Entre madrugadas en la plaza de mercado y salones insonorizados de ensayo, Miguel Ángel Seguro construye su vida entre dos universidades, una flauta traversa y una exigencia personal que a veces pesa más que el cansancio.
Por Isabela Fernández Salazar
Pandemia de 2020. Miguel vivía con su papá en Urrao y trabajaban todos los días en la vereda. Foto cortesía de Miguel.
La una de la madrugada lo encuentra despierto. En la casa todo está en silencio cuando Miguel Ángel Seguro se levanta, se alista y se mira al espejo con los crespos aún indisciplinados por el sueño. Afuera la noche sigue intacta, pero para él el día ya empezó.
Sale rumbo a la Plaza Mayorista de Antioquia, el principal centro de abastecimiento agroalimentario del Valle de Aburrá. Bajo luces blancas que no distinguen el cansancio, camina entre costales y cajas de verduras, revisa precios y carga bultos que casi alcanzan su estatura. Todo tiene destino: el negocio de su padre en el municipio de Urrao.
Hacia las seis de la mañana deja atrás el ruido de los camiones y se dirige a la universidad. Llega primero a EAFIT, donde duerme un par de horas antes de clase, en una sala que la universidad dispone para esta actividad. De nueve a doce revisa partituras y afina cada detalle de la flauta traversa. Luego cruza la ciudad hasta la Universidad de Antioquia.
Al caer la tarde, Miguel vuelve a transformarse. Se pone su traje, acomoda sus crespos y toma la flauta. El mismo joven que empezó el día en la plaza se prepara para subir a un escenario.
Esa rutina, repetida algunos días de la semana, define quién es Miguel. Tiene 19 años, vive en el municipio de Bello, tiene ojos verdes, habla rápido, se entusiasma con facilidad y suele vestir con un estilo relajado. Quienes lo conocen dicen que en cada rizo lleva una historia o una ocurrencia que termina haciendo reír a los demás.
Pero detrás de ese carácter hay también una exigencia constante.
“Yo soy un pelao que discute mucho consigo mismo”, dice. “Siempre he tenido la necesidad de que cuando alguien me escuche diga que toco bien… me acostumbré al halago”.
Una vida entre dos mundos
Esa misma exigencia lo llevó a tomar una decisión poco común: estudiar flauta traversa en dos universidades al mismo tiempo, en EAFIT desde la formación clásica y en la Universidad de Antioquia desde el jazz y las músicas populares, una apuesta que incluso su familia considera exigente
“Si por mí fuera, que estudiara en una sola universidad”, dice su madre, Diana Janeth Bolívar Acosta. “A veces siento que va muy acelerado. Yo siempre he querido que viva sus etapas y no se queme”.
Pero Miguel insiste. Para él, cada universidad le aporta algo distinto: en EAFIT encuentra espacios de estudio, mientras que en la Universidad de Antioquia valora la diversidad y el ambiente artístico.
Aunque no existen cifras oficiales en Colombia, el propio sistema del Ministerio de Educación (SNIES) no distingue a los estudiantes que cursan dos carreras al mismo tiempo, lo que evidencia que se trata de una práctica poco común y difícil de medir.
Miguel estudiando en los pasillos de la Universidad de Antioquia durante su primer semestre en 2024. Foto cortesía de Miguel.
Una historia marcada por el desplazamiento
Pero esa disciplina no nació de la nada. La historia de Miguel empezó lejos de Medellín.
Su padre fue amenazado y la familia tuvo que salir desplazada de Urrao en 2008, cuando él tenía apenas unos meses. El conflicto armado obligó a muchas familias campesinas a abandonar sus territorios: solo en ese municipio, más de 1.321 personas fueron expulsadas ese año, según el Observatorio del Programa Presidencial de Derechos Humanos.
La situación económica era difícil, así que Miguel regresó al campo para vivir con su abuela y dos tíos. Cuando volvió a Medellín tenía cuatro años. Su mamá terminó la universidad mientras trabajaba en varios empleos y hoy es licenciada, con maestría y doctorado en educación.
Navidad 2025 en el parque de Urrao. A su izquierda, su padre, Moisés Seguro; a su derecha, su madre, Diana Janeth Bolívar. Foto cortesía de Miguel.
La flauta que cambió su destino
Miguel tenía ocho años cuando apareció la música. Sebastián, un amigo, le prestó su flauta dulce y lo invitó a conocer la Red de Escuelas de Música de Medellín, un programa de la Alcaldía para formar a niños y jóvenes.
Al principio no quería ir, pero su mamá insistió. Todo cambió cuando le dijeron que debía devolver la flauta: la tomó y empezó a tocar. La primera melodía fue la del Chavo del Ocho.
Desde ese día no volvió a soltarla. Pasó por la banda inicial, la intermedia y llegó a la orquesta juvenil, donde fue flauta principal.
Pero avanzar no era fácil. Las flautas traversas son costosas y la suya llegó después de meses de trabajo: vendió postres, hizo rifas y hasta sembró papa para reunir el dinero.
Miguel en su casa, con la flauta dulce que le prestó Sebastián y que nunca devolvió. Foto tomada por Isabela Fernández.
La música, dice Miguel, no es romántica como muchos creen. “Es un mundo muy cruel. Vos podés estudiar todo un año y si el día del concierto algo te desestabiliza, chao. Todo se cae”.
Esa presión lo llevó a replantear su relación con su profesión. Durante un tiempo la vio como una forma de sobrevivir. “Yo dije: necesito que la gente me vea como un buen músico para que me den trabajo”.
Tal vez su exigencia también viene de una pregunta más profunda: si lo que eligió es para hacer plata, por pasión o por ambas.
“Al yo ver la situación con la que he crecido, yo siempre supe que escoger la música quizás no era lo más certero para salir adelante. Cuando estaba eligiendo la carrera, mi mamá me dijo que lo pensara bien, porque yo le había prometido muchas cosas y tal vez con la música no le podía dar todo lo que le había prometido”.
Aunque sus padres se separaron hace ocho años, Miguel mantiene el vínculo entre ambos y ayuda en la casa y en el negocio de su papá.
Su amigo Jhon Santiago Álvarez lo describe como alguien incansable:
“Ese parcero no se sabe quedar quieto. Puede estar camellando en la plaza en la madrugada y después estudiando música todo el día”.
Miguel en un club de jazz, tocando e improvisando durante una jam session. Foto cortesía de Miguel.
La música como promesa
Miguel también participa en proyectos que rinden homenaje a la banda La República, una agrupación que mezcla ritmos latinoamericanos, jazz y música clásica. Para él, estos espacios son más que conciertos: continúan una tradición que une arte y crítica social.
“La música no es solo tocar”, dice. “Es entender el mundo”.
Entre lo que aprendió en casa, la exigencia que se impone y el deseo de seguir avanzando, Miguel construye su camino.
Mientras la ciudad avanza, él ya está en algún lugar afinando su flauta, como si en cada nota intentara demostrarse que todo ese esfuerzo tiene sentido.