Mientras el río Sinú se desbordaba y miles de familias huían con lo puesto, perros, gatos y animales de corral quedaron atrapados entre el agua, el barro y el abandono. Esta es la historia de los que no pudieron evacuar y de quienes, en medio de la emergencia, decidieron no dejarlos morir.
Por Dúber Cuartas Ruiz Fotos de Dúber Cuartas y Gobernación de Córdoba
Un perro busca refugio sobre una rama antes de ser rescatado durante la emergencia por inundaciones en Montería, Córdoba.
El albergue olía a barro húmedo y concentrado. También a la ropa mojada que no alcanzaba a secarse. En la cancha del coliseo Miguel «Happy» de Montería, los ladridos se escuchaban desde temprano.
Eran perros y gatos rescatados de techos, de patios que desaparecieron bajo el agua, de casas evacuadas a la carrera cuando el río se metió sin avisar y se llevó todo a su paso.
Algunos dormían rendidos. Otros no se acostaban. Permanecían sentados, con el cuerpo tenso, como si todavía sintieran el empuje del agua golpeando las paredes. Nadie sabía cuánto tiempo estarían allí. Tampoco quién volvería por ellos.
Luis Carlos Herrera caminaba despacio entre las jaulas. Miraba una por una. Se agachaba. Llamaba bajito. Silbaba. Buscaba a su perro. No recordaba si alguien lo vio salir, si logró soltarse, si nadó hasta algún lugar alto. Solo sabía que no estaba cuando regresó a lo que quedó de su casa.
“Era negrito, así, decía señalando un cachorro que no era el suyo. Se llamaba Moro”. Moro no aparecía.
Luis Carlos Herrera y su hijo recorren las calles de Montería en busca de Moro.
A muchos de los perros y gatos les pusieron nombres improvisados, escritos con marcador sobre pedazos de cartón colgados en las jaula: Negro, Canela, Manchas, Caimanera, La Pradera, Rancho Grande, Puerto Mocho…
Algunos llevaban el nombre del barrio del que salieron. Otros apenas un color, una mancha. Eran formas pequeñas de no perderlos del todo, de darles un lugar en medio del caos.
Entre el 1 y el 5 de febrero de 2026, las lluvias provocaron una de las emergencias invernales más graves de los últimos años en el departamento de Córdoba. El río Sinú se desbordó.
También crecieron caños y quebradas. Cerca de 140.000 personas quedaron damnificadas en zonas urbanas y rurales, según reportes oficiales de gestión del riesgo y de la Gobernación de Córdoba.
En zonas rurales del Bajo Sinú, campesinos intentaron rescatar lo que creían era un perro atrapado entre la corriente: sacaron del agua a un puma joven, cubierto de barro y exhausto. Lo auxiliaron y lo entregaron a las autoridades ambientales. No fue el único. Babillas, iguanas, serpientes y aves buscaron tierra alta. El agua no distinguía especies.
Familia abandona su vivienda al evacuar zonas afectadas por las inundaciones en Montería.
Con el monte inundado, el ganado también perdió sus límites. Vacas, terneros, búfalos y caballos fueron vistos nadando hacia terrenos más altos, empujados por la corriente y el instinto. Algunos lo lograron. Otros quedaron atrapados entre cercas y palizadas.
En varios sectores rurales aparecieron animales muertos, arrastrados por el agua, enredados en lo que antes marcaba un potrero.
El ganado quedó a la deriva. Miles de animales murieron ahogados.
La lluvia cayó durante más de 36 horas seguidas. Primero el río ocupó las calles. Luego los patios. Después las casas. En paralelo, desde la hidroeléctrica Urrá circularon avisos de alerta: el caudal iba a aumentar, habría más descargas aguas abajo.
En redes sociales aparecieron videos grabados desde ventanas y terrazas convertidas en refugios improvisados. Cuando se dio la orden de evacuar, el agua ya estaba adentro. No hubo tiempo para pensar qué salvar.
Iván Román, rescatista del Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Montería, recordaba esos días como una cuenta regresiva permanente. Caminó durante horas con un megáfono por los barrios, repitiendo la orden una y otra vez: “Cuarenta minutos. Treinta. Empaquen lo que puedan. Salgan ya”.
Salir era dejar la casa. Salir era dejar la tierra. Dejar la vida conocida para empezar otra que nadie había planeado. Y, casi siempre, dejar a los animales.
Iván Román y un grupo de rescatistas evacúan a familias afectadas por la emergencia invernal en Córdoba.
Román contó que se amarró una cuerda a la cintura y se metió al agua. Primero sacaban a la gente, niños, adultos mayores, enfermos. Después, si el tiempo alcanzaba y la corriente lo permitía, regresaban por los animales que aún resistían. “A veces volvíamos y ya no estaban –decía–: el agua se los había llevado”.
Vio perros nadando. Gatos subidos en los techos, maullando desde la altura. Animales amarrados en los mismos lugares donde siempre dormían. No siempre hubo qué hacer: “Eso fue lo que más me dolía. Saber que no podía salvarlos a todos. Tener que priorizar entre las vidas”, agregó.
Escenas como esas se repitieron en corregimientos y veredas del Bajo Sinú. En Matecaña, sus habitantes llenaron más de dos mil costales de arena para levantar un muro improvisado.
En la margen derecha del corregimiento, el agua logró ser contenida a punta de trabajo comunitario. En la margen izquierda, el río entró sin resistencia y mantuvo a las familias con el agua hasta el pecho durante días. Allí también quedaron animales amarrados, atrapados y solos.
Campesinos levantroan una barrera de costales para frenar la creciente del río en el Bajo Sinú.
La vida en los albergues se organizó como se pudo. Hubo turnos improvisados para alimentar a los animales, limpiar jaulas y revisar que ninguno estuviera enfermo. No todos entendían por qué los perros y los gatos estaban allí. Algunos se quejaban del ruido. Otros del olor.
Familias damnificadas se refugiaron en el albergue del coliseo “Happy” Lora, en Montería.
Por las noches, cuando se apagaban las luces, el albergue no dormía del todo. Los animales se inquietaban. Los voluntarios caminaban despacio entre las jaulas, atentos al rumor persistente de un río que todavía crecía.
Yalenis Toscano no esperó instrucciones. Contó que se puso un impermeable, ajustó las botas y salió. Entró en casas donde el agua le llegaba al pecho. Empezó a contar rescates: ocho perros en una cuadra, quince en otra. Más adelante, gatos, gallinas, cerdos. Usó las redes sociales para pedir ayuda. Y la ayuda llegó.
“Al principio éramos dos. Después llegaron más”. Llegaron voluntarios de Montería y de municipios cercanos. Algunos con concentrado, otros con cuerdas, otros solo con las manos. Al terminar la primera semana, el conteo iba en 308 perros, 98 gatos, 16 cerdos y 153 aves de corral rescatadas.
Las organizaciones de protección animal calcularon que más de 1.700 animales murieron durante las inundaciones en Córdoba. La casa de Yalenis también se inundó. Sus cosas se dañaron. Eso quedó para después. Primero había que alimentar a los animales, curarlos, mantenerlos vivos.
La casa de Yalenis Toscano quedó destruida tras la inundación.
Desde Cartagena llegó una unidad veterinaria móvil que normalmente atendía animales en condición de calle y que, durante la emergencia, se convirtió en el corazón de la atención.
Allí Yalenis, estudiante de Medicina Veterinaria en Montería, limpiaba heridas, aplicaba sueros y revisaba las patas inflamadas por el contacto prolongado con el agua sucia.
En Montería, la Fundación Huellitas recibió animales empapados, alterados, todavía temblando. Las redes sociales se llenaron de llamados de auxilio. El teléfono sonó a toda hora. Llegaron fotos, videos, ubicaciones.
Las aves de corral se desplazaron hacia zonas altas para protegerse de la creciente.
La gente pedía ayuda desde barrios donde el agua seguía subiendo. La capacidad de la fundación se agotó pronto. No hubo más espacio, ni más jaulas, ni más tiempo.
Después del rescate vino la espera. Hubo animales que nadie reclamó. Pasaron los días y los nombres escritos en cartón siguieron colgados de las jaulas. Algunos voluntarios empezaron a reconocerlos por la mirada, por la forma de ladrar, por cómo se acomodaban para dormir.
“Lo más duro es cuando entendemos que no van a volver por ellos”, dijo Yarlenis. Entonces empezó otra tarea, buscar quién los recibiera, quién tuviera espacio, comida y paciencia. En el albergue, cuando caía la noche, los ladridos iban bajando.
Luis Carlos volvía a pasar entre las jaulas. Moro no aparecía.
Perro maltratado y posiblemente abandonado por las inundaciones.
Yarlenis cubría con una manta a un perro que por fin lograba dormir. El río seguía creciendo. Afuera, la gente seguía intentando salvar lo que podía: una nevera, una cama, una lavadora. Algo.
Jairo, uno de los voluntarios, tomó un pedazo de cartón, escribió un nombre y lo amarró a una jaula. Era una hembra. Le puso Esperanza. Por ahora, eso era todo lo que quedaba.