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Una subida sin regreso

Una subida sin regreso
Viernes 13 de marzo, Medellín
Como de costumbre, me subí al ascensor, hundí el piso 15 y llegué a mi casa pasadas las 11 de la noche. Nunca pensé que esta iba a ser la última vez que oprimiera el botón de subir.


Para esa fecha ya se tenía mucho conocimiento sobre el covid-19. En este momento ya había personas infectadas en Colombia; sin embargo, nadie le estaba prestando mucha atención. No dudo que fue por nuestra cultura, somos así, tenemos la idea que a nosotros no se nos pega “nada” y que de cierta forma somos inmortales.
Sábado 14 de marzo
A partir de hoy la universidad canceló clases y nos preparábamos para la virtualización. El gobierno suplicaba que solo saliera de la casa un miembro de la familia, en caso de que fuera necesario comprar alimentos o medicamentos. Las cosas empezaron a cambiar repentinamente

De un día para otro la gente empezó a vivir otro estilo de vida, si así se puede llamar. Quienes podían empezaron a trabajar desde sus casas, empezaron las clases virtuales para colegios y universidades, el alcohol y el antibacterial se volvieron los mejores aliados y el contacto físico, besos y abrazos, ya no podían existir.

En mi caso era así: me levantaba a las 7:15 a. m, me bañaba, me ponía ropa cómoda y esperaba mis clases virtuales sentada en un escritorio con vista a la ciudad, mientras pensaba miles de cosas, entre ellas, por qué seguía habiendo tanta contaminación en Medellín si no había carros circulando. En fin, esos eran mis días, no hacía nada más.

Las semanas comenzaron a pasar, los días se volvieron domingos eternos. Para mí el domingo siempre ha sido el día más aburrido de la semana porque uno no encuentra nada para hacer excepto descansar y realmente no soy este tipo de personas, me gusta estar más activa.
Mi vista para estudiar.
Sin embargo, esta iba a ser la realidad, sabía que me tenía que acostumbrar a este cambio y tenía que empezar a reinventar mi vida: preparar mi ropa más cómoda, aprender a hacer otras cosas que me distrajeran y me hicieran pensar en algo diferente al tiempo y a las estruendosas noticias que estaba generado esta pandemia. Tenía muy claro que mis días no se podían basar solamente en estudiar, comer y dormir.

Siempre he sido una persona muy nerviosa con el tema de las enfermedades, entonces cuando supe todo lo que el coronavirus estaba generado en mi país y en el mundo entero, decidí por voluntad propia encerrarme en mi casa hasta nueva orden.

Lo que pasaba en mí no era algo normal, comencé a hacer ciertas cosas que me preocuparon: medirme la temperatura a cada momento y estar verificando si me daba dolor de garganta. Esto le pasa a muchas personas, es un trastorno conocido como hipocondría: “Trastorno caracterizado por la presencia de un elevado nivel de miedo, preocupación y ansiedad ante la creencia o el convencimiento de estar padeciendo una enfermedad médica grave, o bien por la posibilidad de estar contrayéndola”, según definición de Castillero.

Mi mesita de noche no tenía más que un termómetro, una botella de agua la cual me ayudaba a comprobar si al tragar tenía dolor de garganta, una virgencita a la que le rezaba a diario para que no me diera nada y acetaminofén “a dos manos” por si en algún momento sentía algo extraño era lo primero que me iba a tomar, pues ya había estado investigando y sabía que el covid se trataba como una gripa normal.

Las primeras dos semanas fueron así, me daba rabia conmigo misma pues yo estaba segura de que no había contraído esta enfermedad, pero aun así seguía con un pánico constante. La ansiedad controlaba mi cuerpo, yo no podía ver noticias, no podía abrir Twitter, entonces más bien apagaba mi celular por un buen rato.
Viernes 20 de marzo
La lectura desconcentrada de mi padre.
Este día el gobernador de Antioquia, Aníbal Gaviria, empezó a buscar protección para sus ciudadanos y por eso decidió poner una cuarentena: la llamó Cuarentena por la Vida y empezaba desde hoy viernes a las 7:00 p.m e inicialmente iría hasta el martes 24 a las 3:00 a.m.

En mi casa fueron distintas las reacciones ante esta determinación. Yo me sentía tranquila, pues en realidad ya llevaba mucho tiempo encerrada.

A mi mamá al comienzo tampoco le afectó mucho porque ella no tenía que cumplir con ninguna labor fuera de casa. Sin embargo, a mi papá sí le pegó duro esta noticia ya que el debe de asistir diario a su empresa, una litografia ubicada en una enorme bodega de Barrio Antioquia la cual está imprimiendo en forma constante cualquier tipo de trabajos y en la que es imposible trabajar de manera virtual.

–Esta mierda se jodió –dijo.
Me acuerdo muy bien que esas fueron sus primeras palabras acostado en su cama, con sus gafas puestas, leyendo un libro que seguramente no estaba entiendo por todos los pensamientos que tenía en su cabeza. Al ver su reacción, mi madre y yo nos llenamos de pánico.

–Lo único que va a hacer esta decisión es un golpe a la economía ni el berraco tanto a la del país y más que todo a la de la litografía –volvió él.
Martes 24 de marzo
Pensando que todo iba a volver a nuestra rutina “normal” después de la Cuarentena por la Vida, inició una cuarentena que el presidente de la República decretó para todo el país, es decir a nivel nacional estaríamos encerrados, desde el martes 24 hasta el lunes 13 de abril.

Esto si fue un choque para todos, hubo quienes lo tomaron de una manera excelente ya que esta era una buena medida de protección y, por otro lado, estaban los desesperados por encontrar la forma de salir. Esa última fue la reacción de mi papá.

Impulsado por la necesidad de trabajar, mi padre salía de casa. Fueron días de peleas por esta decisión que él estaba tomando, ya que además de no cuidarse, no nos estaba cuidando ni a mi mamá ni a mí.

Tomaba su carro, tapabocas y guantes y se iba con algo de miedo. Si lo paraban decía que iba a mercar o a comprar medicamentos, ya que estas eran las únicas razones por las que se podía salir. Pasó así más o menos cuatro días: un ciudadano negligente, pero con razones válidas para salir a trabajar, para mantener la economía, la suya personal y la general del país.
Una puerta que ya no se abre para mí.
Luego de salir varios días preocupado, teniendo la excusa lista por si en algún momento lo paraban las autoridades, nos encontrábamos toda mi familia en la cocina. Eran alrededor de las 6 de la tarde, sentados en los mismos puestos fijos del comedor y con la comida servida hablando sobre la situación. Sonó el celular de mi papá, la llamada milagrosa.

–Aló, ¿Sebastián? Una llamada tuya a esta hora… muy raro.
Un cliente de su empresa es la cadena Éxito y en estos tiempos de cuarentena quienes trabajaban allá podía salir tranquilamente debido a que manejan productos necesarios. El Éxito diligenció un permiso para aquellos proveedores que tenían trabajos pendientes y este era el caso de mi papá.

En la actualidad se puede movilizar gracias a eso, aún no sé hasta cuando pueda hacerlo porque él nos cuenta con una voz quebrantada que el trabajo ya es poco, muchas empresas cerraron, entonces no hay quién solicite sus servicios. Los días pasan, hasta la fecha llevo 15 días encerrada y mis síntomas de aquel trastorno conocido como hipocondría disminuyen, pero no se van del todo.

–Mami, en este tiempo de cuarentena me ha dado covid más o menos tres veces.
–le digo a mi madre en tono de charla.
Sigue la rutina, me “dan” síntomas, me tomo el dólex y ya, se me quita la enfermedad, teniendo la certeza que eso se cura así de fácil. Las noches son lo más difícil, me ataca un miedo y solo empiezo a llorar.
Lo que tengo junto a la cama contra el covid-19.
Desde mi cama les grito a mis papás que ya me voy a dormir, que me voy a encerrar porque tengo algo de síntomas y no los quiero contagiar. Para mi consuelo, le escribo a mi prima seguido. Ella es médica y en este momento está tratando pacientes a quienes la pandemia atacó.

–Naty, tengo dolor de garganta y mocos, ¿será que tengo coronavirus?
–Obvio que no, Manu, el coronavirus no da mocos, no has salido de tu casa, no has tenido contacto con nadie. No te preocupes, no tienes nada.
Con estas palabras ya paso mi día más tranquila. Son varios los mensajes semanales que son destinados a ella para recibir cualquier mensaje, así sea que me diga:
–¡Manu, tú esta loca, NO TIENES NADA!

Para evitar que mi cabeza maquine en torno a esta situación que estamos viviendo, he implementado nuevas actividades en mi diario.

Además de tener las clases virtuales, me volví a meter a la cocina, cosa que siempre me ha gustado, pero esta vez aprendí a cocinar comida saludable, descubrí que el ejercicio es el mejor aliado en tiempo de cuarentena y, además, nunca sobra acostarse un rato en esa cama llena de almohadas con una cobija a ver un rato películas o series en Netflix.
Martes 31 de marzo
Hoy escribo esto desde ese mismo escritorio que mira hacia una parte de la ciudad, confundida y a la expectativa de muchas cosas, ¿Cuál será el pico de esta enfermedad? ¿Esta cuarentena se prolongará? ¿Qué irá a ser de mi papá y su litografía?

No tengo respuesta a nada. De lo único que estoy segura es de todas las enseñanzas que está dejando la pandemia, así suene cliché: aprendí a que no podemos dar todo por sentado… el hecho de salir a comer a un restaurante, ver a nuestros amigos, ir a la universidad y poder movilizarnos, todo esto es un regalo. Nunca pensé que ese viernes 13 de marzo iba a ser la última vez que presionará el botón de subir.
Este contenido hace parte del especial
Diario de la pandemia