Desigualdad social y depresión

¿El contexto social, político y económico pueden causar depresión?

Aunque pareciera extraño la desigualdad social, reflejada en el desempleo, el poco acceso a la educación, no tener agua potable, no contar con un lugar cómodo para dormir en la noche, tener un contexto político inestable y otros acontecimientos hace que llegue la estratificación y con ello la depresión.

Una encuesta hecha por Profamilia, así lo demuestra. Las personas de estratos medios y bajos afirman haber tenido uno o más síntomas asociados a la ansiedad y la depresión.

Entérate, cómo el contexto social, podría desencadenar depresión en los seres humanos.

 

¿Quiénes somos?

Atenta-mente es un proyecto periodístico transmedia, hace parte del énfasis en Periodismo Digital de la Universidad EAFIT.

Creado por un grupo de 13 estudiantes con intereses en el área de la salud mental, con el apoyo de algunos estudiantes y profesores del pregrado en psicología.

¿Esto nació conmigo?

¿Esto nació conmigo?

Esa sensación en el pecho, tan conocida, llega nuevamente;

llega nuevamente; te oprime la caja torácica al punto de obstruirte la respiración. Angustia, angustia, y más angustia. Un desgano absoluto te envuelve, te estruja el estómago. ¿Y la tristeza?, persiste fiel, nunca se ha ido, solo logra camuflarse por momentos o por días; “he estado mejor, creo que ya he aprendido a controlarlo” llegas a pensar con optimismo, pero un día te levantas y está ahí nuevamente, o más potente que antes. ¿Por qué?, no hay razón aparente.

“¿Otra vez, Sofía?, ¿en serio?”, te dices a ti misma con desesperación. Ya no sabes a quién acudir cuando las cosas se te salen de las manos, “esta vez no me van a creer, es el segundo episodio esta semana”, vergüenza, vergüenza y más vergüenza; ah, y también, culpa.

Casi siempre tienes el control, te has forzado a apretar las riendas de tu cabeza, pero en ocasiones la fuerza con que las empuñas no es suficiente. Le escribes a tu mamá: “Creo que tengo una crisis en este momento… Tengo ganas de morirme, dejar todo tirado. Me sabe a mierda la universidad. Me odio. Odio todo. No soy capaz con nada. Probablemente el trabajo va a ser lo mismo. Aguantar y aguantar esta mierda, ¿para qué?”.

¿Qué pasa por fuera?, nada, disciplinadamente no pasa nada, no hay que hacerlo evidente, esta es solo una crisis más de tantas… En ocasiones no lloras, te tragas el llanto con dolor en la garganta. A veces no es necesario tragarlo, la crisis simplemente no te lo permite. Otras veces el llanto te controla y sale a gritos, no hay consuelo alguno, tampoco hay razones suficientes, pero el llanto no se va. Cuando eso sucede la puerta de tu habitación permanece cerrada, tienes que evitar que alguien lo note. Después sales con sigilo al baño, te echas agua en la cara enrojecida y te estregas la pegatina que genera la mezcla entre las lágrimas medio secas y el moco, nadie debe darse cuenta. Pero al siguiente día todos lo notan, el rostro hinchado se los cuenta en voz alta. Aún así nadie te dice nada, guardan silencio por guardarte a ti y tú sientes esa lástima como mil agujas en el estómago clavadas en tus tripas, la percibes en sus ojos. Sin embargo, no es lástima. Es impotencia, preocupación, desconcierto; es no saber qué hacer o qué más hacer para ayudarte. Y tú lo entiendes, en los momentos de calma lo piensas y lo entiendes, pero eso solo trae más culpa y más vergüenza.

Casi siempre te arrancas el pelo, uno a uno: lo arrancas, te lo metes a la boca, lo enrollas entre los dedos con la mano casi cerrada, abres la mano con fuerza, el pelo se estalla… un leve alivio; ahora el siguiente, solo pasan segundos. Lo del pelo no solo ocurre durante las crisis, viene desde la infancia.

Fecha: 4 de marzo, 1996 - Ciudad: Ibagué, Tolima Nombre: Sofía Morales Cardoso

Rubia, blanca, pómulos rosados. Hija de una pareja que apenas iniciaba su carrera universitaria. Una jovencita de 18 años proveniente de una familia campesina, trabajadora, sin estudios, pero con unos valores sumamente arraigados; un joven de 20 años, proveniente de una familia política, adinerada, evangélica, al que sus padres decidieron echar de la casa por alcohólico, sale de Bogotá y termina en Ibagué.

A los dos años te despides de tus abuelos maternos, quienes fueron y han sido tus verdaderos papás. Bogotá te recibe, pero algo no es igual, y tu cabeza lo evidencia: te has arrancado la mitad de ese pelo rubio que la cubre. Tu familia lo toma como una manía, una de la cual hacer burla, no como el trastorno que es.

La tricotilomanía, o tricología, es un trastorno obsesivo compulsivo. Según lo explica Cristina María Vasco, médica del Centro de Tricología de Medellín, en una entrevista: “Es un desorden psiquiátrico donde se presenta la autodestrucción”, y se puede presentar por múltiples factores, entre ellos problemas o traumas afectivos, familiares, sociales, de autoestima, violencia, etc.

Pasan pocos años, tus papás se separan. En los sueños le dices a tu papá que no te deje y despiertas empapada en llanto. Se presenta una situación de abuso sexual en el colegio, solo tienes seis años. Tu mamá asume una conducta violenta, no sabe con quién más desahogar lo que está viviendo. Consigue otra pareja y te tienes que adaptar a las nuevas normas que esta trae. Tus abuelos maternos van a visitarlas cada vez que pueden, y las despedidas te hacen trizas. “Dios, ¿por qué no puedo tener una familia normal?”, dices entre sollozos. En el colegio tienes pocos amigos, pasas las tardes sola o con alguna de las empleadas que van y vienen cada tanto.

“Hola, mamá, te quiero con toda mi alma, mi corazón y mi ser. Cuando leas esto, de pronto vas a pensar que es un chantaje para que no me castigues, pero no es ningún chantaje, es verdad. A veces siento que nunca me has querido, sé que tengo muchas cosas, pero me hace falta un poco de atención, pero te quiero mucho así casi no te preocupas por mí”, le escribes a los ocho años, y en la parte baja de la hoja haces un dibujo en el que ella tiene como boca un arco hacia arriba y tú, un arco hacia abajo. Ese mismo año piensas por primera vez en morirte.

Comes en exceso, a escondidas; te comes incluso las uñas. Subes de peso y las burlas no se hacen esperar. Niños, profesores y familiares te reclaman que estás gorda.

Muchos gritos se escuchan en tu casa, peleas entre tu mamá y su pareja. En una visita del Instituto de Bienestar Familiar te revisan el cuerpo lleno de moretones.

Llegas a la adolescencia, apatía total: no hablas, no socializas, no sales a ninguna parte. Pierdes siete materias cada periodo. Vomitas intencionalmente la comida. Te cambian de colegio repetidamente. En una de esas ocasiones conoces personas que parecen ser tus amigos, y a los trece años consumes marihuana por primera vez.

Reclamos, rechazos. Tus papás se debaten entre quién debe quedarse contigo y ninguno de los dos lo desea en realidad. ¿En serio, Sofía?, ¿otra vez, Sofía?, ¿ahora qué, Sofía?

¿Qué pasa por fuera? Nada. Absolutamente nada. En el colegio no saben nada, en Ibagué no saben nada, los conocidos no saben nada, tu papá no lo sabe todo, aparece cada seis meses o cada año. Solo sabían que todo tenía demasiada trascendencia para ti, que salías llorando del salón porque sí y porque no, que dejabas de hablar por días y que eras “vaga”, “mala estudiante”. Y tú, ¿qué hacías? Pretender que así era, que no pasaba nada.

A los dieciséis años, un mes antes de graduarte del colegio, has planeado cómo suicidarte.

Jéssica López, magister en Psicología Cognitiva y docente de la Universidad Santiago de Cali, asegura en un artículo de El País, que la depresión en niños y adolescentes, cuando es causada por factores externos, puede darse por múltiples motivos: 

 

la muerte de un ser querido, un cambio drástico en el entorno o familia, ausencias en la infancia, abuso físico o psicológico, matoneo estudiantil, entre otros. Y, que, el consumo de sustancias psicoactivas puede generar procesos en el cerebro que empeoran los síntomas.

Todo es diferente. Tu mamá cambia, tu papá también. Tu familia intenta rodearte, te cuida, te abriga. Entras a la universidad y conoces buenos amigos. Te conviertes en una estudiante sobresaliente, eres perfeccionista, quieres ser la mejor. Pero algo sigue sin estar bien. Lloras, lloras, lloras. Desistes de la Licenciatura en Idiomas por no ser buena, porque tu promedio no era el mejor, porque no eras suficiente. Pero eso solo era cierto en tu cabeza.

Entras a Diseño Gráfico y pasa lo mismo. Entras a Literatura y pasa lo mismo.

Te cuesta relacionarte con la gente, a pesar de eso tienes noviazgos con personas que te quieren, pero tú no logras querer a nadie. Te frustras. No sabes cómo querer a alguien. Terminas y vuelves cada vez que te es posible, hasta que te dejan a ti.

Crisis.

De nuevo, crisis.

Y a la semana, crisis.

“¿En serio, Sofía?, ¿por qué?, te vas a quedar sola, todos se cansan de ti”, es el monólogo que martilla tu cabeza.

El psiquiatra José Carlos Mingote, en su investigación El paciente que padece un trastorno depresivo, explica que “en el ámbito psicosocial, la depresión produce un gran sufrimiento en la persona afectada y en las personas de su entorno”, y que tiene importantes repercusiones en el área académica, laboral y social, debido al absentismo, a la pérdida de capacidades de relacionamiento, la pérdida de la productividad, etc.

Vas a terapia, el psiquiatra es un morboso. Vas a la iglesia: juicios, presiones e indicaciones estrictas de vida. Vas a grupos religiosos, pero en poco tiempo las crisis hacen que te ausentes; terminan por hacerte a un lado porque “te dan esas cosas raras”.

Arrancarte el pelo. Comerte las uñas. Comer en exceso. Dejar de comer. Llorar sin motivo. Dormir la mayor parte del día. Mensajear a tu mamá: “Creo que tengo otra vez una crisis. Todo el mundo espera tanto de mí y yo no sé hacer nada. Esta vida me queda grande. Siento que Dios me odia. Todo lo hago mal. Él está decepcionado de mí”.

Pasan los años, vuelves a empezar una y otra vez hasta que te cansas de andar en círculos. Desistes de dios, desistes de la terapia, desistes de la iglesia, desistes de varios amigos que han conocido tu pasado, por vergüenza. Inicias una nueva carrera y decides que vas a graduarte, muy a pesar de lo que te cuesta lidiar con tu cabeza y los estragos que la presión hace en ella. Decides tener nuevas amistades y cuidarlas, a pesar de lo difícil que se te hace relacionarte o en ocasiones estar rodeada de personas. Decides no volver a hablar del tema con nadie ni a demostrar cuando llega un día, una semana o un mes malo. Decides tener tus crisis sola, ocultarlas al mundo, ser “normal”.

En unos meses obtendrás tu título, tienes una pareja estable hace unos años y una relación sana con tu familia. A veces logras controlar el arrancarte el pelo, comerte las uñas o comer en exceso, intentas mitigar las crisis con deporte, actividades culturales, artísticas y tiempo en compañía, pero cuando parece que has avanzado: “¿Otra vez, Sofía?, ¿en serio?”, y entonces mensajeas la crisis como tantas veces: “La vida es un absurdo. Soy un asco. No quiero seguir, no soy capaz. Soy un fracaso. No voy a poder con la vida en general, mami. Perdón”.

Atenta - Mente

Un proyecto transmedia para hablar de la depresión como una epidemia invisible.

Juanita Mosquera Lasso

Juanita Mosquera Lasso

Amo las historias, por eso me gusta el periodismo narrativo en todos sus formatos. Me encanta la música y los animales. Si no hubiera estudiado periodismo, estaría tocando el chelo en alguna sinfónica.

 

¿Quiénes somos?

Atenta-mente es un proyecto periodístico transmedia, hace parte del énfasis en Periodismo Digital de la Universidad EAFIT.

Creado por un grupo de 13 estudiantes con intereses en el área de la salud mental, con el apoyo de algunos estudiantes y profesores del pregrado en psicología.

Métodos de autocastigo

Métodos de autocastigo

Todo empezó con las uñas.

Un pequeño acto que hasta el momento parecía inocente. Se las clavaba en las palmas en momentos de desespero o tristeza incontrolable. Las hundía en la piel hasta que salían pequeños halos de sangre. Según ella, eran fáciles de esconder: palmas siempre hacia abajo, objetos que ocuparan las manos o simplemente meterlas en sus bolsillos. Pensó que tenía todo bajo control. Sus pensamientos no llegaban todavía a un deseo de muerte y las decisiones que tomaba parecían tener efectos positivos y poco letales.

Juliana, quien prefiere no usar su nombre real, empezó desde los 13 años con pensamientos autodestructivos y obsesivos, algo que se considera común en pacientes con depresión. Como suele suceder con esta enfermedad, no existía una razón tangible para dichos sentimientos. Sus padres, las personas que mejor la conocían, no podían ver sus síntomas ni entenderla, y siempre le repetían: “No tienes que sentirte así, lo tienes todo en la vida”. Era una niña de contextura delgada, con ojos oscuros y un pelo largo y café. Como todos los adolescentes, sintió entrar en la famosa “época del moco”. Su nariz le parecía muy grande para su cara, su pelo era rebelde y opaco, las extremidades demasiado largas y flacas. Nada encajaba con nada.

Fue en esa época, cuando las niñas dejan de verse como princesas de sus padres y empiezan a cuestionarse lo que piensan los demás de su aspecto, que Juliana comenzó a reparar en cada detalle que podía diferenciarla. No era suficiente, era más bien poca cosa: su cuerpo le parecía contrahecho, su inteligencia promedio, su carisma inexistente. A pesar de que familia, amigos y compañeros nunca se lo dijeron con palabras, ella creía sentirlo en el fondo de sus miradas. “No eres perfecta, estás lejos de serlo”, se repetía una y otra vez. No sabía si deseaba ser perfecta o si era lo que alguien más esperaba de ella, simplemente se volvió una meta imposible, que la llevó a castigarse en repetidas ocasiones por “comportamientos insuficientes”, según los definía ella. Se encontraba en medio de un mar de odio a sí misma que la consumía cada vez más.

La falta de compresión por parte de sus padres y amigos la llevaron a pensar, además de su inconformismo, que era una malagradecida y que de alguna forma debía solucionarlo o sufrir las consecuencias en el camino. Sus actos no siempre se generaban por la misma razón: en algunos casos quería castigarse, en otros era una manera de llegar a sus metas y, en algunos cuantos, lo hacía para experimentar un sentimiento diferente al que la poseía. Se planteaba ese dolor como un dolor diferente, que la liberaba un poco de los sentimientos negativos que se acumulaban en su pecho.

 

Empezó a atacar su cuerpo:

vomitaba para bajar de peso (pese a estar delgada) o cuando comía algo que sabía contenía muchas calorías. Pero esto nunca le pareció suficiente y, después de una época de estrés académico, peleas repetidas con sus padres y un aislamiento progresivo de sus amistades, las conductas autolesivas escalaron. Las pequeñas marcas en las palmas se volvieron en un rito cotidiano.

El término utilizado para referirse a este tipo de lesiones es Autolesión No Suicida (ANS), definido en 2007 por la Sociedad Internacional para el Estudio de la Autolesión. Matthew Nock, psicólogo clínico americano, define la ANS como “la destrucción directa y deliberada del propio tejido corporal en ausencia de la intención de morir”.

Estos comportamientos pueden seguir aumentando, aun cuando una ideación suicida no se ha conformado, afectando diferentes aspectos de la vida de las personas, especialmente por la falta de métodos para lidiar con los sentimientos. Las razones detrás de estos actos son muy debatidas, pues existen numerosas explicaciones, que terminan por dividir a los especialistas que tratan el tema. Nock conceptualiza la ANS como “un comportamiento dañino que puede cumplir varias funciones intrapersonales (ej. regulación de los afectos) e interpersonales (ej. búsqueda de ayuda)”. Otros expertos, como la investigadora y profesora de psicología en Harvard, Jill Hooley, explican que en ciertos casos este tipo de comportamientos también se pueden adjudicar a métodos de autocastigo, derivados de una ira hacia sí mismo, común en pacientes con problemas de autoestima.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Juliana nunca estuvo segura de en cuál de estas razones encajaba su caso. Pensaba que todas y ninguna. Creía que tenía razones, pero casi nunca eran claras y, aunque sus acciones fueran persistentes, nunca llegó a cuestionarse a profundidad. Lo que a ojos de ella siguió pareciendo un acto inofensivo, llegó a un nivel preocupante.. 

 Un día, mientras lavaba los platos, un vaso de vidrio se le resbaló. Los pedazos quedaron regados por toda la cocina. Uno llamó su atención. Un cristal de tamaño considerable que había quedado sobre el mesón. Lo tomó en sus manos y así comenzó un suplicio que le prometía acelerar el camino hacia su autodestrucción. Realizaba los cortes de forma horizontal en sus muñecas y muslos. Fáciles de esconder, pero también fáciles de hacer. Usaba buzos, camisas largas, accesorios que los cubrieran. A veces quedaban al descubierto y alguien obtenía un vistazo. Las caras de personas cercanas a su vida se tornaban pálidas y Juliana rogaba por dentro para que no dijeran nada. Mirando en retrospectiva, algo dentro de ella quería que los vieran, que gritaran, que se abalanzaran sobre ella, que la ayudaran. Quienes las vieron nunca hicieron nada. Tuvieron miedo de comentar algo.

El tiempo pasó y cada pequeño acto contra sí misma se quedaba corto. Las heridas se convertían en más y más profundas, hasta que llegó a un punto en que no eran suficientes y las medidas se volvieron más extremas. El pensamiento de “si no estuviera aquí sería mejor para todos” se convirtió en su mantra. Lloraba horas enteras mientras el agua de la ducha caía sobre su cabeza, en las noches, cuando nadie escuchara. Creía que nada la sacaría de ahí, solo la muerte. Ya habían pasado cinco años desde que esos pequeños pensamientos obsesivos, que en su momento parecían inofensivos, se hicieron camino en su cabeza y su vida.

Durante ese tiempo cultivó unos pensamientos que le parecían útiles para llegar a sus objetivos y que cuando menos se dio cuenta, habían mutado y se habían convertido en un monstruo que ahora amenazaba con llevarla a las sombras. Se dejó ganar. La dejó ganar. La depresión había entrado de una manera tan silenciosa y disimulada, abriéndose paso en aspectos que parecían tan fútiles, pero que luego se convirtieron en factores determinantes.

Ya no se trataba de un pequeño castigo, ahora la depresión estaba reclamando su premio final: la vida de Juliana.

Un intento fallido con una pequeña cuchilla, de esas que venden en las papelerías, marcaría el final de un camino y el inicio de otro. La encontraron a tiempo y el problema que tantos ignoraron, por creerlo inexistente, se volvió tan real como la niña tendida en la cama del hospital. Ya era algo que no podían evadir y se dieron cuenta de que, de haber escuchado las pequeñas súplicas, no estarían en esta situación. Juliana encontró una mano amiga, que comprendió a tiempo que las heridas iban mucho más allá de su piel. Y agradeció que esa mano que entró a sus sombras no fuera la de la muerte, sino una cálida y viva.

De hecho, empezó a necesitar más que esa mano amiga. Necesito la de un familiar, la de un especialista y otras tantas. No puede nombrar cuál fue específicamente la que logró salvarla, piensa que quizá fueron todas. Sin embargo, es enfática al decir que la mano no ha de ser siempre la misma, solo debe contar con las mismas cualidades: cálida, viva, paciente, permanente. La sacó del fondo del mar, sus pulmones volvieron a respirar. No de un día para otro. Todo empezó con una pequeña charla, luego otra, otras más, una visita a un profesional, otras más. Los respiros los fue tomando lento, pero seguro. Esperando que llegara el día que alcanzara a la orilla y su respiración fuera consistente, fuerte, inquebrantable.

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Paula Andrea Galvis Jaramillo

Paula Andrea Galvis Jaramillo

Soy estudiante de Comunicación Social y Literatura. Vivo por y para la lectura y la escritura. Me encanta contar historias, pero más cuando tienen toques de imaginación. Disfruto más la ficción que la realidad y eso termina por chocar con mis estudios como comunicadora. Mi puesto ideal sería trabajar como editora de ficción.

 

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