La depresión no asume la culpa

La depresión no asume la culpa

Para todo aquel que he lastimado:

El sufrimiento es un dolor complejo, que rara vez es entendido en su totalidad. Más allá de no entenderlo, tampoco logramos enfrentarlo, mucho menos solucionarlo. Nos encerramos en nuestro dolor y no vemos más allá de la oscuridad que nos rodea. Quizá lo único que logra entrar en medio de ese agujero negro es el rostro de aquellas personas que nos rodean, que nos quieren. Desgraciadamente, este rostro entra alterado por el sufrimiento que genera el vernos en esta situación. Ustedes me repiten una y otra vez que quieren ayudarme para luego concluir que no saben cómo. Créanme, si lo supiera, se los diría.

No entiendo por qué me siento como me siento, no entiendo por qué no quiero levantarme de la cama, no entiendo de dónde proviene la presión en el pecho, no sé cómo bajar el latido acelerado de mi corazón. Tampoco sé cómo no hacerlos sufrir. El pensamiento de que ustedes sufren junto a mí solo hace aumentar mi sufrimiento, lo cual termina aumentando el suyo y así seguimos en un círculo vicioso que nos ahoga. Cuando estoy sumido en uno de estos momentos, más allá de querer estar bien por mí, quisiera estar bien por ustedes. Lo pienso en mi cama mientras intento dormir, lo pienso en la universidad mientras intento estudiar, lo pienso cada segundo que estoy despierto. Quisiera una barita mágica que eliminara mi dolor, que genera el suyo.

Hablando con mi psiquiatra, Sonia Botero, una de las pocas personas (o la única) a la que le puedo contar mi dolor sabiendo que no la lastimo, me dice que el sentimiento de culpa es más común de lo que creemos y que, aún peor, fuera de no encontrar consuelo en quienes nos rodean, lo sentimos como una carga más, como una preocupación adicional. Ella se refiere a este sentimiento como “ideas sobrevaloradas de culpa y de minusvalía”. Según lo que me contaba, sumado a lo que alguna vez leí en un glosario psiquiátrico y lo que le escuché a mis amigos que estudian Psicología, se tratan de pensamientos obsesivos, que predominan sobre las demás ideas, y que me llevan a pensar que ustedes me ven como una carga.

 

En pocas palabras: mi cabeza me dice que el problema soy yo

que la causa de su dolor es mía, que, si quizá yo no estuviera aquí, ustedes no estarían así. Sé que suena duro, sé que ustedes no lo piensan así, pero mi mente es autodestructiva, entre más dolorosa sea la idea, más me la creo. Mi culpa nace desde su sentimiento más básico (me siento culpable por no sentirme diferente), hasta un punto más complejo (me siento culpable por hacer a las personas sufrir).

Recuerden: mi mente me miente. A toda hora y en todo momento cree cosas que no son reales y sufre por cosas que nadie ve ni entiende. Me creo una carga, ustedes nunca han dicho que lo soy, pero así percibe mi vista nublosa esos momentos de desespero. Han dicho que ponga un poco más de mi parte, que intente ser fuerte e ignore a mi cabeza. Ojalá fuera tan fácil y ojalá esas palabras ayudaran, pero solo alimentan mis pensamientos desoladores. Tanta culpa solo me hace pensar que sería mejor si simplemente no estuviera acá.

 
 
 
 
 

Según la OMS, son unas 800 mil personas las que se suicidan al año en el mundo, no todas por depresión, pero en su gran mayoría sí está atada a esta. 800 mil personas que sienten o sintieron culpa y que no pudieron con ella.

 

Ustedes no pueden hacerme no sentir culpa, después de todo es entendible que les duela verme mal, así como a mí me duele verlos mal. La culpa está dentro de mí y lo único en lo que puedo trabajar es en callar esos pensamientos autodestructivos que me consumen.

Existen pocas cosas que ayudan a la hora de enfrentar este tipo de sentimiento, pero hay algo que casi todos olvidamos en estos momentos (y casi siempre en la vida) y es aprender a practicar la autocompasión. Esto lo he escuchado de diferentes especialistas y también lo leí en un blog, cuya entrada se titulaba Cómo superar los sentimientos de culpa. Según lo que pude entender, no se trata de sumergirme en este sentimiento y excusar el dejarme acabar por mis pensamientos. Es más bien entenderme a mí mismo, sentir dolor por mí mismo y tener compasión por mí mismo. No soy culpable de la enfermedad que padezco, no quiero padecerla, pero ahí está y tanto yo como ustedes debemos lidiar con ella y entenderla tal y como es: una enfermedad. Un desbalance químico que, aunque no vemos, está presente. Una enfermedad tan real como un dolor de cabeza: ese tampoco lo ven, pero lo sienten. Quizá así entiendan un poco más cómo funciona. Una enfermedad que agota, que duele, que ningún examen podrá demostrar, pero para la cual existen especialistas y medicamentos que pueden ayudar a su disminución.

Les puedo decir que lo siento, aunque no debería. Me duele profundamente verlos mal, pero yo no quiero sufrir y hacerlos sufrir. En algún momento debemos romper el círculo vicioso, en el que mi dolor aumenta mientras el de ustedes hace lo mismo. Mi cerebro juega conmigo, ya se los he dicho. Necesito que me ayuden a desenmascararlo, para descubrir el amor que se esconde tras estos sentimientos de dolor.

La culpa no lleva a ningún lado y si lleva a algún destino es solo hacia atrás y hacia abajo. La autocompasión no es mala, como todo en la vida es mala si se practica en exceso. Debo dejarme sentir mal, sufrir por la enfermedad que me ataca y nutrirme de ese sentimiento para salir adelante. Para encontrar la luz dentro de ese agujero negro necesito su ayuda, a los especialistas y que todos recuerden: mi mente siempre me miente.

Pd. Es claro que estos sentimientos son míos y no espero que los comprendas a profundidad. Pero, así como espero que tú me escuches, yo también quiero escucharte.

 

Atenta - Mente

Un proyecto transmedia para hablar de la depresión como una epidemia invisible.

Paula Andrea Galvis Jaramillo

Paula Andrea Galvis Jaramillo

Soy estudiante de Comunicación Social y Literatura. Vivo por y para la lectura y la escritura. Me encanta contar historias, pero más cuando tienen toques de imaginación. Disfruto más la ficción que la realidad y eso termina por chocar con mis estudios como comunicadora. Mi puesto ideal sería trabajar como editora de ficción.

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Atenta-mente es un proyecto periodístico transmedia, hace parte del énfasis en Periodismo Digital de la Universidad EAFIT.

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En nosotros también habita la belleza

En nosotros también habita la belleza

A vos, que como yo, resistís dentro de tu cabeza, tu propia celda:

Creo que a ti, como a mí, se nos ha forzado a cargar con la culpa de una sociedad que ha desplegado guerras y hechos históricos innombrables por no aceptar la diferencia. Un aspecto tan esencial para asumirnos humanos, comunidad, uno… yo.

Se nos ha otorgado la vergüenza de cargar con una particularidad que termina por permear lo que hacemos, creamos y podemos otorgar a la sociedad: una tristeza profunda sin razón aparente, una ausencia de sentido, un vacío que lo llena todo, un abismo siempre cercano, aunque no lo suficiente.

Esa palabra que termina por “definirnos”, se usa con tanta frecuencia en los últimos días que parece carecer de entendimiento alguno, algo que asemejo al uso de la palabra “dios”. Depresión. ¿Podrá una palabra realmente caracterizarnos?, ¿podrá esta palabra ir más allá de cifras, titulares y conversaciones académicas?, ¿podrá alguien conocer un alma pereciente y apretarla hasta hacerla encajar en una definición?, ¿serán la ciencia y la academia otro dios que disfraza su autoritarismo bajo la presunción de saberlo todo?, ¿qué es realmente esa palabra?

Como menciona James Boswell, un escritor inglés, en su libro La vida de Samuel Jhonsson, la depresión es una predisposición para experimentar un afecto negativo frecuente e intenso. Un fenómeno con múltiples variantes, matices, intensidades, mecanismos, roles y manifestaciones; no encontraremos dos personas que vivan la depresión del mismo modo, pues en nuestra historia, aprendizaje y experiencias damos diferentes significados a cada situación, y desde ahí las evaluamos.

Cabe aclarar, además, que ante esta palabra no basta la aclamada fuerza de voluntad, ni nuestro grado de tolerancia a la tristeza y el vacío –o la falta de sentido, que nos impide apreciar aquello que antes era un sueño suficiente–. ¿Cómo callar esa voz que te reclama constantemente, que te compara, que te menosprecia?

Cualquiera que haya leído esta carta hasta este punto podría pensar que se nos ha negado el deleite, el placer y el encanto, pero no, también hay un paraíso: la belleza que habita en nosotros; no considerándolo como una virtud únicamente nuestra, el ser humano en sí mismo habita la belleza, pero creo me entenderás cuando digo que al albergar una herida abierta, un infierno caminante, la belleza, cuando nos visita, se abre ante nosotros con llanto y conmoción, con una sensibilidad preparada para recibirla y disfrutarla, aunque dure poco.

 

Los grandes sufrimientos nos llevan a contemplar la vida con mayor hondura.


Ernesto Sábato, uno de mis escritores más cercanos y apreciados (que por cierto te recomiendo), describe de alguna forma la manera en la que tú y yo recorremos la vida: “Toda experiencia de dolor, de gran dolor, nos cuestiona enteramente la vida, hasta la misma existencia de Dios. Pero los grandes sufrimientos nos llevan a contemplar la vida con mayor hondura. Es un gran misterio”.

Lo que solo se abre ante los ojos de una persona cuando padece un gran sufrimiento, una gran pérdida, una desilusión demoledora, aquello que se queda simplemente en un episodio, en unos días, semanas o meses, es aquello que a nosotros nos impide ver con claridad día a día, año tras año: un gran dolor, ausencia de esperanza, cuestionamientos llenos de culpa, vergüenza, miedo y enojo; una vida finita hasta el hastío, un monólogo interno, incesante ante la incapacidad de explicarlo a otros.

Pero también, es aquello que nos abre la puerta a una belleza infinita, a la empatía dolorosa, a una búsqueda inconforme, tan necesaria por estos días; a una nostalgia que termina en expresiones y experiencias estéticas, artísticas, comunitarias, literarias que serán nuestro relato para continuar construyendo comunidad; o a un trabajo arduo y bien hecho, muy a pesar de todas las cortinas pesadas que debemos correr con bastante esfuerzo antes de poder sentarnos a realizarlo, y a pesar de las ganas permanentes de renunciar a todo, en especial a la universidad.

Podríamos entender a Andrés Caicedo, cuando en su texto, Mi cuerpo es una celda, dice: “Me da un miedo atroz pensar que se está debilitando mi interés por todo. No resisto esta soledad, busco compañía y no resisto la compañía”.

Podríamos entender también a Alejandra Pizarnik, cuando en su poemario, Árbol de Diana, dice: “La soledad es no poder decirla”.

Podríamos comprender a Sábato cuando, en su último libro, Antes del fin, se sincera ante la muerte de su hijo: “Sobre mi escritorio puse una fotografía de Jorge, y ahora lo miro, lo miro con la añoranza de un abrazo que me parte el pecho. Cómo querría volver hacia atrás el tiempo. ¿Cuándo acabará este peso agobiante y absoluto? (…) ¡Cuántas veces, hundido en negras depresiones, en la más desesperada angustia, el acto creativo había sido mi salvación y mi baluarte! (…) Pero la ausencia de Jorge es irreparable”.

No es raro que la depresión haga que te veas a ti mismo de una manera negativa, que sientas que no vales lo suficiente, que no eres digno de ser amado y que nada podrá cambiar. Del mismo modo, sería usual que veas con pesimismo el mundo y el futuro, perdiendo interés en lo que ocurre a tu alrededor y experimentando menos satisfacción por las cosas que antes disfrutabas, tal y como los psiquiatras Judith y Aaron Beck lo mencionan en su texto Terapia cognitiva de la depresión. Sin embargo, como ya te había dicho, no todas las personas vivimos los mismos síntomas:

 
 

 hay quienes pueden no sentir la tristeza o el abatimiento usuales, sino una incapacidad ante el placer, incomodidades físicas o una relación problemática con el alcohol u otras sustancias.

Es por eso que la frase que suele usarse como un intento de remedio o bálsamo: “La vida es bella: aprende a disfrutar los pequeños placeres del día a día”, a la que hace referencia Juan Carlos Rincón en su libro La depresión (no) existe:

  • Se queda corta: el placer es efímero, y, usado en exceso, suele dejar huecos profundos.
  • Es estigmatizante: nosotros sí logramos disfrutar de los pequeños placeres, hay destellos de belleza diariamente, pero, aparte de que encontrarlos con una cabeza llena de angustia, por no decir más, es sumamente difícil, en ello no encontramos razones suficientes.
  • Y, por hacerlo corto, también es egoísta: el mutismo de nuestra sociedad ante las emociones propias y ajenas ha sido siempre una piedra en el zapato, un difusor de violencia, un retroceso. A todos, incluyéndonos a ti y a mí, nos hace falta entender y aceptar el dolor para poder convivir adecuadamente con el propio y el ajeno.

Aún en el momento en que te escribo esto siento algo de culpa, esquivos miles de estigmas en mi cabeza, siento que toco un tema prohibido… No quiero que me mal entiendas, no intento elogiar a “la depresión”, pues tratarla debidamente, y, tal vez, conseguir superarla es el verdadero camino; aún así, mientras encontramos ese camino, hacernos el recorrido más ameno y llevadero es parte de los logros pequeños que podemos conseguir. Aceptar que esa particularidad no nos obliga, ni a ti ni a mí, a cagar con culpa, vergüenza o miedo.

Me atrevo a afirmarte que más personas de las que nos imaginamos han tenido un encuentro cercano con esa palabra, “depresión”, que de manera sutil hace hogar en nuestro cuerpo. Para decírtelo con precisión, la Organización Mundial de la Salud estipula que la depresión afecta, aproxiamente, a 280 millones de personas alrededor del mundo.

Entonces, sería hora ya de que la expongamos, la desnudemos y le atravesemos la culpa y la vergüenza con la que nos ha hecho vivir. Su miedo a ser descubierta ya no será nuestro.

No hay que perder de vista que la vida vale la pena ser vivida, así haya dosis de sufrimiento en ella. Las emociones, aunque no siempre sean placenteras, tienen una razón de ser, aparecen como respuestas de nuestros asuntos internos y externos, y tienen una función evolutiva: nos informan que algo ocurre, nos motivan a la acción y nos empujan a comunicarnos con los demás en búsqueda de apoyo.

Todos somos historias y recuerdos, retos y momentos de crisis que, inevitablemente, nos generan malestar o niveles de afecto negativo y que, cuando persisten en el tiempo, se incrementan y nos incapacitan para lo que usualmente hacíamos, por tanto, es necesario recurrir a un profesional de la salud mental.

Aunque se muestre lejano e inalcanzable, con el acompañamiento adecuado, sí es posible despegarse de esa sombra pesada y oscura que nubla la visión. No siempre será fácil, pero el primer paso es reconocer lo que está ocurriendo y buscar la fortaleza para exteriorizarlo con nuestros aliados en la resistencia: familia, demás seres queridos y profesionales de la salud mental. Se ha evidenciado que entre menor tiempo pase desde el inicio de los síntomas y el tratamiento, mayor será la posibilidad de recuperación.

Por último, quisiera invitarte a responder esta carta. Puedes hacerlo de la manera en que desees, escribiéndome, haciendo un dibujo, mandándome una canción al correo atentamenteeafit@gmail.com; hablar entre nosotros es parte del proceso, una parte de nuestra victoria.

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Juanita Mosquera Lasso

Juanita Mosquera Lasso

Amo las historias, por eso me gusta el periodismo narrativo en todos sus formatos. Me encantan la música y los animales. Si no hubiera estudiado periodismo, estaría tocando el chelo en alguna sinfónica.

Elena Suárez

Elena Suárez

Estudio psicología y no veo la hora de graduarme. Me encanta intentar comprender y ayudar a los demás. Para mí, nunca nada es suficiente, siempre me verán intentando aprender un poco más. Casi siempre estoy en desacuerdo con mis amigos, pero aún así nunca peleamos.

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Más allá de la fiesta

Mas allá de la fiesta

Querido Jorge

La noche en la que hablamos por última vez fue la más dura, expresabas sentirte atrapado en tus propias garras, sin poderte defender de aquel bosque oscuro en el que te “encontrabas”. Decías que te envolvía y, cada vez, te introducía más y más, sin nadie a tu alrededor a quien pudieras preguntar por dónde era la salida, por dónde comenzabas a escuchar el río, ese sonido que seguramente te llevaría a puerto seguro.

Ese bosque, en el que te encuentras luchando con lo que tu alma siente, pero que no puedo recocer. Y lo más delicado, no me ayudas a entender cómo puedo ayudarte a salir, solo me dices: “Estoy bien”, aunque pensándolo bien, no eras tú quien me tenía que ayudar a entender por la condición que atravesabas, era yo quien debería saber que ese bosque se estaba llenando cada vez más de animales salvajes, que con sus garras te herían cada vez más. Lamento que tu entorno sea tan desesperanzador y que te estés sintiendo solo en medio de tanto acecho.

En medio de la noche oscura, tu carácter ocultó muy bien tus frustraciones y pérdidas y logró por un momento encontrar en aquel bosque un lugar alumbrado por un fragmento de luna, y retumbaron en ti los consejos que alguna vez te di:

“Lo que realmente te hace falta es sexo, salir, amigos, tocar tu guitarra” y quién sabe qué más.

Y así fue, esa noche hiciste tu simulacro emocional, fingir lo que no eras, mientras yo me sentía feliz pensando que te estaba ayudando a salir de tu bosque y que haciendo lo que nos gustaba en el pasado, todo volvería a la normalidad.

La fiesta comenzó, parecía que en aquel bosque que describías dentro de ti hubieses encontrado el castillo en donde el rey estaba ofreciendo una fiesta a los más desdichados de la provincia y tú, siendo un simple pastor de ovejas, lucías la mejor pinta para disfrutar de lo que usualmente no tenías.

Justo aquella noche, antes de que saliéramos, cavilaba qué era lo que estaba pasando contigo, dónde estaba aquel amigo, alegre, charlatán, que disfrutaba salir y que se reía de lo más mínimo. Por un momento, giré mi cabeza y de manera rápida y leí el título de un libro que estaba sobre tu mesa de noche: La depresión NO existe, de Juan Carlos Rincón, y me dije: “¡Bingo! ya somos dos los que creemos que la depresión no existe… Así que, a divertirnos, ¡carajo!”

Llegando al bar, comenzó tu simulacro y aunque creías que lo estabas haciendo bien, recuerdo verte tocando la guitarra con los ojos más abajo de lo habitual, tus hombros caídos y tu característica sonrisa poco espléndida, los acordes que interpretabas no sonaban igual y lo más triste fue ver tus ojos cerrándose poco a poco, al parecer, para abandonar el ruido.

Y justo en ese momento me di cuenta de lo que realmente pasaba contigo: ¿acaso sería demasiado tarde para preguntarte? Quería saber qué había dentro de ti más allá de la fiesta.

 

Cuando llegamos a tu casa, intenté hacerlo, lo primero que vi fue el libro y me dije: “¡Qué bruta soy!”, realmente el libro hace alusión a que la depresión sí existe y justo abro una página que hablaba sobre cuan grave es decirle a alguien deprimido que lo que le hace falta es sexo, salir y amigos.

Ahora soy yo quien sabe lo que tienes, aunque tú no lo veas tan claramente. Pero no te sientas solo, existen entidades y personas expertas que te pueden acompañar, ¿recuerdas a Jacobo Ríos el que estudió Psicología, con el que hacíamos todos los trabajos y que cantaba siempre en los festivales de la canción universitaria?

Él me explicó que la persona que sufre depresión ha dejado de desear, tal vez por sentirse indigno, no tiene motivos para despertar, para levantarse de la cama, para comer y lavarse los dientes. El mundo ya no le devuelve aquello que ha sacrificado en cada elección. En ocasiones, personas como yo, nos convertimos en enemigos de su condición, verdugos de su culpa.

Cuando le pedí un consejo sobre tu condición, me dijo: “Hay que darle un sitio en el mundo, alivianar su carga, no pretendiendo cargar el peso de la depresión que el otro lleva encima, sino dejando que él mismo vaya despojándose de sus razones”.

La persona que sufre depresión ha dejado de desear, tal vez por sentirse indigno, no tiene motivos para despertar, para levantarse de la cama, para comer y lavarse los dientes. El mundo ya no le devuelve aquello que ha sacrificado en cada elección.

Jorge, quiero acompañárte en silencio e intentar que no hagas parte del crecimiento de las cifras en cuanto a salud mental. La Organización Mundial de la Salud (OMS) indica que aproximadamente 280 millones de personas en el mundo tienen depresión

Amigo, quiero que juntos y en silencio podamos encontrar el sonido del río en aquel bosque en el que te encuentras. Creo que es necesario transformar tu sufrimiento sin olvidarlo y que, más allá de la fiesta, entiendas que siempre encuentras en mí el apoyo para hallar el norte.

¿Cuáles son las características de tu bosque?, ¿te sientes perdido en medio de él?

Recuerda que nunca hay noche de 24 horas, por más oscuro que sea, siempre saldrá el sol.

Atenta - Mente

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Biviana Castrillón

Biviana Castrillón

Estudiante de comunicación social, mamá, esposa y amante de la música gospel cuando los momentos oscuros quieren apagar mi luz.

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