Carta a Covid
Querido Covid:
Desde que te volviste el rey de los memes supe que te me hacías familiar. Me recuerdas al mini virus que hacía el papel de malo en el comercial del jarabe que mi mamá me obligaba a tomar cuando tenía tos, aquel que me daba pesadillas por las noches con su cuerpito verde y sonrisa maléfica.

Antes pensaba que tu poder de villano era atacar mi garganta y robarte mi voz. Ahora me asustas un poco más, pues sé que tienes el poder de acabar con la humanidad entera y de llevarte a mis abuelitos si quisieras. Pero eso sí que no te lo voy a permitir ¡espero lo tengas claro!


Todavía me parece increíble como tú, con tu tamaño microscópico, puedes hacer en el mundo tanto daño, arrebatarles a las personas sus vidas y los seres que aman. Los ingleses colonizaron Estados Unidos, los españoles América, pero tú, Covid, eres único, tú estás colonizando el mundo entero sin mesura y sin piedad. Construimos un mundo magnífico que ahora tú no nos dejas disfrutar Qué irónico, ¿no te parece?

La verdad es que tu maldad nos ha llevado a un territorio desconocido, no puedo decirte que es un retroceso porque lo cierto es que nunca habíamos vivido algo así; somos presos de tu pandemia y ahora eres el rey que controla nuestras vidas como marionetas.

Te preguntarás porqué te escribo a ti, el villano de esta historia, querido Covid-19, y lo hago para ilustrarte cómo día tras día has cambiado mi vida y la de mi familia.
Todavía me parece increíble como tú, con tu tamaño microscópico, puedes hacer en el mundo tanto daño, arrebatarles a las personas sus vidas y los seres que aman.
Mi lugar favorito.
Lunes 23 de marzo de 2020
En nuestro intento de huir de ti, mis papás, hermanas y yo nos vinimos a “internar”, como dice mi mamá, a nuestra finca en el municipio de El Retiro, en el Oriente de Antioquia, un lugar que ha pasado de tener vida y bullicio en el corazón de su parque a ser un pueblo fantasma donde solo se ven gatos deambulando y se oyen los pájaros cantando.

Antes de salir de mi casa mi mamá nos dijo: “Cojan todo lo que necesitan, no sabemos cuándo vamos a volver”. Lo primero que pensé fue en coger algunos libros para saciar el desasosiego que me esperaba en la eterna cuarentena anunciada por el gobierno colombiano. Terminé trayendo conmigo Satanás de Mario Mendoza, Pasión india de Javier Moro, El alquimista de Paulo Coelho y dos más del gran Gabo.

Cuando ya solo me quedaban diez minutos para empacar, pues había que ir a mercar antes de venir a El Retiro y de que empezara el aislamiento, metí rápido seis sudaderas, seis camisas, dos busos y unos zapatos al morral que, de no ser por ti, estaría usando hoy para ir a la universidad.
“Cojan todo lo que necesitan, no sabemos cuándo vamos a volver”.
Nuestro carro iba cargado de todo aquello que consideramos esencial en nuestras vidas, y ¿sabes que me alegró, Covid? Que noté que era poco y me place saber que dentro de nosotros todavía queda un alma humilde que sabe que no necesita mucho para ser feliz. Iban nuestros cinco perros, mi gata, los restos del mercado que quedaban en mi casa y nosotros cinco.

Las calles estaban desoladas, pero nos detuvimos en un mercado a la entrada del pueblo donde había decenas de personas que mercaban apresuradamente, como si se estuvieran preparando para una guerra. Mientras le llevaba la canasta a mi mamá solo me preguntaba qué iba a pasar con aquellos que no tienen como abastecerse, ¿quién los ayudará?
Las mañanas de mi tío.
Martes 24 de marzo de 2020
Hoy me levanté emocionada y esperanzada de que tú decidas bajarle a la revolución. ¡Por fin volví a tener clases! después de una semana en la que las horas se pasaron como minutos mientras te veía a ti viajando por el mundo, en los noticieros.

Eres todo un viajero, Covid: China, Italia, España, Estados Unidos, Francia y Colombia, entre otros ¿Qué sigue? ¿quién es tu próxima víctima? Bueno…ya nos daremos cuenta.

Retomando con mis clases, te tengo que confesar que tengo una relación de amor-odio con ellas; antes pasaba mucho tiempo en el celular, chismoseando las vidas superficiales de los demás.

Pero ahora que he intensificado el uso de estos aparatos por obligación ¡No me gustan, los quiero lejos de mí! prefiero no tener que depender de mi Mac para interactuar con la sociedad, me gustaba ver la cara de mis amigos sin pixeles y sus sonrisas sin que se congelaran en la pantalla.

Y hablando de pixeles, he dedicado la tarde de hoy a empezar un nuevo proyecto: documentar mi cuarentena en fotos a blanco y negro. Empecé por mi lugar favorito: la hamaca en el árbol, donde me sumerjo en mis libros mientras el viento me arrulla.

Planeo fotografiar los momentos y lugares que me hacen sentir especial, que me hacen sentir plena, aún sabiendo que tú andas por ahí suelto. Puede que no sepas esto de mí, pero mi mamá es bastante religiosa, ella dice que Dios no nos va a desamparar mientras tú existas y yo, por la confianza que le tengo a Él y a ella, tengo la certeza de que así será.

En la noche, como siempre, nos sentamos alrededor de los velones que iluminan la sala a rezar en familia. Esta noche le pedimos a Dios que por el amor que nos tiene, y perdón si esto te va a doler, acabe contigo, nos proteja de tus maldades y haga del mañana mejor que hoy.
Planeo fotografiar los momentos y lugares que me hacen sentir especial, que me hacen sentir plena, aún sabiendo que tú andas por ahí suelto.
Miércoles 25 de marzo de 2020
Covid, a pesar de que en ningún lugar encuentro la paz que siento aquí, desde ayer en la noche tenía una sensación de impotencia, extrañaba y tenía miedo de tu fiel amiga la muerte. Me dormí pensando que hoy me despertaría libre de ese vacío en el estómago, pero no fue así.

Sin razón alguna, hoy una fuerza extraña me llevó a cruzar la puerta que desde hace tres años no era capaz ni de mirar, la del cuarto de mi tío Jorge. ¡Era un hombre tan bueno, Covid!, no te imaginas lo mucho que lo amaba y lo sigo amando.

Como si fuera un imán, me dirigí a la cama en la que él dormía, me recosté en el lado izquierdo sobre su almohada y me derramé en un llanto seco pensando en el día en que me despedí de él cuando perdió la guerra contra el cáncer.

Agradecí, por un momento, que lo pude abrazar muy fuerte, y me puse a pensar en las personas que no han podido vencer tu batalla y las has privado de recibir una última caricia de quienes toda la vida los llenaron de amor, ¡Me pareces injusto, Covid! ¡Pobres personas, todos necesitamos un abrazo final!
Entre pinos, mi papá.
Me sentía indignada contigo hasta que mi mamá llegó a hacerme compañía y después de unos minutos de silencio me dijo: “De pronto todo esto es para que valoremos más lo que tenemos, para que veamos lo que hay a nuestro alrededor y nos detengamos a notarlo”.

Y la verdad pienso que tiene razón. En estos pocos días he aprendido a valorar más que en mis 20 años, y ahí te doy puntos, Covid. Ahora estoy segura de que el valor que le doy a la vida está en los detalles y en los seres que amamos.

Volviendo a la normalidad y más tranquila, me distraje un poco con mi clase de Investigación de Contenidos y Discursos que me dicta una profesora a quien admiro solo por el carisma con el que comparte su conocimiento.

Hoy, por ejemplo, en medio de chistes nos explicó como los gobiernos nos han infundido un miedo profundo hacia ti, generando que en nuestras mentes seas sinónimo de guerra, muerte y caos.

Si todos fuéramos consientes de este marco lo podríamos cambiar, podrías significar mejor un nuevo inicio que nos permita volver a lo esencial. ¡Ojo! no justifico tus 500 mil víctimas, pero pienso que algo nos vas a enseñar a todos, pienso que esto no será en vano.
Jueves 26 de marzo de 2020
Me he dedicado todo el día a leer Satanás, me ha atrapado con su narrativa y visión del mundo, y a medida que lo hacía solo pensaba que ese es el tipo de libro que sueño con llegar a escribir algún día. Sueño con un libro crítico, pero en el que su historia consuma al lector y transporte su imaginario a lugares donde todo puede suceder.

En este libro Mario Mendoza explica que la maldad no está en los infiernos, sino que nuestro mundo está lleno de ella. En este momento, con todo lo que has generado, entiendo lo que él dice, he reflexionado.

Pienso que hasta en estas pésimas condiciones el mundo sigue colmado de esa maldad. ¿Cómo es posible que haya indolentes diciendo que los viejitos se deberían sacrificar por los jóvenes? ¿Cómo es posible que seamos tan inconscientes y hayamos vaciado los supermercados sin pensar en el prójimo?

No encuentro una razón, pero espero que la humanidad piense en ellos y no normalice estas actitudes.
En oración por el mundo.
Al calor de la fogata que premió mi hermanita, orgullosa y feliz, nos sentamos todos a hacer pizzas en un horno portátil mientras jugábamos Rummy-Q y hablábamos de cualquier recuerdo que tuviéramos juntos.

¡Era un jueves, Covid! Un plan como esos nunca hubiera sucedido en nuestra normalidad, nunca nos hubiéramos sentado los cinco a comer sin afán y a hablar de cosas que no fuesen el colegio, la universidad o el trabajo de mi papá.

Sentí que era la primera vez en la que vivíamos una cotidianidad, fuera de todo, tan cálida y amorosa, ¡todos lo disfrutamos! Y me sentí agradecida, el tiempo en familia es un tesoro que nadie me podrá quitar.

Si yo estoy sintiendo paz, Covid, no me imagino qué estará sintiendo la Tierra que está volviendo a respirar después de miles de años. Nos has permitido hacer un alto en el camino para que la Tierra se recupere del daño que le hemos hecho, para que los animales caminen en las calles sin miedo, para que los árboles y el aire respiren sin contaminación.

Nos has dicho “ya fue suficiente” y nos has obligado, o por lo menos a mí, a pensar en todo aquello que antes no pensábamos. A reflexionar sobre lo inherente del ser. Estamos entendiendo por fin que no somos nosotros los omnipotentes, sino lo que nos rodea, la Pachamama, Covid.

Te mantendré al tanto de todo

Con aprecio,

María José.

Este contenido hace parte del especial
Diario de la pandemia

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