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La noche en la que Angélica no volvió

La noche en la que Angélica no volvió

A las ocho y cuatro de la noche, el vapor del baño comenzó a filtrarse por el pasillo de una casa en Medellín. Una joven de 19 años se planchaba el cabello frente al espejo, se ajustaba las botas rojas y prometía regresar pronto. Su madre, de pie junto a la ventana, sintió un presentimiento que no supo nombrar. Esa fue la última vez que la vio salir.

Por Simón Santamaría Cifuentes

Angélica posa frente a la cámara con una tiara plateada. Su madre conserva esta imagen como recuerdo de su última etapa. Foto cortesía de Noelia Santamaría.

Cuando el reloj marcó las ocho y cuatro de la noche, el miedo despertó a Noelia.

No fue un pensamiento articulado ni una imagen concreta. Fue una sensación eléctrica, como si una corriente le atravesara el cuerpo desde las plantas de los pies hasta la base del cuello. Se llevó la mano al pecho sin saber por qué. Estaba sentada al borde de la cama, con la espalda apoyada en la pared y las piernas ligeramente abiertas, como quien espera una noticia que no quiere recibir. Tenía el cabello oscuro recogido en un moño, los hombros ligeramente encorvados y la mirada fija en la puerta del cuarto.

Desde el baño salía vapor espeso. El espejo debía estar completamente empañado. El olor dulce del shampoo se mezclaba con el del acondicionador y con el aroma más penetrante del aceite capilar. Noelia conocía ese orden como se conoce una rutina aprendida durante años: pre-shampoo, shampoo, acondicionador, aceite, protector térmico. Después venía la plancha.

Angélica no improvisaba. Se transformaba con disciplina. Frente al espejo, su concentración era casi solemne. Su melena ondulada —que había vuelto a crecer espesa después de que se la raparan durante el servicio militar— caía pesada hasta la mitad de la espalda. La planchaba con paciencia, separando mechón por mechón, presionando el hierro caliente con firmeza. Una pasada. Dos. Tres. Cuatro. Hasta que el cabello quedaba liso, brillante, obediente.

Angélica apareció en el marco de la puerta. Alta, esbelta, de piel morena clara, cejas perfectamente delineadas, pestañas oscuras, labios rojo intenso. Su vestido marcaba la cintura y las caderas. Su belleza no era discreta: imponía presencia incluso en la penumbra del cuarto.

Noelia la observó con una mezcla de orgullo y temor. Pensó en lo mucho que había cambiado el mundo desde que ella era joven. Pensó en la calle.

—Mami, voy a ir a comerme un helado que me invitaron. Le juro que por ahí a las diez estoy aquí.

La voz de Angélica era dulce, pero firme. Había en ella una seguridad aprendida a fuerza de enfrentarse a miradas, comentarios y burlas.

—Bebé, ¿no te da miedo salir a esta hora? —preguntó Noelia, intentando sonar tranquila.

Angélica se inclinó y la abrazó. Su perfume era fresco, ligeramente floral.

—No me va a pasar nada.

Ese “no me va a pasar nada” quedó suspendido en el aire como una promesa que nadie podría cumplir.

La puerta se cerró con un sonido leve, casi respetuoso. Después vino el silencio.

A las diez de la noche, el teléfono no sonó.

A las diez y media, tampoco.

A las once, la espera dejó de ser paciencia y se convirtió en angustia física. Noelia caminaba de la sala a la ventana, de la ventana al pasillo, del pasillo al cuarto. Marcaba el número. Escuchaba el tono. Nadie respondía.

La madrugada fue larga y fría. El barrio, que de día estaba lleno de gritos, música y buses, se volvió un paisaje de sombras. Cada carro que disminuía la velocidad frente a la casa la obligaba a contener la respiración. Cada silueta que pasaba bajo el farol parecía, por un segundo, la figura de su hija.

Cuando amaneció, el cielo estaba opaco, sin sol.

A las nueve de la mañana estaba en La Alpujarra. Caminaba rápido, con los ojos hinchados y la voz quebrada. Dijo que su hija había desaparecido. La enviaron a otra oficina. Luego a otra. Le dijeron que esperara.

—Yo me enojé mucho, pero bueno… así tenían que ser las cosas.

Desde ese día, la casa dejó de ser hogar y se convirtió en una sala de espera permanente.

Angélica Santamaría sonríe a la cámara. Tenía 19 años cuando desapareció. Su sonrisa permanece intacta en la memoria de su madre. Foto cortesía de Noelia Santamaría.

Antes de llamarse Angélica

Angélica nació como Andrés Felipe Santamaría el 29 de enero de 1988, en Medellín. Fue un niño tranquilo, callado, de mirada limpia y sonrisa fácil. Noelia lo recuerda siempre cerca de ella, sentado en el piso de la sala mientras ella hacía oficios.

—Era demasiado cariñoso conmigo.

Vivían en San Javier, en el 20 de Julio. El barrio era empinado y bulloso. Las vecinas conversaban desde las ventanas, los niños jugaban en la calle hasta tarde y cualquier diferencia era rápidamente comentada.

Desde pequeño mostraba inclinaciones que a Noelia le llamaban la atención. Cogía la trapera y le hacía trenzas con una dedicación minuciosa. Se entretenía peinando muñecas prestadas. Los carros de juguete le parecían irrelevantes.

—Yo sí le notaba cosas diferentes —dice—, pero pensaba: más adelante veremos.

En el colegio Samuel Barrientos fue buen estudiante. Cumplía tareas, no daba problemas. Pero la adolescencia agudizó las miradas ajenas. Los comentarios se volvieron más directos. Terminó saliéndose de esa institución.

Intentó continuar estudios en la Fundación Educativa CES, en la modalidad de bachillerato por ciclos. Duró una semana.

—Lo acorralaron y le iban a pegar que porque era marica.

La violencia fue suficiente para que no regresara.

La escena definitiva ocurrió una tarde común. Noelia lo encontró vestido con bluyín ajustado, blusa femenina, maquillaje suave y el cabello largo cepillado. No era un disfraz. Era una afirmación.

—Yo me puse a llorar.

Se sentaron en la sala. Afuera el barrio seguía con su ruido habitual. Adentro, el silencio pesaba.

—No se preocupe, mami. Yo sigo siendo su hijo.

Noelia lo miró con detenimiento. Vio miedo, pero también convicción.

—Usted es la luz de mis ojos. Yo la acepto como sea.

La hermana intervino:

—Si nosotros no la apoyamos, ¿qué se puede esperar con tanta discriminación en la calle?

—¿Cómo te quieres llamar? —preguntó Noelia.

—Angélica.

El nombre comenzó a pronunciarse con naturalidad dentro de la casa. Noelia le compraba tacones cuando podía, ropa interior, maquillaje. La acompañaba en cursos de estilismo. Angélica empezó a hacer domicilios ejerciendo labores estilísticas, a ganar dinero, a construir su independencia.

Carta que Angélica le dedicó a su mamá. Un recuerdo que permanece intacto. Foto cortesía de Noelia Santamaría.

La camioneta

La pista que más se repitió fue la de la camioneta blanca.

Una mujer trans le dijo a Noelia que la vio subirse a un vehículo blanco en la Oriental, una avenida principal del centro de Medellín. Su nombre oficial es Avenida Jorge Eliécer Gaitán. Las placas terminaban en 424. No recordaba las letras.

En la Fiscalía le dijeron que camionetas blancas con esos números había muchas. El dato no bastaba.

Luego comenzaron las llamadas anónimas. Sonaban desde monederos públicos. Voces masculinas, distorsionadas por la línea.

—Sabemos dónde la tienen.

—¡Díganme dónde está mi hija!—respondía ella.

—Ella no quiere hablar.

Y la comunicación se cortaba.

Noelia anotaba cada número en un cuaderno pequeño. Guardaba el cuaderno en la mesa de noche. Lo revisaba antes de dormir. Ninguno condujo a una dirección real.

Hubo otra coincidencia inquietante: la última llamada registrada en el celular provenía de otra mujer trans.

—Me quedé con la duda de que la hubieran entregado.

No acusa directamente. Habla de envidias. De rivalidades. De fiestas en fincas donde hombres con dinero invitaban chicas en camionetas lujosas.

—A mí el corazón me dice que fue alguien muy poderoso.

En la Fiscalía, con el paso de los meses, la respuesta cambió.

—Si usted se da cuenta de algo, viene y nos cuenta.

Como si la investigación dependiera del instinto de una madre que ya había agotado todas sus pistas.

Recorte del periódico La Chiva (actualmente Q’hubo), donde se publicó la desaparición de Angélica en 2007. Cortesía de Noelia Santamaría.

El Centro Nacional de Memoria Histórica señalaría en el informe Aniquilar la diferencia (2015) que las personas LGBTI —y especialmente mujeres trans— enfrentaron durante los años 2000 patrones reiterados de violencia, desaparición y exclusión en distintas ciudades del país, muchas veces sin investigaciones concluyentes. En ese contexto, el caso de Angélica no era una excepción aislada, sino parte de una realidad más amplia y poco visible.

Buscar entre muertos

La búsqueda se convirtió en rutina diaria.

Noelia se metió debajo de puentes, entre habitantes de calle.

—Pensaba que de pronto la habían drogado y la habían tirado por ahí.

Cada vez que aparecía un cuerpo sin identificar en el río o en sector Las Palmas, la llamaban. Entraba a salas frías con olor a formol que se impregnaba en la ropa y en la memoria.

—Vea, mire, a ver si ahí está.

Algunas veces la trataban con respeto. Otras, con desdén.

Recibió amenazas cuando fue a buscar a una finca en El Escobero, una zona rural de Envigado, Antioquia. Le dijeron que dejara de preguntar.

Viajó a Guarne a rezarle a una virgen. Llovía intensamente. De regreso, la moto resbaló en aceite frente al Hospital Universitario. Cayó al suelo. El golpe fue seco. Su esposo quedó inflamado del lado izquierdo. Ella, con la pierna morada durante semanas.

Nada la detuvo.

Pero su cuerpo empezó a resentirse. Se le agrandaron miomas en la matriz. La iban a internar por crisis nerviosa.

—En los primeros meses me enloquecí, prácticamente.

El cuarto de Angélica permaneció intacto. La plancha guardada en el cajón. Los tacones alineados bajo la cama. El perfume aún con aroma.

—Me destruyeron la vida.

Carné de acreditación de Noelia Santamaría como víctima en el Congreso Internacional sobre Víctimas del Terrorismo, realizado en Medellín en 2009. Cortesía de Noelia Santamaría.

Lo que queda

Con el tiempo se unió a las Madres de la Candelaria, un movimiento de mujeres, principalmente madres y familiares de personas desaparecidas, secuestradas o asesinadas en el conflicto armado colombiano. Se organizó en Medellín desde 1999 para exigir verdad, búsqueda, justicia, memoria, reparación y no repetición. Sostuvo fotografías bajo el sol del centro de Medellín. Escuchó historias que se parecían a la suya. Compartió silencios.

—Eso me ayudó mucho.

Creyó en llamadas, en sueños, en cualquier señal. Hasta que una noche se arrodilló.

—Señor, en tus manos pongo todo esto. Pero no me vas a dejar morir sin saber qué pasó.

No dejó de esperar. No dejó de amar.

Se fue de Medellín. Crió a sus nietos. Aprendió a convivir con el vacío.

Hoy, cuando escucha tacones en la calle, levanta la cabeza. Cuando una camioneta blanca reduce la velocidad frente a una casa, su corazón se acelera igual que aquella noche de junio.

No reza para que regrese.

Reza para saber dónde está.

Angélica en momentos cotidianos: en una reunión familiar y frente al espejo, preparándose para salir. Escenas de una vida que transcurría con naturalidad antes de la desaparición. Cortesía de Noelia Santamaría.

Fuentes

Testimoniales:

  1. Noelia Santamaría
    Madre de Angélica Santamaría. Testimonial principal de la crónica. Relató los hechos relacionados con la desaparición ocurrida el 6 de junio de 2007 y el proceso de búsqueda posterior.
  2. Óscar Estrada
    Esposo de Noelia Santamaría. Acompañó el proceso de búsqueda y aportó testimonio sobre las diligencias realizadas y el impacto familiar tras la desaparición.
  3. Sebastián Restrepo
    Amigo cercano de Angélica. Aportó testimonio sobre su vida cotidiana, su personalidad y el entorno social en el que se movía antes de su desaparición.

Fuentes documentales:

  1. La Chiva (actualmente Q’hubo).
    Artículo periodístico: “El joven travesti ‘Angélica’ continúa desaparecido”.
    Periódico impreso, Medellín, junio de 2007.
    Tipo de fuente: prensa escrita local.
  2. Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH).
    Aniquilar la diferencia: lesbianas, gays, bisexuales y transgeneristas en el conflicto armado colombiano.
    Bogotá: CNMH, 2015.
    Tipo de fuente: informe institucional de memoria histórica.

 

Canales oficiales de atención de la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas:

Línea Nacional: 018000-162226
Celular a nivel nacional: (+57) 316 278 3918
Línea de atención en Antioquia: (+57) 316 282 3206

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