GIMIENDO Y LLORANDO EN ESTE VALLE DE COCAÍNA

GIMIENDO Y LLORANDO EN ESTE VALLE DE COCAÍNA

Por Isabella Rodríguez Vélez

Según la ONU, en 2020 seguíamos siendo el productor número uno de cocaína a nivel mundial, mostrando que las leyes contra las drogas no han sido efectivas, y su producción es tan masiva que pareciera completamente legal.

Dicen que Colombia está sentada sobre una mina de oro y ni siquiera la toca.
Yo lo llamaría iceberg de oro, y no me extraña que nadie lo voltee a ver. Es un tema tan complejo y extenso que implica muchas cosas de la cultura del país, lo que incluso hace difícil elegir la arista para abordar el tema sin creerse doctor, economista, campesino, psicólogo, empresario o sin morir en el intento.

Desde el colegio he debatido si las drogas deben ser legales, penalizadas, reguladas o no, y aun así creo que nunca voy a saber lo suficiente sobre ellas, puesto que tiene tantos enfoques que parece sin fin, y si a eso le sumamos su gran controversia, no siempre se está seguro de que leamos la verdad o una idea sesgada. Puede ser muy fácil asustarse y creer que vamos a pasar de humanos a cocainómanos, pero lo cierto es que esta afirmación está “un poquito” lejana de la realidad, tan “poquito” que da lástima cómo nos aferramos a ella.

Adivinen a quién le pertenece el 70% de la producción mundial de coca. Ajá, a Colombia. La marihuana y la cocaína son las sustancias psicotrópicas más utilizadas en el país, y la cerecita del pastel es que, según la ONU, en 2020 seguíamos siendo el productor número uno de cocaína a nivel mundial, entonces, ¿su prohibición no ha impedido su producción, venta y consumo? Exacto. Pero no se asusten porque, por lo menos no figuramos en el top tres de países con mayor consumo. Aunque quién sabe, de pronto en los colegios empiezan a dar hoja de coca procesada en lugar de carne de caballo. Mentiras, no se lo tomen enserio.

La Unodc (Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito) estima que en 2020 se produjeron 1.010 toneladas métricas de cocaína pura, generando un incremento en el resultado a pesar los millones en dólares invertidos por el expresidente Iván Duque para llevar a cabo su “guerra contra las drogas”.

Quizás habría sido más eficaz que hubiera gastado ese dinero en intentar disminuir la cifra que cargamos por 14 años de 76 mil asesinatos relacionados con el narcotráfico.

Se va haciendo más evidente que las leyes contra las drogas no han sido efectivas, y su producción es tan masiva que pareciera completamente legal, entonces no hay una buena razón para creer que aflojar un poco vaya a convertirnos en un país dependiente de estas sustancias psicotrópicas.

Hace poco aprendí que despenalizar no es lo mismo que legalizar, entonces aclaremos eso primero. Entiendo despenalizar cuando es legal que se consuma mientras no afecte la integridad de los demás y legalizar cuando cualquiera puede producirla, venderla, consumirla y fomentarla. Si nos enfocamos en la primera y mantenemos presente esa mina que escondemos, creo que no es suficiente la despenalización y deberíamos empezar a apostar por la regulación, que nos puede plantear una orden para poder producirla y exportarla bajo el control del Estado.

Sin importar su ilegalidad, a los campesinos les sale más rentable plantar coca, y sin la presencia de las FARC, no hecho sino aumentar su producción, "la coca es el único producto que se puede sacar de la zona donde se cultiva. Con otros productos se pueden tener cosechas creíbles, pero el transporte al mercado es tan costoso que se pierde".

Nuestro territorio podría acoger muchísimos tipos de plantaciones y explotar esa área agrícola con la que tanto se ha soñado, pero el problema no es ese, es su transporte. No contamos con las vías óptimas para llevar esos productos al resto del país y es aún más triste, que los que estén interesados en enriquecerse a toda costa, harán más por sacar coca de las fincas a las que no llega ni Dios, que por cualquier vegetal.

El apoyo detrás de la no despenalización a veces se torna metiche y superficial, siendo fundada por el argumento de “me molesta lo que hace alguien que no conozco, porque yo jamás consumiría alguna sustancia”.

Nos descontrolamos diciendo que la sociedad va en picada hacia su fin, mientras consumimos cosas legales que nos destruyen en gran medida y le damos mínima importancia: comida chatarra, bebidas alcohólicas, energizantes y cigarrillo. Ojalá fuéramos así en cada ámbito, porque, por ejemplo, prestamos la misma atención en cuanto a si a cada ciudadano se le garantizan o no unas buenas condiciones de trabajo, ¿cierto?

Podría ser entendible que nadie quiera escuchar al respecto, pero hace mucho es hora de que se vaya tocando el tema y que dejemos de asustarnos por ahí derecho, porque venimos de presidencias altamente prohibicionistas de las drogas, pero acaba de empezar una que propone su regulación tras el fracaso histórico contra estas. Escuchemos por donde nos encaminaría esto como país antes de volvernos locos.

¿A dónde vamos?

¿A dónde vamos?

Por Alejandra Quintero Pinto

La vida se basa en tomar decisiones, todos los días, para siempre. Tal vez una de las más importantes sea elegir qué hacer después del colegio, pero a la vez, es una de las más confusas.

Cuando estuve en primaria, entré al Club Científico de mi colegio. Me encantaban las mariposas y me volvícasi que una experta; desde eso decidí que quería ser bióloga. Llegué a bachillerato y junto con eso, una rebeldía extrema típica de la pubertad que me trajo la pérdida de materias cada período (en especialmatemáticas, siendo yo hija de un matemático) pero no me importaba, en ese momento ya quería ser ingeniera química o ambiental o lo que sea que surgiera y se inventara el sistema, pero ingeniera, eso sí.

Llegué a once y en un abrir y cerrar de ojos chao ingenierías y hola a la crisis de no saber qué estudiar.

Tuve la oportunidad que no muchos jóvenes tienen de entrar a un curso de orientación profesional y aquí es donde viene una sugerencia: colegios, por favor, en la medida de lo posible, implementen esto de cursos de orientación profesional. Así pues, que, al empezar este curso, tuve todo un viaje a mi interior y a descubrir qué era eso que me gustaba, a lo que me dedicaría el resto de mi vida o por lo menos gran parte de ella y les cuento que el pánico que esto me generaba era mortal. 

Tenía 16 años, ¿qué clase de determinación voy a tener a esa edad de elegir lo que quiero nada más y nada menos que para toda la vida? Sigue pareciéndome muy loco.

De todas maneras, terca como una mula, insistía en ingeniería, que es lo más matemático del mundo para la persona menos matemática. Recuerdo perfectamente una conversación que tuve con mi padre en una heladería donde llorando le decía que no sabía qué hacer con mi vida, que me dejara irme 6 meses a descubrir qué quería y lo recuerdo a él, fresco como una lechuga, diciéndome “Aleja, hay mucho monitor, hay mucho tutorial en YouTube, vos podés”. Yo solo quería llorar.

Después de mil berrinches, discusiones con mi mamá, pasar por el gusto de todas las carreras y de ir a todas las vueltas de todas las universidades de Medellín, me decidí por la carrera que desde un principio me negué a estudiar pero que yo sabía y estaba más que segura que era para mí: Comunicación Social. Ahora bien, al grano.

Me genera conflicto saber que la presión del sistema encamine hacia seguir estudiando una vez se culmine el colegio. 

No podemos negar que cuando una persona dice que no estudia, quedamos sorprendidos, ¿por qué?, porque el sistema ha hecho tanta presión en nuestras vidas que si alguien no estudia algo después de salir del colegio es raro para alguien que sí siguió “el ciclo normal de la vida”.

A veces miro atrás y pienso en mi Alejandra de 16 años al pasar por la incertidumbre de tener que tomar la decisión “correcta” para su vida. A veces pienso en mis amigos que están estudiando en este momento algo que no los apasiona, o que los papás los hicieron elegir simplemente para hacerlos sentir orgullosos, pero nose sienten plenos ellos mismos.

Si en este momento de tu vida te encuentras en el devenir de elegir qué hacer con tu vida, tómalo con calma.Pon sobre la mesa la razón y el corazón para tomar una de las decisiones que puede ser de las másimportantes de tu vida. Como me aconsejó alguna vez una persona muy especial:

“Elegir una carrera es como elegir el plato que te vas a comer” y aunque suene algo tonto, es real.

No te des látigo, como dicen por ahí. Tómate el semestre, haz el viaje, si quieres trabajar primero, hazlo, pero todo siempre y cuando teniéndote como prioridad a ti. No a tus padres, no a tus amigos, no a la presiónsocial, a ti. Y si tomas la decisión y te equivocaste, vuelve a empezar.

La vida es muy corta como para no hacer lo que te apasiona. La vida no tiene que ser una línea recta o ir siempre hacia el camino que nos quieren imponer

Está bien ir contracorriente, está bien no saber qué hacer apenas se sale del colegio, está bien equivocarte de carrera, está bien no estudiar en una universidad, es tu vida, hay que hacer que valga la pena sin importarcuántos años tengas cuando leas esto.

El agua nos consume por nuestra culpa

El agua nos consume por nuestra culpa

Valeria Marín Ricardo

El planeta nos pide auxilio, no escuchamos, lo matamos y luego nosotros rogaremos por salvación

Durante el pasar del siglo XX, el nivel del mar aumentó entre 10 y 20 centímetros, pero en estos últimos 20 años el aumento del nivel del mar ha sido de 3,2 milímetros al año, la velocidad de crecimiento del mar ha aumentado.

El cambio climático aumenta por razones naturales, las más relevantes del calentamiento global son los cambios de la actividad volcánica, la radiación solar, el transcurso del viento y la circulación oceánica. Estas causas naturales no las podemos controlar. Sin embargo, hay otras razones que agravan en mayor cantidad al calentamiento global, las cuales son producidas y desarrolladas por los humanos. Somos nosotros los contaminadores. ¿En realidad somos dignos de llamarnos la especie “superior”?

La utilización desmedida de combustibles no renovables en transporte y en maquinaria, el uso de pesticidas y aerosoles, la deforestación, la desaparición forzada de ecosistemas, los gases de efecto invernadero como el dióxido de carbono, el metano generado por ganadería, el óxido nitroso de fertilizantes, los gases fluorados, entre otros, son las problemáticas aportadas por los humanos y que provocan directa o indirectamente el derretimiento de glaciares, el deshielo de los polos, el cambio climático y agujeros en la capa de ozono. ¿De verdad estamos dispuestos a extinguir más especies? ¿Por qué seguimos haciendo las cosas que sabemos que le hacen daño al planeta?

La humanidad ha avanzado en la tecnología y en la ciencia a pasos gigantes, pero no se ha centrado en alivianar estas problemáticas. La causa, a mis ojos, es evidente, las necesidades de consumismo y la importancia del yo y el ahora se impone en su camino. Vivimos en un mundo de tendencias y como el boom del cambio climático en medios ya pasó se olvidan de ello, lo hacen a un lado y pasa a un segundo plano.

Sabemos estos datos desde muchas décadas atrás y hasta el día de hoy no se han tomado acciones inmediatas y rigurosas para bajarle el ritmo al deterioro del planeta. Escuchamos, nos lamentamos, pero no actuamos. La mayoría de las empresas solo aparentan ser eco friendly para tener más aprobación del público, es solo una estrategia de mercadeo para atraer clientes y nosotros caemos como estúpidos. Somos ovejas del mismo rebaño, una lo cree y las demás la siguen. La industria puede dar “soluciones” superficiales como el cambio de bolsas plásticas a bolsas de tela, que de igual manera se demoran años en descomponerse. Nos enfocamos solo en aspectos buenos ocultando los malos, lo que no cuestionamos o pasamos por alto es, por ejemplo, que la producción en masa de las grandes empresas conlleva una maquinaria que generan contaminación del aire, gases de efecto invernadero, escasez y contaminación de agua. ¿Será que somos consumidores realmente responsables? ¿tenemos claro en nuestro subconsciente que esas “soluciones” no funcionan, pero lo hacemos para no sentir tanta culpa? Nosotros nos creemos esas mentiras o, peor aún, nos autoconvencemos de que es verdad para no sentirnos responsables. Los que tienen el coraje de exponer la realidad de las empresas y sus métodos son silenciados por los altos cargos o por los poderosos magnates. ¿Así de fácil nos manipulan? Sufrimos las consecuencias de una mente formada por un sistema capitalista: comprar y tirar, así todas nuestras vidas. Pero no pensamos qué consecuencias trae nuestro estilo de vida.

Se estima que a finales del siglo XXI el nivel de los océanos haya aumentado 2 metros. Cuando oímos este dato solemos pensar que 2 metros son poco, no es así: son 2 metros de alto. Teniendo en cuenta el dato anterior, todo rastro humano en zonas costeras que estén a menos de 100 kilómetros de distancia del mar van a desaparecer. Si no nos duele el ambiente que nos duelan los humanos. Miles de personas se verían afectadas. Los millones que se invirtieron en la construcción de los hoteles resort al lado de la playa se perderán, pero eso no me duele, como dicen la naturaleza tiene memoria. Estos hoteles fueron construidos a costa de la destrucción: los manglares (cuna del mar) fueron aniquilados por un fin lucrativo. ¿Dónde quedó el valor de la humanidad? se nos olvidó ser humanos con nuestro entorno. Además, de los aspectos geográficos que se verán afectados, nuestro funcionamiento también lo hará. El turismo va a cambiar, de igual forma el mar lo hará y probablemente ya no podremos ir a él. ¿Será que tomaremos acciones radicales para minimizar el calentamiento global cuándo nos duela el bolsillo?

Putas inocentes

Putas inocentes

Juliana Alzate Roman

En la prostitución las únicas inocentes son las putas.

La prostitución es un fenómeno con un claro componente de género de dimensión mundial que afecta alrededor de 42 millones de personas en todo el mundo, de los cuales el 80% son mujeres y niñas, y en el que casi la totalidad de los usuarios son hombres.

En Colombia la prostitución no es ilegal, ni está penalizada, como se admite en la sentencia T-629 de 20101. Sin embargo, no hay un marco jurídico específico que proteja los derechos de las personas que ejercen la prostitución voluntariamente y regule el oficio. ¿Esto qué quiere decir? Básicamente que en Colombia la actividad de la prostitución es considerada como un trabajo normal desde el principio de la autonomía personal, lo que les da a dichas personas el derecho de adoptar decisiones sobre su vida y su cuerpo dentro de dichos parámetros, pero que, al mismo tiempo, no les garantiza prestaciones, acceso a la salud ni pensión como en un trabajo tradicional.

Si bien, no estamos poniendo a discusión la autonomía corporal de estas personas, el problema radica en la consideración de la prostitución como un trabajo normal de carácter independiente en el que el cuerpo de la mujer se convierte en la mercancía de la demanda del hombre.

Si aún no ha quedado claro, la prostitución no es un trabajo como cualquier otro, en este las mujeres no ejercen su libertad sexual ni gozan algún privilegio por su ejercicio; no estamos hablando de personas que venden manillas, dulces o comienzan un emprendimiento; hablamos de seres humanos con necesidades que al no tener oportunidades deben recurrir a poner en venta su integridad física y mental para sobrevivir.

Veamos con claridad que es una forma de violencia de género y que además es una consecuencia directa del fenómeno de pobreza. Las mujeres y niñas no ejercen la prostitución de manera consentida y voluntaria, son marginadas por su condición de vulnerabilidad y sometidas bajo el lema de la autonomía para ser usadas como un objeto sexual de forma justificada.

Por otro lado, he de admitir que, aunque no desestimo y mucho menos niego que existan personas que ejerzan la prostitución de forma voluntaria, lo que defiendo en este caso es que tanto las necesidades y razones por las que estas mujeres deben recurrir a la prostitución nace de un espectro más profundo que la mera decisión de vender o no su cuerpo. Y es que vivimos en una sociedad desigual en la que muchas mujeres no tienen la oportunidad de escoger ser abogadas o médicas, y la alternativa de la prostitución es la más accesible y rápida.

Lo que sucede, es que estas mujeres en situación de vulnerabilidad tienden a creer que la decisión de vender su cuerpo es únicamente suya, -y aunque en parte en cierto- ignoran el hecho de que sus propias circunstancias -que a su vez vienen de una problemática social muy antigua (la repartición desigual de recursos) – es el detonante y/o el origen de que deban apelar a este “empleo” para tener una vida medianamente digna.

Por otra parte, tampoco defiendo los sistemas abolicionistas como los implementados en países como Suecia, Noruega, Islandia y Canadá que, aunque pretenden castigar al comprador de sexo y no someter a la mujer prostituida, esta continúa sufriendo dado que las medidas propias de este sistema no evitan en su totalidad su explotación sexual y, al mismo tiempo deja desprotegidas a aquellas mujeres que dependen económicamente del trabajo sexual.

Es evidente que acabar con una problemática como la pobreza o la prostitución es algo muy poco realista, y no es el punto de esta discusión. Lo que estoy cuestionando es que se trate un tema de esta índole desde dos puntos opuestos, en los que por un lado la legalización de la prostitución no se ha mostrado efectiva en asegurar la independencia de las prostitutas, por lo que se siguen produciendo situaciones de explotación y violencia; y por el otro lado, que en los sistemas abolicionistas se observe el deterioro de las condiciones de las mujeres que continúan ejerciendo dicha labor; finalmente, porque en ambos casos las trabajadoras sexuales siguen siendo estigmatizadas, dejando de lado la raíz del problema que es la pobreza que condiciona la vida de estas mujeres.

Por todos estos motivos resulta necesario pensar en la prostitución como una de las grandes deficiencias socioeconómicas de muchos países, y que, aunque es difícil llegar a un acuerdo sobre el modelo adecuado para resolver dicha problemática, aún existe la posibilidad de conciliar ambos sistemas y construir estrategias que consoliden vías de acción para las víctimas. Por último, esta es una invitación a que seamos empáticos hacia esta lucha y, además a que recordemos que es necesario atender y escuchar la opinión de dichas trabajadoras, proteger sus derechos y no tratarlas como una amenaza social.

Tanta inclusión nos está excluyendo

Tanta inclusión nos está excluyendo

Por: Stephania Montero Zapata

El lenguaje incluyente puede llegar a ser tan beneficioso como perjudicial cuando se trata de lograr su principal objetivo: incluir.

Como mujer tengo claro que a lo largo de la historia no hemos tenido igualdad de derechos y que el acceso a los mismos ha sido resultado de luchas y disputas propias de movimientos sociales.

Estoy convencida que todas las mujeres buscamos encontrar, en todos los campos de la vida, la igualdad propia de los seres humanos, es decir, lo inherente a nacer siendo un humano y no tener que buscar herramientas o espacios que nos incluyan por el hecho de ser mujeres.

Pero y, ¿qué pasa cuando somos nosotras mismas las que generamos esa diferencia? En la pasada Copa América femenina de fútbol, hubo una gran cobertura de medios y periodistas de todo Sudamérica y muchas mujeres afirmaban con total certeza que las mujeres merecían, al igual que los hombres, la misma difusión o incluso más.

Inmediatamente me cuestioné y pensé que, si como mujeres nos ubicábamos en una situación de diferencia, por más lenguaje incluyente que exista o por más inclusión, terminamos excluyéndonos a nosotras mismas.

No debemos pedir portadas o titulares para las mujeres por ser mujeres. Un triunfo, una clasificación a Juegos Olímpicos y a un Mundial de Fútbol genera el peso propio de la noticia no por el género que lo consiguió sino por el logro ensimismo y es justo ahí donde, como mujeres, debemos entender que no merecemos más o menos por quienes somos.

Ha sido tanto el ruido que ha generado “la inclusión femenina” que se ha llegado a pensar que el deporte femenino solo lo pueden comentar o narrar mujeres y entonces, de repente, vemos a los canales de televisión llenando sus espacios de grandes profesionales todas mujeres y dando un mensaje de “hacemos lo que nadie hace” y vuelvo y me cuestiono, ¿en serio nos hace sentir bien que nos den un reconocimiento a pesar de que eso nos haga sentir diferentes?

Le estamos recordando todo el tiempo al mundo que somos menos o que hemos sido menos y que por eso merecemos más. Acaso no sería mejor estar en portadas, en titulares y en espacios que antes no estábamos, sin decirle al planeta entero que estamos ahí porque un día nos tocó pelear por ello.

Las mujeres no tenemos porqué vivir haciendo culto a quienes un día nos negaron la posibilidad de estar donde hoy estamos, porque si lo analizamos bien eso hacemos cada vez que pretendemos “incluirnos”.

Los logros del género no deben ser vistos como hazañas por esa razón, los canales no tienen porqué incluir mujeres exclusivamente en contenidos femeninos, que una mujer esté en una posición de poder no debe ser noticia, basta de crear esas exclusiones entre nosotros mismos.

Es el momento de normalizar nuestra presencia en todos los escenarios: sociales, laborales, políticos y culturales. Será esta la única forma que nos sintamos parte de una misma sociedad. Una sociedad en la que conviven seres diversos que necesitan sentirse parte de pero no desde la diferencia sino desde los aspectos que unen, ahí va a estar realmente la clave para superar esa discriminación, la que por tantos años ha generado que millones de personas busquen por diferentes medios la igualdad.

Entonces, cuando lo logremos ya no seremos “la primera mujer en…” “la primera vicepresidenta de…” “las mujeres conquistan…” sino que los triunfos y los logros serán la noticia que todo el mundo quiere leer. Es justo ahí donde lograremos dignificar el papel que por tantos años hemos querido tener.

Será justo en ese momento, cuando esa igualdad de la que tanto hablamos se logre, porque simplemente seremos humanos logrando cosas en una sociedad de humanos no de géneros, no de razas, no de diferencias.

Y mientras eso sucede, seguiremos dando a los medios la oportunidad de escribir titulares con la facilidad que da el lenguaje incluyente, pues este es quien hoy se roba las miradas y la atención que ha impuesto la sociedad para sentirnos más cercanos. Les seguimos permitiendo pensar que al nombrarnos nos están haciendo un favor y nos están reconociendo algo que no debería generar una diferencia.

Sobrevivir como inmigrante en las calles de Medellín

Sobrevivir como inmigrante en las calles de Medellín

Por: Andrea Alzate Santana y Danna Cassas Pérez

Esta es la historia de un día de trabajo callejero de dos de los tantos ciudadanos venezolanos que de repente llegaron a esta ciudad. La suya es la realidad abrumadora y frustrante de miles de personas no solo aquí, sino en todo el mundo, tras llegar a un país ajeno.

Erimer Cortés y Jesús Camargo, dos víctimas de la situación que apagó a Venezuela. Ella es del estado Carabobo y él de Maracay. Hace 6 años, cada uno tenía una vida estable: salían a trabajar, ella a atender su propio negocio de repuestos de autos, y él hacia su cargo administrativo en una multinacional. Soñaban con viajar y crecer económicamente.

Dentro de sus planes estaba darles estudio a sus hijos y comprar una casa más grande. Eran dos personas comunes con estrato socioeconómico medio que tenían asegurado el hoy, el mañana e, incluso, el futuro cercano.

De pronto, su estabilidad tembló y cayó tan rápido como un relámpago. Nunca predestinaron sus condiciones actuales, en las que sus sueños no tienen cabida y lo único seguro es el presente.

Trabajan en un semáforo de una calle en El Poblado, la zona donde mejor les ha ido y, por lo tanto, se han casado con ella.

Ellos son el ejemplo vivo de la gente que no se rinde y que persiste en medio de la precariedad y la insatisfacción diaria.

La presencia masiva de venezolanos ha generado nuevas normas callejeras de relación. Unos terminan en la calle y no tienen otra salida que regresar a su país. Otros optan por el camino fácil de la delincuencia común. Otros lloran y se desploman ante la necesidad.

Erimer y Jesús madrugan y trasnochan cada día para intentar superar las adversidades como inmigrantes.

 

Inicio de la jornada laboral

Calle 3 Sur con la avenida El Poblado a las 8 de la mañana. El clima a esas horas pintaba cálido y fresco, supimos entonces que el día sería soleado.

Allí está el semáforo escogido por Erimer Cortés y Jesús Camargo, quienes laboran en esta zona desde las 7 de la mañana hasta la 8:30 de la noche, jornada a la que no faltan por órdenes del miedo, aquel que les despierta la preocupación cada día por salir a cubrir sus necesidades básicas.

Nos recibieron con empatía. Con amabilidad y sarcasmo, Jesús expresó: “Siéntense, están como en su casa”, mientras soltaba una leve carcajada y señalaba con el limpiaparabrisas unas escaleras al costado derecho. Al mismo tiempo, Erimer saludaba en silencio con una sonrisa en su rostro tímido.

Aquel sarcasmo resultó no serlo tanto, pues el movimiento de ambos en esa calle aparentaba ser muy familiar, las risas y la comunicación frecuente que compartían con la vendedora de frutas, con el malabarista y con el músico del violonchelo reflejaba las características casi de una vecindad.

El rojo del semáforo paraba los carros, pero a ellos los movilizaban esos 45 segundos: eran su momento para entrar al juego del rebusque.

Erimer, con su cajita de dulces y cigarrillos colgada como un “canguro”, se paraba en la esquina en busca de miradas que le hicieran un llamado para comprar. Jesús, en una subida rápida y agitada por aquella loma, se le acercaba a cada carro con la esperanza de que alguien le diera el permiso para limpiar.

Cada rol era asumido como si se tratara de una gerencia; la dinámica que usaban era saludar con amabilidad, mirar directo a los ojos para ubicar a un posible cliente, levantar la caja de dulces o el trapito en símbolo de ofrecimiento, despedir a la gente con un “Dios me lo bendiga, manito”, y poner la mejor cara, incluso con aquellos que imponen una mirada arrogante.

Todo un trabajo que parece que les saliera natural. Pero cuando pasa el semáforo de color, respiran profundo, se orillan y regresan a su estado habitual y sereno, tal cual como cuando a un actor le bajan el telón o un empleado sale de la oficina del jefe, o cuando un estudiante termina de dar su presentación.

Erimer Cortés vive en un cuarto en una residencia en el Centro de Medellín junto a su esposo, tres hijos, su suegra y dos perros.
Mucho dinero para conseguir

Erimer empezó a relatar su vida diaria como inmigrante desde hace un año y medio que llegó a Colombia. “Al principio me iba tan mal que me tocaba venirme caminando desde el Centro hasta esta zona. Con los días fui conociendo cómo es la movida y me fui adaptando”, cuenta con un toque de conmoción.

Ella es sensible y delicada, sus gestos corporales dan la certeza de la angustia que siente y de su lucha. Es madre de tres hijos (dos niñas y un niño) que dependen totalmente de ella, son la razón por lo extenso de su jornada laboral.

También tiene un esposo, quien trabaja en un semáforo más adelante, comen dos veces al día (desayuno y cena), y hay días en los que les alcanza solo para una comida.

–¿Usted dónde vive, Erimer?

– Estoy viviendo en un cuarto subarrendado de una residencia en el Centro. Allí estoy con mis tres hijos, mi esposo, mi suegra y dos perritos que son nuestra adoración.

–¿Y cuánto pagan?

–16 mil por noche, viene siendo unos 490 mil pesos mensuales.

–¿Y no les ha tocado vivir en la calle?

–¡Ay madre mía, Dios me ampare! Si yo no llego con mínimo 30 mil pesos a la casa en la noche, nos toca escoger entre la papita y el arriendo.

“¡Verga chica, a mí también me toca jodido!, tengo que responder por mis tres hijos y la mujer”, añade Jesús. Al contrario de Erimer, él es más espontáneo, se expresa fácil, y cuando cuenta sus dificultades se le nota más tranquilo, cosa que se demostraba en su respuesta más frecuente: “Que sea lo que Dios quiera”.

Debido a la difícil situación en su país, Jesús Camargo viajó primero a Perú, luego regresó a Venezuela y, finalmente, vino a Colombia con su esposa e hijos.
A veces solo comen los niños

Él reside en Colombia hace cuatro años. Siempre ha encontrado su sustento económico con trabajo informal, vive en un pequeño apartamento en el Centro donde paga 350 mil pesos mensuales. Su comida diaria varía entre arepa y arroz, y a veces le toca dejar de comer porque solo alcanza para sus tres niños.

–¿O sea que la plata que recogen solo les alcanza para hoy? –preguntamos.

–Panitas, es difícil pensar en un futuro cuando ni el presente está asegurado. Si yo pienso en mañana, no consigo para hoy –dijo Jesús.

–¿Entonces la intranquilidad es de todos los días?

–Claro mis niñas. Para la incertidumbre, buena cara.

–Pero… ¿a veces no los coge la nostalgia?

–¡Uff! Y es peor cuando se junta con el cansancio.

Ya se acercaban las 12 del día y el sol comenzaba a picar. Erimer y Jesús se sentaron haciendo el primer descanso de la jornada.

La jornada laboral de estas personas en las calles es, por lo general, de 7 de la mañana a 8:30 de la noche, bajo el sol y el agua.
Como entre amigos

A eso de las 12:30, bajo la sombra fresca que caía sobre aquellas escaleras del edificio El Porvenir, nos dispusimos los cuatro a tomar café con pan y a conversar.

–Y eso que hoy no traje los perritos, acá estuvieran ladrándoles –dijo Erimer con algo de gracia mientras partía su pan.

–¿A las niñas donde las dejas?

–Ahora me las está cuidando una amiga que está embarazada allá en la residencia. Otros días me las cuida la suegra y otros me toca traerlas –contestó ella sin dejar de masticar.

–¿Y cómo te viniste con las niñas desde Venezuela?

–¡Chama, eso fue duro! Primero atravesamos la trocha que cruza la frontera caminando, luego varios camiones nos dieron la colita hasta acá, pero hubo otros pedazos en los que también nos tocó caminar. Fue un viaje de unos 10 días para conseguir pesos y comida, y seguir avanzando.

– Jesús, nos contaste que llevas 4 años acá ¿verdad? –ante eso, él acentó con la cabeza–. ¿Cómo hiciste en la pandemia?

–¡Verga, ni me acuerdes! Ahí sentí que nos quitaron lo único que nos quedaba para vivir: las calles para chambear. Hice de todo un poquito: pinté casas, lavé carros, corté hierba, pero no era lo mismo –respondió llevando a su boca el último sorbo de café.

 

La suma de aventuras e infortunios como inmigrantes era cada vez más amplia.

 

Erimer, al ver la decaída lenta y angustiante de su negocio, atravesó Brasil donde consiguió trabajo como mesera, separándose de sus hijos por dos años.

Y Jesús, con la pérdida de su trabajo, partió a Perú, regresó a Venezuela, y debido a la agudizada situación que encontró tomó la decisión de trasladarse a Colombia junto a sus hijos y esposa.

Alrededor de 30 mil pesos deben recoger a diario estas personas en las calles para su sostenimiento y el de sus familias.
Una realidad apabullante

–¿Ustedes cuánto se hacen en un día y para qué les alcanza?

–Mire mami, cada cambio de color nos deja entre 100 y 400 pesos –una verdadera fortuna para ellos–. En la jornada de la mañana tenemos que recoger por lo menos 16 mil. Esos pesitos los metemos en un potecito sin falta, ahí tenemos el arriendo fijo. Y en la jornada de la tarde debemos conseguir unos 20 mil pesos que son para la comida –contó Jesús.

– ¡Exacto mamita!, a mí me toca igual, pero a mi esposo, por ejemplo, le toca conseguir para la pipeta de gas que cuesta 80 mil mensual, la lavada que cuesta 20 mil semanal y el cuido para los perros –complementó Erimer.

– Erimer, ¿y ustedes de acá cómo se van?

– Gracias a Dios hay unos camiones rojos (buses rojos), que pasan como a las 8:30 de la noche y ya nos conocen, entonces nos dejan el pasaje a mil.

La inmigración venezolana en Colombia es una manifestación que se intensificó desde el 2010 por el estallido de la crisis económica en ese país.

Se ha observado un incremento vertiginoso de inmigrantes venezolanos en los últimos 4 años, siendo Antioquia el quinto departamento con mayor migración venezolana del país con 152.646, según las cifras de Migración Colombia. Medellín es la cuarta ciudad con 87.502 inmigrantes.

Su presencia ha traído una serie de retos y consecuencias a las que se tiene que enfrentar la sociedad colombiana, pero no pesan tanto como los obstáculos que afrontan los propios venezolanos, como Erimer y Jesús, quienes además de cargar con su identidad de inmigrantes deben atender la xenofobia, el rechazo y la pobreza.

Una aventura médica en la selva 

Mi padre cargando en sus brazos a las dos hijas de la mujer que le cocinaba en La Chorrera. / Foto cortesía
Una aventura médica en la selva 

Por María José Escobar G.

Durante su año rural, Alejandro Escobar enfrentó situaciones complejas en el corregimiento de La Chorrera. Su historia cuenta la experiencia que vivió en esta zona que lo transformó como médico y como persona al ver sus expectativas chocar con la realidad. 

“Mi primera noche en la selva fue larga. Comenzó muy recién entrado el sol y terminaría en la madrugada con el canto de los gallos… o tal vez era el ruido de un pájaro, un mono aullador o hasta un jaguar”, menciona mi papá, Alejandro Escobar, siempre que recuerda su año rural en La Chorrera, un área de la selva colombiana ubicada en el departamento del Amazonas.

Mi padre, el aventurado estudiante de medicina que hace 27 años decidió realizar su año rural en el Amazonas, hoy en día es cirujano cardiovascular. Una persona arriesgada que eligió este lugar porque soñaba con cambiar el mundo a través de la medicina y transformar el sistema de salud de las comunidades indígenas. Por eso la medicina no solo es su profesión, es su estilo de vida. 

Él quería vivir una experiencia diferente a las que relataban sus antecesores. Su abuelo, quien también era médico, siempre prefirió trabajar en un consultorio tradicional en la ciudad. 

En ese tiempo, La Chorrera contaba con una población de aproximadamente 2.000 habitantes. A los pocos días de su llegada, ya parecía uno más de la comunidad. Andaba descalzo, sin camisa y con lanza en mano. Era un joven delgado, no muy alto y con un pelo largo inconfundible, ya que siempre llevaba atada una pañoleta naranja en su cabeza. 

Chocando con la realidad

 

Antes de llegar, tomó una inducción de 15 días en Leticia, capital de ese departamento. En ese momento recibió sorpresas no muy gratas. Se enteró de todas las incomodidades a las que se iba a enfrentar en su aventura médica en la selva. Al principio, la inducción le pareció muy emocionante, pero al terminarla su primer pensamiento fue: “Hijueputa, ¿en dónde me metí?” 

En un momento, hablando de los equipos médicos, los instructores dijeron: “En todas las periferias funcionan perfecto, excepto en La Chorrera donde son equipos viejos y no han sido cambiados”. Para terminar la amable inducción, mencionaron que “en todas las zonas la población indígena le da buena acogida al blanco y más al personal médico, excepto en La Chorrera donde existe cierto rencor”. 

Después de la bienvenida en Leticia había que caminar un largo trayecto desde el aeropuerto para llegar al hospital. Además, era necesario cruzar el río Igara Paraná. Este es de unos 15 metros de ancho y es muy profundo. Se puede flotar sin tocar el piso. Justo donde quedaba el centro de salud y el colegio caía un chorro supremamente grande. Por esto, el corregimiento se llama La Chorrera. 

Su equipaje eran dos maletas y una caja con libros de medicina. En una iba una pequeña cantidad de ropa y en la otra, que era el sobrecupo, iban en promedio diez santos a los cuales lo encomendaron su madre y su abuela. El día de su llegada, se montó en una pequeña canoa. Iván Remuy, el enfermero, dio la orden de arranque.  

No obstante, el “paisano” dijo: “No. Todavía no se puede. Hay que esperar más gente”.  Mi papá dirigió su mirada hacia el equipaje que estaba a punto de caer al agua. Pensaba: “Solo falta que a alguien más le dé por viajar con santos”. 

En ese entonces, el “Chorrera Memorial Hospital” era una pequeña casa de color blanco con café. Era mitad material y mitad madera. Allí, los médicos tenían una barba descuidada de varios meses de no ver una Gillette occidental, y las enfermeras eran brillantes y pegajosas de la cantidad de aceite que se aplicaban en la piel para evitar los insectos.  

El nuevo médico de La Chorrera en el lugar que sería su habitación por un año. / Foto cortesía
Un parto acelerado

Mi padre aún recuerda historias personales de algunos pacientes, como la de Néstor Alejando, quien después de un trágico nacimiento se convirtió en su ahijado y a quien le pusieron su nombre. Un sábado, a las 4:30 de la mañana, tocaron la puerta del hospital. Era “un hombre de mediana estatura, contextura media y de facciones finas, pero con el rostro curtido por el sol y la selva”. 

El hombre le dijo: “Mi señora lleva 24 horas en trabajo de parto y no ha podido dar a luz”. Mi padre cogió su equipaje y ambos se dirigieron a la casa donde se encontraba la “comadre”. Como es natural en las indígenas, ella estaba atendiendo sola su propio parto. 

–¡Ayúdeme doctor! No soporto más –dijo la mujer. 

–Usted no ha roto la fuente y el bebé no ha descendido –respondió mi padre–. Camine hasta el hospital para atenderla allá. Estamos a más o menos 3 cuadras. La caminada puede ayudar con el descenso del niño. 

Cuando llegaron al centro médico, Alejandro calculó que se podía demorar otra hora. Mientras tanto, se fue a desayunar. Sin embargo, no contaba con el acelerado trabajo de parto que tienen las mujeres indígenas. En el momento en que estaba saliendo del hospital a comer algo, el bebé también estaba saliendo por las piernas de la mujer e iba directo hacia el piso. 

Por fortuna, el esposo de la mujer estaba a su lado y logó atraparlo en el aire. Con las manos temblorosas del susto, mi padre examinó al niño. Estaba en excelentes condiciones y pudo salir del hospital ese mismo día. En el centro de salud estuvieron pendientes de él hasta que cumplió 8 meses y todo su desarrollo fue normal. Hoy en día, Néstor Alejandro debe tener unos 27 años de vida. 

Entrada del Hospital Local de Puerto Arica “Diego Alexis Sierra”. / Foto cortesía
El secreto que solo Dios conoce

Una de las situaciones más difíciles que tuvo que vivir fue cuando una institución educativa quería vincular a su personal al Seguro Social, lo que hoy en día son las Instituciones Prestadoras de Servicios de Salud (IPS).   

El rector del colegio, por ejemplo, fue el único positivo para la serología, examen para el diagnóstico de sífilis. Durante varios días mi papá pensó en las mil formas en que se podía abordar el tema. Recuerda el día de la entrega de los resultados como “una de las tardes más calientes de mi estancia. El sol entraba por la ventana con un poniente que me golpeaba el rostro por el cual caían gotas de sudor”.  

–Bueno, todos los resultados están muy bien, pero hay uno en particular que tiene alteraciones. Se trata del examen de sífilis –expresó mi papá. 

–La verdad, sí tuve un “enredito” hace un tiempo –dijo el hombre en forma muy sincera.  

Por esto, se colocó la dosis inicial de un medicamento que debía volver a ponerse en 8 y en 15 días. 

Volvió muy cumplido para la segunda dosis, pero para la tercera se le presentó un viaje al Caquetá. Mi papá le suministró el medicamento para aplicárselo durante el viaje. Como todos allá eran tan curiosos, lo instruyó para defenderse si le preguntaban sobre porqué una dosis tan alta. Le dijo que, si alguien lo cuestionaba, respondiera que era por una “amigdalitis recurrente”. 

Cuando el rector regresó de su viaje, visitó a mi papá y le dijo: “Alejo, usted es famoso en el Caquetá”. Cuando le iban a aplicar la inyección, la enfermera le hizo la temible pregunta. Él contestó que la alta dosis era para “una amigdalitis reflexiva”. La mujer no pudo controlar su risa y llamó a varios doctores para que escucharan el diagnóstico que le había hecho el médico de La Chorrera. 

Esta historia tuvo un desenlace feliz. Mi papá cree que de todas las personas que ha conocido, es una de las más humanas y sinceras. Tiene todos los conocimientos para ejercer su labor, pero acompañados por el sentimiento de una persona de carne y hueso. Sin embargo, hasta el día de hoy, no sabe si su verdad ya salió a la luz o si es un secreto que solo Dios conoce. 

Los ocho kilómetros al infierno

Un día triste, gris y con olor a muerte, mi padre se encontraba estudiando en su oficina luego de una consulta médica en la mañana. Estaba lloviendo extremadamente duro. Eran alrededor de las doce del mediodía cuando entró un hombre al hospital: 

–¡Doctor, rápido que se muere, rápido! –dijo el “paisano” mojado por la lluvia. 

–¿Qué pasó? –le preguntó mi padre con calma. 

–La mujer de uno de los promotores de salud tiene 7 meses de embarazo y está vomitando sangre. 

–Es mejor traer a la paciente al hospital. Aquí contamos con más recursos para hacer lo que sea necesario. 

–El problema es que la señora está en una vereda que se llama El Kilómetro 8. 

Luego de una hora de camino lograron llegar. Ella, de 18 años, estaba en una hamaca rodeada por toda la familia rezando. Su pequeña hija de dos años le tomaba la mano. 

Era necesario trasladarla al hospital para hacer una cesárea porque el bebé seguía vivo. Decidieron colgar la hamaca en un palo y llevarla entre dos hombres, con un tercero que relevaba al que estuviera cansado.  

Los hombres se llenaron la boca con mambe para emprender el camino que duró tres horas. El mambe es un polvillo que se hace triturando y cerniendo hojas de coca tostadas mezcladas con la ceniza de hojas de yarumo. Los indígenas de casi todas las regiones de Colombia lo consumen por un tema religioso. Según ellos, es una manera de comunicarse con sus ancestros. Sin embargo, también sirve para evitar el sueño y el hambre. 

El cruce de los puentes era muy complejo. Estos eran de un solo tronco resbaladizo y lamoso. Algunos estaban completamente cubiertos por agua del torrencial aguacero que estaba cayendo. Los pies del médico se empezaron a ampollar en diferentes partes. La carne ardía cada vez más. 

Quince minutos antes de llegar, mi padre se adelantó para alertar al personal y tener todo listo para una intervención quirúrgica urgente. Corrió como nunca en la vida lo había hecho. Todavía no entiende de dónde sacó la fuerza porque sus piernas ya no respondían. Cuando la paciente llegó, mi papá vio en su rostro una mirada fría e insostenible al dejar este mundo. 

Realizó una cesárea urgente en la mitad de la entrada del hospital. Él bebé no respondía. Todos permanecieron quietos y en silencio con la mirada perdida en el infinito. Luego de cerrar a la paciente, lavaron su cara y su abdomen, y la colocaron en una cama con su pequeño feto en los brazos. Tenía una apariencia tranquila. 

Al día siguiente, mi padre fue al entierro. Se sentía mal. Muy mal. El cacique de la comunidad le ofreció su coca en sentido de amistad y agradecimiento. Al final, la familia lo ayudó a entender sus limitaciones y a comprender que lo que sucedió no fue culpa suya. Se dio cuenta de lo insignificantes que somos. Nacemos, y cuando morimos el mundo sigue igual, como si no hubiera pasado nada. 

Alejandro Escobar en una larga caminata para ir desde La Chorrera a una vereda lejos de allí. / Foto cortesía
La protesta de despedida

Alejandro llegó a La Chorrera con muchos ideales. Soñaba con transformar la cultura de estas personas. Pensaba que con sus conocimientos en salud por sus estudios universitarios podía cambiar el mundo. Sin embargo, allá la gente tenía una cultura y un estilo de vida muy estructurado. No querían cambiar. 

Como era la única persona buscando romper esa barrera, nadie lo ayudaba a remar. Era muy difícil demostrarles a los indígenas algo en lo que no creían. Una vez, ante la escasez de alimentos, mi papá intentó hacer un criadero de dantas. Estos son animales de la selva que pueden ser criados en corrales y pueden suministrar una buena cantidad de carne. 

No obstante, todos se empeñaron en que a ellos no les gustaba la carne si no era cazada por sus propias manos en la selva. Hasta ahí llegó la idea. Hubo otro episodio en que estaban tirando todas las basuras a las calles del corregimiento. A nadie le importaba. Mi papá propuso una jornada de recolección de basuras para llevarlas a un relleno sanitario que él mismo pensaba construir. 

Allá no había alcalde ni policías, pero existía una persona que ejercía como corregidor. En ese momento, tenía dos presos en un cuarto de aislamiento. Mi padre aprovechó y pidió la ayuda de los dos hombres para cavar el hueco del relleno sanitario. Nadie más estuvo dispuesto a ayudarlo. Terminó recogiendo las basuras él solo. 

Después hubo un problema con un enfermero del hospital. Tuvieron a una señora aislada por malaria. A este tipo de pacientes les ponían unos anjeos para evitar que los picaran los moscos. Esa noche, el enfermero llegó borracho y se acostó en la cama con la señora. Mi papá se enojó, lo echó del hospital y puso la queja en Leticia.  

De ahí en adelante, surgió un odio del enfermero hacia él. Incluso, le decía: “Doctor, mucho cuidado por la selva. Usted corre mucho por ahí y existen muchos riesgos”. Por eso, mi padre dejó de hacer muchas cosas que disfrutaba, como salir a trotar a altas horas de la noche para ir a mambear y a conversar con los caciques de otras veredas. Entonces, resolvió quedarse en el colegio a leer y a conversar sobre temas profundos y filosóficos. 

 

Más conflictos

Un día, agotado de todo el conflicto, Alejandro citó a la población a una reunión porque no pensaba marcharse con todo lo que tenía adentro. Quería discutir y mejorar muchas cosas, pero la población era muy difícil. 

Les dijo que La Chorrera era uno de esos sitios donde “todo el mundo se fijaba en la astilla que tenía el ojo del vecino, sin darse cuenta del madero que tenía el ojo propio”. Él realizó la reunión para limpiar los ojos y oídos de aquellos que los tuvieran sucios. 

La población le hizo muchos reclamos que no le correspondían a él y para los cuales no tenía ninguna explicación. Finalmente, mi padre les dio a entender que él había dejado su casa, sus costumbres y sus seres queridos para estar con ellos, dispuesto a ayudarles las 24 horas del día, y que lo único que estaba recibiendo de ellos eran ofensas. La despedida fue triste, pero no tenía más remedio que ese. 

Hoy en día, La Chorrera es completamente igual. Mi papá ha buscado y ha visto videos. No ha cambiado nada en estos 27 años. No ha vuelto al lugar. Le impresiona lo difícil que es viajar al corregimiento porque no se puede hacer turismo sin un permiso especial de los indígenas. A pesar de esto, le encantaría volver algún día. 

El médico en la noche mambeando con los indígenas en una maloca, centro donde se reúne la población para diferentes eventos. Estos frecuentes encuentros eran hasta la 1 o las 2 de la madrugada. / Foto cortesía
Enseñanzas para la vida

Mi papá se fue completamente defraudado de la población indígena. Pero piensa que esta generación no tiene por qué pagar por las cosas que hicieron las generaciones pasadas. No está de acuerdo con que haya que sufrir indefinidamente las consecuencias de los ancestros.  

El año rural en la selva fue una experiencia dura. Siempre ha sido una persona muy afortunada y no le ha faltado nada en la vida. Allá le tocó aguantar hambre, frío y mucho sueño. Le tocó enfrentarse a muchos conflictos con la población que lo ayudaron a fortalecerse y a prepararse para todos los inconvenientes que iba a tener de ahí en adelante.  

Cuando está pasando por un momento difícil, le gusta recordar lo que vivió allá para darse cuenta de que el sí es capaz de salir adelante y superar los pequeños obstáculos del camino. Dice que fue una experiencia muy bonita, pero en la que no pudo cumplir las metas que tenía de cambiar el sistema de salud de esta población.  

Siempre he podido confiar en mi mente 

Siempre he podido confiar en mi mente 

Diana Carolina Garcés

Por mucho tiempo no me he sentido a gusto en mi cuerpo. Definitivamente no me siento a gusto en el mundo o en lo que hemos construido en él; lo que llamamos “civilización”. Sin embargo, siempre he tenido mi mente. En mi mente siempre me he sentido, sino en paz, al menos con certeza de que las batallas que allí lucho las puedo ganar.

El mundo es un lugar hostil en el cual hay muchas cosas aterradoras, pero el terror que te hace sentir tu propia mente es, en efecto, inefable, porque no sabes de dónde proviene ni cómo pararlo.

El día que me rendí estaba en clase. El profesor estaba hablando de un tema particularmente difícil de seguir y en el que tenía mucho interés porque lo había visto en mi trabajo un par de veces, pero no lo comprendía del todo. Todo iba bien, hasta que en un momento no pude entender más. Así, sin matices. No podía comprender el sentido de lo que estaba escuchando; escribía y sabía que no era tan difícil el tema pero simplemente mi mente no lo podía traducir en entendimiento. Nunca he estado más asustado en mi vida. Siempre he desconfiado de todo a mi alrededor menos de mi mente; me aterraba pensar que algo pudiera estar mal con mi cerebro.

Decidí que era cansancio y lo dejé estar. A los pocos días, comprendí totalmente el tema y me pareció la cosa más natural del mundo; como era algo que veía algunas veces en mi trabajo, esperé un nuevo caso para pedirle a mi jefe que me lo dejara llevar. La oportunidad se presentó, ¡mi jefe me permitió hacerlo sin supervisión! Me sentí en la cima de mi carrera.

Pues bien, me dispuse a llevar a cabo la tarea. Contacté con el cliente y acordamos una cita.

Mientras llegaba el día para reunirme con el cliente seguí notando señales de alarma. De un momento a otro al alma me llegaba la sensación de que algo estaba terriblemente mal y que jamás me podría recobrar de algo que estaba a punto de pasar. La sensación duraba minutos y era tortura pura. Casi como si te echaran el maleficio cruciauts en la mente. Era un tipo de dolor nuevo e infinitamente superior al dolor físico. O en ese momento me lo pareció. Días después, llegó a mí el equivalente de este dolor de mi mente a mi cuerpo, y fue como si llevara el infierno en mi interior y se estuviera esparciendo a través de mis poros.

La cosa era así: estaba haciendo cualquier actividad común y corriente y de repente una sensación extraña me recorría alguna extremidad hasta que el dolor me cubría todo el cuerpo. Lo único que podía sentir (porque para ese punto ya no tenía la habilidad de pensar) era que necesitaba amputarme todo el cuerpo.

Las cosas se empezaron a poner incluso más extrañas. De repente me encontraba en la universidad y cuando tomaba consciencia de mí otra vez, estaba en un lugar totalmente distinto. No recordaba cómo había llegado allí, qué había hecho o qué estaba haciendo. Hubo momentos en los que ni siquiera sabía qué día era.

Así sucedió el día del encuentro con el cliente. Lo último que recuerdo antes de saberme hablando con él era que estaba en la clase donde explicaron el procedimiento que pronto iba a realizar en beneficio de mi cliente. Un segundo después, allí estábamos y yo sentía una extraña sensación de no tener control sobre mi cuerpo. Pero miento. En el fondo sabía que aquello que tomaba las decisiones seguía siendo parte de mí y que nunca se iría. En realidad, siempre lo supe. Y en ese momento, decidí dejarlo ganar.

Empecé con los hechos, ¿qué había pasado? ¿por qué había cometido ese acto que sabía que me iba a obligar a imponerle una sanción? Ahí empezaron las súplicas, lo que me obligó a pasar a la segunda etapa, ¿había alguna circunstancia que explicará por qué había cometido la falta? Trató de inventarse mil, pero le recordé que las situaciones en las que están permitidas cometer tal acción eran muy específicas y que por más que tratara de encontrar la manera de acomodar esas situaciones a sus motivaciones, nunca lo lograría.

Finalmente, le dije que había que pensar si se merecía el castigo. Decidimos que así era y por fin el momento para el que me había preparado había llegado. Salió perfectamente, tan perfectamente que de haberme visto el profesor, me habría puesto la máxima nota. Así que lo llamé y le mostré mi obra, le dije que era tal cual él nos habría enseñado.

Hasta el sol de hoy no entiendo lo que pasó. El profesor se puso histérico, más tarde le dijo a la policía que jamás en la vida había enseñado algo semejante a lo que yo acababa de hacer y que el día de esa clase me había desmayado y que ni siquiera presencié la explicación.

Pero yo no le creo, el recuerdo de esa clase está tan vívidamente en mi mente que la puedo recitar de memoria. Siempre he sido inteligente y sé con certeza que puedo confiar en mi mente.

Mary Luz vive en sus palabras

Mary Luz vive en sus palabras

Por: Sara Tobón Marín

Mary Luz López Henao logra convertir lo que una vez fueron lágrimas y tristezas en letras y poemas reunidos en su libro Alzo mi voz, publicado a principios del presente año. En él plasma una que otra vivencia que marcó su vida, historias de algunas de las mujeres que pasaron por situaciones similares a la de ella y relatos cortos enfocados a la denuncia de problemáticas sociales que vivimos actualmente en Colombia. 

Dedicatoria de la autora

“Este libro es una denuncia, es una voz para las y los que aún callan, un poemario poco inusual, una recopilación de mis sentimientos hechos palabras; muchos de los textos acá escritos primero fueron las lágrimas y luego letras de un desahogo ante tanta tristeza.” Mary Luz López Henao

Desde los primeros párrafos del libro de Mary se puede percibir con facilidad la mujer en la que se ha convertido, una mujer que ha pasado por situaciones que ninguna persona debería pasar y que, a pesar del dolor que aún habita en ella, tiene el valor de alzar su voz para dar visibilidad a la historia que comparte con muchas mujeres víctimas de los mismos verdugos.

“Para mí, la escritura es una herramienta política que puede contribuir a una transformación social por la manera en que el arte influye en adultos, jóvenes y niños, cualquiera que fuese su expresión”, así lo expresa Mary en la introducción de su libro en la que enuncia su propósito y la relación que ha desarrollado con la escritura. Para ella, el hecho de escribir se ha convertido en el medio para desahogar sus tristezas y construir una nueva Mary Luz despojada de un tormentoso pasado.

Su libro lo divide en cinco partes, todas enriquecidas de relatos cortos en los que narra vivencias propias y ajenas que han marcado su vida. Cada una de estas partes la titula y separa con portadas que simulan retazos o imágenes unidas como un collage, lo cual compara Mary con su vida, siendo sus vivencias los retazos y su vida una colcha que los reúne a todos. En la portada del libro lo primero que se ve es un dibujo de una mujer levantando sus brazos mientras que de ella va saliendo algo marrón que al parecer la cubría totalmente; en la parte superior e inferior se puede observar más retazos o pedazos de tela acompañados con el nombre de la autora y el título del libro en una caligrafía que semeja unas suaves pinceladas.

Fue en su paso por la universidad donde conoció el poder de la escritura como medio de denuncia y desahogo, y a su vez, conoce también a Juan David Villa Gómez, quien redacta el prólogo de su libro, en el que, con profunda admiración, habla sobre el poder de las palabras que usa Mary en cada uno de los relatos y como logra que estos poemas toquen el alma de quien tiene el placer de leerlos.

Un amor que vive en sus palabras

En el primer capítulo o parte de su libro, Mary habla sobre una de las pérdidas que más ha lamentado y es la del amor de su vida Andrés, el único hombre que la hizo sentir diferente, quien le recordó lo valiosa que era y la acompaño en sus peores momentos. Se nota con facilidad que para la autora no fue nada fácil superar esta perdida y más si hasta el día de hoy no sabe del paradero de su amor, ya que Andrés fue víctima de desaparición forzada en el año 2008. Por esto, la autora titula esta parte del libro como “Vives en las palabras”, ya que al no tener una tumba en la que pueda llorar su perdida, tiene su lápiz para desahogar su dolor y vivir su duelo a través de la escritura.

 

“Amor mío, te llamo nacer y morir porque, cuando te conocí y te tuve, nací, viví y fui feliz, pero cuando te fuiste, morí en vida, me mataste.” (López, 2022, p. 29)
Mujeres que marcaron su vida

Por otro lado, en la parte número dos del libro, que la autora titula como “Mujeres que duelen”, reúne seis relatos cortos en los que narra las historias de algunas de las mujeres que la acompañaron en la época en la que fue trabajadora sexual bajo el nombre artístico “Yayita”. En este capítulo del libro reúne las historias que más la marcaron como “La costurera”, como Mary Luz la nombra, una mujer que además de ejercer la prostitución se dedicaba a confeccionar sus propios vestidos y los de sus compañeras, cuenta Mary que un día al bajar las escalas del hogar que compartía con otras mujeres encontró el cadáver de esta mujer abandonado en plena calle, víctima al parecer de un tiroteo. O también la historia de Samantha, una mujer decide escapar del orfanato en el que la dejó su madre y decide aventurarse al mundo y a sobrevivir a costas de su cuerpo, así vivió toda su vida hasta que los años fueron pesando y Samantha ya no tenía el mismo rostro joven ni el mismo dinero que ganaba en esos tiempos, ahora está sola, sin una pensión o algo con lo que pueda sustentarse que no sea la prostitución.

“... Hoy somos más los que nos levantamos y luchamos, los que renacemos cual fénix, los valientes que nos aferramos con esperanza para comenzar a sanar, amar, soñar con que todo esto mejore y que por fin nuestro corazón se abra al perdón” (López, 2022, p. 36)
Tocando corazones con palabras

En “Retazos”, tercera parte del libro Alzo mi voz de Mary Luz, habla del concepto general del libro y es la colcha de retazos que asemeja con su vida, tan llena de historias que no encajan entre sí y que a su vez hacen parte de lo que es hoy en día. En esta parte del libro le habla a la niña que fue abusada con apenas 9 años, a la joven que fue reclutada por un grupo armado en el que fue obligada a cargar un fusil y a la mujer que tuvo que vender su cuerpo por hambre y necesidad. Para mí esta es la parte más importante del libro, en la que el lector entiende y conoce la historia de la autora y se empatiza con ella, por su estilo de escritura y palabras que usa logra tocar cada fibra de quien lee estos relatos. Plantea en la mente del lector la pregunta de ¿cómo es posible que alguien pase por situaciones como las que cuenta Mary y cómo ha logrado salir de tanta tristeza sin resentimientos? 

 

Mercancía barata

La parte cuatro del libro curiosamente se compone de cuatro relatos en los que la autora habla sobre la realidad que viven las mujeres que con engaños y mentiras caen en la trata de personas, que sin imaginarlo terminan privadas de su libertad y obligadas a prostituirse para pagar una deuda que al parecer nunca van a poder saldar. Ese infierno en el que entran sin saberlo miles de jóvenes con la ilusión de viajar a otro país, segadas por las promesas de quienes se convierten en sus dueños, dueños de sus cuerpos, de sus identidades y de su libertad. Como dice Mary Luz en el inicio de uno de sus relatos: “como mercancía barata en el mercado de pulgas o en la terminal éramos regateadas…”, así son tratadas las mujeres en prostitución, vistas como un pedazo de carne vendido al mejor postor sin importar quien sea con tal de que tenga dinero para pagar por tal belleza.

Mary alza su voz

Para cerrar con broche de oro, la autora titula la última parte de su libro “Alzo mi voz”, en la que con tono de denuncia habla sobre los asesinatos de los líderes sociales, el paro nacional que se presentó el año pasado, el desplazamiento y su vivencia personal como desplazada por bandas criminales de Medellín y cierra con un texto de apoyo dirigido a los ciudadanos venezolanos por su situación actual. Esta parte del libro es más enfocada a las luchas sociales que se están presentando en el país, resalta su perseverancia y lucha constante contra el gobierno, y a su vez, defiende y se conmueve con la situación que viven estas personas.

Portada Parte 5 del libro Alzo mi voz

Portada Parte 5 del libro Alzo mi voz

“¿Quiénes son los dueños de la vida? ¿Quién tienen la potestad de eclipsar la luz de los astros? ¿Se ha vuelto natural contemplar cómo se arrebata el aliento de los justos? Sabemos que la muerte es inamovible, es también el cese de la vida y el fin de la luz que algún día brilló en nosotros, pero ¿no debería llegar la noche con naturalidad? ¡Nos están matando!” (López, 2022, p. 87).

De este libro quedan grandes enseñanzas y cuestionamientos en cuanto a la situación que viven miles de mujeres que se ven obligadas a dejar su dignidad a un lado y vender su cuerpo para poder sobrevivir. Es absurdo que, en un país con tantas riquezas y oportunidades para todos, prevalezcan los intereses de los más favorecidos y violentos, quienes al final del día tienen el poder de anular las libertades de las personas que no nacieron en las mismas condiciones. Este es un libro que invita a la reflexión, a dejar de ser quienes señalan desde una posición de privilegio y empezar a ver con ojos de empatía a quienes no cuentan con los medios suficientes para salir del ciclo de pobreza tan evidente en Colombia. 

Mary Luz es una mujer de admirar, una mujer que ha logrado salir de la oscuridad que la rodeó toda su vida para convertirse en el ejemplo que es ahora para miles de mujeres que desean cambiar su destino como ella lo hizo. En este momento es cuando más se necesitan mujeres como Mary, que guíen y apoyen a las mujeres que se encuentran en situaciones vulnerables como las que ella vivió, para que esta explotación a la mujer que se evidencia en las calles de todo el país pueda ir disminuyendo cada vez más y que estas mujeres accedan a otras alternativas de sustento más dignas.

A través de los ojos de una investigadora criminal 

A través de los ojos de una investigadora criminal 

Juan Pablo Rodríguez Torres

Entre crespos, piel morena, una mirada intrigante y la oralidad de una persona ya muy experimentada y adulta, está Catalina, una joven de 19 años que en sus planes tiene como objetivo revelar un total de 150 criminales y que tiene 100 ya desarrollados, sumando que a través de su experiencia nos cuenta cómo es la mirada de un investigador criminal. 

 

Yo estoy haciendo una investigación y es un proyecto que he estado realizando y que me gusta mucho. Desde muy joven me ha llamado bastante la atención la mente de las personas en general. Comencé a mirar información y me encontré con los asesinos seriales, los empecé a estudiar y mi profesora de criminología, al conocer mi pasión por los criminales, me ayudó y asesoró en el proyecto. 

Consiste en una iniciativa llamada El Paredón del Criminal, en la que nosotros nos vamos a encargar de contar historias de criminales, aclimatizándolas al ambiente universitario. Hay unos que obviamente son muy famosos, por mencionar algunos: Pogo el payaso asesino, Andréi Románovich Chikatilo, El carnicero de Rostov. Hasta ahora llevo un total de 120 criminales en mente y 100 ya profundizados. 

Cuando las voy a contar, empiezo con los hechos. Por ejemplo, que encontraron 27 restos óseos debajo del piso de una casa en Estados Unidos y que con las investigaciones se dieron cuenta de que era la casa de John Wayne Gacy, quien era conocido como Pogo el payaso. Después de eso les digo:  

–Pero, ¿saben por qué se dice que él pudo haber hecho lo que hizo? 

Y me remonto a la infancia y les cuento qué pasó en su niñez, cómo era su padre, si era abusivo o no o si fue alcohólico. Les digo quién era esa persona, es decir, los contextualizo de quién realmente era. 

 

Mi línea narrativa suele ser comenzar con los hechos, que a veces es lo que resulta ser más llamativo. Contando qué fue lo que pasó, qué fue lo que encontraron. Lo hago como si de una narración de cuentos se tratara y después los llevo hacia atrás en el tiempo.

Hace poco hicimos un evento en la Universidad que llamamos Noche de Luna y Criminología, en la que contamos estas historias. Nuestro plan es hacerlo en cada fecha importante. El día de la mujer, por ejemplo, se haría el evento, pero el centro serían mujeres criminales, asesinas o estafadoras. 

A través del azar y gustos, encontró su pasión

Mi nombre es Catalina Ledesma Ibarra y soy estudiante de sexto semestre del programa profesional en Investigación Criminal en la Facultad de Derecho de la Universidad de Medellín. Inicié la universidad en enero del 2019.  

Sin embargo, llegué a la carrera por cosas del azar, yo no la conocía y no tenía conocimiento de que esto se pudiera estudiar y menos que la dieran aquí en Colombia. Todo sucedió a través de Universidad Puertas Abiertas, un evento en el que estuve con el colegio. Allí di mis datos en el stand de Investigación Criminal y tiempo después me llamaron a preguntarme si quería saber un poco más de la carrera y conocer el campus. 

Y yo no me negué, ya que también en esta Universidad tengo una prima que es profesora de Derecho. Ella me recibió y me relacionó con quien entonces era el director del programa y me enseñaron todo. Me hablaron de la carrera y me enamoré. 

Además, tiene un campo de acción muy amplio. Puedo salir a trabajar en Medicina Legal en la parte de necropsias ayudando al médico, o puedo ser parte del laboratorio de química de la Fiscalía o de Medicina Legal; puedo trabajar en física, balística, grafología. No es simplemente como que te gradúas y vas a terminar en Medicina Legal, no. Puedo terminar en la Fiscalía, en el CTI, puedo trabajar en la Policía o en la Procuraduría. 

Me he dado cuenta de que no me voy tanto por el trabajo de campo ni de balística, sino con una línea de estudio más centrada hacia la psicología. Me apasiona lo que son la criminología, la victimología, el interrogatorio, el contrainterrogatorio, que todo esto tiene que ver con la oralidad, saber preguntar, para tener esas respuestas que se necesitan. 

Lo que más me llamó la atención era el tipo de laboratorios que tiene la carrera, ya que poseemos un laboratorio a campo abierto, que es el campo minado, tenemos también de terrorismo, de genética y de anatomía. Al principio me llamaban mucho la atención todas las posibilidades que tengo de frente. 

Muchas personas se me han acercado inquietas con una gran confusión que se genera a raíz de lo que hacemos. 

–¿Tu carrera es como ser detective? 

Las personas del común comparan la criminología con la criminalística o la investigación criminal y suponen que todo es lo mismo. En realidad, son tres cosas distintas.

La criminología es el estudio del sujeto, en el caso del victimario, y estudiar su entorno, su infancia, entre otros... La criminalística está relacionada con el estudio de la obra, el recoger las evidencias y analizar qué fue lo que sucedió. La investigación criminal se encarga y va más mancomunada con el Derecho y con los abogados, se encarga de preparar el programa metodológico, que esto nos va a ayudar a mostrar la investigación, poder llevarlo a juicio y sustentar por qué hizo lo que hizo. 

Entre investigaciones e hipótesis

La investigación es un proceso muy extenso, como poco se cree en realidad. Todo empieza con la noticia criminal, aquella que se crea cuando se da a conocer una conducta punible. Un ejemplo es cuando llaman a la Policía en un CAI a decir “miren, pasó esto, encontré esto aquí”. Así empieza toda la investigación, se va al lugar de los hechos y se analizan las evidencias que se encuentra al principio. Uno no puede llegar y simplemente ir a recoger lo que vio. No.  

Uno tiene que analizar la escena, su entorno, en dónde está ubicada y, a partir de esto, uno empieza a plantear las hipótesis de cómo pudo haber pasado lo que pasó.

Las hipótesis nosotros las formulamos, porque son teorías, bien sea que pasen o no. Nosotros no podemos quedarnos con la primera versión, debemos indagar. Tomemos el caso de un asesinato en el que hubo un vehículo involucrado. La primera teoría puede ser un accidente de tránsito: la persona iba cruzando, el carro no lo vio, posteriormente lo atropelló y la persona falleció por sus heridas. Puede haber otra causal que puede ser la de suicidio: la persona se le arrojó al auto, para lograr su cometido. Y una tercera que es intencional: la persona del auto vio al otro sujeto cruzando y dijo “lo voy a hacer, porque tengo odio hacia esa persona”. 

Nosotros siempre debemos tener más de una hipótesis y las vamos creando a medida que vamos consiguiendo la información, y leyéndola es que empezamos a descartarlas. Vamos a retomar el caso del automóvil. Nosotros logramos encontrar que la víctima y el victimario no tienen ninguna relación y no hay ninguna cercanía entre ellos. A partir de esto podríamos descartar que fuera algo intencional. Tenemos otras dos hipótesis: la persona, que en ese momento ya sería el occiso, no dejó algún indicio de querer suicidarse, no era una persona depresiva, iba para su trabajo, iba para algún encuentro importante. Si no dejó ningún indicio de que de pronto su decisión era arrojarse al carro, descartamos otra. Ya, entonces, nos quedaría la del accidente de tránsito y nos enfocamos en como demostrar esa hipótesis. Pasa de ser hipótesis a ser una teoría del caso. 

Es decir que la investigación empieza desde que uno está en la escena de los hechos. Posteriormente, se llega a la etapa de la fijación. Es dejar el registro de lo que uno vio y lo que uno encontró en el lugar, cosa que es muy importante para el proceso. Tomamos fotos a todo el ambiente y a la escena, después de acordonar y poner los indicadores. Esa es otra fijación. Los indicadores son aquello que nosotros le colocamos a las evidencias. Usamos la topografía, que consiste en hacer un plano de donde está la escena, cómo fue y cómo está ubicada. 

Después hacemos lo que es la recolección y el embalaje, que es la manera en la que nosotros salvaguardamos las evidencias. Hay embalaje diferente para cada tipo de evidencia, no podemos embalar de una misma forma un arma de fuego a como podemos embalar un lago hemático. De ahí pasa algo que se llama rotular, que es ponerle un número a cada evidencia para que, por ejemplo, si nosotros la vamos a mandar posteriormente el análisis a Medicina Legal, que allá sepan de qué caso se trata y qué evidencia es. Esta después nos va a ayudar a ver si la podemos llevar a juicio. 

A pesar de esto, siempre he dicho y siempre me voy a poner firme en que he visto tantas inconsistencias en tantas investigaciones que he podido presenciar y sufrir lo que es la injusticia. Estamos en un país donde la impunidad es muy alta y siempre digo “esto es lo que yo quiero, la justicia. Yo lucho por ella y es lo que a mí me mueve.