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La política también viste de Prada

La política también viste de Prada

La Met Gala nunca ha sido solo una noche de moda. Es un escenario donde el poder se disfraza de estética y la filantropía se viste para ser aplaudida. Una de las noches más esperadas del año en la industria hizo brilla a un intruso que nunca ha faltado y se roba siempre la mirada de todos: la polémica.

Por Laura Lopera Zapata

La temática de la Met Gala 2026: el arte es moda. Foto de Reworld Media.

La decisión de Anna Wintour de sumar a Jeff Bezos y su esposa Lauren Sánchez como patrocinadores principales y copresidentes honorarios rompió con la tradición de tener a una casa de moda como sponsor principal y desató protestas en las calles de Nueva York.

Discusiones desatadas no netamente desde quienes están de cerca en esta industria, sino todo en torno al nombre de Bezos. Forbes reportó en enero de 2026 que entidades como CBP (Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos) e ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos) adquirieron alrededor de 140 millones de dólares en servicios en la nube de Amazon durante 2025. Y el hombre detrás de ese negocio es ahora el anfitrión de la noche más glamoroso de la moda mundial.

Esto, sumado a los rumores de que Bezos quiere comprar Vogue, la revista más influyente de la industria, publicada por Condé Nast. Lo que aflora aún más emociones frente al debate del lugar que los políticos intentan ocupar dentro de la cultura, y de cómo una de las galas más importantes del año pasó a convertirse en un escenario político.

Pero realmente, este escándalo no desencadena nada nuevo, porque la moda siempre ha sido política. Es imposible pensar en esta sociedad construida en medio del sistema capitalista, que las decisiones diarias que se toman alrededor de la industria fashionista no están comunicando algo.

La moda es política porque el cuerpo en sí mismo es territorio político

Esta industria nunca fue sobre estética superficial: gira alrededor del poder que vende, que es el control. El poder de decidir qué cuerpos se muestran y cuáles solo existen dentro de una “campaña de inclusividad”. La discusión nunca fue sobre la ropa en sí, sino sobre quién tiene el derecho de juzgarla.

Esto no es raíz de las campañas de marketing, la ropa como documento de identidad siempre ha existido porque es una de las maneras más personales que tienen los individuos para apropiarse y demostrar lo que piensan.

No es gratuito el conocido Hemline index, que demuestra que el largo de las faldas refleja el estado de la economía en el mundo. Incluso, la moda ha sido históricamente uno de los principales mecanismos de control sobre el cuerpo femenino. Prendas como el corsé no solo respondían a ideales estéticos, sino que limitaban físicamente lo que una mujer podía hacer en el mundo. Un hecho que se puede ver, por ejemplo, en si una mujer musulmana usa hiyab, niqab, burka, abaya, o chador; y en como solo este atuendo desencadena situaciones geopolíticas y opiniones alrededor.

Sarah Paulson y su polémico antifaz. Foto de Getty Images.

La moda no oculta el sistema, lo exhibe

Todos en la industria saben lo bien que venden las “tendencias” políticas. Así como la palabra mágica llamada sostenibilidad, apropiada incluso por un modelo de negocio como el fast fashion, que además de ropa, vende en la entrada de sus tiendas la dosis generalizada de la ilusión de que participar en la moda es un derecho democrático.

Esto se puede ver en cómo H&M lanzó su colección “Conscious” hablando de responsabilidad ambiental y fue criticada por la Autoridad del Consumidor de Noruega por publicidad engañosa: un escándalo que encajaba perfectamente con su modelo de producción masiva e imparable.

Además de la contradicción más grande, Shein, que lanzó “evoluSHEIN” con tallas inclusivas y materiales sostenibles mientras sigue siendo el símbolo máximo de la explotación textil global.

El fast fashion y la Met Gala son el mismo fenómeno en distinta escala. Los dos venden una fantasía y funcionan porque se prefiere creer que la moda es solo estética y ropa.

Hay personas que dicen que no le interesa la moda, que solo es un accesorio irrelevante frente a quienes son; pero esta decisión en sí misma también es política porque la neutralidad en esta industria existe en medio del privilegio de que no te juzguen por lo que llevas puesto. Cada prenda es una decisión de negociación que se toma a diario.

Los movimientos juveniles lo entendieron antes que nadie. El punk no fue solo música ruidosa, fue una declaración ante el sistema. El hip-hop, el vogue ballroom y tantos otros no nacieron en un laboratorio de tendencias; nacieron de la exclusión social, y la ropa fue su primer manifiesto como decisión política.

La Met Gala jamás fue simplemente una celebración, no cuando el hilo central de todo el circo es algo tan político como la moda. Porque el único que todavía cree que estos dos ámbitos no coexisten en un mismo look es aquel al que más le conviene al sistema que lo siga creyendo.

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