Texto y fotos Isabella Ruiz Alarcón
Quienes fiscales que trabajan en procesos penales en Colombia deben tener una estabilidad mental tenaz: deben ver asesinatos, revisar casos complejos, sostener armas homicidas, indagar sobre crudas evidencias como ropa manchada de sangre… Esta es la crónica de la experiencia acompañando por un día a un fiscal de asuntos penales, para saber cómo trabajan estos funcionarios de la investigación judicial.
Cuando me levanté a las cinco de la mañana, no sabía que iba a tener balas en mis manos. Tomé una bolsa plástica marcada con el rótulo del Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses impreso en un papel adherido con una grapa. Ahí estaban los proyectiles. Los podía sentir fríos, haciendo fricción con mis manos.
Cristian Camilo O., Juan Gabriel M. y Juan Carlos Z., los tres murieron a causa de uno o dos impactos de arma de fuego en sus cuerpos. Esas balas estuvieron adentro de ellos y ahora yo las estaba sosteniendo.
Mi día empezó en realidad a las 6:30 a.m., cuando llegué a la casa de Diego Alberto Giraldo Pérez, fiscal que tiene su oficina en el edificio José Félix de Restrepo –el Palacio de Justicia de Medellín–, ubicado en pleno corazón administrativo de la ciudad, en el sector de La Alpujarra.
Vive en un apartamento de 200 metros cuadrados junto a su esposa Adriana, quien también es fiscal. Cuando llegué, Diego puso una silla en medio de la cocina para mí, para que lo esperara mientras desayunaba parado en el mesón.
Mientras comían, les empecé a preguntar sobre su trabajo:
–A ustedes, ¿alguna vez los han amenazado? –les interrogué.
–A mí no, a ella sí –contestó Diego entre risas.
–Cuando lo amenazan a uno, la Unidad Nacional de Protección le da un carro blindado y dos escoltas –dijo Adriana–. Depende de la seriedad de la amenaza, pues no siempre son serias.
La oficina del fiscal Diego Alberto Giraldo Pérez huele a papeles archivados y a colonia de hombre.
Cuando terminaron de desayunar, se pusieron a arreglar minuciosamente la cocina y se terminaron de organizar para irse a trabajar.
Salimos a tomar un taxi y llegamos a La Alpujarra. Fuimos directo a una cafetería al frente del edificio donde están esas unidades de Fiscalía. Él se tomó su tinto y nos sentamos con unos jueces en unas escaleras.
–Vea, acá nos sentamos todas las mañanas a hablar sobre las decisiones más importantes de los juzgados mayores –manifestó Diego, muy serio.
–Eso es mentira –le respondió un juez que estaba a su lado–, acá venimos es a chismosear.
Comenzaron a hablar sobre unos casos de homicidio que estaban atendiendo, pidiendo recomendaciones, mientras yo me fui a hacer la fila para entrar al Palacio de Justicia.
“Eso no es un muerto”
A las 8:10 de la mañana entré al edificio, me requisaron el bolso y me pasaron por un detector de metales. Los vigilantes estaban ariscos, súper serios.
Subí al séptimo piso a esperar al fiscal y de inmediato llegaron tres vigilantes preguntando quién era yo. “Estoy esperando al fiscal Diego”, respondí. No los convencí y se quedaron mirándome un rato, como con sospecha.
Por fin, él subió y fuimos a su oficina en el piso ocho. El lugar huele a papeles archivados y a colonia de hombre; es agradable, aunque adentro tiene una vibra que al ingresar me inspiró miedo.
Entré a la oficina y quedé asombrada: tenía una vista espléndida del centro de Medellín, se veía el Parque de las Luces y más allá la iglesia de San Antonio.
La administración de justicia está saturada en Colombia, por lo que sus funcionarios trabajan en forma simultánea en muchos procesos.
Nos sentamos y comenzó a sacar libros gruesos con la información de los casos. Él trabaja con los de abandono, omisión de socorro, discriminación, homicidios de todo tipo y hasta una apología del Holocausto ocurrido en la Segunda Guerra Mundial.
“En Antioquia hay muchos judíos. El único caso de apología del Holocausto que conozco me tocó a mí. Unos bobos le hicieron fiesta de cumpleaños al mismísimo Adolf Hitler y, claro, se unieron todos los judíos de Medellín en contra de ellos”, comentó.
Comenzamos a revisar los documentos del caso de Melissa B.C. para una audiencia programada para las 11 de la mañana. Todo ocurrió así: un día, ella iba llegando a su casa en una camioneta Mazda CX 50, después de mercar en el barrio El Poblado. Mientras orillaba su carro frente a donde vivía, unos jóvenes en una moto le abrieron la puerta del vehículo y la amenazaron con un revólver.
Su reacción fue acelerar y así se llevó al chico que conducía la motocicleta, estrellándolo con la fachada de una casa. El impacto le causó la muerte al motociclista.
Yo estaba leyendo el caso, cuando llegó una señora con una pésima actitud.
–Hola, ¿está ocupado? –le dijo a Diego.
–¿A quién necesita?
–No, primero necesito saber si usted es al que necesito.
–¿A quién busca?
–Al fiscal Diego…
Él la interrumpió y le dijo de manera seca:
–Vaya que allá la atienden… –respondió mientras le señalaba el lugar.
La señora lo miró mal y se fue para la oficina de la asistente del fiscal. Continuamos organizando los papeles para la audiencia y Lucía lo llamó. Él fue y yo me quedé en silencio intentando escuchar.
Bolsa con evidencias destinadas a la oficina de balística de Medicina Legal.
Al rato me mató la curiosidad y me fui para donde Lucía. Ahí me empezaron a relatar toda la historia de por qué la señora estaba ahí:
“…Él había organizado una chiva, se fueron para Guatapé, y cuando volvieron a Medellín, lo mataron por allá en el barrio San Javier. Se bajó de la chiva y le dieron plomo. El único testigo es el cuñado, que a lo mejor fue el que lo mando a matar. A él lo mataron el año pasado, era el hijo de esa señora. Todo eso se está investigando, pero no se ha podido lograr mucho”.
Diego entró a su oficina y yo me quedé con la asistente. Ahí fue cuando ella me comentó que tenía que mandar unas cosas de Medicina Legal a destrucción.
–¿Cómo que a destrucción? –pregunté.
Ella se paró y yo la seguí. Me señaló un talego lleno de papeles y bolsas grapadas.
–Esas son puras evidencias de casos, la mayoría proyectiles –explicó.
Sin dudarlo, le dije:
–¿Puedo abrir la bolsa y ver?
Me contestó que no. Se volteó y miró un escritorio en el que había varios de esos papeles con bolsas adheridas.
–Estas son balas –señaló mientras cogía el papel de una esquinita, no sé si por fastidio o repulsión.
“Esas son puras evidencias de casos, la mayoría proyectiles”.
Cuando me dejó sola, no me resistí, nunca había estado tan cerca a la muerte en ninguna de sus formas. Cogí el papel de la esquina, como lo había hecho ella, pero después agarré la bolsa moviendo los dedos para sentir las balas que estaban muy frías.
Leí las muestras de patología y demostraba que todas las víctimas habían sido hombres entre 20 y 21 años. Me dio escalofrío pensar en qué partes de sus cuerpos habían impactado esas balas que yo sostenía. Solté los papeles y me fui.
Crímenes en video
Volví a la oficina de Diego y me manifestó estar contento: “¿Quiere ver un homicidio?” Por supuesto, le dije que sí.
Me mostró dos grabaciones de asesinatos ocurridos en el centro de Medellín logrados con cámaras de la Policía Nacional. Estaban con una calidad altísima de la imagen. No sentí nada al verlos, la muerte nunca me ha sorprendido.
Nos fuimos a recorrer el piso ocho del edificio, conversando y presentándome con los funcionarios judiciales que estaban por ahí. En ese momento llegó un muchacho joven a preguntar por el fiscal Héctor. “Acá en este piso no trabaja ningún Héctor”, le respondió Diego.
Acompañé al joven a la oficina de una secretaria para localizar a quien estaba buscando y nos sentamos en silencio. Solo se escuchaba un taconeo y teclas del computador.
Quedé sorprendida con el motivo por el que había llegado ese joven a esta Fiscalía, pues era amable y estaba bien vestido: se encontraba involucrado en un caso de hurto.
Los expedientes de los procesos permanecen organizados en estas estanterías.
A las 10:20 de la mañana, volví a la oficina del fiscal. Los abogados del caso de las cuatro de la tarde empezaron a llamar para hablar de un preacuerdo antes de la lectura de la sentencia. En ese proceso judicial, dos ciudadanos venezolanos le robaron a un extranjero un reloj Rolex valorado en más de 30 mil dólares.
La víctima había llegado a Medellín y pidió un carro en una aplicación llamada InDrive. Llegando a su hotel, en el barrio El Poblado, los implicados se acercaron y dispararon cinco veces contra el vehículo, dejando inválido de por vida a quien lo conducía. Por la gravedad del estado del conductor, van a sentenciar a los implicados con, al menos, 15 años de cárcel.
Diego me comenzó a contar algunos de los casos terribles que atendía cuando trabajaba con delitos sexuales: niñas que quedaban traumatizadas y sumidas en las drogas; casos de violaciones donde eran abusadas por días seguidos…
En esas nos interrumpió la investigadora del Cuerpo Técnico de Investigación (CTI) que atiende los casos de Diego. Me explicó cómo se encargaba de la destrucción de las pruebas que ya no se necesitan en los procesos: “Los cuchillos se doblan y se cortan en pedacitos. Las camisas con sangre se cortan con tijeras y todo eso se mete a una caneca de riesgo biológico”.
Casos y sentencias
A las 11:50 salimos a almorzar cerca del edificio, en un restaurante peruano. Cuando volvimos, Diego se compró un café en el mismo sitio de la mañana. Haciendo la fila para entrar al edificio había una joven embarazada acompañada de su madre y un escolta de la Policía.
El agente de policía que la protegía estaba atendiendo una llamada y solo escuché que dijo: “Si a esta señora le llega a pasar algo, me mandan castigado para Cúcuta”.
Ellos entraron y yo seguí haciendo la fila.
Las evidencias que ya no se necesitan en los procesos, son destruidas.
Cuando subimos a la oficina, comenzamos a organizar todo para la audiencia de la 1:30 p.m. Estuvimos dos horas esperando a que comenzara. Este tipo de diligencias judiciales continuamente se cancelan y se posponen.
Los detenidos se conectaron por Internet desde la sede penitenciaria del municipio de Bello. No se habló de nada importante y se tuvo que mover la audiencia para el 6 de diciembre.
Diego comentó que en las cárceles hay mucha corrupción, por lo que a veces a él mismo le toca ir a mirar a los presos y confirmar si sigue recluido quien necesita: “Allá hacen demasiadas cosas mal hechas”.
Desde el piso ocho se escuchaba música de Led Zeppelin y pensé que lo más probable es que fuera la banda callejera que se mantiene cerca a la estación San Antonio del metro, pero que esta vez andaba por ahí cerca.
A las 4:15 empezó una nueva reunión de varios fiscales, esta vez para hablar sobre el nuevo caso que llegó: el relacionado con una pareja gay que caminaba por el barrio donde vivían.
Según se sabía, cuando iban por la calle, unos mecánicos les hicieron comentarios ofensivos sobre su orientación sexual y la pareja respondió. La consecuencia fue violenta: la pareja fue golpeada de forma agresiva por aquellos individuos.
Diego siguió trabajando, mientras yo seguía sentada en la oficina. De pronto apareció Luis, otro integrante del Cuerpo Técnico de Investigación, para hablar sobre un caso en el que una mujer mandó a matar a su marido. En ese proceso hay cuatro acusados, pero ellos no han aceptado el preacuerdo que les propuso la Fiscalía y eso ha retrasado la sentencia.
Cada una de las investigaciones se construye mediante un complejo proceso de indagación.
A las 5:20 de la tarde salimos de la oficina, ya estábamos muy cansados los dos. Este trabajo es agotador emocionalmente. Aunque solo estuve un día, vi cosas que no se me van a borrar de la cabeza en un buen tiempo. Caminamos hacia un taxi para ir de nuevo a su casa.
Hacia las seis, cuando ya empezaba a oscurecer, llegamos a La Bodeguita, una tienda de barrio cercana a su residencia, y nos sentamos en unas sillas plásticas a hacer una recopilación de la jornada.
“¿Que expectativas tenías del día?”, me preguntó Diego.
Cuando llegué, venía con una película lista: pensé que ser fiscal era otro cuento, algo así como en las películas, con todos vestidos de traje, gritándose con los abogados de sus investigados. Mi día realmente fue tranquilo, la oficina es muy calmada, con un ambiente pacífico.
“Lo que más me impactó fue sostener esas balas”, le dije. Él sonrió, mientras le daba sorbos a su Coca-Cola.
Camino a mi casa en el municipio de Envigado, pensé muchas cosas: ¿Qué irá a pasar con la señora que mandó a matar al marido? ¿Cuánto tiempo va a tener que esperar el muchacho que no volverá a caminar para que sentencien al culpable?
Abrí mi mano y la miré. La observé por unos segundos como raras veces lo he hecho, sus comisuras, sus detalles, y entendí por qué Lucía no cogía las balas de las bolsas. Aunque la muerte y el crimen sean temas que hasta ahorra no me afectan, me sentía inútil.
Pensé en cómo hacer algo por todos los que han muerto de manera violenta y los que han sufrido, pero me dio la sensación que hasta para un fiscal, hacer justicia, es una misión dura y terriblemente compleja en Colombia.