Episodio 5: Una triste aferrada al gozo

Una triste aferrada al gozo

La historia de María Camila Gómez, una de las estudiantes que hizo parte del proyecto Atenta-mente, del énfasis en Periodismo Digital, nos cuenta su historia con el trastorno de la depresión y cómo le hizo frente.

 
 
 
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¿Quiénes somos?

Atenta-mente es un proyecto periodístico transmedia, hace parte del énfasis en Periodismo Digital de la Universidad EAFIT.

Creado por un grupo de 13 estudiantes con intereses en el área de la salud mental, con el apoyo de algunos estudiantes y profesores del pregrado en psicología.

Desigualdad social y depresión

¿El contexto social, político y económico pueden causar depresión?

Aunque pareciera extraño la desigualdad social, reflejada en el desempleo, el poco acceso a la educación, no tener agua potable, no contar con un lugar cómodo para dormir en la noche, tener un contexto político inestable y otros acontecimientos hace que llegue la estratificación y con ello la depresión.

Una encuesta hecha por Profamilia, así lo demuestra. Las personas de estratos medios y bajos afirman haber tenido uno o más síntomas asociados a la ansiedad y la depresión.

Entérate, cómo el contexto social, podría desencadenar depresión en los seres humanos.

 

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No quiero ver mas estudiantes muertas

No quiero ver más estudiantes muertas

La profe Julia ve a Clara bajar por las escaleras del colegio y con voz triste le dice:
–¡Hola, Clara!, descansa y acuérdate de nosotros.

Mientras lo dice, la figura de Clara –una adolescente de altura media, piel blanca y muy activa– desaparece en la lejanía del colegio, en donde todos los días Julia saluda de forma cálida a sus estudiantes de décimo grado:
–¿Cómo estás hoy? –les dice, una por una, mirándolas a los ojos e intentando indagar más allá de la respuesta rutinaria.
–Bien, gracias profe.

La experiencia de más de 28 años de esta mujer alta, de ojos expresivos, labios rojos y voz dulce, enmarcada con un cuadro grande de Jesús a sus espaldas cuando habla en el aula, le advierte que esos ojos de Clara no dicen la verdad, que ese “bien gracias” no se correspondía con su actitud de los últimos días.
En su mente se pregunta: “¿Por qué me dice que está bien, cuando hace un rato la vi en clase, arrancándose el cabello, y a su compañera en el servicio médico con un diagnóstico de anorexia?”.

¿Qué estoy haciendo mal?

“¿Qué estoy haciendo mal para que su comportamiento, aparentemente normal, no termine en tragedia?”, continúa en su reflexión constante.
 

La profe Julia quisiera tener las respuestas a sus preguntas y darles sentido a las vidas de sus alumnas, ser un poco parte de ellas. Admira y se emociona cuando habla de Erik Erikson, un reconocido psicólogo por sus aportes a la ciencia de la conducta, quien afirma que “la vida no tiene sentido sin la interdependencia. Nos necesitamos unos a otros, y cuanto antes nos enteremos, mejor para todos nosotros”.

En la sala de profesores, con mesas grandes y antiguas, a Julia la abruma pensar en las estudiantes, la entristece. No es que sienta depresión, pero ha vivido rodeada de ella y la conoce de cerca, porque sus alumnas la padecen sin saberlo.

Ve correr a Clara por el colegio y bajar rápido las escaleras de siempre. Incluso una semana antes de la trágica noticia. Era tanto su alboroto durante el descanso que mientras caminaba se levantaba la blusa, gritaba y cantaba.

“la vida no tiene sentido sin la interdependencia. Nos necesitamos unos a otros, y cuanto antes nos enteremos, mejor para todos nosotros”.

–¿Qué es eso, Clara?, bájate la camisa, por favor –le decía Julia.

Clara, luego del alboroto en el descanso, está muy callada en clase y aunque responde las preguntas, siempre quiere que le digan que colabora mucho.
–¿Cierto profe que yo sí colaboro? –dice mientras, a lo lejos, saluda un poco tímida a su profesor de Educación Física.

Pasan los días y Clara se ausenta, la profe Julia no sabe nada de ella. La última vez estaban viendo la película Contacto, que muestra el lugar del ser humano en el universo y los esfuerzos realizados en una ambiciosa cacería científica: la búsqueda de señales extraterrestres. Clara y sus compañeros debían hacer un informe final. Estaban en su clase de Filosofía, hablando sobre la ciencia.

Días después, la vio más flaca que de costumbre, con comportamientos extraños, seguía faltando a clase a menudo y no entregaba los trabajos.
–¿Qué tienes? –le preguntó un día en clase.
–Nada grave, profe, no sé qué tengo.

La profe Julia, durante su tiempo de docencia, ha observado muchos casos de comportamientos extraños de las niñas, y ellas no los perciben así.

–Recuerdo aquel día que debía recibir a las estudiantes de décimo grado. Me hacía falta una niña. No sé por qué razón fui al baño y allí la encontré, aun con vida y con sus manitos llenas de sangre. Se había cortado las venas, producto de un suceso fuerte en su familia. Mientras la veía con su sangre cayendo por sus manos, inmediatamente recordé el caso de otra estudiante, diagnosticada con trastorno de personalidad por los constantes abusos y malos tratos que recibía de sus amigas.

¡En serio! ¡No quiero ver más estudiantes muertas ni tampoco que intenten quitarse la vida! ¡Es realmente muy duro! Por eso me gusta formar, no solo educar.

Un artículo publicado por el periódico El Tiempo en 2017 señala que la “la depresión es 1,5 veces más común entre las mujeres que en los hombres. Y tres grupos de edad son particularmente vulnerables: jóvenes, mujeres embarazadas y en estado de posparto –a un 15 por ciento se le diagnosticaría depresión en el futuro”.

–¿Qué es lo que no estamos viendo?, ¿qué nos hace falta? –dice Julia con voz quebrada, mientras narra su historia.

Las niñas sufren, se mueren y no sabemos qué pasa dentro de ellas. Las familias se ven apartemente bien conformadas. Recuerdo aquel viernes en la sala de profesores. Clara me llamó desde la puerta:

–Profe Julia, ¿qué trabajo le estoy debiendo?, el martes se lo entrego.

Esa pregunta y la respuesta de Clara le sonaron a despedida, presentía en su corazón que algo malo estaba pasando. “¿Esta será la última vez que la veré?”, se preguntó Julia.

Era domingo y sonó el teléfono, Julia contestó y al otro lado se oyó la voz de la directora de grupo:
–¡Ha muerto una estudiante, se ha suicidado!
–¿Fue Clara? –preguntó Julia.
–Sí, fue ella.

Era martes, la profe, triste y pensativa buscaba la manera de ayudarles a sus estudiantes. A pesar de los reveses, a veces trágicos, sigue intentando crear cercanía con ellas, sin cuestionarlas tanto. Mientras pensaba, veía a Clara en su mente bajar por las escaleras a toda prisa y le dijo:

–¡Hola, Clara!, descansa y acuérdate de nosotros.

 
 

Atenta - Mente

Un proyecto transmedia para hablar de la depresión como una epidemia invisible.

Biviana Castrillón Díaz

Biviana Castrillón Díaz

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¿Esto nació conmigo?

¿Esto nació conmigo?

Esa sensación en el pecho, tan conocida, llega nuevamente;

llega nuevamente; te oprime la caja torácica al punto de obstruirte la respiración. Angustia, angustia, y más angustia. Un desgano absoluto te envuelve, te estruja el estómago. ¿Y la tristeza?, persiste fiel, nunca se ha ido, solo logra camuflarse por momentos o por días; “he estado mejor, creo que ya he aprendido a controlarlo” llegas a pensar con optimismo, pero un día te levantas y está ahí nuevamente, o más potente que antes. ¿Por qué?, no hay razón aparente.

“¿Otra vez, Sofía?, ¿en serio?”, te dices a ti misma con desesperación. Ya no sabes a quién acudir cuando las cosas se te salen de las manos, “esta vez no me van a creer, es el segundo episodio esta semana”, vergüenza, vergüenza y más vergüenza; ah, y también, culpa.

Casi siempre tienes el control, te has forzado a apretar las riendas de tu cabeza, pero en ocasiones la fuerza con que las empuñas no es suficiente. Le escribes a tu mamá: “Creo que tengo una crisis en este momento… Tengo ganas de morirme, dejar todo tirado. Me sabe a mierda la universidad. Me odio. Odio todo. No soy capaz con nada. Probablemente el trabajo va a ser lo mismo. Aguantar y aguantar esta mierda, ¿para qué?”.

¿Qué pasa por fuera?, nada, disciplinadamente no pasa nada, no hay que hacerlo evidente, esta es solo una crisis más de tantas… En ocasiones no lloras, te tragas el llanto con dolor en la garganta. A veces no es necesario tragarlo, la crisis simplemente no te lo permite. Otras veces el llanto te controla y sale a gritos, no hay consuelo alguno, tampoco hay razones suficientes, pero el llanto no se va. Cuando eso sucede la puerta de tu habitación permanece cerrada, tienes que evitar que alguien lo note. Después sales con sigilo al baño, te echas agua en la cara enrojecida y te estregas la pegatina que genera la mezcla entre las lágrimas medio secas y el moco, nadie debe darse cuenta. Pero al siguiente día todos lo notan, el rostro hinchado se los cuenta en voz alta. Aún así nadie te dice nada, guardan silencio por guardarte a ti y tú sientes esa lástima como mil agujas en el estómago clavadas en tus tripas, la percibes en sus ojos. Sin embargo, no es lástima. Es impotencia, preocupación, desconcierto; es no saber qué hacer o qué más hacer para ayudarte. Y tú lo entiendes, en los momentos de calma lo piensas y lo entiendes, pero eso solo trae más culpa y más vergüenza.

Casi siempre te arrancas el pelo, uno a uno: lo arrancas, te lo metes a la boca, lo enrollas entre los dedos con la mano casi cerrada, abres la mano con fuerza, el pelo se estalla… un leve alivio; ahora el siguiente, solo pasan segundos. Lo del pelo no solo ocurre durante las crisis, viene desde la infancia.

Fecha: 4 de marzo, 1996 - Ciudad: Ibagué, Tolima Nombre: Sofía Morales Cardoso

Rubia, blanca, pómulos rosados. Hija de una pareja que apenas iniciaba su carrera universitaria. Una jovencita de 18 años proveniente de una familia campesina, trabajadora, sin estudios, pero con unos valores sumamente arraigados; un joven de 20 años, proveniente de una familia política, adinerada, evangélica, al que sus padres decidieron echar de la casa por alcohólico, sale de Bogotá y termina en Ibagué.

A los dos años te despides de tus abuelos maternos, quienes fueron y han sido tus verdaderos papás. Bogotá te recibe, pero algo no es igual, y tu cabeza lo evidencia: te has arrancado la mitad de ese pelo rubio que la cubre. Tu familia lo toma como una manía, una de la cual hacer burla, no como el trastorno que es.

La tricotilomanía, o tricología, es un trastorno obsesivo compulsivo. Según lo explica Cristina María Vasco, médica del Centro de Tricología de Medellín, en una entrevista: “Es un desorden psiquiátrico donde se presenta la autodestrucción”, y se puede presentar por múltiples factores, entre ellos problemas o traumas afectivos, familiares, sociales, de autoestima, violencia, etc.

Pasan pocos años, tus papás se separan. En los sueños le dices a tu papá que no te deje y despiertas empapada en llanto. Se presenta una situación de abuso sexual en el colegio, solo tienes seis años. Tu mamá asume una conducta violenta, no sabe con quién más desahogar lo que está viviendo. Consigue otra pareja y te tienes que adaptar a las nuevas normas que esta trae. Tus abuelos maternos van a visitarlas cada vez que pueden, y las despedidas te hacen trizas. “Dios, ¿por qué no puedo tener una familia normal?”, dices entre sollozos. En el colegio tienes pocos amigos, pasas las tardes sola o con alguna de las empleadas que van y vienen cada tanto.

“Hola, mamá, te quiero con toda mi alma, mi corazón y mi ser. Cuando leas esto, de pronto vas a pensar que es un chantaje para que no me castigues, pero no es ningún chantaje, es verdad. A veces siento que nunca me has querido, sé que tengo muchas cosas, pero me hace falta un poco de atención, pero te quiero mucho así casi no te preocupas por mí”, le escribes a los ocho años, y en la parte baja de la hoja haces un dibujo en el que ella tiene como boca un arco hacia arriba y tú, un arco hacia abajo. Ese mismo año piensas por primera vez en morirte.

Comes en exceso, a escondidas; te comes incluso las uñas. Subes de peso y las burlas no se hacen esperar. Niños, profesores y familiares te reclaman que estás gorda.

Muchos gritos se escuchan en tu casa, peleas entre tu mamá y su pareja. En una visita del Instituto de Bienestar Familiar te revisan el cuerpo lleno de moretones.

Llegas a la adolescencia, apatía total: no hablas, no socializas, no sales a ninguna parte. Pierdes siete materias cada periodo. Vomitas intencionalmente la comida. Te cambian de colegio repetidamente. En una de esas ocasiones conoces personas que parecen ser tus amigos, y a los trece años consumes marihuana por primera vez.

Reclamos, rechazos. Tus papás se debaten entre quién debe quedarse contigo y ninguno de los dos lo desea en realidad. ¿En serio, Sofía?, ¿otra vez, Sofía?, ¿ahora qué, Sofía?

¿Qué pasa por fuera? Nada. Absolutamente nada. En el colegio no saben nada, en Ibagué no saben nada, los conocidos no saben nada, tu papá no lo sabe todo, aparece cada seis meses o cada año. Solo sabían que todo tenía demasiada trascendencia para ti, que salías llorando del salón porque sí y porque no, que dejabas de hablar por días y que eras “vaga”, “mala estudiante”. Y tú, ¿qué hacías? Pretender que así era, que no pasaba nada.

A los dieciséis años, un mes antes de graduarte del colegio, has planeado cómo suicidarte.

Jéssica López, magister en Psicología Cognitiva y docente de la Universidad Santiago de Cali, asegura en un artículo de El País, que la depresión en niños y adolescentes, cuando es causada por factores externos, puede darse por múltiples motivos: 

 

la muerte de un ser querido, un cambio drástico en el entorno o familia, ausencias en la infancia, abuso físico o psicológico, matoneo estudiantil, entre otros. Y, que, el consumo de sustancias psicoactivas puede generar procesos en el cerebro que empeoran los síntomas.

Todo es diferente. Tu mamá cambia, tu papá también. Tu familia intenta rodearte, te cuida, te abriga. Entras a la universidad y conoces buenos amigos. Te conviertes en una estudiante sobresaliente, eres perfeccionista, quieres ser la mejor. Pero algo sigue sin estar bien. Lloras, lloras, lloras. Desistes de la Licenciatura en Idiomas por no ser buena, porque tu promedio no era el mejor, porque no eras suficiente. Pero eso solo era cierto en tu cabeza.

Entras a Diseño Gráfico y pasa lo mismo. Entras a Literatura y pasa lo mismo.

Te cuesta relacionarte con la gente, a pesar de eso tienes noviazgos con personas que te quieren, pero tú no logras querer a nadie. Te frustras. No sabes cómo querer a alguien. Terminas y vuelves cada vez que te es posible, hasta que te dejan a ti.

Crisis.

De nuevo, crisis.

Y a la semana, crisis.

“¿En serio, Sofía?, ¿por qué?, te vas a quedar sola, todos se cansan de ti”, es el monólogo que martilla tu cabeza.

El psiquiatra José Carlos Mingote, en su investigación El paciente que padece un trastorno depresivo, explica que “en el ámbito psicosocial, la depresión produce un gran sufrimiento en la persona afectada y en las personas de su entorno”, y que tiene importantes repercusiones en el área académica, laboral y social, debido al absentismo, a la pérdida de capacidades de relacionamiento, la pérdida de la productividad, etc.

Vas a terapia, el psiquiatra es un morboso. Vas a la iglesia: juicios, presiones e indicaciones estrictas de vida. Vas a grupos religiosos, pero en poco tiempo las crisis hacen que te ausentes; terminan por hacerte a un lado porque “te dan esas cosas raras”.

Arrancarte el pelo. Comerte las uñas. Comer en exceso. Dejar de comer. Llorar sin motivo. Dormir la mayor parte del día. Mensajear a tu mamá: “Creo que tengo otra vez una crisis. Todo el mundo espera tanto de mí y yo no sé hacer nada. Esta vida me queda grande. Siento que Dios me odia. Todo lo hago mal. Él está decepcionado de mí”.

Pasan los años, vuelves a empezar una y otra vez hasta que te cansas de andar en círculos. Desistes de dios, desistes de la terapia, desistes de la iglesia, desistes de varios amigos que han conocido tu pasado, por vergüenza. Inicias una nueva carrera y decides que vas a graduarte, muy a pesar de lo que te cuesta lidiar con tu cabeza y los estragos que la presión hace en ella. Decides tener nuevas amistades y cuidarlas, a pesar de lo difícil que se te hace relacionarte o en ocasiones estar rodeada de personas. Decides no volver a hablar del tema con nadie ni a demostrar cuando llega un día, una semana o un mes malo. Decides tener tus crisis sola, ocultarlas al mundo, ser “normal”.

En unos meses obtendrás tu título, tienes una pareja estable hace unos años y una relación sana con tu familia. A veces logras controlar el arrancarte el pelo, comerte las uñas o comer en exceso, intentas mitigar las crisis con deporte, actividades culturales, artísticas y tiempo en compañía, pero cuando parece que has avanzado: “¿Otra vez, Sofía?, ¿en serio?”, y entonces mensajeas la crisis como tantas veces: “La vida es un absurdo. Soy un asco. No quiero seguir, no soy capaz. Soy un fracaso. No voy a poder con la vida en general, mami. Perdón”.

Atenta - Mente

Un proyecto transmedia para hablar de la depresión como una epidemia invisible.

Juanita Mosquera Lasso

Juanita Mosquera Lasso

Amo las historias, por eso me gusta el periodismo narrativo en todos sus formatos. Me encanta la música y los animales. Si no hubiera estudiado periodismo, estaría tocando el chelo en alguna sinfónica.

 

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Métodos de autocastigo

Métodos de autocastigo

Todo empezó con las uñas.

Un pequeño acto que hasta el momento parecía inocente. Se las clavaba en las palmas en momentos de desespero o tristeza incontrolable. Las hundía en la piel hasta que salían pequeños halos de sangre. Según ella, eran fáciles de esconder: palmas siempre hacia abajo, objetos que ocuparan las manos o simplemente meterlas en sus bolsillos. Pensó que tenía todo bajo control. Sus pensamientos no llegaban todavía a un deseo de muerte y las decisiones que tomaba parecían tener efectos positivos y poco letales.

Juliana, quien prefiere no usar su nombre real, empezó desde los 13 años con pensamientos autodestructivos y obsesivos, algo que se considera común en pacientes con depresión. Como suele suceder con esta enfermedad, no existía una razón tangible para dichos sentimientos. Sus padres, las personas que mejor la conocían, no podían ver sus síntomas ni entenderla, y siempre le repetían: “No tienes que sentirte así, lo tienes todo en la vida”. Era una niña de contextura delgada, con ojos oscuros y un pelo largo y café. Como todos los adolescentes, sintió entrar en la famosa “época del moco”. Su nariz le parecía muy grande para su cara, su pelo era rebelde y opaco, las extremidades demasiado largas y flacas. Nada encajaba con nada.

Fue en esa época, cuando las niñas dejan de verse como princesas de sus padres y empiezan a cuestionarse lo que piensan los demás de su aspecto, que Juliana comenzó a reparar en cada detalle que podía diferenciarla. No era suficiente, era más bien poca cosa: su cuerpo le parecía contrahecho, su inteligencia promedio, su carisma inexistente. A pesar de que familia, amigos y compañeros nunca se lo dijeron con palabras, ella creía sentirlo en el fondo de sus miradas. “No eres perfecta, estás lejos de serlo”, se repetía una y otra vez. No sabía si deseaba ser perfecta o si era lo que alguien más esperaba de ella, simplemente se volvió una meta imposible, que la llevó a castigarse en repetidas ocasiones por “comportamientos insuficientes”, según los definía ella. Se encontraba en medio de un mar de odio a sí misma que la consumía cada vez más.

La falta de compresión por parte de sus padres y amigos la llevaron a pensar, además de su inconformismo, que era una malagradecida y que de alguna forma debía solucionarlo o sufrir las consecuencias en el camino. Sus actos no siempre se generaban por la misma razón: en algunos casos quería castigarse, en otros era una manera de llegar a sus metas y, en algunos cuantos, lo hacía para experimentar un sentimiento diferente al que la poseía. Se planteaba ese dolor como un dolor diferente, que la liberaba un poco de los sentimientos negativos que se acumulaban en su pecho.

 

Empezó a atacar su cuerpo:

vomitaba para bajar de peso (pese a estar delgada) o cuando comía algo que sabía contenía muchas calorías. Pero esto nunca le pareció suficiente y, después de una época de estrés académico, peleas repetidas con sus padres y un aislamiento progresivo de sus amistades, las conductas autolesivas escalaron. Las pequeñas marcas en las palmas se volvieron en un rito cotidiano.

El término utilizado para referirse a este tipo de lesiones es Autolesión No Suicida (ANS), definido en 2007 por la Sociedad Internacional para el Estudio de la Autolesión. Matthew Nock, psicólogo clínico americano, define la ANS como “la destrucción directa y deliberada del propio tejido corporal en ausencia de la intención de morir”.

Estos comportamientos pueden seguir aumentando, aun cuando una ideación suicida no se ha conformado, afectando diferentes aspectos de la vida de las personas, especialmente por la falta de métodos para lidiar con los sentimientos. Las razones detrás de estos actos son muy debatidas, pues existen numerosas explicaciones, que terminan por dividir a los especialistas que tratan el tema. Nock conceptualiza la ANS como “un comportamiento dañino que puede cumplir varias funciones intrapersonales (ej. regulación de los afectos) e interpersonales (ej. búsqueda de ayuda)”. Otros expertos, como la investigadora y profesora de psicología en Harvard, Jill Hooley, explican que en ciertos casos este tipo de comportamientos también se pueden adjudicar a métodos de autocastigo, derivados de una ira hacia sí mismo, común en pacientes con problemas de autoestima.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Juliana nunca estuvo segura de en cuál de estas razones encajaba su caso. Pensaba que todas y ninguna. Creía que tenía razones, pero casi nunca eran claras y, aunque sus acciones fueran persistentes, nunca llegó a cuestionarse a profundidad. Lo que a ojos de ella siguió pareciendo un acto inofensivo, llegó a un nivel preocupante.. 

 Un día, mientras lavaba los platos, un vaso de vidrio se le resbaló. Los pedazos quedaron regados por toda la cocina. Uno llamó su atención. Un cristal de tamaño considerable que había quedado sobre el mesón. Lo tomó en sus manos y así comenzó un suplicio que le prometía acelerar el camino hacia su autodestrucción. Realizaba los cortes de forma horizontal en sus muñecas y muslos. Fáciles de esconder, pero también fáciles de hacer. Usaba buzos, camisas largas, accesorios que los cubrieran. A veces quedaban al descubierto y alguien obtenía un vistazo. Las caras de personas cercanas a su vida se tornaban pálidas y Juliana rogaba por dentro para que no dijeran nada. Mirando en retrospectiva, algo dentro de ella quería que los vieran, que gritaran, que se abalanzaran sobre ella, que la ayudaran. Quienes las vieron nunca hicieron nada. Tuvieron miedo de comentar algo.

El tiempo pasó y cada pequeño acto contra sí misma se quedaba corto. Las heridas se convertían en más y más profundas, hasta que llegó a un punto en que no eran suficientes y las medidas se volvieron más extremas. El pensamiento de “si no estuviera aquí sería mejor para todos” se convirtió en su mantra. Lloraba horas enteras mientras el agua de la ducha caía sobre su cabeza, en las noches, cuando nadie escuchara. Creía que nada la sacaría de ahí, solo la muerte. Ya habían pasado cinco años desde que esos pequeños pensamientos obsesivos, que en su momento parecían inofensivos, se hicieron camino en su cabeza y su vida.

Durante ese tiempo cultivó unos pensamientos que le parecían útiles para llegar a sus objetivos y que cuando menos se dio cuenta, habían mutado y se habían convertido en un monstruo que ahora amenazaba con llevarla a las sombras. Se dejó ganar. La dejó ganar. La depresión había entrado de una manera tan silenciosa y disimulada, abriéndose paso en aspectos que parecían tan fútiles, pero que luego se convirtieron en factores determinantes.

Ya no se trataba de un pequeño castigo, ahora la depresión estaba reclamando su premio final: la vida de Juliana.

Un intento fallido con una pequeña cuchilla, de esas que venden en las papelerías, marcaría el final de un camino y el inicio de otro. La encontraron a tiempo y el problema que tantos ignoraron, por creerlo inexistente, se volvió tan real como la niña tendida en la cama del hospital. Ya era algo que no podían evadir y se dieron cuenta de que, de haber escuchado las pequeñas súplicas, no estarían en esta situación. Juliana encontró una mano amiga, que comprendió a tiempo que las heridas iban mucho más allá de su piel. Y agradeció que esa mano que entró a sus sombras no fuera la de la muerte, sino una cálida y viva.

De hecho, empezó a necesitar más que esa mano amiga. Necesito la de un familiar, la de un especialista y otras tantas. No puede nombrar cuál fue específicamente la que logró salvarla, piensa que quizá fueron todas. Sin embargo, es enfática al decir que la mano no ha de ser siempre la misma, solo debe contar con las mismas cualidades: cálida, viva, paciente, permanente. La sacó del fondo del mar, sus pulmones volvieron a respirar. No de un día para otro. Todo empezó con una pequeña charla, luego otra, otras más, una visita a un profesional, otras más. Los respiros los fue tomando lento, pero seguro. Esperando que llegara el día que alcanzara a la orilla y su respiración fuera consistente, fuerte, inquebrantable.

Atenta - Mente

Un proyecto transmedia para hablar de la depresión como una epidemia invisible.

Paula Andrea Galvis Jaramillo

Paula Andrea Galvis Jaramillo

Soy estudiante de Comunicación Social y Literatura. Vivo por y para la lectura y la escritura. Me encanta contar historias, pero más cuando tienen toques de imaginación. Disfruto más la ficción que la realidad y eso termina por chocar con mis estudios como comunicadora. Mi puesto ideal sería trabajar como editora de ficción.

 

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Ese adiós que no fue

Ese adiós que nunca fue

Marta Gómez

Marta Gómez

La vida está por empezar

no hay que perderse ni un segundo

Hay que inventarse mil pretextos y cantar

Que hoy más que nunca una canción precisa el mundo

La vida acaba de empezar

Alto. De tez blanca y pelo oscuro.

Un rostro expresivo, unos ojos opacos. Sonríe ampliamente, con amabilidad, pero sus ojos no se iluminan. Inicia con determinación: “A Laura no le incomodaba explorar su parte sensible, no se negaba a sentir; lo exploraba, entendía sus sentimientos, pero no los supo manejar”.

12:37 p.m. Miguel Hernández: Buen día, mi Laurita, ¿qué tal la clase?

“Yo era un Miguel que debía ser, más no uno que quería ser… ”. Un imaginario de sí mismo le indicaba cómo debía ser, qué hacer y cómo hacerlo, y lo más importante: qué no hacer, ni ser.

Transcurría el 2010, tenía 18 años. No se daba la oportunidad de cuestionarse qué quería, quién era o qué le gustaba. Omitía cualquier camino alterno, como si ya existiera una guía escrita, una ruta prestablecida, a su parecer, dada por él mismo; pero tal vez, no era así.

“En esa época estaba conociendo el mundo, nuevas personas, situaciones desconocidas. Pero no era en absoluto un joven descarriado”, dice con actitud irrisoria. Era ingenuo, no asumía, no miraba con presunción, no existían dobles intenciones, ni primeras impresiones. Aún habitaba en él cierta inocencia.

Por ese tiempo conoció a Laura, en Pereira, la ciudad de la que es oriundo. Entraron juntos a primer semestre de Derecho. El mismo grupo de amigos, las mismas materias, salidas, charlas, trabajos. Y sin buscarlo, construyeron una relación de confianza. Fue un descubrir mutuo de la universidad y de la vida.

Pero, ¿quién era Laura?

11:14 p.m. Laura Cardona: Soy una persona llena de lunares, tengo lunares en las imaginables y en las inimaginables partes del cuerpo, cada uno es importante para mí, no sé por qué, porque al fin y al cabo sólo son puntos cafeces en la piel; es tal vez porque cada uno es mío y sólo mío y nadie más puede tener esos lunares, sino mi boca, mis brazos, mis piernas, mis manos, mi estómago y mi risa, y no, lo del lunar de la risa no es mentira, cuando me río un lunar que está entre la boca y los labios se deja ver (…).

También tenía unos ojos negros, profundos, sumamente expresivos; y un pelo espeso, que Miguel adoraba.

“Era muy creativa, le gustaba pintar, tocar guitarra, escribir, eran cosas a las que les dedicaba tiempo. Ella debió haber estudiado algo más comunicativo y artístico, no Derecho. Pero no reconocía qué le gustaba, o no lo admitía”.

8:50 p.m. Laura Cardona: Mi gordito, me avisas cuando llegues a la casa.

“Laura encontraba alegría en los aspectos más pequeños de cada momento”, era leal, una amiga entrañable, se esforzaba por serlo; intentaba hacer sentir bien al otro, le dedicaba tiempo a las personas, a sus personas, y su amor por ellas no era desconocido.

Disfrutaba que la gente hallara ciertas rarezas en ella, no escuchaba música común para la época, su estilo no cabía en lo normativo, y a sus dos hermanos mayores, en especial a James, les había aprendido ciertos intereses que en su momento eran muy “de niños”: comics, anime, videojuegos…, tenía muchos amigos hombres, aunque se graduó de un colegio femenino.

Aparentaba ser fuerte, siempre estaba bien. Pero sus inseguridades y su tristeza la asfixiaban, junto a otros temas que eran más concepciones que realidades: su peso, su egoísmo, su impulsividad. Asuntos latentes que Miguel recuerda con una claridad precisa, pero que pocos conocían y él descubrió con lentitud, en lo íntimo.

“Había cierto ‘importaculismo’ en su manera de vivir, pero era más una forma de evadirse o protegerse”.

Laura quería siempre complacer al otro, lo que le negaba aceptar qué era lo que quería en realidad; sin embargo, en esa dualidad propia del ser humano, con otras personas estaba llena de primeras impresiones y era evidente su antipatía y su negativa a la posibilidad de crear un vínculo.

6:13 p.m. Miguel Hernández: Pero dime, ¿cuál es el problema? Ni yo sé bien qué es, llevó días pensado y de verdad no sé, lo único que siento es rabia, rabia conmigo mismo.

6:44 p.m. Laura Cardona: Migue, en serio, si no me dices lo que piensas no vamos a llegar a ningún lado; yo sí sé por qué he estado tan confundida y triste y es porque me sentí como la persona más egoísta del mundo el sábado.

Al año de haberse conocido, un 12 de febrero, en el cumpleaños de Miguel, salieron a celebrar, “y entre trago y trago terminamos besándonos, eso me hizo repensar muchas cosas: ¿esto acá qué?”.

Las conversaciones se hicieron interminables, la complicidad se acrecentó. Poco tiempo después no había marcha atrás. “Veíamos todas las clases juntos, éramos compañeros, mejores amigos y novios”.

11:30 p.m. Miguel Hernández: Te amo mucho, mañana te cuento cómo echamos al secretario de Derecho de la U.

Miguel lo piensa, ha tenido muchos años para pensarlo, y concluye que era un amor infantil, inocente, que no padecía por responsabilidades o cuestiones sin sentido de la adultez. Había gusto, compañía, amistad y la necesidad de experimentar cosas.

“Fue un descubrimiento emocional y sexual, una experimentación. Me descubrí como pareja, descubrí mi vida sexual. Fue un proceso mutuo en el que nos acompañamos”.

9:04 p.m. Laura Cardona: Eres luz. Eres magia. Eres la noche, la luna.

Eres el aroma de las margaritas. Eres el sabor a vainilla. Eres el color negro.

Eres lluvia. Eres la pintura, la escritura. Eres el olor de los libros.

Eres todo lo lindo. Te amo.

Laura habitaba el mundo desde la nostalgia. El suicidio de su hermano James fue un asunto trascendental en su infancia y en esa tristeza profunda que la albergaba.

“Había una opinión muy clara: ella nunca le haría eso a su mamá, no la haría pasar por eso otra vez. Laura era la adoración de su mamá, fue su refugio cuando pasó todo lo de James”.

Además de esa opinión contundente, nunca se tocó el tema, pero sí hubo señales, señales tal vez muy sutiles: “Hubo escritos, canciones, películas, formas en las que hablaba de las cosas, que hoy veo y en realidad eran gritos de auxilio”.

Según Miguel, también hubo comportamientos. Laura se aislaba de él, de su familia y de sus amigos, sumado a una conducta cada vez más errática y a casi diez kilos menos. Señales de una depresión mayor que solo le expresó a su mamá una semana antes de aquel 30 de diciembre del 2013.

“A mí nunca me lo dijo, pero a la mamá, sí: ´Ya no puedo más, necesito ayuda’. Pidieron una cita y se la dieron para la primera semana de enero”.

Esa última semana de diciembre de 2013 marchó con cierta normalidad, Miguel considera que la relación era sólida.

2:18 p.m. dic. 29, 2013 Laura Cardona: Si quieres te das una pasadita por aquí y nos alegras el día 🙂

3:32 p.m. dic. 29, 2013 Miguel Hernández: Si algo voy más tarde o mañana a despedirme.

3:56 p.m. dic. 29, 2013 Laura Cardona: Bueno, mi Miguelito, aquí te espero.

Y en efecto ese día se vieron, “estuvimos todo el día juntos, también invitó a su mejor amiga, Andrea. Compartimos con su mamá, que era muy cercana a los tres. Pero ella se veía triste, nostálgica”, Miguel le preguntó en varias ocasiones si algo pasaba, pero ella lo evadió.

“Al otro día me iba para Neiva a pasar el 31, y asumí que ella estaba triste, porque se quedaba sola. Me había dicho que no quería pasar esa fecha sola. Me dijo: ‘Te amo, que te vaya bien’, me abrazó con fuerza y se despidió de mí con los ojos vidriosos; lo sentí demasiado raro, pero me equivoqué, no era por mi viaje”.

 

30 de diciembre, 2013:

12:08 a.m. dic. 30, 2013 Laura Cardona: Ojalá duermas bien y descanses harto para el viaje de hoy. Te amo.

Una llamada temprana lo despertó, era una de sus amigas de la universidad, Luisa. “Ella solo me dijo: ‘Miguel, Laura está muerta’. Se soltó en llanto: ‘Está muerta, está muerta’. No me explicó nada”.

Un viaje de 15 minutos por las calles de Pereira parece durar días. Un carro de la policía. El CTI. Gritos de una madre desconsolada. Miguel lo entendió todo.

“Entré donde estaba la mamá y me solté en llanto, caí de rodillas agarrado de las piernas de ella. No quise ver nada”.

Los médicos psiquiátricos Pedro Hernández y Enrique Villareal mencionan en su estudio Algunas especificidades en torno a la conducta suicida, que estos actos suelen planearse, y que, previamente, “la persona suele manifestar a quienes le rodean que ‘es mejor terminar con todo, así no se puede vivir, esto no tiene arreglo, es mejor desaparecer’, es decir, hace explícita su idea autodestructiva”.

Una cosa es darse cuenta y otra cosa aceptarlo

Días confusos, no hubo más llanto, solo un pasmo que absorbió todo, y junto a este, varias situaciones difíciles de explicar:

“Nunca se le pasa a nadie por la cabeza tener que tomarle foto al acta de difusión de la persona que se ama y enviárselo al personal de servicio al cliente de

Facebook para evitar que su muro se llene del morbo de la sociedad, y para no tener la tentación de buscarla más adelante”.

El 2 enero, después del entierro, Miguel tuvo un sueño lúcido, uno que le hace creer que existe el alma, el más allá: una escalera. Un vacío luminoso. Una caminata agotadora. Llanto, solo llanto y desesperación. Laura. “Ella cogió mi mano, me besó, me soltó y me indicó que siguiera. Apenas desperté, entendí que Laura se había ido, más que un sueño fue una despedida. No sé si fue mi imaginación, pero entendí que estaba muerta”.

Después, un viaje, o un intento de su familia por ayudarlo. Un teatro. Un cuentero. Una flor: se llama Laura. Laura se marchita. Laura se pierde. Laura muere. En ese momento Miguel lo aceptó, y ese día, tres semanas después de aquel 30 de diciembre, volvió a llorar. El llanto se quedó.

 

Comienza el duelo

Elena Pulgarín fue la psicóloga que inició este proceso con Miguel, en el que tuvieron que volver a construir de ceros. “Todo proceso de duelo implica el tránsito por unas etapas, que no siempre se dan de manera secuencial. Por lo general, inician con la negación, el enojo, la culpa y después la aceptación”.

Elena también explica que tras estas, llegan las etapas más difíciles de lograr, considerando que las pérdidas por suicidio son abruptas, la de la negociación y la esperanza: hay una vida posible, ¿cómo la construyo? El proceso de estas dos etapas puede durar entre uno y tres año

-Tareas propuestas en terapia.

-Soltar objetos.

-Un agotamiento emocional que lo hacía dormir más de 15 horas diarias.

 

-Caminar por la calle, verla en todos lados; en los rostros de otras chicas.

-Monólogos en voz alta dirigidos hacia ella: preguntas, insultos, reclamos.

-Terminar su carrera en un salón en el que ella ya no estaba y escuchar su nombre en el llamado a lista: “no profesor, ella se retiró

¿Qué prosiguió?, terminarle. “Yo sentía que seguía en una relación con ella, tenía que terminarle. Cogí todo lo que quería devolverle, fui al cementerio y le terminé: le dije que la amaba, que quería estar con ella, pero que tenía que acabar con las cosas”.

Elena le explica que todos tenemos unos pilares que sostienen la vida: familia, amor, estudio, trabajo; en el momento en que uno de los pilares cae, se logra ver que los otros no estaban tan firmes como se creía.

“Con la muerte de Laura me di cuenta de que tenía muchas cosas que solucionar, muchos problemas familiares, muchas conversaciones por tener, muchas amistades que replantear”. Una existencia por el deber y no por el querer.

Hasta que, en un punto, las conversaciones en la terapia dejan de ser totalmente sobre Laura y se tornan sobre los vacíos, conflictos familiares, asuntos sin solucionar. “Entendí que ya no solo iba a terapia por la pérdida, sino porque necesitaba replantear mi vida. A partir de ahí, pude volver a hacer cosas que me la recordaban y sentir un dolor distinto”.

 

Hablarlo es el camino

Muchas familias y seres queridos que han atravesado una pérdida por suicidio se niegan a hablar del tema, como lo mencionan las psicólogas Victoria García y Caridad Pérez, en su artículo Duelo ante muerte por suicidio: “Generalmente, los seres queridos del suicida rechazan hablar de ello con otras personas, debido al estigma que frecuentemente acompaña al suicidio en nuestra cultura. Este estigma y la culpabilidad, sentida a menudo, les acompañan toda la vida”.

Miguel lo logra, y concluye que hablar del suicidio es el primer paso para que, como sociedad, se encuentren respuestas óptimas y procesos de acompañamiento completos.

“Para mi el suicidio no es una opción, nunca debería estar dentro del abanico de opciones. El suicidio no solo es ocasionado por situaciones externas, sino por desequilibrios internos que desembocan en una depresión fuerte. Debe haber mecanismos para ayudar a las personas; muchos no saben cómo salir de ese hueco en el que están y está bien, está bien no saber qué hacer, tenerle miedo a hacer algo. Pero siempre va a haber alguien dispuesto a ayudar, siempre va a existir una solución”.

Atenta - Mente

Un proyecto transmedia para hablar de la depresión como una epidemia invisible.

Juanita Mosquera Lasso

Juanita Mosquera Lasso

Amo las historias, por eso me gusta el periodismo narrativo en todos sus formatos. Me encanta la música y los animales. Si no hubiera estudiado periodismo, estaría tocando el chelo en alguna sinfónica.

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¿Quiénes somos?

Atenta-mente es un proyecto periodístico transmedia, hace parte del énfasis en Periodismo Digital de la Universidad EAFIT.

Creado por un grupo de 13 estudiantes con intereses en el área de la salud mental, con el apoyo de algunos estudiantes y profesores del pregrado en psicología.

Desistir para resistir

Desistir para resistir

No está segura de en qué momento comenzó todo. A veces asume, culpándose, que algo en ella está mal. Laura, quien prefiere no dar a conocer su nombre real, se ha esforzado toda su vida por estar bien. Es una mujer ejemplar, de las que son buenas hijas, aplicadas y muy atentas, críticas pero sensibles, o así la perciben los demás, sin siquiera imaginar que por dentro pelea una guerra prácticamente en contra de sí misma.

La primera batalla la tuvo a los quince años, las pequeñas manías y sus ganas de controlarlo todo le comenzaron a robar la paz. Se comía las uñas, luego los cueros del rededor, se jalaba el pelo. Fue diagnosticada con ansiedad y, posteriormente, los ataques de pánico se volvieron recurrentes.

Sentía escalofríos y se le paraban todos los vellos, sudaba, el desespero le subía por las piernas, quería arrancarse el pelo, se tiraba al piso y se daba abrazos, intentando contenerse. Se hiperventilaba, se le nublaba todo y, cuando eso ocurría, no podía pararlo; luego se le torcían las piernas de la tensión del resto del cuerpo.

La depresión llegó de forma sutil. De un momento a otro notó que no podía conducir, porque le daba mucho susto; después, ya no podía ser copiloto; luego, si se montaba en el carro, se tenía que tapar los ojos, porque creía que era posible que muriera. Visitó su psiquiatra y comenzó la medicación.

 

¿Hay depresión en las universidades?

Las afectaciones en la salud mental están fuertemente conectadas con el bajo desempeño académico universitario. Notas bajas, combinadas con depresión, pueden llevar eventualmente a la deserción escolar.

Un estudio realizado en 2018 en la Iniciativa de Estudiantes Universitarios Internacionales de Salud Mundial de la Organización Mundial de la Salud (OMS), con una muestra de 13.984 alumnos de primer semestre, concluyó que la prevalencia para el Trastorno Depresivo Mayor en esta población era de 18,5 %.

 
 
 

El colegio fue una etapa terrible en la vida de Laura. Las ganas de dejar sus estudios de lado la han acompañado desde entonces, pero en ella siempre ha ganado lo “correcto”, lo que causara menos molestias a los demás y, por eso, soportó por muchos años el acoso de sus compañeros de colegio, quienes criticaban su pasibilidad y notable diferencia en gustos y comportamientos, incluso contuvo el enorme deseo de pedirles a sus padres que la cambiaran de institución, pero al final nunca fue capaz.

Cuando se graduó de bachiller, no muy segura de lo que quería estudiar y con la cabeza llena de expectativas, comenzó Medicina, pero su temor por la sangre le impidió continuar. Luego de algunos cursos de gastronomía y vocación profesional se decidió por Comunicación Social en Eafit.

Siendo la mayor de sus compañeros, se supo adaptar con facilidad. Un grupo de amigos la acogió y sobresalía por su rendimiento académico. Así fue hasta que al inicio de la pandemia muchas cosas comenzaron a fallar, algo irreparable se había roto en ella. Fue difícil identificar una causa puntual, el temor de un posible fin del mundo como lo conocía, el encierro, el aumento en la carga académica, la falta de la rutina, los problemas familiares fueron demasiado para ella y se dio origen a lo que sería el comienzo del fin.

 

Mauricio Cuartas, profesor de Psicología de la Universidad Eafit, afirma que la deserción escolar es una consecuencia última de la depresión: “Si es tratada e identificada a tiempo, las presiones académicas pueden ser soportadas con el debido acompañamiento”.

Uno de los puntos importantes que resalta Cuartas es el sistema de evaluación académico que indiscutiblemente crea comparación y un afán por aprobar en vez de aprender. Por esta misma razón, a veces existe rivalidad entre los alumnos.

Según Cuartas existen casos en que el abandono de la carrera no debe verse como una pérdida, aunque es importante tratar de prevenirlo. En ocasiones, esta es la decisión más apropiada para la salud mental del estudiante. De igual forma, también está presente la opción de retomar los estudios en el momento en que el alumno sienta que está más estable, tanto emocional como mentalmente.

Los maestros, familiares y terapeutas son parte fundamental de este proceso, pero todos juegan papeles distintos. La familia debe estar abierta a escuchar, acompañar, entender; el maestro debe ser flexible y empático, entender la salud mental y emociones de los estudiantes como una prioridad, por encima del éxito académico y las notas; y el terapeuta debe brindar las herramientas para guiar el proceso, incluso si eso incluye medicación.

Una de las memorias que todavía acompañan a Laura de forma vívida es la de un parcial de Estadística. Ella fue una especie de una monitora para esa clase, les explicaba a sus compañeros por interno sobre los temas y se sentía confiada. El día del examen comenzó a llorar desconsoladamente, no podía parar y le escribía a la profesora que no se sentía capaz; su papá y hermana rápidamente comenzaron a auxiliarla e intentaron ayudarla a terminar la prueba. Si lo lograba o no, poco le importaba en ese punto, lo único que quería era terminar con ese “sufrimiento” de la forma que fuera.

En el marco de esas presiones universitarias, de noches enteras de llantos desconsolados, como si estuviera en duelo por alguien, crisis nerviosas, trastorno en el sueño e intentos fallidos por aprender, fue perdiendo las esperanzas e intentó por primera vez quitarse la vida, si no es porque su familia interviene no sabe lo que hubiese ocurrido.

Laura se negaba a rendirse por completo, contaba con la empatía y comprensión de sus profesores, padres y algunos compañeros; además, había sido merecedora de una beca, se resistía a dejar ir lo que veía como el logro de su vida por “falta de esfuerzo y actitud”; pero su mente no estaba respondiendo y poco a poco sentía como la más mínima presión le robaba la paz.

Con demasiado esfuerzo decidió parar la universidad, se fue a vivir a la finca de sus tíos y comenzó a sentir una gran mejoría. Hablaba con las vacas, les puso nombres, regaba las flores, leía y se abstraía de toda preocupación citadina.

Luego de un tiempo se creyó capaz de volver. Retomó su semestre, pero a las pocas semanas estaba peor que antes. Volvió el llanto, el desasosiego y las ganas infinitas por desaparecer. Así que, en contra de todos sus parámetros de éxito, de las expectativas sociales, de la culpa y su propia voluntad, se convirtió en desertora.

 

Lejos de llenar este término de alguna mala connotación, ella aprendió que soltar lo que se considera correcto, a veces es lo mejor; que “perder”, en su caso, fue ganarse a ella misma y serle fiel a lo único indispensable: las ganas de vivir.

El año pasado fue publicado un estudio realizado en la Universidad Industrial de Santander que tomó una muestra de 84 estudiantes “repitentes” para evaluar cómo el deterioro de la salud mental puede mostrar un efecto en el desempeño académico.

Después del proceso de investigación, estos alumnos mostraron tener una alta prevalencia en trastornos de ánimo y de ansiedad. Por eso, se recuerda la recomendación de los expertos sobre la importancia de detectar los problemas de salud mental en una etapa temprana para que los estudiantes reciban ayuda y orientación por parte de la universidad lo antes posible.

 

Laura se fue hace algunos meses del país, está en Estados Unidos, trabajando de niñera. Se siente feliz, dice que está mejor y se le nota en la conversación. Comenta que no volvería a poner nada por encima de su salud mental, ni siquiera si eso le da un título, por lo que no está segura de volver a la universidad en algún momento. Su familia, que invirtió grandes cantidades de dinero en sus intentos de educación superior, está tranquila y feliz, porque tal vez no tendrán una hija “profesional”, pero seguirán teniendo una hija viva y sana.

 

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Guarimba en aislamiento

Guarimba en Aislamiento

Luis Rugeles
Luis Rugeles
Juan Camilo Jiménez
Juan Camilo Jiménez

Durante las protestas de 2017, en el momento de crisis humanitaria más delicada de Venezuela, la depresión se convirtió en el estado de ánimo corriente de Luis Coronel: “Mataron compañeros de mi universidad, mataron compañeros con los que yo estudié en el colegio, profesores…”.

Luis es un joven psicólogo venezolano de 24 años, egresado de la Universidad Arturo Michelena, ubicada en el estado Carabobo, uno de los más relevantes políticamente en el país, debido a la importancia industrial que tiene. Allí ha vivido la mayor parte de su vida. Lo más llamativo de él es su notable autocuidado, meticuloso y elegante, acompañado de un léxico amplio y la facilidad que tiene para expresarse.

Hoy habla con soltura sobre la salud mental, pero esto le ha costado haber superados periodos difíciles en el pasado, los cuales se caracterizaban por tener tintes evasivos de la realidad, fundados en el miedo. Él, como tantos jóvenes cansados del deterioro social y especialmente de la calidad de vida, participó activamente de las “guarimbas” de 2014 y, posteriormente, las de 2017, las cuales, “de plano (una muletilla que usa muy seguido) fueron las peores de todas”.

Guarimba es una forma coloquial de llamar a la protesta social en Venezuela. “Se dieron situaciones bastante violentas, trancábamos las calles, de repente había contenedores en las avenidas, quema de cauchos, muchas muertes, violaciones. La Fuerza Pública pasó de disparar perdigones a disparar balas”.

 

Después de admitir que recordar esta etapa de su vida todavía le causa cierta emocionalidad, dice que “la violencia que no cesaba de percibir me envenenó, tenía la idea de que la Guardia Civil se iba a meter a mi casa y me iban a llevar; si salía de mi casa pensaba que tenía que salir y volver rápido, porque me podían coger, no podía salir a la calle si no era con mi mamá, me empecé a dar atracones y atracones de comida”.

Desde su lógica profesional, nos asegura que los pensamientos que se dan durante el aislamiento suelen ser bastante absolutistas: “nadie me quiere”, “no sirvo para nada”. Desde su lógica irracional, la posibilidad de morir podía ser real o imaginaria, pero su mente maximizaba cualquier amenaza.

“Una persona introvertida puede disfrutar su tiempo en soledad y estar aislado por periodos relativamente sanos, esto no representa necesariamente un factor de riesgo. El retraimiento es peligroso cuando está incluido dentro de una sintomatología y hay una relación entre el aislamiento y el pensamiento; es decir, un factor conductual en el cual el individuo se encierra y confirma una y otra vez sus pensamientos autodestructivos”, dice Luis.

El psicólogo, que cursaba su carrera universitaria mientras sucedían las guarimbas, cuenta que siempre tuvo expectativas muy altas respecto a su vida: “No sabía lo que iba a pasar con el país, no sabía si iba a terminar de estudiar, no sabía cómo irme de Venezuela si pasaba algo peor”. La crisis social venía de años anteriores, pero cuando se mezclaron las preocupaciones suyas con las del país, todo fue a peor. “Si las cosas no suceden como a mí me gustaría, esto es catastrófico”, dice parafraseando la cita de un autor, sin poder precisar exactamente la procedencia.

Luis cuenta que todos esos factores fueron los que detonaron su cuadro depresivo. Estar en su cuarto con miedo a salir de su casa; la necesidad de comunicarse y no poder socializar; la sensación de aislamiento; la sobreinformación de los hechos en las redes sociales, que eran un recordatorio constante de la situación; el temor de salir solo. Sentía que todo se iba a la basura.

Una de las características de la memoria es que los recuerdos cambian constantemente, incluso se pueden tener falsas rememoraciones, explica Luis, y continúa: “Todos somos capaces de resignificar las situaciones y en la resignificación hay sanación. En mi transformación existe sanación, pero llega en un punto de calma, cuando el dolor ha cesado, cuando se entiende que hay cosas que sí puedo controlar en lo que hago diariamente, en cómo decido ver las cosas. En esa estabilidad es donde puede cambiar el acontecimiento”.

En la ciudad de Naguanagua, donde se localiza su casa, se oían ruidos de “tiros, bombas, gritos”. En ese proceso de encierro, lo que mantuvo a Luis a flote fue su familia, buscaban cambiar de espacios yendo a casa de su hermana Carla, que vivía en una finca, ubicada en un municipio cercano llamado San Diego, más aislada de la violencia que se vivía en el país, con mucha naturaleza y sin conexión a Internet. Luis pasaba días allí, junto a su madre Mercedes, su padre Luis y la familia de su hermana, lo que le servía como distracción para él y sus pensamientos.

Su pareja también fue de gran apoyo, pues a pesar de no verla casi, estaba en constante comunicación telefónica con ella, lo cual de cierta forma lo hizo sentir más acompañado. Sus primos, que vivían muy cerca, cada vez que lo visitaban le hacían salir de esa realidad por la que Luis estaba pasando y así conseguía evadir su mente.

Luis decidió recibir acompañamiento psicológico después de las manifestaciones de 2017, aproximadamente 6 meses después de que empezaron, cuando retomó las clases y empezó a avanzar en su carrera. Herramientas como las consultas telefónicas y las terapias psicosociales fueron fundamentales para reconocer sus crisis. Volver a estudiar también le permitió tener un objetivo claro, que le gustara y del cual se pudiera aferrar.

El ahora licenciado en Psicología, que para ese momento era un estudiante universitario, después de muchos meses, tuvo la sensación de que recuperó el control y pudo seguir avanzando con su vida. Ese nerviosismo contante que sentía, poco a poco se fue desvaneciendo, por lo que volvió a sus buenos hábitos alimenticios, a salir a la calle sin necesidad de acompañamiento y sobre todo a cumplir sus metas.

Como psicólogo, Luis recomienda construir una de red de apoyo, rodearse de personas que puedan escuchar en los momentos difíciles y a reducir las situaciones de riesgo: “Si llevo dos días sintiéndome mal, guardándome algo, me empiezo a aislar, necesito hablarlo. Con el tiempo se aprende a reaccionar a las situaciones desencadenantes antes de que ‘toquemos fondo’”.

Incluso aunque los recuerdos siguen siendo incómodos, la depresión muestra lo vulnerables que pueden llegar a ser los seres humanos y, en algún punto, es posible aprender a estar bien consigo mismo.

Atenta - Mente

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Luis Rugeles

Luis Rugeles

Venezolano. Estudio Comunicación Social, comunicar es un arte pero también una responsabilidad y es algo que me apasiona mucho.

Juan Camilo Jiménez

Juan Camilo Jiménez

Estudio Comunicación Social. Me apasiona escribir y crear contenidos. Represento a mi Universidad en fútbol sala.

 

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¿Tú-sí me vas a dejar?

Medicina vs. Drogas: un cara a cara con la adicción

Varios autores hablan sobre mí, los profesionales me temen y la población en general evita acercarse a todo aquello que los pueda hacer mis prisioneros. Mientras tanto, yo busco a las personas que puedan caer en mis redes con mayor facilidad. Como explica la psiquiatra María de la Villa Moral en su artículo académico Depresión y adicción, publicado en la revista Psiquiatría.com: “Un sujeto depresivo puede recurrir al consumo de sustancias como medio paliativo” y es habitual, de igual forma, encontrar “que sujetos con trastorno por uso de sustancias padezcan depresión como patología asociada”, por eso mi atención se posó en él.

Era un blanco fácil, una persona solitaria que buscaba atención y estabilidad mental. A sus 17 años ya había tenido múltiples pensamientos depresivos y, en muchas ocasiones, había considerado su vida como vacía y esto lo hacía más vulnerable.

Desde los ojos de sus amigos, lo vi crecer, temerme cada vez menos. Al chico lo llamaremos aquí Daniel Tamayo, porque por cuestiones de identidad no desea que se revele su verdadero nombre.

Desde el primer momento que Daniel probó la marihuana, veía que se iba acercando cada vez más a mí, la adicción. Más adelante probó el éxtasis y el 2C-B o cocaína rosa, como lo llaman comúnmente, y ahí se definió el momento donde no iba a poder deshacerse fácilmente de mí. Para los que no saben, el 2C-B es una droga que produce efectos de alteración de los sentidos, reducción de la fatiga, mejora el estado anímico y puede llegar hasta a producir alucinaciones, por esto se ha convertido en uno de mis mejores aliados.

Ahora que ya les conté un resumen de mi historia con Daniel, me parece ideal narrarles los hechos completos para que juzguen por ustedes mismos y me expliquen cómo perdí a mi “amigo”.

¿Cómo cayó?

Primer semestre

Era tan inocente, con tan solo 17 años entró a estudiar la carrera de sus sueños y en la universidad de sus sueños: Medicina en la Universidad de Antioquia, posicionada por la Revista Dinero como la tercera mejor universidad de Colombia para estudiar esta carrera (2020). Estaba lejos de ser mi esclavo, o bueno, más cerca que muchas personas, pero seguía estando lejos. Daniel solamente consumía marihuana y algunas “pepas” en ocasiones, cuando se veía muy acompañado y con un ambiente “lo suficientemente parchado” para hacerlo.

Estaba lejos de estar atrapado en mí, sin embargo, Daniel ya tenía su historia con obsesionarse con algo hasta tal punto de no poder parar. Eso había sucedido con el ejercicio aquel semestre, pues él solo quería ser delgado y dejar atrás su pasado obeso. Se obsesionó y se convirtió en una persona muy saludable. Incluso llegó a ser Selección Colombia de tenis de mesa, lo cual lo alejó de las drogas por unos meses y creí que lo iba a perder.

 

Segundo semestre

Después de empezar, como todo primíparo, muy bien su carrera universitaria con un promedio de 4,8 y siendo un ejemplo para sus compañeros de semestre, Daniel decidió darse unas vacaciones con su mejor amigo de la época en Cartagena. Lo que no sabía era que yo era muy consciente de su soledad, de sus ganas repentinas de morirse y de su poco amor propio por su pasado obeso, y tampoco sospechaba que yo iba a estar ahí esperando para acercarlo mucho más a mí en ese viaje.

En la Ciudad Amurallada conoció a quienes por mucho tiempo llamó sus amigos, pues le brindaron de forma gratuita e ilimitada la entrada a nuevas drogas, en especial el éxtasis y el 2C-B. En una lancha, medio borracho, probó por primera vez la cocaína rosada. Cuando vi la felicidad tan inmensa que sintió, pensé que ya estaba logrando mi objetivo, que no había vuelta atrás para él.

Sin embargo, Daniel siempre me complicó las cosas. A pesar de que cuando probó el 2C-B se sintió como nunca se había sentido antes, seguía muy enfocado en su carrera, él quería seguir siendo el mejor médico de Colombia y una sola fiesta no iba a cambiar eso. Pero ya no existía miedo alguno a las drogas y eso, inevitablemente, lo hacía sentirse más cerca de mí.

 

Tercer semestre

Con un parcial extremadamente difícil de Anatomía al lunes siguiente, y considerándose una persona heterosexual, Daniel asistió a su primera fiesta de un grupo de jóvenes de la comunidad LGTBIQ+ por influencia de su mejor amigo. Allí descubrió lo que verdaderamente era una fiesta con ambiente pesado. Accedió a ir para despejarse de la fuerte carga que conlleva los primeros semestres de Medicina, y dejó todo previamente estudiado, porque para él su prioridad seguía siendo perseguir el sueño de ser cardiólogo.

La fiesta duró dos días. Como consecuencia de esto, Alejandro faltó por primera vez a un parcial, situación que causó revuelo en la universidad y lo que sin duda lo acercó muchísimo más a ser un adicto. 

 

Cuarto y quinto semestre

 El consumo de 2C-B se volvió una rutina, una acción necesaria para conseguir la felicidad que sentía que siempre le había faltado, se sintió tan absorbido por el mundo gay y por las drogas que cada fin de semana debía salir a una fiesta distinta a consumir para sentir que era alguien verdaderamente. Los días que se quedaba en casa se sentía vacío por dentro, que la vida no tenía sentido alguno y que estaba solo; pero solo no estaba, yo estaba ahí respirándole de cerca y haciéndole saber que cada vez que consumiera se iba a sentir mejor.

Además, para atraerlo aún más, contaba con unos aliados exitosos que le daban acceso ilimitado a todas las drogas que Daniel quisiera, pues todos morían por probar ese “hetero negrito” y la única forma de atraerlo era impresionándolo con cosas lujosas y, por supuesto, muchas drogas. Y es que, para los que no conocen mi mundo, un gramo de 2CB puede costar hasta 90 mil pesos, por lo que en una sola noche las fiestas alcanzaban los 500 mil pesos solamente en drogas y alcohol.

 
 
 
 
 

Sexto semestre

Daniel empezó a verse todos los días con sus “amigos”, iban al gimnasio, pero antes de ir debían “soplar”, y lo mismo sucedía en otros entornos, aunque fuera un encuentro tranquilo para cocinar y ver una película.

El 2C-B de Melamina, que era el apodo que tenía el dealer de Daniel y sus amigos, lo hacía sentir con la euforia del éxtasis, pero con el efecto relajante y divertido de otras drogas, como la marihuana. Daniel creía que podía hacer todo lo que quisiera, que era capaz con cualquier cosa que se le atravesara por la mente y sentía que la vida era más bonita, porque no existía espacio en su cabeza para las preocupaciones. Sentía que al estar drogado no tenía vacíos, que era el rey.

Sexto semestre fue la perdición de Daniel, porque fue allí donde ya no tuvo como devolverse a estar limpio, ya era preso de mí, ya era un adicto. La relación con los amigos que había hecho en las fiestas pasó del plano de la rumba a convertirse en algo mucho más profundo.

Séptimo, octavo y noveno semestres

De los siete días de la semana, Daniel estaba por fuera cuatro o cinco días en fiestas, eventos o simplemente reunido con sus amigos consumiendo. Lo curioso es que yo quería acabar con su buena reputación en la universidad, y solamente lograba que su promedio disminuyera, pasando en ese semestre de 4,9 a 4,0.

En mi camino por “descarrilarlo”, como él lo llama, me encontré con varios enemigos, comenzando por su mamá, sus profesores de universidad y algunos de sus compañeros más cercanos. El decano de la Universidad también intervino, ante la situación grave en la que se encontraba Daniel, y desde la institución comenzaron a ayudarlo para que evitara consumir.

Físicamente, Daniel ya no podía parar. El 2C-B produce, según la Clínica y centro de desintoxicación Española CCAdicciones (uno de mis mayores rivales), ataques de ansiedad, trastornos psicóticos y más grave aún: depresión, enfermedad de la cual Daniel ya había mostrado indicios desde antes de empezar a consumir. Con un tratamiento semanal con psiquiatra y toxicólogo y dos veces a la semana con un psicólogo, todo propiciado por la Universidad, Daniel comenzó su lucha por deshacerse de mí.

Estuvo tres meses limpio, pero llegó un punto en que su depresión fue tan fuerte, que recayó y compraba tres o cuatro gramos y se los soplaba solo en su habitación. Yo me estaba encargando de hacerlo sentir que sin consumir nunca iba a ser feliz. Estaba alejado de la universidad, solo, la única solución era acabar con su vida o volver a drogarse. Sus pensamientos recurrentes de querer morirse, sus ataques de pánico constantes y un profundo sentimiento de tristeza lo acompañaron en cada momento de recaída que tuvo durante el 2018 y una parte del 2019.

 

Décimo semestre

Daniel, vencido, deprimido, lleno de pensamientos intrusos de muerte y pocas ganas de vivir, le contaba a su círculo de apoyo: “Yo sentía que si no consumía la vida no iba a volver a tener sentido nunca”. Yo escuchaba estas frases entre las sombras y celebraba mi triunfo, me sentía dueño de su vida. Lo que no esperaba era la decisión que tomó Daniel, quien se internó en el Centro Terapéutico Semillas de Fe, ubicado en Guarne, Antioquia, buscando huir de mí.

Dormía todos los días hábiles en el centro y de ahí salía para la universidad. “Se daba cuenta de que uno podía ser muy inteligente, ser uno de los mejores promedios en Medicina, en una de las mejores universidades del país, y aún así seguir siendo igual a todas las personas adictas, con el mismo sufrimiento, pocas ganas de vivir, con las mismas frustraciones”, contaba Daniel, mientras yo lo escuchaba cada vez más lejos.

Después de dos meses exitosos y lograr salir del Centro, Daniel comenzó a ir a Narcóticos Anónimos por decisión propia, debido al enorme miedo que le causaba volver a ser un adicto. Le cambió la mentalidad, lo vi lejos de mí, lo estaba perdiendo. A pesar de que él dice que además de la medicina no ha encontrado nunca nada que lo haga sentir tan bien como estar drogado, pensaba muy distinto, había “cambiado el chip”.

Su depresión y falta de estabilidad mental la siguió tratando con mucho estudio, ejercicio y tiempo con su novia, que consiguió después de salir de rehabilitación. Recuperó el tiempo y la confianza de su familia, y se dedicó a ser el mejor médico de la Universidad de Antioquia. Gracias a este proceso, en sus grados obtuvo mención de honor por su buen promedio académico.

Ya lo había perdido, estaba sano, mental y físicamente limpio. Daniel no siente vergüenza por haber estado atrapado en mí, en su mente aún viven algunos deseos de volver a consumir, pero lastimosamente él ha demostrado ser lo suficientemente fuerte e inteligente para no caer en ellos otra vez, para no volver a ser mi prisionero.

Atenta - Mente

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Mariana Rodríguez Segura

Mariana Rodríguez Segura

Mi nombre completo es Mariana Rodríguez Segura, soy una apasionada por la música y las artes. Me encanta escribir cosas que le muevan el alma a las personas y cambiar un poquito la forma de ver el mundo.

Manuela Gaviria Lemos

Manuela Gaviria Lemos

Periodista, apasionada por la escritura, los libros románticos, la historia y el fútbol. Me gusta aprender cosas nuevas y actualmente estoy incursionando en el mundo de la F1. Mis lugares felices son el estadio y cualquier sitio en el que esté acompañada por mis amigas.

 

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