Local de Puerto Arica “Diego Alexis Sierra”. / Foto cortesía
El secreto que solo Dios conoce

Una de las situaciones más difíciles que tuvo que vivir fue cuando una institución educativa quería vincular a su personal al Seguro Social, lo que hoy en día son las Instituciones Prestadoras de Servicios de Salud (IPS).   

El rector del colegio, por ejemplo, fue el único positivo para la serología, examen para el diagnóstico de sífilis. Durante varios días mi papá pensó en las mil formas en que se podía abordar el tema. Recuerda el día de la entrega de los resultados como “una de las tardes más calientes de mi estancia. El sol entraba por la ventana con un poniente que me golpeaba el rostro por el cual caían gotas de sudor”.  

–Bueno, todos los resultados están muy bien, pero hay uno en particular que tiene alteraciones. Se trata del examen de sífilis –expresó mi papá. 

–La verdad, sí tuve un “enredito” hace un tiempo –dijo el hombre en forma muy sincera.  

Por esto, se colocó la dosis inicial de un medicamento que debía volver a ponerse en 8 y en 15 días. 

Volvió muy cumplido para la segunda dosis, pero para la tercera se le presentó un viaje al Caquetá. Mi papá le suministró el medicamento para aplicárselo durante el viaje. Como todos allá eran tan curiosos, lo instruyó para defenderse si le preguntaban sobre porqué una dosis tan alta. Le dijo que, si alguien lo cuestionaba, respondiera que era por una “amigdalitis recurrente”. 

Cuando el rector regresó de su viaje, visitó a mi papá y le dijo: “Alejo, usted es famoso en el Caquetá”. Cuando le iban a aplicar la inyección, la enfermera le hizo la temible pregunta. Él contestó que la alta dosis era para “una amigdalitis reflexiva”. La mujer no pudo controlar su risa y llamó a varios doctores para que escucharan el diagnóstico que le había hecho el médico de La Chorrera. 

Esta historia tuvo un desenlace feliz. Mi papá cree que de todas las personas que ha conocido, es una de las más humanas y sinceras. Tiene todos los conocimientos para ejercer su labor, pero acompañados por el sentimiento de una persona de carne y hueso. Sin embargo, hasta el día de hoy, no sabe si su verdad ya salió a la luz o si es un secreto que solo Dios conoce. 

Los ocho kilómetros al infierno

Un día triste, gris y con olor a muerte, mi padre se encontraba estudiando en su oficina luego de una consulta médica en la mañana. Estaba lloviendo extremadamente duro. Eran alrededor de las doce del mediodía cuando entró un hombre al hospital: 

–¡Doctor, rápido que se muere, rápido! –dijo el “paisano” mojado por la lluvia. 

–¿Qué pasó? –le preguntó mi padre con calma. 

–La mujer de uno de los promotores de salud tiene 7 meses de embarazo y está vomitando sangre. 

–Es mejor traer a la paciente al hospital. Aquí contamos con más recursos para hacer lo que sea necesario. 

–El problema es que la señora está en una vereda que se llama El Kilómetro 8. 

Luego de una hora de camino lograron llegar. Ella, de 18 años, estaba en una hamaca rodeada por toda la familia rezando. Su pequeña hija de dos años le tomaba la mano. 

Era necesario trasladarla al hospital para hacer una cesárea porque el bebé seguía vivo. Decidieron colgar la hamaca en un palo y llevarla entre dos hombres, con un tercero que relevaba al que estuviera cansado.  

Los hombres se llenaron la boca con mambe para emprender el camino que duró tres horas. El mambe es un polvillo que se hace triturando y cerniendo hojas de coca tostadas mezcladas con la ceniza de hojas de yarumo. Los indígenas de casi todas las regiones de Colombia lo consumen por un tema religioso. Según ellos, es una manera de comunicarse con sus ancestros. Sin embargo, también sirve para evitar el sueño y el hambre. 

El cruce de los puentes era muy complejo. Estos eran de un solo tronco resbaladizo y lamoso. Algunos estaban completamente cubiertos por agua del torrencial aguacero que estaba cayendo. Los pies del médico se empezaron a ampollar en diferentes partes. La carne ardía cada vez más. 

Quince minutos antes de llegar, mi padre se adelantó para alertar al personal y tener todo listo para una intervención quirúrgica urgente. Corrió como nunca en la vida lo había hecho. Todavía no entiende de dónde sacó la fuerza porque sus piernas ya no respondían. Cuando la paciente llegó, mi papá vio en su rostro una mirada fría e insostenible al dejar este mundo. 

Realizó una cesárea urgente en la mitad de la entrada del hospital. Él bebé no respondía. Todos permanecieron quietos y en silencio con la mirada perdida en el infinito. Luego de cerrar a la paciente, lavaron su cara y su abdomen, y la colocaron en una cama con su pequeño feto en los brazos. Tenía una apariencia tranquila. 

Al día siguiente, mi padre fue al entierro. Se sentía mal. Muy mal. El cacique de la comunidad le ofreció su coca en sentido de amistad y agradecimiento. Al final, la familia lo ayudó a entender sus limitaciones y a comprender que lo que sucedió no fue culpa suya. Se dio cuenta de lo insignificantes que somos. Nacemos, y cuando morimos el mundo sigue igual, como si no hubiera pasado nada. 

Alejandro Escobar en una larga caminata para ir desde La Chorrera a una vereda lejos de allí. / Foto cortesía
La protesta de despedida

Alejandro llegó a La Chorrera con muchos ideales. Soñaba con transformar la cultura de estas personas. Pensaba que con sus conocimientos en salud por sus estudios universitarios podía cambiar el mundo. Sin embargo, allá la gente tenía una cultura y un estilo de vida muy estructurado. No querían cambiar. 

Como era la única persona buscando romper esa barrera, nadie lo ayudaba a remar. Era muy difícil demostrarles a los indígenas algo en lo que no creían. Una vez, ante la escasez de alimentos, mi papá intentó hacer un criadero de dantas. Estos son animales de la selva que pueden ser criados en corrales y pueden suministrar una buena cantidad de carne. 

No obstante, todos se empeñaron en que a ellos no les gustaba la carne si no era cazada por sus propias manos en la selva. Hasta ahí llegó la idea. Hubo otro episodio en que estaban tirando todas las basuras a las calles del corregimiento. A nadie le importaba. Mi papá propuso una jornada de recolección de basuras para llevarlas a un relleno sanitario que él mismo pensaba construir. 

Allá no había alcalde ni policías, pero existía una persona que ejercía como corregidor. En ese momento, tenía dos presos en un cuarto de aislamiento. Mi padre aprovechó y pidió la ayuda de los dos hombres para cavar el hueco del relleno sanitario. Nadie más estuvo dispuesto a ayudarlo. Terminó recogiendo las basuras él solo. 

Después hubo un problema con un enfermero del hospital. Tuvieron a una señora aislada por malaria. A este tipo de pacientes les ponían unos anjeos para evitar que los picaran los moscos. Esa noche, el enfermero llegó borracho y se acostó en la cama con la señora. Mi papá se enojó, lo echó del hospital y puso la queja en Leticia.  

De ahí en adelante, surgió un odio del enfermero hacia él. Incluso, le decía: “Doctor, mucho cuidado por la selva. Usted corre mucho por ahí y existen muchos riesgos”. Por eso, mi padre dejó de hacer muchas cosas que disfrutaba, como salir a trotar a altas horas de la noche para ir a mambear y a conversar con los caciques de otras veredas. Entonces, resolvió quedarse en el colegio a leer y a conversar sobre temas profundos y filosóficos. 

 

Más conflictos

Un día, agotado de todo el conflicto, Alejandro citó a la población a una reunión porque no pensaba marcharse con todo lo que tenía adentro. Quería discutir y mejorar muchas cosas, pero la población era muy difícil. 

Les dijo que La Chorrera era uno de esos sitios donde “todo el mundo se fijaba en la astilla que tenía el ojo del vecino, sin darse cuenta del madero que tenía el ojo propio”. Él realizó la reunión para limpiar los ojos y oídos de aquellos que los tuvieran sucios. 

La población le hizo muchos reclamos que no le correspondían a él y para los cuales no tenía ninguna explicación. Finalmente, mi padre les dio a entender que él había dejado su casa, sus costumbres y sus seres queridos para estar con ellos, dispuesto a ayudarles las 24 horas del día, y que lo único que estaba recibiendo de ellos eran ofensas. La despedida fue triste, pero no tenía más remedio que ese. 

Hoy en día, La Chorrera es completamente igual. Mi papá ha buscado y ha visto videos. No ha cambiado nada en estos 27 años. No ha vuelto al lugar. Le impresiona lo difícil que es viajar al corregimiento porque no se puede hacer turismo sin un permiso especial de los indígenas. A pesar de esto, le encantaría volver algún día. 

El médico en la noche mambeando con los indígenas en una maloca, centro donde se reúne la población para diferentes eventos. Estos frecuentes encuentros eran hasta la 1 o las 2 de la madrugada. / Foto cortesía
Enseñanzas para la vida

Mi papá se fue completamente defraudado de la población indígena. Pero piensa que esta generación no tiene por qué pagar por las cosas que hicieron las generaciones pasadas. No está de acuerdo con que haya que sufrir indefinidamente las consecuencias de los ancestros.  

El año rural en la selva fue una experiencia dura. Siempre ha sido una persona muy afortunada y no le ha faltado nada en la vida. Allá le tocó aguantar hambre, frío y mucho sueño. Le tocó enfrentarse a muchos conflictos con la población que lo ayudaron a fortalecerse y a prepararse para todos los inconvenientes que iba a tener de ahí en adelante.  

Cuando está pasando por un momento difícil, le gusta recordar lo que vivió allá para darse cuenta de que el sí es capaz de salir adelante y superar los pequeños obstáculos del camino. Dice que fue una experiencia muy bonita, pero en la que no pudo cumplir las metas que tenía de cambiar el sistema de salud de esta población.  

Kuaile: un pedazo de cielo en la tierra

Kuaile: un pedazo de cielo en la tierra

Por: María José Escobar

Ana María Villegas es la creadora de Kuaile, una academia de danza aérea en Medellín. Esta escuela es el vínculo entre sus dos pasiones: la danza y la psicología. Para Ana, el vuelo es vida y sanación para el alma.



Imagen: cortesía de Instagram @kuailedanza_aerea

Imagen: cortesía de Instagram @kuailedanza_aerea


Y, cuando pensé haberlo visto todo, descubrí un pedazo de cielo en la tierra. Es aquella casa en la que siempre está Ana María Villegas, fundadora de Kuaile, la academia de danza aérea sobre tela, aro, aeroyoga y bungee fitness. Tengo una conexión especial con los artistas, la última vez que hablé con uno todo salió perfecto. 

Cuando salgo de mi casa, me doy cuenta de que el lugar que busco queda a menos de tres minutos caminando. Después de andar hasta mi destino sin perderme veo un letrero con el nombre de Ananda, el centro de bienestar donde queda Kuaile, la academia de telas. Son las diez de la mañana, voy muy puntual. Veo un parqueadero lleno de carros frente a la casa, supongo que están allí dentro. Me dirijo a la puerta principal y me acerco a dos señoras que parecen ser muy amables.

    ¿Aquí es Kuaile? –pregunto.

     ¿Qué cosa? –me responde una de ellas.

    – Pues, las telas.

    ¡Ahhhh! Sí, adelante.

Ahí mismo, cruzando el portal, queda el primer salón. Al lado, el segundo. Aquella mujer que está recogiendo todo es ella. Me quedo parada mirando hacia arriba. Ese cielo me deleita con sus telas de todos los colores y con su aspecto suave y brillante. Parecen recién compradas, aunque deben oler al sudor de todas sus bailarinas. En el primer salón veo todas las telas atadas juntas en un nudo multicolor. No es un cielo, pero es un lugar donde vas a volar.

Las telas cuelgan desde unas vigas en el techo. Las hay moradas, rosadas, rojas, amarillas y verdes. Al frente de un tapete de yoga hay un pequeño jardín con flores, piedras, luces y plantas. Las ventanas de cristal permiten que las alumnas sientan en su piel el calor de la luz del día. Todo irradia la paz y la tranquilidad de esta academia. Es una casa muy acogedora.

Mi reloj marca las 10:15 a.m. Ana está lista. Me da un enorme abrazo y yo se lo devuelvo. Termina de recoger las colchonetas que están en el suelo tras la clase que acaba de finalizar y se despide con amor de todas sus estudiantes. Su alegría y disposición me animan mucho. Mientras termina de arreglar todo, la miro: es una mujer delgada y no muy alta. Viste unos leggins y una camiseta deportiva negra. En sus ojos refleja calma y felicidad. Es serenidad pura.

Inicio al vuelo

Ana nació en Medellín. Es psicóloga de formación y le ha gustado siempre explorar las terapias alternativas, que son diferentes a las terapias que le ofrece su profesión. En medio de esa exploración encontró la danzaterapia, una experiencia a través de la utilización psicoterapéutica del movimiento con el fin de integrar el lado físico y emocional de un individuo. De ahí viajó hacia Argentina para especializarse e impulsar su idea. A la danza aérea llegó justamente, estudiando este tema.

Kuaile se creó en marzo de 2011. Sin embargo, la idea ya estaba fijada desde diciembre de 2010 cuando vivía en Argentina. Allá, Ana y su hermana vieron a unas personas haciendo danza aérea en un parque y se enamoraron de este deporte. Su hermana creó la academia cuando llegó a Medellín y Ana le prometió que “cuando yo llegue de Argentina la tomo. La hacemos juntas”.

No obstante, cuando Ana volvió a Colombia su hermana ya no quería seguir con la academia. “Quédese usted con ella”, le dijo. Ella aceptó y comenzó con Kuaile. Esta escuela empezó en un parqueadero del Centro Comercial Vizcaya, cuando este era aún muy desconocido. El lugar era oscuro, no había aire, caía todo el hollín de los carros y los pies de las alumnas terminaban negros. Sin embargo, eran felices porque el espacio era perfecto para practicar este deporte.

Lograron trasladarse para el tercer piso en el mismo Vizcaya, un lugar más limpio. Pero, un tiempo después, el centro comercial decidió hacer algunas remodelaciones, por lo que les pidieron desocupar este lugar. También estuvieron en una casa en Manila. Ana se fue a caminar por todo El Poblado en su búsqueda, porque siempre había querido que la escuela quedara en este sector. Acondicionaron el sitio para montar la academia y lograron construir un techo a doce metros de altura. 

Lastimosamente, en mayo de 2020 tuvieron que cerrar la sede por la pandemia. Kuaile no se dio por vencido y comenzó una nueva etapa en San Lucas, en la que ahora tienen dos salones. Como academia, Kuaile fue la primera en Medellín en su especialidad. De ahí en adelante ha ido creciendo este deporte y manifestación artística en la ciudad.

En lo más profundo del cielo

Para Ana María, la danza aérea es la integración de su mamá y su papá. Ella amaba el arte y él era piloto. Esta academia la hizo para honrarlos, para que su memoria siga. Además, este deporte se ha convertido en su vida. Es una totalidad de lo que es esta mujer y de la historia que hay detrás de ella.

Se levanta y va al gimnasio tres veces a la semana, ama el deporte y, así tenga cuatro o cinco clases diarias, nunca abandona su gimnasio. Luego va a Kuaile a ofrecer una o dos clases en la mañana. Después se va para su casa a descansar y a hacer trabajo administrativo. Finalmente, vuelve a la escuela si le toca clase, pero tiene un equipo de trabajo muy completo que se encarga de dar las clases de la tarde para ella ocuparse de los costos.

El punto fuerte de esta academia radica en la integración del lado físico con lo emocional y mental. Allí no se le juzga el proceso a nadie. Ni la ropa que tiene ni el carro en el que va, o si no va en carro. Incluso, el uniforme es una trusa negra. También tienen muy claro la forma de trabajar y de respetarse entre todos. 

La entrevista duró media hora como estaba previsto, pues el salón se vació completamente cuando se acabó la clase. Ana me trató como a una reina. Estaba muy agradecida conmigo por haberla contactado para la entrevista. Me dijo que “tan hermosa vos, que nos tuviste en cuenta para este trabajo. Muchas gracias”. Todo el tiempo me llamó por mi nombre. Y es que, en realidad, ella sabía quién era yo: fui su alumna hace muchos años. Desde que empezaron en el sótano de Vizcaya, hasta que se mudaron a la casa en Manila.

Debajo de sus alas

A veces se ponía emocional con alguna pregunta que le parecía bonita o que no sabía cómo empezar a responder. Entonces me lo expresaba. Yo la entendía perfectamente. 

       Ana, ¿que significa el logo de Kuaile?

    ¡Ay, que pregunta tan linda! Kuaile significa alegría en mandarín. Es la energía de todas las personas que han pasado por la academia y que me han llenado mi corazón. Además, mi fuerte es el verde esmeralda, el color del chacra del corazón. Este nuevo logo es una foto de una alumna haciendo una figura que se llama “La K” de Kuaile. Al rededor y en el centro tiene un corazón verde que es lo que irradian todas las personas que pasan por acá.

      ¿Cuál es tu máxima aspiración con Kuaile

     Uy, es muy charro, porque obviamente mi aspiración es que la academia siga creciendo y teniendo mucha vida, pero la verdadera aspiración es que siempre las alumnas sean felices. Mi aspiración es que el proceso que viven acá sea coherente con lo que hacen afuera. Que sean capaces de enfrentar la vida de la manera en que lo hacen acá: enredándose y aprendiéndose a desenredar. Y que salgan a bailarse la vida.

      ¿Este negocio es rentable?

    Sí. Al principio fue muy duro, yo estuve a punto de cerrar la academia. Fueron cinco años en que yo pagaba el arriendo y les pagaba a los profes, y a mí me quedaban cuatrocientos mil pesos. Cuando empecé a tener mucho orden y mucha perseverancia fue que logré volverlo rentable.

       ¿Qué clase de música les gusta poner durante las clases?

      Depende del grupo. A las grandes les gusta algo más suave tipo Julieta Venegas o de ese pop que nos gusta ya a las mayores. A las niñas les gusta lo de TikTok. En algunas clases calentamos con música afro y, si están muy necias, les pongo música clásica para que se calmen.

      ¿Alguna vez has pensado en dejar la danza aérea?

    Lo pensé cuando estuvimos a punto de quebrar. Afortunadamente, en una meditación muy profunda, me di cuenta de que no era capaz y que todavía había mucha vida. Me organicé ya como negocio y lo logré. De resto, yo puedo estar lesionada y aun así no soy capaz de dejarlo. De pronto en unos años que ya tenga cincuenta y pico…

Mi reloj anuncia las 10:45 a.m. Paro la grabación y me levanto para despedirme de Ana con un abrazo. Le agradezco por haberme dado un espacio de su tiempo y le demuestro mi admiración por todo lo que ha logrado. Estoy segura de que, sin su perseverancia, Ana María Villegas no habría logrado construir Kuaile, un pedazo de cielo en la tierra.

A través de los ojos de una investigadora criminal 

A través de los ojos de una investigadora criminal 

Juan Pablo Rodríguez Torres

Entre crespos, piel morena, una mirada intrigante y la oralidad de una persona ya muy experimentada y adulta, está Catalina, una joven de 19 años que en sus planes tiene como objetivo revelar un total de 150 criminales y que tiene 100 ya desarrollados, sumando que a través de su experiencia nos cuenta cómo es la mirada de un investigador criminal. 

 

Yo estoy haciendo una investigación y es un proyecto que he estado realizando y que me gusta mucho. Desde muy joven me ha llamado bastante la atención la mente de las personas en general. Comencé a mirar información y me encontré con los asesinos seriales, los empecé a estudiar y mi profesora de criminología, al conocer mi pasión por los criminales, me ayudó y asesoró en el proyecto. 

Consiste en una iniciativa llamada El Paredón del Criminal, en la que nosotros nos vamos a encargar de contar historias de criminales, aclimatizándolas al ambiente universitario. Hay unos que obviamente son muy famosos, por mencionar algunos: Pogo el payaso asesino, Andréi Románovich Chikatilo, El carnicero de Rostov. Hasta ahora llevo un total de 120 criminales en mente y 100 ya profundizados. 

Cuando las voy a contar, empiezo con los hechos. Por ejemplo, que encontraron 27 restos óseos debajo del piso de una casa en Estados Unidos y que con las investigaciones se dieron cuenta de que era la casa de John Wayne Gacy, quien era conocido como Pogo el payaso. Después de eso les digo:  

–Pero, ¿saben por qué se dice que él pudo haber hecho lo que hizo? 

Y me remonto a la infancia y les cuento qué pasó en su niñez, cómo era su padre, si era abusivo o no o si fue alcohólico. Les digo quién era esa persona, es decir, los contextualizo de quién realmente era. 

 

Mi línea narrativa suele ser comenzar con los hechos, que a veces es lo que resulta ser más llamativo. Contando qué fue lo que pasó, qué fue lo que encontraron. Lo hago como si de una narración de cuentos se tratara y después los llevo hacia atrás en el tiempo.

Hace poco hicimos un evento en la Universidad que llamamos Noche de Luna y Criminología, en la que contamos estas historias. Nuestro plan es hacerlo en cada fecha importante. El día de la mujer, por ejemplo, se haría el evento, pero el centro serían mujeres criminales, asesinas o estafadoras. 

A través del azar y gustos, encontró su pasión

Mi nombre es Catalina Ledesma Ibarra y soy estudiante de sexto semestre del programa profesional en Investigación Criminal en la Facultad de Derecho de la Universidad de Medellín. Inicié la universidad en enero del 2019.  

Sin embargo, llegué a la carrera por cosas del azar, yo no la conocía y no tenía conocimiento de que esto se pudiera estudiar y menos que la dieran aquí en Colombia. Todo sucedió a través de Universidad Puertas Abiertas, un evento en el que estuve con el colegio. Allí di mis datos en el stand de Investigación Criminal y tiempo después me llamaron a preguntarme si quería saber un poco más de la carrera y conocer el campus. 

Y yo no me negué, ya que también en esta Universidad tengo una prima que es profesora de Derecho. Ella me recibió y me relacionó con quien entonces era el director del programa y me enseñaron todo. Me hablaron de la carrera y me enamoré. 

Además, tiene un campo de acción muy amplio. Puedo salir a trabajar en Medicina Legal en la parte de necropsias ayudando al médico, o puedo ser parte del laboratorio de química de la Fiscalía o de Medicina Legal; puedo trabajar en física, balística, grafología. No es simplemente como que te gradúas y vas a terminar en Medicina Legal, no. Puedo terminar en la Fiscalía, en el CTI, puedo trabajar en la Policía o en la Procuraduría. 

Me he dado cuenta de que no me voy tanto por el trabajo de campo ni de balística, sino con una línea de estudio más centrada hacia la psicología. Me apasiona lo que son la criminología, la victimología, el interrogatorio, el contrainterrogatorio, que todo esto tiene que ver con la oralidad, saber preguntar, para tener esas respuestas que se necesitan. 

Lo que más me llamó la atención era el tipo de laboratorios que tiene la carrera, ya que poseemos un laboratorio a campo abierto, que es el campo minado, tenemos también de terrorismo, de genética y de anatomía. Al principio me llamaban mucho la atención todas las posibilidades que tengo de frente. 

Muchas personas se me han acercado inquietas con una gran confusión que se genera a raíz de lo que hacemos. 

–¿Tu carrera es como ser detective? 

Las personas del común comparan la criminología con la criminalística o la investigación criminal y suponen que todo es lo mismo. En realidad, son tres cosas distintas.

La criminología es el estudio del sujeto, en el caso del victimario, y estudiar su entorno, su infancia, entre otros... La criminalística está relacionada con el estudio de la obra, el recoger las evidencias y analizar qué fue lo que sucedió. La investigación criminal se encarga y va más mancomunada con el Derecho y con los abogados, se encarga de preparar el programa metodológico, que esto nos va a ayudar a mostrar la investigación, poder llevarlo a juicio y sustentar por qué hizo lo que hizo. 

Entre investigaciones e hipótesis

La investigación es un proceso muy extenso, como poco se cree en realidad. Todo empieza con la noticia criminal, aquella que se crea cuando se da a conocer una conducta punible. Un ejemplo es cuando llaman a la Policía en un CAI a decir “miren, pasó esto, encontré esto aquí”. Así empieza toda la investigación, se va al lugar de los hechos y se analizan las evidencias que se encuentra al principio. Uno no puede llegar y simplemente ir a recoger lo que vio. No.  

Uno tiene que analizar la escena, su entorno, en dónde está ubicada y, a partir de esto, uno empieza a plantear las hipótesis de cómo pudo haber pasado lo que pasó.

Las hipótesis nosotros las formulamos, porque son teorías, bien sea que pasen o no. Nosotros no podemos quedarnos con la primera versión, debemos indagar. Tomemos el caso de un asesinato en el que hubo un vehículo involucrado. La primera teoría puede ser un accidente de tránsito: la persona iba cruzando, el carro no lo vio, posteriormente lo atropelló y la persona falleció por sus heridas. Puede haber otra causal que puede ser la de suicidio: la persona se le arrojó al auto, para lograr su cometido. Y una tercera que es intencional: la persona del auto vio al otro sujeto cruzando y dijo “lo voy a hacer, porque tengo odio hacia esa persona”. 

Nosotros siempre debemos tener más de una hipótesis y las vamos creando a medida que vamos consiguiendo la información, y leyéndola es que empezamos a descartarlas. Vamos a retomar el caso del automóvil. Nosotros logramos encontrar que la víctima y el victimario no tienen ninguna relación y no hay ninguna cercanía entre ellos. A partir de esto podríamos descartar que fuera algo intencional. Tenemos otras dos hipótesis: la persona, que en ese momento ya sería el occiso, no dejó algún indicio de querer suicidarse, no era una persona depresiva, iba para su trabajo, iba para algún encuentro importante. Si no dejó ningún indicio de que de pronto su decisión era arrojarse al carro, descartamos otra. Ya, entonces, nos quedaría la del accidente de tránsito y nos enfocamos en como demostrar esa hipótesis. Pasa de ser hipótesis a ser una teoría del caso. 

Es decir que la investigación empieza desde que uno está en la escena de los hechos. Posteriormente, se llega a la etapa de la fijación. Es dejar el registro de lo que uno vio y lo que uno encontró en el lugar, cosa que es muy importante para el proceso. Tomamos fotos a todo el ambiente y a la escena, después de acordonar y poner los indicadores. Esa es otra fijación. Los indicadores son aquello que nosotros le colocamos a las evidencias. Usamos la topografía, que consiste en hacer un plano de donde está la escena, cómo fue y cómo está ubicada. 

Después hacemos lo que es la recolección y el embalaje, que es la manera en la que nosotros salvaguardamos las evidencias. Hay embalaje diferente para cada tipo de evidencia, no podemos embalar de una misma forma un arma de fuego a como podemos embalar un lago hemático. De ahí pasa algo que se llama rotular, que es ponerle un número a cada evidencia para que, por ejemplo, si nosotros la vamos a mandar posteriormente el análisis a Medicina Legal, que allá sepan de qué caso se trata y qué evidencia es. Esta después nos va a ayudar a ver si la podemos llevar a juicio. 

A pesar de esto, siempre he dicho y siempre me voy a poner firme en que he visto tantas inconsistencias en tantas investigaciones que he podido presenciar y sufrir lo que es la injusticia. Estamos en un país donde la impunidad es muy alta y siempre digo “esto es lo que yo quiero, la justicia. Yo lucho por ella y es lo que a mí me mueve. 

Vivir a orillas de La Iguaná: los estragos que deja la creciente

Vivir a orillas de La Iguaná: los estragos que deja la creciente

Valeria Jaramillo

Con el incremento de las lluvias en Medellín, los habitantes del barrio El Pesebre enfrentan la tenacidad de la quebrada La Iguaná. Deslizamientos, inundaciones y evacuaciones hacen parte de sus padecimientos. La comunidad vive con la angustia de saber que cada noche que pasa podría ser la última en sus viviendas.

La mañana del lunes 16 de mayo fue la última vez que Tarcisio Agudelo despertó en su casa. Se levantó temprano, a eso de las 8:30 a.m. cuando empezó a notar que algo extraño ocurría: en las paredes se formaban grietas que en cuestión de segundos duplicaban su tamaño y producían un ruido de chasquido que advertía lo que estaría a punto de pasar.

Tarcisio reaccionó en seguida. Empacó algunas cosas de valor y las llevó rápidamente donde su hija, que vivía a unas cuantas casas de la suya. Decidido a no abandonar sus bienes, regresó nuevamente a la vivienda, exactamente al segundo piso. Intentó sacar otros enseres, pero la arena del techo comenzó a caerle encima.

La tragedia era inevitable: Tarcisio alcanzó a salir con vida para presenciar cómo el que había sido su hogar por 33 años, se derrumbaba ante él.

Ese día en el barrio El Pesebre, ubicado en la Comuna 13 de Medellín, se desmoronaron tres locales junto con la casa de Tarcisio. Las fuertes lluvias que sacuden la ciudad hicieron que una creciente de la quebrada la Iguaná socavara la ladera de la montaña, provocando el deslizamiento que acabó con las estructuras de cemento.

A doce días de lo sucedido, en el lugar se mantienen algunos escombros que dejan rastros del desastre. Las escaleras que conducían al segundo piso de la vivienda, al igual que dos macetas, son quizás lo único en pie. Abajo de la montaña, en los límites de la quebrada, la comunidad se las arregló para levantar un alto camino de rocas y arena que simulara un muro y, así, evitar otra calamidad.

La quebrada que los acecha

La Iguaná es un extenso afluente que nace en el corregimiento de San Cristóbal y atraviesa las zonas de San JavierRobledo y Laureles – Estadio. Con la presencia de las lluvias, el agua crece a niveles que llegan hasta las viviendas aledañas. Un aguacero puede provocar fácilmente inundaciones, deslizamientos, evacuaciones y el desplome de viviendas; cada que se presenta uno sucede una emergencia. Con el invierno la frecuencia en que puede subirse la quebrada es un día de por medio.

Una noche de lluvia, que para muchos es equivalente a un sueño placentero, para los habitantes cercanos a la Iguaná significa una noche en vela, de intranquilidad y temor de que todo lo que han construido durante años y con mucho esfuerzo, se lo lleve la corriente en segundos.

El paisaje que se observa desde el punto de lo ocurrido en El Pesebre es desolador: ruinas, lodo, abandono, una quebrada amenazante y una comunidad en riesgo. La mayoría de las casas que están cerca de la orilla fueron desalojadas, están completamente inhabitadas, aunque permanecen algunos enseres.

Desde antes del deslizamiento, el Departamento Administrativo de Gestión de Riesgo de Desastres (Dagrd) había llegado al sector a evacuar a las casas en peligro. Pero la evacuación no es tan sencilla, porque además del apego que impide que las personas abandonen sus hogares, hay ineficiencias estatales que dificultan el proceso.

Tarcisio Agudelo aún no ha sido reubicado. Se está hospedando en la casa de su hija que, de hecho, también vive cerca a la quebrada. Una de las pocas garantías que le ofrece la Alcaldía es pagarle un arriendo que, según él, es incierto, puesto que asegura que una vez los valores de los arriendos superen lo que costaba su vivienda, no recibirá más ayuda. Por el momento está a la espera de una reunión con los organismos que le permitan darle solución a su situación.

Una comunidad que resiste

La cera donde hubo el desplome, a la altura de la calle 59ª#80ª, es una pendiente donde se ubican pequeñas casas que yacen una al lado de la otra en ambos extremos de la calle. Juntas conforman un camino angosto, desde donde puede verse la quebrada pasar de frente mientras los niños y las mascotas juegan afuera de sus casas, las motos transitan, y el comercio funciona con normalidad. También hay espacio para la música: un joven afro toca una guitarra y canta sonriente en una esquina.

El día que recorrí el sector estaba soleado, pero aun así llevé una chaqueta. El clima en Medellín es tan voluble que pasamos de un sol ardiente a una lluvia torrencial en la misma tarde. Diversos factores se unen: los cambios en la precipitación, la topografía de la ciudad, los fenómenos como La Niña y hasta el cambio climático inciden.

Por lo pronto, las personas que habitan el sector están más tranquilos desde la construcción del improvisado muro de contención de rocas y arena.

En esta calle habita la señora María Oliva, una adulta mayor. A su casa suelen llegar a refugiarse algunos vecinos cuando el torrente de agua crece. Lleva 34 años viviendo allí, y a pesar de que el Dagrd la ha visitado varias veces para pedirle que evacúe, ella se niega. “Yo voy a ver si me quedo. Usted sabe que lo que es de uno, uno no quiere dejarlo”, dice.

Recuerda que el día de la tragedia el cuerpo de bomberos la sacó de su vivienda mientras se controlaba lo ocurrido. Sin embargo, al momento ella regresó segura de no volver a salir de su casa. Incluso, firmó unos papeles que dejaran constancia que su decisión había sido no desalojar, pese al riesgo. Con ella está viviendo doña Luz, una mujer que vivía en una de las casas más cercanas a la quebrada.

Doña Luz pasa sus días de inundación en inundación. Cada vez que llueve sus enseres y hasta su vida corren peligro. Pero ella tampoco piensa irse: está pensando en subir el piso de su vivienda para evitar que el agua entre, o por lo menos en menor medida. Aunque tuvo una conversación con un ingeniero que no le dio esperanzas.

La culpa humana en el desastre

Pero…¿Qué ha llevado a que la Iguaná genere tantos estragos?

Una de las principales razones fue el desvío que sufrió el afluente con la construcción de la vía que da acceso al Túnel de Occidente, hace unos siete años. También, la urbanización próxima a los caudales, incluso la presencia de viviendas a la orilla, hacen que estos no tengan espacio suficiente para la contención. Además, hay otros factores externos asociados a la acumulación de residuos en los sumideros y el cambio climático.

Lo que sucede en las comunidades cercanas a la Iguaná es preocupante. Por un lado, ellos son conscientes de los peligros que implica permanecer en el lugar. Por el otro, está la desconfianza hacia las propuestas que les ha hecho la Alcaldía para que salgan del territorio. Ninguno quiere perder su casa de tantos años y quedarse a la deriva, aunque ya haya vecinos como Tarcisio que lo padecen directamente. En estos casos las precarias condiciones económicas de los habitantes y la incompetencia habitual del Estado están haciendo que unas vidas dependan del azar.

La verdad es que nadie merece irse a dormir pensando que en cualquier momento todo lo que posee, incluso su propia existencia, se desmorone.

Elecciones para Dummies capítulo 2: El debate por fuera y por dentro

Elecciones para Dummies capítulo 2: El debate por fuera y por dentro

Juan Pablo Mejía Dussán
Emiliana Valencia Mejía

Seis candidatos, muchas ideas y cientos de aplausos. El debate presidencial que se cumplió en EAFIT llenó de emoción este martes de mayo el campus de la Universidad. Los aspirantes mostraron sus ideas y los asistentes sus gustos. Todo se desarrolló en un ambiente de respeto. https://bitacora.eafit.edu.co/actualidad/elecciones-para-dummies-capitulo-1/

Tras una espera de mes y medio por su cancelación en febrero, por fin pudo realizarse el debate electoral con candidatos a la presidencia de la República. El día fue el martes 3 de mayo a las 10:00 a.m. en el Auditorio Fundadores de EAFIT. Incluso, a pesar de haber sido confirmado dos semanas antes, se tenía la incertidumbre sobre quiénes serían los candidatos presidenciales que asistirían a este llamado.

 

Apenas dos horas antes, el Auditorio ya tenía listas las sillas que ocuparían seis de los candidatos. ¿Quiénes serían, entonces, los dos que no harían presencia? Los nervios e intriga se hicieron presentes. Fueron dos horas largas. Dieron las 8:30 de la mañana y la fila comenzó a crecer en las afueras del lugar de encuentro. No se sabía todavía a quiénes iban a ver los estudiantes y la asistencia estaba completa.

 

10:00 de la mañana, ya el auditorio lleno y por fin se vieron las caras de quienes aceptaron estos Desafíos para el país –nombre del debate–. La presencia de Ingrid Betancourt, Sergio Fajardo, Enrique Gómez, Rodolfo Hernández, Luis Pérez y John Milton Rodríguez fue la que concentró la mitad de la atención de los espectadores, pues la otra mitad se la llevó la ausencia de los dos candidatos que no asistieron.

 

 

Federico Gutiérrez –quien declinó la invitación y continuó haciendo campaña por Bogotá– y Gustavo Petro –por su parte, nunca dio respuesta a la invitación– fueron los sinsabores principales del evento, pues son los candidatos que van puntuando en las encuestas nacionales.

 

A pesar de esto, la asistencia no se redujo y las 800 personas que cubrió el aforo se quedaron para participar en el debate activamente. Cantos para algunos candidatos, abucheos para otros, pero siempre de forma respetuosa, sin enfrentamientos por preferencias políticas.

 

Con la participación de estudiantes universitarios en algunas de las preguntas, los candidatos se enfrentaron a temas de agenda como educación, salud, economía, seguridad y paz, medio ambiente y cultura e inclusión. En algunos de estos puntos se presenciaron favoritismos por parte del público, lo que no fue obstáculo para que cada uno de ellos se llevara sus aplausos masivos.

 

Además de las respuestas frecuentes de cada debate, se presenciaron novedades en el panorama preelectoral. La candidata Ingrid Betancourt, ante la pregunta de si todos llegarían a primera vuelta, se le acercó a Fajardo diciendo que “tenemos que unir al centro, por eso no todos podemos llegar a ese punto”. Sin embargo, el candidato por Centro Esperanza no hizo comentario alguno a este ofrecimiento, tal vez no olvidando las declaraciones de la candidata frente a su coalición, de la cual se retiró por diferencias de principios.

 

Y aunque en el ambiente de discusión faltó precisamente eso, no todo fue tan amistoso. Por lo menos no con el público, pues en la mitad del debate el candidato independiente Rodolfo Hernández se retiró porque “lo dejaba el avión”. Fajardo también dejó el escenario antes de tiempo por otros compromisos de campaña. Esto fue objeto de puyas posteriormente por los candidatos que mantuvieron su presencia en el debate.

 

Podría calificarse de exitoso o de falto de más emoción, pero logró estar a la altura de las exigencias de los estudiantes de la Universidad. El que no fueran los dos punteros no fue impedimento para que este espacio académico dejara mensajes claros a la ciudadanía. Incluso, quizás, fue más liberador de tanta polarización que nos dejan siempre las campañas presidenciales.