La depresión no asume la culpa

La depresión no asume la culpa

Para todo aquel que he lastimado:

El sufrimiento es un dolor complejo, que rara vez es entendido en su totalidad. Más allá de no entenderlo, tampoco logramos enfrentarlo, mucho menos solucionarlo. Nos encerramos en nuestro dolor y no vemos más allá de la oscuridad que nos rodea. Quizá lo único que logra entrar en medio de ese agujero negro es el rostro de aquellas personas que nos rodean, que nos quieren. Desgraciadamente, este rostro entra alterado por el sufrimiento que genera el vernos en esta situación. Ustedes me repiten una y otra vez que quieren ayudarme para luego concluir que no saben cómo. Créanme, si lo supiera, se los diría.

No entiendo por qué me siento como me siento, no entiendo por qué no quiero levantarme de la cama, no entiendo de dónde proviene la presión en el pecho, no sé cómo bajar el latido acelerado de mi corazón. Tampoco sé cómo no hacerlos sufrir. El pensamiento de que ustedes sufren junto a mí solo hace aumentar mi sufrimiento, lo cual termina aumentando el suyo y así seguimos en un círculo vicioso que nos ahoga. Cuando estoy sumido en uno de estos momentos, más allá de querer estar bien por mí, quisiera estar bien por ustedes. Lo pienso en mi cama mientras intento dormir, lo pienso en la universidad mientras intento estudiar, lo pienso cada segundo que estoy despierto. Quisiera una barita mágica que eliminara mi dolor, que genera el suyo.

Hablando con mi psiquiatra, Sonia Botero, una de las pocas personas (o la única) a la que le puedo contar mi dolor sabiendo que no la lastimo, me dice que el sentimiento de culpa es más común de lo que creemos y que, aún peor, fuera de no encontrar consuelo en quienes nos rodean, lo sentimos como una carga más, como una preocupación adicional. Ella se refiere a este sentimiento como “ideas sobrevaloradas de culpa y de minusvalía”. Según lo que me contaba, sumado a lo que alguna vez leí en un glosario psiquiátrico y lo que le escuché a mis amigos que estudian Psicología, se tratan de pensamientos obsesivos, que predominan sobre las demás ideas, y que me llevan a pensar que ustedes me ven como una carga.

 

En pocas palabras: mi cabeza me dice que el problema soy yo

que la causa de su dolor es mía, que, si quizá yo no estuviera aquí, ustedes no estarían así. Sé que suena duro, sé que ustedes no lo piensan así, pero mi mente es autodestructiva, entre más dolorosa sea la idea, más me la creo. Mi culpa nace desde su sentimiento más básico (me siento culpable por no sentirme diferente), hasta un punto más complejo (me siento culpable por hacer a las personas sufrir).

Recuerden: mi mente me miente. A toda hora y en todo momento cree cosas que no son reales y sufre por cosas que nadie ve ni entiende. Me creo una carga, ustedes nunca han dicho que lo soy, pero así percibe mi vista nublosa esos momentos de desespero. Han dicho que ponga un poco más de mi parte, que intente ser fuerte e ignore a mi cabeza. Ojalá fuera tan fácil y ojalá esas palabras ayudaran, pero solo alimentan mis pensamientos desoladores. Tanta culpa solo me hace pensar que sería mejor si simplemente no estuviera acá.

 
 
 
 
 

Según la OMS, son unas 800 mil personas las que se suicidan al año en el mundo, no todas por depresión, pero en su gran mayoría sí está atada a esta. 800 mil personas que sienten o sintieron culpa y que no pudieron con ella.

 

Ustedes no pueden hacerme no sentir culpa, después de todo es entendible que les duela verme mal, así como a mí me duele verlos mal. La culpa está dentro de mí y lo único en lo que puedo trabajar es en callar esos pensamientos autodestructivos que me consumen.

Existen pocas cosas que ayudan a la hora de enfrentar este tipo de sentimiento, pero hay algo que casi todos olvidamos en estos momentos (y casi siempre en la vida) y es aprender a practicar la autocompasión. Esto lo he escuchado de diferentes especialistas y también lo leí en un blog, cuya entrada se titulaba Cómo superar los sentimientos de culpa. Según lo que pude entender, no se trata de sumergirme en este sentimiento y excusar el dejarme acabar por mis pensamientos. Es más bien entenderme a mí mismo, sentir dolor por mí mismo y tener compasión por mí mismo. No soy culpable de la enfermedad que padezco, no quiero padecerla, pero ahí está y tanto yo como ustedes debemos lidiar con ella y entenderla tal y como es: una enfermedad. Un desbalance químico que, aunque no vemos, está presente. Una enfermedad tan real como un dolor de cabeza: ese tampoco lo ven, pero lo sienten. Quizá así entiendan un poco más cómo funciona. Una enfermedad que agota, que duele, que ningún examen podrá demostrar, pero para la cual existen especialistas y medicamentos que pueden ayudar a su disminución.

Les puedo decir que lo siento, aunque no debería. Me duele profundamente verlos mal, pero yo no quiero sufrir y hacerlos sufrir. En algún momento debemos romper el círculo vicioso, en el que mi dolor aumenta mientras el de ustedes hace lo mismo. Mi cerebro juega conmigo, ya se los he dicho. Necesito que me ayuden a desenmascararlo, para descubrir el amor que se esconde tras estos sentimientos de dolor.

La culpa no lleva a ningún lado y si lleva a algún destino es solo hacia atrás y hacia abajo. La autocompasión no es mala, como todo en la vida es mala si se practica en exceso. Debo dejarme sentir mal, sufrir por la enfermedad que me ataca y nutrirme de ese sentimiento para salir adelante. Para encontrar la luz dentro de ese agujero negro necesito su ayuda, a los especialistas y que todos recuerden: mi mente siempre me miente.

Pd. Es claro que estos sentimientos son míos y no espero que los comprendas a profundidad. Pero, así como espero que tú me escuches, yo también quiero escucharte.

 

Atenta - Mente

Un proyecto transmedia para hablar de la depresión como una epidemia invisible.

Paula Andrea Galvis Jaramillo

Paula Andrea Galvis Jaramillo

Soy estudiante de Comunicación Social y Literatura. Vivo por y para la lectura y la escritura. Me encanta contar historias, pero más cuando tienen toques de imaginación. Disfruto más la ficción que la realidad y eso termina por chocar con mis estudios como comunicadora. Mi puesto ideal sería trabajar como editora de ficción.

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Atenta-mente es un proyecto periodístico transmedia, hace parte del énfasis en Periodismo Digital de la Universidad EAFIT.

Creado por un grupo de 13 estudiantes con intereses en el área de la salud mental, con el apoyo de algunos estudiantes y profesores del pregrado en psicología.

En nosotros también habita la belleza

En nosotros también habita la belleza

A vos, que como yo, resistís dentro de tu cabeza, tu propia celda:

Creo que a ti, como a mí, se nos ha forzado a cargar con la culpa de una sociedad que ha desplegado guerras y hechos históricos innombrables por no aceptar la diferencia. Un aspecto tan esencial para asumirnos humanos, comunidad, uno… yo.

Se nos ha otorgado la vergüenza de cargar con una particularidad que termina por permear lo que hacemos, creamos y podemos otorgar a la sociedad: una tristeza profunda sin razón aparente, una ausencia de sentido, un vacío que lo llena todo, un abismo siempre cercano, aunque no lo suficiente.

Esa palabra que termina por “definirnos”, se usa con tanta frecuencia en los últimos días que parece carecer de entendimiento alguno, algo que asemejo al uso de la palabra “dios”. Depresión. ¿Podrá una palabra realmente caracterizarnos?, ¿podrá esta palabra ir más allá de cifras, titulares y conversaciones académicas?, ¿podrá alguien conocer un alma pereciente y apretarla hasta hacerla encajar en una definición?, ¿serán la ciencia y la academia otro dios que disfraza su autoritarismo bajo la presunción de saberlo todo?, ¿qué es realmente esa palabra?

Como menciona James Boswell, un escritor inglés, en su libro La vida de Samuel Jhonsson, la depresión es una predisposición para experimentar un afecto negativo frecuente e intenso. Un fenómeno con múltiples variantes, matices, intensidades, mecanismos, roles y manifestaciones; no encontraremos dos personas que vivan la depresión del mismo modo, pues en nuestra historia, aprendizaje y experiencias damos diferentes significados a cada situación, y desde ahí las evaluamos.

Cabe aclarar, además, que ante esta palabra no basta la aclamada fuerza de voluntad, ni nuestro grado de tolerancia a la tristeza y el vacío –o la falta de sentido, que nos impide apreciar aquello que antes era un sueño suficiente–. ¿Cómo callar esa voz que te reclama constantemente, que te compara, que te menosprecia?

Cualquiera que haya leído esta carta hasta este punto podría pensar que se nos ha negado el deleite, el placer y el encanto, pero no, también hay un paraíso: la belleza que habita en nosotros; no considerándolo como una virtud únicamente nuestra, el ser humano en sí mismo habita la belleza, pero creo me entenderás cuando digo que al albergar una herida abierta, un infierno caminante, la belleza, cuando nos visita, se abre ante nosotros con llanto y conmoción, con una sensibilidad preparada para recibirla y disfrutarla, aunque dure poco.

 

Los grandes sufrimientos nos llevan a contemplar la vida con mayor hondura.


Ernesto Sábato, uno de mis escritores más cercanos y apreciados (que por cierto te recomiendo), describe de alguna forma la manera en la que tú y yo recorremos la vida: “Toda experiencia de dolor, de gran dolor, nos cuestiona enteramente la vida, hasta la misma existencia de Dios. Pero los grandes sufrimientos nos llevan a contemplar la vida con mayor hondura. Es un gran misterio”.

Lo que solo se abre ante los ojos de una persona cuando padece un gran sufrimiento, una gran pérdida, una desilusión demoledora, aquello que se queda simplemente en un episodio, en unos días, semanas o meses, es aquello que a nosotros nos impide ver con claridad día a día, año tras año: un gran dolor, ausencia de esperanza, cuestionamientos llenos de culpa, vergüenza, miedo y enojo; una vida finita hasta el hastío, un monólogo interno, incesante ante la incapacidad de explicarlo a otros.

Pero también, es aquello que nos abre la puerta a una belleza infinita, a la empatía dolorosa, a una búsqueda inconforme, tan necesaria por estos días; a una nostalgia que termina en expresiones y experiencias estéticas, artísticas, comunitarias, literarias que serán nuestro relato para continuar construyendo comunidad; o a un trabajo arduo y bien hecho, muy a pesar de todas las cortinas pesadas que debemos correr con bastante esfuerzo antes de poder sentarnos a realizarlo, y a pesar de las ganas permanentes de renunciar a todo, en especial a la universidad.

Podríamos entender a Andrés Caicedo, cuando en su texto, Mi cuerpo es una celda, dice: “Me da un miedo atroz pensar que se está debilitando mi interés por todo. No resisto esta soledad, busco compañía y no resisto la compañía”.

Podríamos entender también a Alejandra Pizarnik, cuando en su poemario, Árbol de Diana, dice: “La soledad es no poder decirla”.

Podríamos comprender a Sábato cuando, en su último libro, Antes del fin, se sincera ante la muerte de su hijo: “Sobre mi escritorio puse una fotografía de Jorge, y ahora lo miro, lo miro con la añoranza de un abrazo que me parte el pecho. Cómo querría volver hacia atrás el tiempo. ¿Cuándo acabará este peso agobiante y absoluto? (…) ¡Cuántas veces, hundido en negras depresiones, en la más desesperada angustia, el acto creativo había sido mi salvación y mi baluarte! (…) Pero la ausencia de Jorge es irreparable”.

No es raro que la depresión haga que te veas a ti mismo de una manera negativa, que sientas que no vales lo suficiente, que no eres digno de ser amado y que nada podrá cambiar. Del mismo modo, sería usual que veas con pesimismo el mundo y el futuro, perdiendo interés en lo que ocurre a tu alrededor y experimentando menos satisfacción por las cosas que antes disfrutabas, tal y como los psiquiatras Judith y Aaron Beck lo mencionan en su texto Terapia cognitiva de la depresión. Sin embargo, como ya te había dicho, no todas las personas vivimos los mismos síntomas:

 
 

 hay quienes pueden no sentir la tristeza o el abatimiento usuales, sino una incapacidad ante el placer, incomodidades físicas o una relación problemática con el alcohol u otras sustancias.

Es por eso que la frase que suele usarse como un intento de remedio o bálsamo: “La vida es bella: aprende a disfrutar los pequeños placeres del día a día”, a la que hace referencia Juan Carlos Rincón en su libro La depresión (no) existe:

  • Se queda corta: el placer es efímero, y, usado en exceso, suele dejar huecos profundos.
  • Es estigmatizante: nosotros sí logramos disfrutar de los pequeños placeres, hay destellos de belleza diariamente, pero, aparte de que encontrarlos con una cabeza llena de angustia, por no decir más, es sumamente difícil, en ello no encontramos razones suficientes.
  • Y, por hacerlo corto, también es egoísta: el mutismo de nuestra sociedad ante las emociones propias y ajenas ha sido siempre una piedra en el zapato, un difusor de violencia, un retroceso. A todos, incluyéndonos a ti y a mí, nos hace falta entender y aceptar el dolor para poder convivir adecuadamente con el propio y el ajeno.

Aún en el momento en que te escribo esto siento algo de culpa, esquivos miles de estigmas en mi cabeza, siento que toco un tema prohibido… No quiero que me mal entiendas, no intento elogiar a “la depresión”, pues tratarla debidamente, y, tal vez, conseguir superarla es el verdadero camino; aún así, mientras encontramos ese camino, hacernos el recorrido más ameno y llevadero es parte de los logros pequeños que podemos conseguir. Aceptar que esa particularidad no nos obliga, ni a ti ni a mí, a cagar con culpa, vergüenza o miedo.

Me atrevo a afirmarte que más personas de las que nos imaginamos han tenido un encuentro cercano con esa palabra, “depresión”, que de manera sutil hace hogar en nuestro cuerpo. Para decírtelo con precisión, la Organización Mundial de la Salud estipula que la depresión afecta, aproxiamente, a 280 millones de personas alrededor del mundo.

Entonces, sería hora ya de que la expongamos, la desnudemos y le atravesemos la culpa y la vergüenza con la que nos ha hecho vivir. Su miedo a ser descubierta ya no será nuestro.

No hay que perder de vista que la vida vale la pena ser vivida, así haya dosis de sufrimiento en ella. Las emociones, aunque no siempre sean placenteras, tienen una razón de ser, aparecen como respuestas de nuestros asuntos internos y externos, y tienen una función evolutiva: nos informan que algo ocurre, nos motivan a la acción y nos empujan a comunicarnos con los demás en búsqueda de apoyo.

Todos somos historias y recuerdos, retos y momentos de crisis que, inevitablemente, nos generan malestar o niveles de afecto negativo y que, cuando persisten en el tiempo, se incrementan y nos incapacitan para lo que usualmente hacíamos, por tanto, es necesario recurrir a un profesional de la salud mental.

Aunque se muestre lejano e inalcanzable, con el acompañamiento adecuado, sí es posible despegarse de esa sombra pesada y oscura que nubla la visión. No siempre será fácil, pero el primer paso es reconocer lo que está ocurriendo y buscar la fortaleza para exteriorizarlo con nuestros aliados en la resistencia: familia, demás seres queridos y profesionales de la salud mental. Se ha evidenciado que entre menor tiempo pase desde el inicio de los síntomas y el tratamiento, mayor será la posibilidad de recuperación.

Por último, quisiera invitarte a responder esta carta. Puedes hacerlo de la manera en que desees, escribiéndome, haciendo un dibujo, mandándome una canción al correo atentamenteeafit@gmail.com; hablar entre nosotros es parte del proceso, una parte de nuestra victoria.

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Juanita Mosquera Lasso

Juanita Mosquera Lasso

Amo las historias, por eso me gusta el periodismo narrativo en todos sus formatos. Me encantan la música y los animales. Si no hubiera estudiado periodismo, estaría tocando el chelo en alguna sinfónica.

Elena Suárez

Elena Suárez

Estudio psicología y no veo la hora de graduarme. Me encanta intentar comprender y ayudar a los demás. Para mí, nunca nada es suficiente, siempre me verán intentando aprender un poco más. Casi siempre estoy en desacuerdo con mis amigos, pero aún así nunca peleamos.

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Más allá de la fiesta

Mas allá de la fiesta

Querido Jorge

La noche en la que hablamos por última vez fue la más dura, expresabas sentirte atrapado en tus propias garras, sin poderte defender de aquel bosque oscuro en el que te “encontrabas”. Decías que te envolvía y, cada vez, te introducía más y más, sin nadie a tu alrededor a quien pudieras preguntar por dónde era la salida, por dónde comenzabas a escuchar el río, ese sonido que seguramente te llevaría a puerto seguro.

Ese bosque, en el que te encuentras luchando con lo que tu alma siente, pero que no puedo recocer. Y lo más delicado, no me ayudas a entender cómo puedo ayudarte a salir, solo me dices: “Estoy bien”, aunque pensándolo bien, no eras tú quien me tenía que ayudar a entender por la condición que atravesabas, era yo quien debería saber que ese bosque se estaba llenando cada vez más de animales salvajes, que con sus garras te herían cada vez más. Lamento que tu entorno sea tan desesperanzador y que te estés sintiendo solo en medio de tanto acecho.

En medio de la noche oscura, tu carácter ocultó muy bien tus frustraciones y pérdidas y logró por un momento encontrar en aquel bosque un lugar alumbrado por un fragmento de luna, y retumbaron en ti los consejos que alguna vez te di:

“Lo que realmente te hace falta es sexo, salir, amigos, tocar tu guitarra” y quién sabe qué más.

Y así fue, esa noche hiciste tu simulacro emocional, fingir lo que no eras, mientras yo me sentía feliz pensando que te estaba ayudando a salir de tu bosque y que haciendo lo que nos gustaba en el pasado, todo volvería a la normalidad.

La fiesta comenzó, parecía que en aquel bosque que describías dentro de ti hubieses encontrado el castillo en donde el rey estaba ofreciendo una fiesta a los más desdichados de la provincia y tú, siendo un simple pastor de ovejas, lucías la mejor pinta para disfrutar de lo que usualmente no tenías.

Justo aquella noche, antes de que saliéramos, cavilaba qué era lo que estaba pasando contigo, dónde estaba aquel amigo, alegre, charlatán, que disfrutaba salir y que se reía de lo más mínimo. Por un momento, giré mi cabeza y de manera rápida y leí el título de un libro que estaba sobre tu mesa de noche: La depresión NO existe, de Juan Carlos Rincón, y me dije: “¡Bingo! ya somos dos los que creemos que la depresión no existe… Así que, a divertirnos, ¡carajo!”

Llegando al bar, comenzó tu simulacro y aunque creías que lo estabas haciendo bien, recuerdo verte tocando la guitarra con los ojos más abajo de lo habitual, tus hombros caídos y tu característica sonrisa poco espléndida, los acordes que interpretabas no sonaban igual y lo más triste fue ver tus ojos cerrándose poco a poco, al parecer, para abandonar el ruido.

Y justo en ese momento me di cuenta de lo que realmente pasaba contigo: ¿acaso sería demasiado tarde para preguntarte? Quería saber qué había dentro de ti más allá de la fiesta.

 

Cuando llegamos a tu casa, intenté hacerlo, lo primero que vi fue el libro y me dije: “¡Qué bruta soy!”, realmente el libro hace alusión a que la depresión sí existe y justo abro una página que hablaba sobre cuan grave es decirle a alguien deprimido que lo que le hace falta es sexo, salir y amigos.

Ahora soy yo quien sabe lo que tienes, aunque tú no lo veas tan claramente. Pero no te sientas solo, existen entidades y personas expertas que te pueden acompañar, ¿recuerdas a Jacobo Ríos el que estudió Psicología, con el que hacíamos todos los trabajos y que cantaba siempre en los festivales de la canción universitaria?

Él me explicó que la persona que sufre depresión ha dejado de desear, tal vez por sentirse indigno, no tiene motivos para despertar, para levantarse de la cama, para comer y lavarse los dientes. El mundo ya no le devuelve aquello que ha sacrificado en cada elección. En ocasiones, personas como yo, nos convertimos en enemigos de su condición, verdugos de su culpa.

Cuando le pedí un consejo sobre tu condición, me dijo: “Hay que darle un sitio en el mundo, alivianar su carga, no pretendiendo cargar el peso de la depresión que el otro lleva encima, sino dejando que él mismo vaya despojándose de sus razones”.

La persona que sufre depresión ha dejado de desear, tal vez por sentirse indigno, no tiene motivos para despertar, para levantarse de la cama, para comer y lavarse los dientes. El mundo ya no le devuelve aquello que ha sacrificado en cada elección.

Jorge, quiero acompañárte en silencio e intentar que no hagas parte del crecimiento de las cifras en cuanto a salud mental. La Organización Mundial de la Salud (OMS) indica que aproximadamente 280 millones de personas en el mundo tienen depresión

Amigo, quiero que juntos y en silencio podamos encontrar el sonido del río en aquel bosque en el que te encuentras. Creo que es necesario transformar tu sufrimiento sin olvidarlo y que, más allá de la fiesta, entiendas que siempre encuentras en mí el apoyo para hallar el norte.

¿Cuáles son las características de tu bosque?, ¿te sientes perdido en medio de él?

Recuerda que nunca hay noche de 24 horas, por más oscuro que sea, siempre saldrá el sol.

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Biviana Castrillón

Biviana Castrillón

Estudiante de comunicación social, mamá, esposa y amante de la música gospel cuando los momentos oscuros quieren apagar mi luz.

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Carta a la persona que creció a mi lado

Carta a la persona que creció a mi lado

Para mi compinche de travesuras de la infancia:

Ha pasado mucho desde la última vez que nos vimos. Las fotos de Instagram me dejan ver que ya casi te gradúas de la universidad. En respuesta a la carta que me enviaste, quiero contarte una pequeña historia.

Cuando tenía 14 años disfrutaba mucho escribir mis sueños apenas me despertaba. Los leía luego y quería encontrarles significados. Pasaba horas leyendo artículos sobre cómo interpretar todo lo que mi cabeza había creado, creyendo que podrían mostrarme el futuro. Un día me desperté y me quedé en la cama mirando hacia el techo sin moverme. Ese día no cogí el diario, la inspiración no estaba presente. Recuerdo pensar que al otro día volvería, que quizás había tenido una mala noche. Pero no. No toqué mi diario de sueños nunca más.

 
 

Si buscamos qué es la depresión, la Organización Panamericana de la Salud dice: “Es una enfermedad común, pero grave, que interfiere con la vida diaria, con la capacidad para trabajar, dormir, estudiar, comer y disfrutar de la vida”.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

La depresión no es solo estar triste, puede tener el efecto de una aplanadora

Es posible que siempre se tengan emociones monótonas que no ofrecen ni subidas ni bajadas. Nada de nada.

Años después, mi psicóloga Paula Linares identificó esa época como el inicio de mi depresión. Estoy consciente de que cada persona es un mundo completamente distinto. No puedo comparar mi dolor con el tuyo, ni con nada de lo que me cuentas en tu carta. Es imposible, porque las emociones no son cuantificables, son subjetivas. Nadie sentiría tu misma tristeza, así esa persona esté triste por el mismo motivo.

 
 
 
 
 

Los expertos afirman que interfiere con tu motivación. No es bueno para ti no tener expectativas realistas sobre lo que puedes o no puedes hacer cuando te sientes de esta forma. Acepta tu estado, sin verlo de una forma pesimista.

Lamentablemente vivimos en una cultura de la comparación, no es enteramente nuestra culpa. Constantemente vemos lo del vecino y vemos si lo nuestro es mejor o peor. Pero esto solo funciona con objetos materiales o cosas que sean visibles. Es imposible comparar desgracias.

 

Puede que cuando leas lo que te cuento pienses que no tiene relación con lo que me dijiste. Pero tiene todo que ver. Podría cerrar la historia diciéndote que simplemente maduré y cambié de intereses. Excepto que esa no fue la única cosa que me dejó de interesar, cada vez encontraba menos formas de divertirme. Todo se sentía como caminar sobre un terreno completamente liso, donde mi estado de ánimo no presentaba cambios significativos.

Si fuera así, a todo podríamos ponerle “un pero”. Si nos dicen “tienes cáncer”, alguien nos puede afirmar: “No te sientas mal, al menos no tienes tres”. No tiene sentido. El cáncer sigue ahí, igual duele y todavía preocupa. Lo mismo ocurre con la depresión.

La culpa que me expresas por sentirte así es entendible, pero no debería existir. Uno maneja sus emociones con los recursos que tiene disponibles.

Así te estés ahogando en un vaso de agua, eso no significa que no te estés ahogando.

Los trastornos mentales son multifactoriales. No siempre aparecen cuando estás en un situación mala o desagradable. A veces solo tocan a tu puerta, porque sí. Hay distintas causas que no podemos identificar fácilmente sin ayuda. Lo importante es entender que todos somos vulnerables, por lo que no es nada raro tener depresión.

No añadas un sentimiento de culpa a una situación en la que ya te estás sintiendo mal. Por lo que leo, la culpa te invade incluso cuando puedes funcionar un día de forma normal. Pero es que no significa que no tengas depresión. No te culpes por algo que no puedes controlar. No te compares con el que no tiene manos o pies, porque no tiene sentido. No sientas que eres anormal, es algo que le pasa a mucha gente, es más, la OMS dice que hay 280 millones de personas en la misma situación que tú.

Sé que es difícil. Hay días que levantarse debe requerir un esfuerzo descomunal para ti. Lo entiendo. Solo te puedo aconsejar una cosa. Es tu decisión cuando quieres seguir lo que te digo o si no quieres hacerlo en absoluto.

Habla de tus sentimientos.

Escríbeme más cartas si quieres. Pero expresa lo que sientes, o si no sientes nada también cuéntaselo a alguien. En tus días planos habla de eso, en tus días tristes habla de eso, en los días donde medio se asoma el sol, habla de tus emociones. No solo a mí, a tus padres de igual forma. Busca ayuda. A veces es difícil aceptar que no podemos lidiar con las cosas solos, pero lo más sabio es encontrar alguien que nos pueda guiar, así es posible aprender cómo hacerlo. Existen tardes cuando querrás encerrarte en tu mundo, es normal. Pero no dejes de conversar de las cosas importantes con quien sea. Seguramente querrán escucharte.

Recuerda que mi correo es: atentamenteeafit@gmail.com. Siempre estoy disponible para leerte.

Cuídate. Tu pana de siempre.

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Juanita Donato

Juanita Donato

Escribo como pasatiempo. Soy periodista radial. Mi color favorito es el rosado y me gusta todo lo que tenga a Hello Kitty.

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Carta especial para el que nunca entendió

Carta especial para el que nunca entendió

La depresión debería ser considerada y tratada como una enfermedad real, no como una falta de agradecimiento, actitud o pensamientos positivos. Hoy le escribo a todas esas personas que no lo entendieron en el momento en el que más necesitaba que lo hicieran.

 

Esta carta la escribí principalmente para mi mamá y mi expareja, porque detrás del apoyo que me mostraron en mi momento de crisis, siempre hubo críticas, palabras llenas de desconocimiento y frases que, aunque con todo el amor salían de sus bocas, me hirieron mucho. De igual forma, les escribo a todas esas personas que nunca entendieron que estar deprimido no era cuestión de actitud ni de pensamientos positivos, sino que se trataba y se sigue tratando de una enfermedad mental, que ataca despacio y en profundo silencio.

Esto es algo que hace muchos años quería escribir, porque sé lo difícil que es ser una de las 280 millones personas en el mundo que sufren de depresión, según la Organización Mundial de la Salud, porque muchas veces intenté ponerle “buena cara” a mis episodios y porque comprendo profundamente lo importante de decir lo que se tiene en el alma y de que muchas más personas entiendan que esto es algo mucho más profundo que simplemente cuestión de actitud.

Según el informe de Estadísticas Vitales del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE, 2021), alrededor de 2 mil personas se suicidan cada año en Colombia y, teniendo en cuenta lo que plantea la Organización Mundial de la Salud (OMS), que dice que por cada muerte por suicidio se registran 20 intentos, se puede llegar a deducir que muchas personas consideran el suicidio como una salida. Yo no fui la excepción, y para ustedes esto no es un secreto.

¿Pensamientos oscuros?

Sin embargo, sí es un secreto la cantidad de pensamientos que siempre he llamado “oscuros”, que surgieron después de los comentarios que recibí cuando ocurrieron los dos intentos fallidos por quitarme la vida, uno en 2017 y otro en 2018. Palabras que estoy segura que me dijeron con todo el amor del mundo, me hicieron sentir extremadamente culpable e hicieron que en mi volviera a nacer el sentimiento de querer morirme. “Eso es querer llamar la atención”, “Solo las personas cobardes se quitan la vida y tú no eres cobarde, no sé qué pasó”, “Tienes que empezar a refugiarte en Dios cuando te sientas mal”, “La vida es cuestión de actitud y no se la estás poniendo”.

 
 
 
 
 

Pero esta carta no es para victimizarme, ni para contar en detalle lo doloroso que fue. Es más para ayudarlos a que entiendan cómo funcionan más o menos los pensamientos de una persona deprimida, porque siento que no se va a poder sentir nunca de igual forma si no lo viven.

Estando en el hospital, con 15 pastillas de Ibuprofeno en el organismo después de un intento de suicidio, lo último que uno quiere escuchar son frases como las que ya mencioné anteriormente. Recuerdo perfectamente cuando ustedes me decían: “Tienes que acercarte más a Dios”, “Esto te pasa por no refugiarte en Dios”; creo que esa es la frase que más me ha disgustado en la vida, y que aún me persigue muchas veces cuando tengo episodios y recaídas, porque en un país donde según la Encuesta Nacional de Diversidad Religiosa del año 2019 (ENDR) donde alrededor del 80 % de la población es creyente en Dios, o practican alguna religión relacionada con el cristianismo, estar deprimido es todo un reto.

Como dice Juan Carlos Rincón en su libro La depresión (no) existe pedirle a una persona deprimida que piense positivo es un imposible, ya que uno de los principales síntomas de la enfermedad es ese mismo círculo de pensamientos que apuntan a la idea de que no se es valioso y que no se es merecedor de seguir viviendo.

Utilizando la metáfora que usa Juan Carlos, es como si yo dijera que mi brazo roto es debido a que no fui a misa el domingo, o a que no he orado lo suficiente, para mí eso no tiene sentido. De igual forma, comprendo si para ustedes sí lo tiene, pero cuando se ve a la depresión como una enfermedad verdadera, como una falta de químicos en el cerebro y como algo que no se elige tener, es ahí que se comprende que es una cuestión más allá de la religión.

El tema de la religión es muy complicado para explicarlo en esta carta; sin embargo, habiendo vivido toda mi vida en una familia católica y recibiendo esos comentarios de parte de ustedes, comencé a cuestionarme si mi problema era causado por falta de agradecimiento, y no voy a mentir, aún lo hago. Porque mis creencias están demasiado arraigadas en mí, y separarme de ellas siempre va a ser complicado; no obstante, reconozco que es algo, como ya mencioné, mucho más profundo que poner actitud positiva o agradecer por todo lo que tengo.

Recuerdo también una vez que recibí un comentario de alguien de la familia que insistía en que “si me quedaba en la cama todo el día no iba nunca a estar mejor”, hoy quisiera que esa persona pudiera haber vivido por un día cómo es un momento de crisis, lo pesado que se pone el cuerpo, lo doloroso físicamente que es levantarse de la cama, así sea para ir al baño, lo débil que está el organismo por la falta de comida ligada a la pérdida de apetito y todas esas cosas que se sienten cuando uno no quiere levantarse de allí. También quiero decirle que muchas veces me obligué a mí misma a hacerlo, me levantaba, me bañaba y salía a hacer mi día común y corriente. Pero nunca iba a ser común y corriente, pues la vida pesa en esos momentos, cada paso es difícil, cada palabra que se dice sale lento y sin fuerza y definitivamente esos días son oscuros y sin sentido.

Allie Brosh, una bloguera estadounidense, explica este fenómeno de no querer pararse de la cama extremadamente bien en su cómic Adventures in depression. Ella lo describe como el momento en el que uno dice “me voy a acostar por un segundo”, y ese segundo se vuelve una hora y esa hora un día, hasta que ya es imposible pararse de la cama, donde existe una motivación nula por hacer algo distinto a simplemente sentir la tristeza que se tiene en el interior y atacarse constantemente con palabras de odio se vuelve parte inevitable de la rutina. Eso suena terrible, yo sé, pero se siente terrible también, y se siente frustrante no poder explicarlo y no lograr estar mejor, incluso con el tratamiento es complicado llegar a pensar que hay que repetirse a uno mismo, como dice Rincón, que “lo que te está diciendo tu cabeza de ti no es verdad”.

Hoy, que me he detenido a pensar en todo eso que alguna vez me dijeron ustedes, me doy cuenta de que yo también llegué a pensarlo, que también llegué a obligarme a ponerle buena actitud a la vida, y aún así no logré sentirme mejor. Esto no lo saben ustedes, pero todos los días me levantaba y me hablaba en el espejo y me decía: “Hoy va a ser un gran día” y luego de dos horas estaba devastada, pensando las cosas más oscuras que alguien se pueda imaginar. También pensaba que era cuestión de actitud, también pensé que estaba alejada de Dios, hasta incluso pensé que estaba llamando la atención, y después de mi tratamiento y del proceso terapéutico por el que he pasado, entiendo que estaba enferma y que aún lo estoy. Comprendí también que la vida sí es hermosa, pero a veces no es que uno no quiera verlo, es que simplemente no puede, es que la depresión se vuelve una barrera que impide ver eso, sobre todo cuando se manifiesta como una preocupación constante, como es mi caso.

Mi invitación no es más que a ponerse en los zapatos del otro, suena cliché, pero es algo que se debería practicar siempre, que antes de hablar hay que entender por lo que realmente está viviendo la otra persona, hay que tratar de entender, así sea difícil, la situación en la que se encuentra.

De igual forma, para todo el que esté leyendo lo invito a que le escriba a alguien al que alguna vez le dijo alguna de estás expresiones, y si usted no lo ha hecho y simplemente quiere escribir y desahogarse, también lo invito a que lo haga, aquí estamos dispuestos a leerlo y tratar de ayudarlo. No se quede con eso adentro, que como dije al principio de la carta es importante sacar lo que se tiene en el alma y en la cabeza.

Si desea también puede enviarla al correo atentamenteeafit@gmail.com y aquí estaremos más que dispuestos a intentar hacer un cambio.

Con un enorme cariño, que siempre voy a tener sin importar las circunstancias, para ustedes que nunca entendieron.

Atenta - Mente

Un proyecto transmedia para hablar de la depresión como una epidemia invisible.

Mariana Rodríguez

Mariana Rodríguez

Mi nombre completo es Mariana Rodríguez Segura, soy una apasionada por la música y las artes. Me encanta escribir cosas que le muevan el alma a las personas y cambiar un poquito la forma de ver el mundo.

Luisa Martínez

Luisa Martínez

Luisa Martínez, estudiante de psicología apasionada por el trabajo social y por ayudar al otro. Ama las artes con sentido, defender causas sociales que considera importantes y apoyar a sus personas cercanas en su proceso personal.

Espero conocer tu opinión

Te invitamos a participar y contar tu historia
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¿Quiénes somos?

Atenta-mente es un proyecto periodístico transmedia, hace parte del énfasis en Periodismo Digital de la Universidad EAFIT.

Creado por un grupo de 13 estudiantes con intereses en el área de la salud mental, con el apoyo de algunos estudiantes y profesores del pregrado en psicología.

¿Qué hay detrás? Desenmascarando la depresión

¿Qué hay detrás? Desenmascarando la depresión

Querido joven enmascarado,

No solo te escribo a ti, ni al dolor que sientes por dentro y que te carcome todos los días, le escribo también a esa máscara que has cargado por tanto tiempo para disimular ante los demás. Aquella por la que el mundo te repite una y otra vez que “te ves bien”, o por la que te preguntan todos los días “¿Cómo puedes estar mal si yo te veo feliz?”. Aquella que no llevas al despertar en la soledad, pero que ajustas cada mañana antes de salir al mundo para esconder lo que no puedes explicar, los sentimientos que a veces te asustan y te avergüenzan por los prejuicios generados en esta cruel sociedad.

Por medio de estas palabras quiero expresar mi admiración hacia ti, tu proceso y tu fortaleza. Asimismo, recordarte que no estás solo, aun cuando a veces lo sientes así, porque, aunque no lo creas, según la Organización Mundial de la Salud (OMS) la depresión hace parte de la vida de 280 millones de personas en el mundo y todos viven el camino de formas únicas e irrepetibles. No te apures, no te presiones y pide ayuda, porque a pesar del miedo que puedas llegar a sentir en ese momento, el apoyo se llega a convertir en un aliado frente a la angustia de lo que estás viviendo.

Además, no está de más resaltar conclusiones como las del estudio Consideraciones institucionales sobre la Salud Mental en estudiantes universitarios durante la pandemia de Covid-19 (2020), de los psicólogos Cobo Rendón, Vega Valenzuela y García Álvarez, quienes explican que al igual que tú varios estudiantes alrededor de Latinoamérica “reportan incrementos en síntomas de depresión, ansiedad, estrés postraumático, ideación suicida y problemas de sueño”.

Primer paso

Ya lograste dar un primer paso fundamental permitiéndote reconocer qué está pasando. Quizás al principio no haya sido fácil aceptarlo y decir en voz alta ese diagnóstico que tanto te asustó, pero con cada tramo que avanzas entiendes cada vez más la causa de tus emociones, acciones y dolores. Tampoco es sencillo escuchar algunas frases hirientes, también frustrantes, de personas que deslegitiman lo que sientes, pero no olvides que tus emociones son reales, aunque otros no las puedan ver o vivir de la misma manera, y que no tienes la obligación de dar explicaciones ante los escépticos. Si algún día quieres gritarle al mundo tu historia, acá estaremos para escucharte y hacerte saber que no tienes que sentir vergüenza al hablar de tu trastorno. Y suelta esos estándares impuestos que te han hecho limitarte y vivir la vida en modo automático. A los que no te crean, a los que llamamos escépticos, tenles paciencia, porque muchas veces la desinformación sobre la depresión no les permite ver la realidad de lo que estás pasando. Por esto, uno de nuestros retos es educar, enseñarles a ellos la verdad y visibilizar lo que tú y millones de personas están viviendo actualmente. Y es que, aunque ahora se hable mucho más de esto que hace unos años, todavía nos queda mucho por aprender para que cada vez sea más rápida la identificación de síntomas para el diagnóstico, y que todos tengamos los recursos para una ayuda profesional oportuna y de calidad. Además, que conozcamos más sobre las maneras de ayudarte cuando tú no tengas las fuerzas necesarias y darte la confianza para que salgas a la calle sin esa máscara, dejando a un lado el tabú y los prejuicios.

Y es que sabemos que la sociedad en repetidas ocasiones te ha “enseñado” cómo vivir, pero no te ha dejado entender tus sentimientos y acciones como una acción-reacción de lo que estás experimentando. También han confundido en repetidas ocasiones tu situación con la tristeza y el aburrimiento, pues los límites entre depresión y estas emociones se han difuminado. Pero no te frustres por esto, mejor libérate y permítete llevar el proceso como tú lo decidas junto a tu red de apoyo. No permitas que el mundo exterior determine tus pasos.

Este texto es una carta de despedida a la máscara, porque he decidido verte a ti con tu realidad, con tu sufrimiento y con tu valentía más allá que con aquel obligado, y falso, bienestar con el que llevas cargando desde el inicio de este camino de la mano de la depresión. Anhelo que este escrito te dé aún más fortaleza para sobrellevar esta odisea y que los vientos te lleven a reencontrarte con ese amor soñado hacia los avances que has conseguido hasta hoy. Y siempre ten presente que, a pesar de que puede haber incautos que intenten culparte, entre ellos tú mismo, no tienes razones para hacerlo y lo importante es que te sientas bien contigo mismo.

Recuerdo una frase que leí hace un tiempo en El demonio de la depresión de Andrew Solomon: “Una retórica sumamente politizada ha borrado la distinción entre la depresión y sus consecuencias; en otras palabras, la distinción entre cómo se siente uno y cómo actúa al respecto” (capítulo 1, pág. 9).

No olvides contactarme por medio del correo atentamenteeafit@gmail.com, allí estaré esperando con mucho cariño tus palabras de avance, nuevas historias en este proceso y siente la libertad de pasarle mi contacto a todo aquel que necesite un espacio para desahogarse o hablar de la depresión.

Atenta - Mente

Un proyecto transmedia para hablar de la depresión como una epidemia invisible.

Manuela Gaviria Lemos

Manuela Gaviria Lemos

Periodista, apasionada por la escritura, los libros románticos, la historia y el fútbol. Me gusta aprender cosas nuevas y actualmente estoy incursionando en el mundo de la F1. Mis lugares felices son el estadio y cualquier sitio en el que esté acompañada por mis amigas.

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