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Con la lápida al hombro

Natalia Penagos Mesa

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Este es un relato contado en primera persona. José Abdón Penagos Escobar nos cuenta algunos de los momentos más significativos y problemáticos en medio de las vías. Según el periódico La Republica, de 142.000 kilómetros de vías terciarias que tiene el país, solo un promedio de 8.520 se encuentra en buen estado.

Comencé a manejar moto por coincidencia y así, sin querer, me eché la lápida al hombro…

Empecé hace 39 años, cuando tenía 22: me prestaron una moto y sin tener pase, ni mucho menos experiencia, me aventuré. Como había tan poquitas motos circulando en las calles en ese entonces, eran los mismos motociclistas quienes compartían con los interesados las “buenas prácticas de conducción”, y es que para ese momento no existían escuelas de manejo y, tampoco, regulación.

Solo habían pasado ocho días después de empezar a manejar moto y ya había tenido mi primer accidente. ¿Qué me pasó? Pues me caí… sí, ¡me fui al suelo! Pero es que tampoco había de otra: nosotros, los motociclistas, teníamos que empezar a punta de aporreones.

Los 90

Y si me preguntan si recomendaría manejar moto, la respuesta es NO. Pero, entonces, ¿por qué lo sigo haciendo? Por que lo que empezó como una goma se volvió un oficio. En 1992 yo ya trabajaba en una empresa del sector ferretero y me desempeñaba como vendedor. Un día, iniciando labores, nos atracaron y mataron al mensajero. Entonces, como yo siempre fui tan acelerado y carrereado para todo, y ya tenía el pase, me asignaron el rol de mensajero, sí, ¡quedé de mensajero por accidente!

En un principio sería temporal, mientras encontraban a alguien más para ese puesto, pero después de varios intentos decidieron que debía seguir en mi rol, y es que mientras otros hacían entre seis y siete “vueltas” al día, yo hacía 15… Ya pasaron 30 años, incluso, estoy por jubilarme y sigo en el mismo cargo. Pero este no es un trabajo sencillo, al contrario, como diría mi apá: “al sol y al agua le toca a uno”. Los climas pueden ser tan cambiantes y extremos que uno va preparado para todo: ya sea el sol más picante o el lapo de agua más fuerte, quitando, pues, los peligros que uno ya da por sentados con solo dedicarse a esto.

Según la Asociación Nacional de Empresarios en Colombia (Andi), el Registro Único Nacional de Tránsito (Runt) registró, solo en abril de 2022, 66.716 motos nuevas.

Los años 2000

Después del 2000 tomó más fuerza eso de las motocicletas: ya sí veía uno a cada rato que los muchachos se las compraban como medio de transporte. Ya casi cualquiera la sabía manejar y cada vez montaban más normativas y escuelas de manejo, no como antes, cuando eran unos tesos los que tenían el pase para la moto. El casco era voluntario, no una medida de seguridad, incluso, en un tiempo era prohibido. Normas absurdas… Dizque para evitar el sicariato.

Con el paso del tiempo, incluso conociendo la vía, he tenido días en los que siento la muerte encima. Una vez estaba en el sector La Toma del  barrio Caicedo, tenía que entregar unas facturas y todo lo que veía eran escalas. Había una loma muy pendiente, de esas por las que  la moto solo la sube bailando. Sin embargo, la subida no fue tanto problema, la moto no era vieja y tenía buen agarre, pero la bajada era a lo que yo le temía. No fue hasta subirme y prender la moto para caer en cuenta de lo que seguía: ¡se había quedado sin frenos delanteros ocho días antes y los frenos traseros no me cogían! una, dos, tres veces y yo iba derecho,.. pero pa’ la tumba. Miré para todos lados a ver con qué me chocaba y del susto apagué la moto, lo que hizo que cogiera más velocidad.

Yo soy muy católico, entonces en ese momento empecé a orar: revolví el Avemaría, el Padrenuestro, el Credo e invoqué a todos los santos. Todo ocurría con demasiada prisa, pero parece que sí me oyeron. Cuando ya me daba por estrellado vi que había una casa en una barranquita. Yo dije, -pues si hay una casa, debe haber por ahí algún camino escondido- y a ciegas me tiré. Afortunadamente el camino sí estaba, me di duro, pero nada grave. Apenas me paré tenía en todo el frente a una viejita con una taza de aguapanela en las manos, quién sabe para quién era, pero me la dio. “Mijo, casi se mata”, fue lo único que me dijo, y, para los nervios que tenía, esos tragos fueron una bendición. La verdad en ese tiempo no existía la revisión técnico mecánica ni nada de esas cosas, por lo que fácilmente uno podía estar andando con esa moto desbaratada y nadie decía nada. 

En el primer trimestre del 2022 La Asociación Nacional de Centros de Diagnóstico Automotor registró 1.612.224 certificados de revisión técnico mecánica en el país.

Los imprudentes…

La imprudencia de los conductores es otro de los problemas que nunca faltan, son el pan de cada día. Hay algunos que dicen que somos nosotros los que nos queremos adelantar y meter por cualquier huequito. Pero ellos, de aposta, te encierran en las curvas, se pegan más al centro de la vía y frenan en cualquier momento. Si uno va a buena velocidad ahí queda y después la culpa es de uno, por acelerado. Bueno, pero no todos los conductores son imprudentes. Hay accidentes involuntarios, y aun la persona siendo cuidadosa tiende a caer en las trampas mortales. En el transcurso de la vida me ha tocado ver muchos hombres y mujeres muertos en las vías, casi uno semanal y, a veces, era uno el casi muerto.

Como esa vez que iba por Guayabal, a mano izquierda de un camión, este giró para robarse un pedazo de vía y esa era una maniobra prohibida, quedando en contravía. Yo paré la moto y empecé a pitar, el conductor iba fumando y escuchando guascas a todo volumen. Cuando el camión volteó automáticamente quedé debajo de él. La moto estaba justo debajo de la mitad del camión y se quedó enredada no sé cómo. Yo no podía moverme ni para adelante ni para atrás, ni salirme de ella. El vehículo andaba arrastrando la moto y me arrastraba a mí con ella, yo sufría y le rezaba a la santa madre porque cada vez veía más cerca la llanta de mi cabeza. Hasta el punto en que yo dije: este fue mi último día.

Pero, como si los santos me hubiesen escuchado, un policía motorizado le atravesó la moto al camión para que este parara, porque me había divisado una media calle atrás. Para sacarme tenían que levantarlo con un gato, porque la moto estaba ensartada en los fierros del camión. ¿Cuál fue el problema? Que el conductor ni herramienta tenía, ni siquiera un gato que es de lo más básico. Debajo del carro saqué el celular y llamé a mi mujer.

— Mami, me morí, estoy debajo de un carro— le dije, y aunque quedó preocupada le colgué para timbrarle a un compañero. 

—Dairon, venga rápido para que vea mi sacada debajo de un camión, que esas no son cosas que pasan todos los días— le conté y, también, le colgué.

Cuando él llegó al sitio ya me habían sacado e iba para el hospital en una ambulancia, aunque era más lo que pitaba que lo que andaba. Aunque a mí no me fue tan mal, a la moto sí le dieron pérdida casi total, salía más barata comprarme otra que volverla a armar. Yo parecía un nazareno, raspado en la nalga, los hombros, la cara, las manos; con la ropa rota y los zapatos rotos, menos mal estaba motilado, porque si no hasta el pelo me hubiera arrancado.

Lo más berraco es que esa moto no llevaba sino quince días conmigo, porque quince días antes yo había llegado a la empresa en la moto ochentica, una Suzuki, con la idea clara en la cabeza de que iba a renunciar. Yo me había dicho que después de ese día no iba a manejar más, el patrón me estaba esperando en la puerta porque llegaba tarde, pero antes de que dijera algo yo le dije —me voy para la casa, yo no voy a cargar más esta porquería de moto.

—Mañana le compramos una—. Y al otro día ya tenía la moto, pero bien poquito que duró nuevecita. Ese día que estaba dispuesto a renunciar me había tocado una de las peores tempestades de mi vida, iba por la regional en medio de un lapo de agua horrible y para el colmo empezó a caer granizo.

Ese es otro asunto miedoso: la carretera lisa por la lluvia y el mal estado de las vías. Uno puede hacer de todo en esos días menos confiarse. En una de esas me caí a un hueco, iba detrás de un taxi que iba despacio, por lo que íbamos muy pegados y yo no tenía visibilidad. A lado y lado había carros. Las calles eran de doble vía, el hueco tenía unos 70 centímetros de profundidad. Se metió la llanta delantera, por lo profundo y ancho del hueco no salió, sino que la moto dio toda la vuelta. Yo perdí el control de la moto y me protegí con las manos el rostro, por lo que caí en los codos. Me llevaron al hospital y me enyesaron las dos manos. Hoy todavía me duelen.

«En enero y febrero de 2022 se registraron 668 motociclistas muertos en las vías del país y se prevé que la cifra continuara aumentan», Publimotos

Nada más que en ese momento tenía la ochentica, de esas que era más lo que la cargaba en el hombro que lo que andaba en ella. Y si los huecos son cosa complicada en verano, ahora en invierno, uno como motociclista los evita, los rodea y todas esas cosas. Pero si el hueco está totalmente lleno de agua como una piscina, entonces queda muy difícil, pero uno hace el intento.

Ya usted me dirá, mija. Por eso es que yo no las dejo ni a su hermanita ni a usted manejar moto, pero ya verán si se quieren echar la lápida encima.

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