Hay que tener las faldas bien puestas

Hay que tener las faldas bien puestas

Isabella Lopera Tobón

Las mujeres queremos que nos miren como mujeres, no como objetos. Ya es hora de vestir sin miedo.

Hace poco me atreví a hacer algo que nunca había intentado: ir de shorts a la universidad. Antes de salir hice un pequeño sondeo con mis amigas más cercanas para saber si la idea negativa de salir así vestida era solo mía. De 14 mujeres jóvenes, 11 me respondieron que les daba pena vestirse “ligeras de ropa”, lo que me dejó bastante pensativa, pero, aun así, salí a la calle.

Me demoré cinco minutos caminando hacia la universidad, suficientes para que un hombre en moto me pitara y me gritara algo que ni siquiera escuché, sumándose a dos conductores de camión que también hicieron lo mismo. Fue inmediata mi incomodidad frente a mi propia forma de vestir, cosa que no me sucede cuando llevo pantalones. Al llegar a la universidad veía que, mientras caminaba, tanto hombres como mujeres miraban mis piernas, no sé si de manera sexualizada o tal vez en forma de crítica interna para ver si tenía el cuerpo suficientemente perfecto para vestir como lo hacía.

Después, les pregunté a algunas amigas ¿cómo se sienten cuando usan shorts, faldas o vestidos en la calle o en la universidad?

 

  • “Nunca me he puesto una falda en la universidad, pero en la calle me siento insegura y observada”, me contó Amalia González.

 

  • Según Sofía Mesa, “en la universidad me no siento bien. En mi mente digo: Sofía, qué falta de respeto, uno se debe ir más cubiertico”.

 

  • Sobre ponerse shorts, Amalia Gómez se “sentiría demasiado incomoda yendo a la universidad de shorts, primero por las miradas y segundo por los comentarios de los hombres, además porque las mujeres siempre la van a criticar a una”.

Hay momentos en los que una se empodera, como pasa en el Día de la Mujer, que son espacios públicos para abogar y luchar por los derechos femeninos. Son estos los que nos recuerdan aquello por lo que debemos luchar y mejorar: el acoso callejero y la cosificación de nuestro cuerpo como formas de violencia. Vivir sin miedo es un derecho, y hacer algo tan básico como vestir con lo que nos haga sentir cómodas y, consecuentemente, vivir bien.

En Colombia, el acoso sexual está tipificado en el Código Penal dentro del artículo 210, sin embargo, esta reglamentación no comprende que el acoso callejero se da sistemáticamente por muchos individuos en las calles y no solo por uno, de forma repetitiva. Se puede decir que lo más coherente es que el proyecto de ley para penalizar el acoso callejero (propuesto por la congresista Katherine Miranda) se debe normativizar ahora mismo. Pero, pase lo que pase, la sexualización femenina es un problema que sigue y seguirá sucediendo, no solo en la calle, también en espacios universitarios, y que no se detendrá con esa ley.

Debemos pensar que la educación es y puede ser la herramienta más efectiva contra el acoso y la sexualización de las mujeres, debido a que en términos probatorios es difícil llevar a cabo procesos penales en contra de estos. Así que es mejor potenciar desde la prevención. Aunque ya se habla en administraciones públicas, como la Alcaldía de Medellín, sobre estrategias para la incorporación de la educación de género en las instituciones educativas, debería ser algo desarrollado en todo el país, algo que el mismo Ministerio de Educación promulgue.

El acoso y la sexualización hacia la mujer son problemas que hay abordar con urgencia, por lo que no solo se puede esperar a las generaciones venideras. Un castigo penal no previene las situaciones presentes, solo castiga y el daño igual queda hecho. Desde esta concepción, una ley administrativa para prevenir y sancionar puede funcionar como alternativa. Este proyecto podría regularse con castigo pecuniario, porque, al parecer, lo único que nos mueve en este país es el dolor de tener que sacar de nuestros bolsillos. Además de eso, una ley que obligue a tomar cursos de educación de género, así como los hay para las infracciones de tránsito.

En lo personal, hay días en los que ni siquiera quiero salir a la calle porque me siento derrotada, salgo con miedo al ver las noticias de un nuevo feminicidio en Colombia. Sé que el acoso callejero no se compara en lo más mínimo a un asesinato, pero me pasan mil cosas por la cabeza cuando un hombre que va por la calle me deja de mirar como un ser humano y lo empieza a hacer como si fuera una cosa, algo con lo que puede hacer lo que le plazca.

Hay mujeres que les importará más que a otras, de pronto mujeres a las que no les ha tocado en una gran medida, o incluso a los hombres, a los que en ninguna medida les ha llegado. Pero a mí, que sí lo he vivido (y ni siquiera al límite como otras), no me deja de doler por las demás mujeres.