Kuaile: un pedazo de cielo en la tierra

Kuaile: un pedazo de cielo en la tierra

Por: María José Escobar

Ana María Villegas es la creadora de Kuaile, una academia de danza aérea en Medellín. Esta escuela es el vínculo entre sus dos pasiones: la danza y la psicología. Para Ana, el vuelo es vida y sanación para el alma.



Imagen: cortesía de Instagram @kuailedanza_aerea

Imagen: cortesía de Instagram @kuailedanza_aerea


Y, cuando pensé haberlo visto todo, descubrí un pedazo de cielo en la tierra. Es aquella casa en la que siempre está Ana María Villegas, fundadora de Kuaile, la academia de danza aérea sobre tela, aro, aeroyoga y bungee fitness. Tengo una conexión especial con los artistas, la última vez que hablé con uno todo salió perfecto. 

Cuando salgo de mi casa, me doy cuenta de que el lugar que busco queda a menos de tres minutos caminando. Después de andar hasta mi destino sin perderme veo un letrero con el nombre de Ananda, el centro de bienestar donde queda Kuaile, la academia de telas. Son las diez de la mañana, voy muy puntual. Veo un parqueadero lleno de carros frente a la casa, supongo que están allí dentro. Me dirijo a la puerta principal y me acerco a dos señoras que parecen ser muy amables.

    ¿Aquí es Kuaile? –pregunto.

     ¿Qué cosa? –me responde una de ellas.

    – Pues, las telas.

    ¡Ahhhh! Sí, adelante.

Ahí mismo, cruzando el portal, queda el primer salón. Al lado, el segundo. Aquella mujer que está recogiendo todo es ella. Me quedo parada mirando hacia arriba. Ese cielo me deleita con sus telas de todos los colores y con su aspecto suave y brillante. Parecen recién compradas, aunque deben oler al sudor de todas sus bailarinas. En el primer salón veo todas las telas atadas juntas en un nudo multicolor. No es un cielo, pero es un lugar donde vas a volar.

Las telas cuelgan desde unas vigas en el techo. Las hay moradas, rosadas, rojas, amarillas y verdes. Al frente de un tapete de yoga hay un pequeño jardín con flores, piedras, luces y plantas. Las ventanas de cristal permiten que las alumnas sientan en su piel el calor de la luz del día. Todo irradia la paz y la tranquilidad de esta academia. Es una casa muy acogedora.

Mi reloj marca las 10:15 a.m. Ana está lista. Me da un enorme abrazo y yo se lo devuelvo. Termina de recoger las colchonetas que están en el suelo tras la clase que acaba de finalizar y se despide con amor de todas sus estudiantes. Su alegría y disposición me animan mucho. Mientras termina de arreglar todo, la miro: es una mujer delgada y no muy alta. Viste unos leggins y una camiseta deportiva negra. En sus ojos refleja calma y felicidad. Es serenidad pura.

Inicio al vuelo

Ana nació en Medellín. Es psicóloga de formación y le ha gustado siempre explorar las terapias alternativas, que son diferentes a las terapias que le ofrece su profesión. En medio de esa exploración encontró la danzaterapia, una experiencia a través de la utilización psicoterapéutica del movimiento con el fin de integrar el lado físico y emocional de un individuo. De ahí viajó hacia Argentina para especializarse e impulsar su idea. A la danza aérea llegó justamente, estudiando este tema.

Kuaile se creó en marzo de 2011. Sin embargo, la idea ya estaba fijada desde diciembre de 2010 cuando vivía en Argentina. Allá, Ana y su hermana vieron a unas personas haciendo danza aérea en un parque y se enamoraron de este deporte. Su hermana creó la academia cuando llegó a Medellín y Ana le prometió que “cuando yo llegue de Argentina la tomo. La hacemos juntas”.

No obstante, cuando Ana volvió a Colombia su hermana ya no quería seguir con la academia. “Quédese usted con ella”, le dijo. Ella aceptó y comenzó con Kuaile. Esta escuela empezó en un parqueadero del Centro Comercial Vizcaya, cuando este era aún muy desconocido. El lugar era oscuro, no había aire, caía todo el hollín de los carros y los pies de las alumnas terminaban negros. Sin embargo, eran felices porque el espacio era perfecto para practicar este deporte.

Lograron trasladarse para el tercer piso en el mismo Vizcaya, un lugar más limpio. Pero, un tiempo después, el centro comercial decidió hacer algunas remodelaciones, por lo que les pidieron desocupar este lugar. También estuvieron en una casa en Manila. Ana se fue a caminar por todo El Poblado en su búsqueda, porque siempre había querido que la escuela quedara en este sector. Acondicionaron el sitio para montar la academia y lograron construir un techo a doce metros de altura. 

Lastimosamente, en mayo de 2020 tuvieron que cerrar la sede por la pandemia. Kuaile no se dio por vencido y comenzó una nueva etapa en San Lucas, en la que ahora tienen dos salones. Como academia, Kuaile fue la primera en Medellín en su especialidad. De ahí en adelante ha ido creciendo este deporte y manifestación artística en la ciudad.

En lo más profundo del cielo

Para Ana María, la danza aérea es la integración de su mamá y su papá. Ella amaba el arte y él era piloto. Esta academia la hizo para honrarlos, para que su memoria siga. Además, este deporte se ha convertido en su vida. Es una totalidad de lo que es esta mujer y de la historia que hay detrás de ella.

Se levanta y va al gimnasio tres veces a la semana, ama el deporte y, así tenga cuatro o cinco clases diarias, nunca abandona su gimnasio. Luego va a Kuaile a ofrecer una o dos clases en la mañana. Después se va para su casa a descansar y a hacer trabajo administrativo. Finalmente, vuelve a la escuela si le toca clase, pero tiene un equipo de trabajo muy completo que se encarga de dar las clases de la tarde para ella ocuparse de los costos.

El punto fuerte de esta academia radica en la integración del lado físico con lo emocional y mental. Allí no se le juzga el proceso a nadie. Ni la ropa que tiene ni el carro en el que va, o si no va en carro. Incluso, el uniforme es una trusa negra. También tienen muy claro la forma de trabajar y de respetarse entre todos. 

La entrevista duró media hora como estaba previsto, pues el salón se vació completamente cuando se acabó la clase. Ana me trató como a una reina. Estaba muy agradecida conmigo por haberla contactado para la entrevista. Me dijo que “tan hermosa vos, que nos tuviste en cuenta para este trabajo. Muchas gracias”. Todo el tiempo me llamó por mi nombre. Y es que, en realidad, ella sabía quién era yo: fui su alumna hace muchos años. Desde que empezaron en el sótano de Vizcaya, hasta que se mudaron a la casa en Manila.

Debajo de sus alas

A veces se ponía emocional con alguna pregunta que le parecía bonita o que no sabía cómo empezar a responder. Entonces me lo expresaba. Yo la entendía perfectamente. 

       Ana, ¿que significa el logo de Kuaile?

    ¡Ay, que pregunta tan linda! Kuaile significa alegría en mandarín. Es la energía de todas las personas que han pasado por la academia y que me han llenado mi corazón. Además, mi fuerte es el verde esmeralda, el color del chacra del corazón. Este nuevo logo es una foto de una alumna haciendo una figura que se llama “La K” de Kuaile. Al rededor y en el centro tiene un corazón verde que es lo que irradian todas las personas que pasan por acá.

      ¿Cuál es tu máxima aspiración con Kuaile

     Uy, es muy charro, porque obviamente mi aspiración es que la academia siga creciendo y teniendo mucha vida, pero la verdadera aspiración es que siempre las alumnas sean felices. Mi aspiración es que el proceso que viven acá sea coherente con lo que hacen afuera. Que sean capaces de enfrentar la vida de la manera en que lo hacen acá: enredándose y aprendiéndose a desenredar. Y que salgan a bailarse la vida.

      ¿Este negocio es rentable?

    Sí. Al principio fue muy duro, yo estuve a punto de cerrar la academia. Fueron cinco años en que yo pagaba el arriendo y les pagaba a los profes, y a mí me quedaban cuatrocientos mil pesos. Cuando empecé a tener mucho orden y mucha perseverancia fue que logré volverlo rentable.

       ¿Qué clase de música les gusta poner durante las clases?

      Depende del grupo. A las grandes les gusta algo más suave tipo Julieta Venegas o de ese pop que nos gusta ya a las mayores. A las niñas les gusta lo de TikTok. En algunas clases calentamos con música afro y, si están muy necias, les pongo música clásica para que se calmen.

      ¿Alguna vez has pensado en dejar la danza aérea?

    Lo pensé cuando estuvimos a punto de quebrar. Afortunadamente, en una meditación muy profunda, me di cuenta de que no era capaz y que todavía había mucha vida. Me organicé ya como negocio y lo logré. De resto, yo puedo estar lesionada y aun así no soy capaz de dejarlo. De pronto en unos años que ya tenga cincuenta y pico…

Mi reloj anuncia las 10:45 a.m. Paro la grabación y me levanto para despedirme de Ana con un abrazo. Le agradezco por haberme dado un espacio de su tiempo y le demuestro mi admiración por todo lo que ha logrado. Estoy segura de que, sin su perseverancia, Ana María Villegas no habría logrado construir Kuaile, un pedazo de cielo en la tierra.

Manual de estilo para hablar de la muerte: Carlos Mario Correa

Manual de estilo para hablar de la muerte: Carlos Mario Correa

Lorena Castaño Morales

Han pasado 30 años y aún muchos periodistas están encartados, no han salido del sueño, quizá porque no es un sueño. Nunca lo fue. Hablamos con Carlos Mario Correa Soto, comunicador social y periodista, especialista en periodismo investigativo y magíster en literatura colombiana con énfasis en periodismo narrativo, quien dedicó su vida a la prensa, incluso en la época de Pablo Escobar, aunque eso le quitara la libertad.

“Siempre hay alguien interesado en que no se sepa lo que está oculto, y siempre hay un periodista preguntando por eso cuando ejerce como reportero. El periodista siempre es incómodo, es un estorbo, se le tiene miedo y prevención sobre todo por quien está en el poder”, Carlos Mario Correa.

Carlos Mario se despierta. No puede dormir tranquilo. No con esos recuerdos, los de su paso como periodista en El Espectador: cuando era el único corresponsal que quedaba en Medellín, cuando Pablo Escobar amenazó a ese periódico y asesinó a Guillermo Cano, cuando amenazó de muerte a todo el que tuviera que ver con ellos. Han pasado 30 años. Algunas noches, Carlos Mario recuerda esos episodios y sueña que le ponen un trabajo, pero no puede hacerlo. No encuentra el tono, está encartado, enredado, bloqueado. Luego, agradece cuando amanece y recuerda que ahora es profesor, que ese ya no es su trabajo.

¿Cómo inició su carrera como periodista?

Conté con mucha suerte: hice mi práctica en el periódico El Mundo. Ahí tuve la posibilidad de ver la dimensión del periodismo escrito. Vi que una cosa era lo que se veía en la teoría universitaria y los manuales de estilo, y otra cosa era ejercer. Ejercer es totalmente particular. También tuve la suerte, un semestre antes de graduarme en 1989, de ingresar a El Espectador, por azares de la vida. Sin saber prácticamente nada de periodismo me dieron en ese periódico la oportunidad y allí permanecí hasta el 2001. Todo eso me definió como un periodista muy investigador, muy reportero. 

¿Qué tipo de historias le interesaban?

Tenía historias muy propias, con temas muy polémicos y difíciles de abordar como la violencia del narcotráfico en los años noventa. También me interesaban el deporte y la política. Y en El Espectador me apoyaron para contar historias de la vida cotidiana, con personajes que no estaban en el poder, que no eran famosos. Ese periodismo es el que más me gusta: descubrir personas esenciales y sencillas que tienen una historia enorme por contar, pero que hay que saber acercarse a ellas.

¿Cuál ha sido el reto más grande al ejercer como periodista en Colombia?

Cubrir la violencia colombiana, especialmente la desatada por Pablo Escobar en los años noventa contra el Estado colombiano, contra el Cartel de Cali y, de manera particular, contra El Espectador

Como periodista principiante, de entrada, sufrí el terror. Desde el primer año empecé a sufrir las amenazas, a ver la muerte producida por el arsenal de Pablo Escobar y su grupo de criminales, de sicarios. Empecé a darme cuenta de que estaba en un medio que estaba amenazado de manera real, que estaba sentenciado a desaparecer, a morir. En la época que Pablo Escobar fue político y llegó al Congreso de la República, Guillermo Cano, el director, había destapado periodísticamente que él no era el Robin Hood colombiano que muchos creían. Eso le costó la vida en 1986, pero El Espectador siguió enfrentando a Pablo Escobar escribiendo editoriales y noticias en su contra, haciendo investigaciones para desenmascararlo. 

Las amenazas las hacían solo por uno trabajar en El Espectador. Yo no escribía nada en contra de Pablo Escobar, y menos en mi primer año. No hacía editoriales, no tenía acciones en el periódico, no era familiar de los Cano, nada. Era corresponsal en Medellín, muy pequeño, de noticias de policía, noticias del día a día, y estaba apenas aprendiendo periodismo.

Toda la oficina en la que trabajé, todas las 35 personas que trabajamos en ese grupo sufrieron amenazas de todo tipo: llamadas telefónicas todos los días, insultos, afrentas que les dejaban a los empleados y administrativos en sus casas o en la entrada de la sede. Dejaban coronas de flores, boletas, llegaban los sicarios en motocicletas a tirar fotos de Pablo Escobar mientras mostraban las armas, a insultar directamente, de tú a tú. Fui testigo de cómo fueron matando a los compañeros de trabajo: primero asesinaron, en un mismo día, a los tres jefes de oficina; a los dos meses asesinaron a otro, y a los demás nos decían que, o dejábamos de trabajar en El Espectador, o correríamos con la misma suerte.

¿Por qué seguir trabajando ahí, bajo esas condiciones?

No le di mucha trascendencia en ese momento. Era un joven ansioso, quería ser un periodista bueno y vivir del periodismo, pensaba que lo podía lograr. Mi vocación era muy salvaje, no le metía mucha cabeza a esas amenazas, no tenía el sentido muy puntual de que estaba siendo amenazado y que contra mí también era la sentencia de muerte. Por eso hice ese periodismo, y lo hice en condiciones muy raras.

Entre octubre de 1990 y enero de 1995 trabajé en una oficina, totalmente solo. Ya habían asesinado a los administradores de El Espectador; a los jefes de la oficina; a Miguel Solero y Jorge Tavera, jefes de circulación; y a Marta Luz López, administradora y jefe de publicidad. El jefe de redacción había renunciado, se había ido del país para protegerse. A todos los otros trabajadores la empresa decidió darles los honorarios, la liquidación, porque no se podía seguir trabajando en esas condiciones en la oficina.

Y usted continuó...

Me arriesgué y abrí una oficina para El Espectador en Medellín, sin aviso, en total clandestinidad. Yo mismo asumí el trabajo de corresponsal para ellos y no firmaba ni un solo artículo, no podía. La sentencia de Pablo Escobar era que todo el que tuviera que ver con El Espectador, y lo siguiera haciendo, corría con la misma suerte que los demás. Eso era de frente, muy reiterado. Incluso periodistas amigos de Pablo Escobar, que recibían su apoyo para publicidad en programas de radio, pequeños programas de televisión u otros medios impresos, eran los amenazadores de nosotros.

¿A usted le llegaron a decir algo?

Sí. Me decían que no me hicieran matar, que no fuera “güevón”.  Que había muchas cosas por hacer, que yo no era parte del problema, que Pablo Escobar sabía que contra mí no era, pero que, si seguía colaborando con la familia Cano y El Espectador, iba a perder la vida. Me llamaban por teléfono y me advertían del peligro que estaba corriendo. Pero yo trabajaba haciendo un periodismo al revés.

¿Periodismo al revés?

Escondido en una oficina oculta en un edificio del centro de Medellín. Durante cuatro años trabajé así, hasta un año después de muerto Pablo Escobar. Cuatro años sin firmar ningún artículo, pero yendo a un montón de eventos de manera incógnita. A eventos deportivos, culturales, políticos, sociales. Eso llevó a que Pablo Escobar se diera cuenta de que había alguien en Medellín que hacía eso para El Espectador y se propuso que lo buscaran y lo eliminaran.

¿Y lo buscaron?

Sí. Se descubrió que el jefe de sicarios de Pablo Escobar, “el estratega de la muerte”, como yo lo llamo, Mario Alberto Castaño Molina alias el Chopo, por algún azar, por alguna razón, trabajaba en el mismo edificio en el que yo ejercía clandestino para El Espectador. Él, en el piso 20; yo, en el 4. Y ahí, en ese mismo piso 20, el bloque de búsqueda de Pablo Escobar lo dio de baja, lo mataron el 19 de marzo de 1993, nueve meses antes de morir Pablo Escobar, el 2 de diciembre del mismo año. 

Fue su jefe de sicarios desde 1984 y, por sus habilidades como delincuente, no había sido detenido nunca, no se tenía siquiera una foto actualizada suya en el organigrama de búsqueda. Para ese momento había una recompensa de cien millones de pesos a quien diera información de él…, hasta que por fin lo encontraron.

Yo no tenía idea de que el que me buscaba para matarme estaba en el mismo edificio que yo.

No lo supe sino hasta que lo vi muerto. La policía me lo mostró antes que a todos los otros periodistas. Como yo trabajaba en ese edificio, cuando la policía llegó yo quedé entre las personas que no podían salir ni entrar. Dije que era periodista, me contactaron con el que hizo el operativo y me subieron al piso 20. Me mostraron el cadáver y ahí fue cuando la película se me devolvió. 

¿Llegó a tener algún contacto con el Chopo antes de eso?

Dormía en esa oficina, mi cama eran los propios periódicos. En El Espectador me hicieron un enlace con una señora tan clandestina como yo para que surtiera mis necesidades, me diera unos viáticos, pagara mi sueldo. Yo no podía ir con credenciales a las ruedas de prensa, no podía hacer un periodismo social donde me presentara como periodista de El Espectador y entrara por la puerta de prensa en los eventos, sino que trabajaba clandestino, entraba como invitado y a escondidas. 

Hacía mucho periodismo de agenda propia. Contactaba, entrevistaba y escribía. Como era al revés de todo lo habitual del periodismo, tenía que hacerlo todo más que nada de noche. Estaba todo el día escuchando en la radio lo que pasaba, lo que los noticieros de radio contaban y hacía una selección, una agenda que pudiera desarrollar durante el día. Lo hacía sobre todo de asuntos de orden público, pero también de asuntos políticos, deportivos o culturales. Con entregas de un día para otro, inmediatas, para el fin de semana, para dentro de un mes. Hacía periodismo muy esencial y bien hecho, aunque muchas veces no tenía ni tiempo de escribir. Solo me daba para llamar por teléfono, dar los datos y dar una media redacción oral que los editores en Bogotá procesaban para que saliera muy bien escrito.

¿Entonces nunca pudo identificarse dentro de sus trabajos?

No. En ese momento estaba la edición nacional de El Espectador que, en Bogotá, salía al público de madrugada. Y estaban las ediciones nacionales que llegaban a las ciudades como Medellín, Cali, Cartagena. Todas estaban firmadas como redacción Medellín y Bogotá, redacción Medellín, Bogotá y Cali, colaboración especial de Medellín, pero ninguna estaba firmada por mí.

¿Cómo supieron que era usted entonces?

Por la inteligencia del grupo de Pablo Escobar. Ellos sí sabían ya quién era el corresponsal. Tenían amigos en los medios, los mismos con los que yo conversaba para hacer las noticias. Llamaba a muchos colegas de radio para pedirles información, así que sabían que yo estaba trabajando para El Espectador y me ayudaban, pero también le ayudaban a Pablo Escobar informándole que había un corresponsal que se llamaba Carlos Mario Correa, que no firmaba, pero existía. Y así fue que me buscaron todo ese tiempo.

¿Qué tipo de contenidos pudo producir así, escondido?

Así, clandestinamente, di una vuelta por Colombia en bicicleta, que es inexplicable cómo. Cubrí un mundial de patinaje en Bello, entrevisté a todos los políticos de Medellín, a todos los jugadores de la selección Colombia que se prepararon para los mundiales del 90, 94 y 98. Conocí a todos los jugadores de esa época: a Rincón, Asprilla, Higuita, a todos los entrevisté. Incluso hice cubrimientos semanalmente de cómo entrenaban, quiénes eran, escribí perfiles de todos, hice entrevistas pregunta y respuesta, informativas, propuse trabajos como un día en la concentración de la selección Colombia, cómo duermen los jugadores, quién lava su ropa, cómo son los balones, quién los infla. Hacía crónicas paralelas a lo habitual, y eso está en los archivos de El Espectador. Pero también me quedó la angustia, la inquietud de por qué no fui al mundial. ¡Nunca me enviaron!

¿Cómo se sentía al no poder firmar sus trabajos?

Era muy raro eso, que el periodismo de autor, el periodismo narrativo que es el que se firma especialmente porque es hecho por uno, con la sensibilidad de uno, con la calidad estética que uno puede tener y que muestra las habilidades de uno como reportero y escritor, ese que se firma por excelencia, privilegio y merecimiento, no pudiera llevar mi nombre. 

¿Recibía alguna compensación especial por su trabajo?

Durante esos años no gané ni un centavo más ni menos. Ganaba un sueldo de periodista de la época, de un periodista raso, de reportero de a pie. También de carro y de avión, pero sobre todo de burro y de andar por ríos. Nunca gané sueldo de editor ni de director ni de enviado especial ni de corresponsal privilegiado, y lo hice porque la vida me puso ahí y me sentí involucrado en ese remolino.

¿Qué pasó después de todo eso? ¿Qué pasó después de la muerte de Pablo Escobar?

Empezaron a llamarme, a interesarse por mi vida. Querían contar mi historia antes de que yo la contara. Ahí me di cuenta del peligro en el que estuve, ahí le di trascendencia. 

En su libro Las llaves del periódico, donde usted cuenta con más detalles estos sucesos, hay una historia de dos colegas y amigos, un fotógrafo y un periodista que perdieron la vida en Segovia cuando fueron llamados a cubrir una noticia. ¿Cómo fue eso?

Eso fue lo más difícil que viví: ir a reconocer los cadáveres de esos dos periodistas a Segovia. Los asesinaron a balazos en una calle conocida como la Calle Principal, o la Calle la Reina. Fue en 1991, la muerte de Julio Daniel Chaparro, un cronista de 29 años, y Jorge Torres, un fotógrafo de 39 o 40 años. Los despedí del avión aquí en Medellín entre las 4:30 y 5 de la tarde, almorcé con ellos antes de eso. A las 9 de la noche ya estaban muertos. Al otro día llegó un helicóptero de la gobernación para recoger esos cadáveres y enviarlos a Bogotá. ¿Cómo se cuenta eso? Hay que vivirlo para sentirlo. 

¿Y en la escritura? ¿Qué fue lo más difícil?

Encontrar el tono narrativo para contar historias. Lo que para mí era más complicado, y seguro también para todos los periodistas de mi generación en los noventa, era tener un manual de estilo para hablar de la muerte. De la muerte destrozada por el carro bomba, una muerte despedazada: usted ve cabezas, brazos, piernas, dedos, gente desangrándose. En ese momento el periodismo era así: usted iba y veía, y sentía, olía y pisaba. Por ejemplo, fue muy difícil contar la masacre de los obreros bananeros en Urabá. Fueron muchas en 1995, hasta cinco masacres en una semana, de 10, 12, 15 muertos. Amarrados, con destrozos en sus cabezas por las balas de fusil. 

Oler esa sangre descomponerse al sol de la mañana, pisarla, caminar por entre esos muertos y darse cuenta que no hay nadie para contar. Escribir de eso, ¿cómo se hacía?
¿Cómo lo hacía usted?

Inventándome un propio idioma, un propio lenguaje para contar. Muy crudo, muy falto de filtros. Escribir de eso fue muy difícil: encontrar el tono, no caer en el morbo, en revictimizar a las víctimas, pero ese concepto ni siquiera existía por esos tiempos. En las universidades, con los manuales, se enseñaba cómo cubrir un incendio, cómo cubrir un secuestro, cómo cubrir una desaparición, cómo cubrir un asalto a un banco. Esos eran los manuales de los años setenta y ochenta, casi todos españoles y norteamericanos. Pero cuando uno tenía que cubrir lo que veía, sentía, olía, casi sin testigos que lo certificaran y le dieran voces, y no solo las voces oficiales, era un reto muy intrigante, al menos para mí. A tal punto que, 30 años después, aún sueño con episodios como esos. 

¿Siente usted que el periodismo tiene desafíos?

Sí, también hay prevención contra el periodista por la manera en que informa. El periodista reportero siempre será indiscreto. También hay muchos periodistas mal informados y periodistas que tienen intereses muy propios, también corruptos. Esos nos han hecho mucho daño a todos los demás, nos han estandarizado como eso: desinformados, mal preparados y corruptos. Días como estos son para reflexionar si hemos logrado hacer que el periodismo tenga un estándar, que gane más nivel, o si el periodismo sigue siendo mal hecho, mal preparado o contribuye a los intereses de otros. 

Otro desafío es que casi todos los periodistas se autocensuran en Colombia por necesidad. Nuestra libertad de expresión llega hasta donde nuestra necesidad empieza. Eso lleva a que no haya un periodismo de alto nivel, aunque hay quienes consiguen hacerlo, que son los periodistas formados en nuestras universidades.

Para mí, la mayoría de los periodistas colombianos son de los mejores formados del mundo. Colombia es un país que todo el tiempo es un laboratorio para el ejercicio del periodismo. Cada segundo, cada minuto hay infinidad de hechos sobre los que informar y que son exigentes a nivel ético y profesional.

Creo que, sobre todo los que ejercemos el periodismo y la comunicación en general, debemos hoy ser los primeros vigilantes de la libertad de prensa y la libertad de expresión. Hay que estar atentos, ver si hemos crecido y hemos hecho un buen uso de esas libertades y las estamos defendiendo o, por el contrario, si somos parte del problema que las restringe. Es muy complejo, los periodistas también dependemos de las oportunidades laborales que, de entrada, pueden estar condicionándonos el derecho a la libertad de expresión especialmente.

¿Considera que este panorama que acaba de relatar podría cambiar garantizando la seguridad no solo física, sino también emocional de los periodistas?

Sí. Creo que los profesores de asignaturas de Comunicación Social y Periodismo tenemos un gran reto por contribuir a que haya más libertad de prensa y más libertad de expresión, que se garantice. Lo podemos hacer formando mejor a los estudiantes en tres áreas. Primero, intelectualmente: es necesario formarse en humanidades, en literatura, en cultura, historia, política, idiomas, en el manejo de las herramientas de los nuevos medios. Segundo, anímica y emocionalmente: contar el desastre colombiano, nuestra tragedia, la de todos los días, la de Latinoamérica y la del mundo implica tener fortaleza emocional. Tercero, físicamente: el mejor periodismo es el que se logra con un acercamiento esencial, efectivo y real a la gente en el lugar en el que vive, se divierte, hace vida familiar, trabaja. Para lograr eso hay que estar bien físicamente para poder desplazarse, acercarse a la gente, salir a donde otros no llegan y contar esas historias poniendo los sentidos como fuente de información.

La vida efímera

Nuestros abuelos siempre nos cuentan cómo eran sus vidas a nuestra edad. A los 18, mi abuela llevaba cuatro años de casada, varios hijos y una vivienda propia. ¿Qué cambió?

Así como mi abuela, la mayoría de los de su generación tenían la vida hecha y resuelta a una temprana edad; pero nosotros a los 20 años no tenemos ni idea de cómo vamos a hacer para conseguir un salario estable, una vivienda y, muchos, ni siquiera queremos tener hijos. La vida se ha convertido en algo tanto errático como efímero. Nos acostumbramos a vivir el momento y a disfrutar cada segundo de la vida, porque no queremos matarnos gastando gran parte de ellas en un trabajo, del que ni siquiera disfrutamos, solo para ahorrar dinero.

 

Todo esto varía con la época en la que se vive, claro. Por ejemplo, nuestros abuelos fueron criados basándose en la situación del momento. Los tiempos de las grandes guerras y la baja esperanza de vida obligaban a las familias a crecer mucho más rápido y así aportar lo más que pudiesen a la sociedad. A nosotros nos sirve más dedicar nuestras vidas a estudiar. Tener más cartones en los muros para poder tener un trabajo lo suficientemente bueno como para poder pagar un arriendo y, con suerte, poder comprar una vivienda propia.

 

Por otro lado, a muchos de nuestros abuelos les tenían los matrimonios arreglados con cualquier persona. En el caso de mi familia, a mi abuela le organizaron un matrimonio con un negociante de unos cuarenta años que le podía aportar mucho a su familia en ese entonces. Ella era solo una niña. A sus 14 años, preparándose para casarse con un amigo de su papá; un hombre que le daba miedo. Por esta razón, ella se casó con el primer hombre relativamente romántico que encontró. Un militar once años mayor que ella; quien amenazó su vida y la de sus hijos varias veces. En esa época el amor no era mucha opción. Todo funcionaba por conveniencia.

 

Esa misma abuela me inculcó la clásica idea de “llegar virgen al matrimonio”, pero viéndolo desde su historia, ella se casó a los catorce y dedicó el resto de su vida a un hombre, su única experiencia vagamente romántica. Y nunca supo lo que era enamorarse de alguien sin sentirse obligada a hacerlo. 

 

Mi mamá, quien me dice lo mismo que la abuela, se casó a los veinte años con su primer novio, y estoy segura de que ella se arrepiente de no haber podido disfrutar su juventud. Mi papá le prohibió estudiar lo que ella soñaba: veterinaria. Decía que eso era porque su lugar era en casa, cuidando a su hogar y a sus hijos. Él tampoco es que se involucrara mucho en nuestra crianza. Pero ahora, que tengo 18 años, él intenta esconderme lo más que puede, porque también tengo que ser ese tipo de mujer, enclaustrada. Y si no lo voy a ser, tengo que hacer lo que él me pide, estudiar lo que él quiere y ser parte de sus múltiples negocios sin encontrar mi propia esencia, así como les tocó a mis hermanos.

 

Yo no quiero eso. No quiero perder la oportunidad de conocerme a mí misma y a más personas. No quiero dedicar mi vida a limpiar una casa y a servirle a un hombre que no sabré si estará ahí para mí en las buenas y en las malas. No quiero gastar mi vida y desperdiciar todo mi esfuerzo para ser la típica mujer sumisa y obediente que mi madre y mi abuela tuvieron que ser.

 

La vida es muy corta como para amarrarme a un hombre, para seguir con la mentalidad de mis abuelos y mis padres. Muy corta como para quedarme esperando a que llegue un príncipe azul a mantenerme y a darme hijos e hijos sin dejarme vivir mi propia vida y cumplir mis sueños.

 

En este momento soy la oveja negra de mi casa. Varias relaciones fallidas, una mentalidad completamente distinta y unos sueños que van más allá de tener la familia ideal. No quiero dedicar mi vida a seguir las instrucciones de mi papá, trabajando para que él quede satisfecho. No quiero vivir como las mujeres de antes: vivir para hacer feliz a alguien más.



No te vayas

No te vayas

Natalia Penagos Mesa

Aquella noche, mientras me mirabas con los ojos aguados, imploraste mi ayuda para empacar tus camisas. 

¡Las venderé todas!, me decías.

 

Esa misma noche, en la que, con la garganta seca y la nariz húmeda, le dijiste a mamá que cambiarías de contacto…,

me es imposible olvidar la expresión de tu rostro cuando susurraste de manera inaudible que te irías, 

allí, donde nadie pudiera encontrarte. 

 

Empacaste tu vida entera en pocas bolsas y mencionaste notoriamente a los buenos monjes y su desapego por las cosas materiales,

no me esperaba, en aquel entonces, que no te refirieras a tus viejas prendas, sino a eso que llamabas familia.

Tampoco me esperaba que, días más tarde, ya no supiera más de ti.

 

Te fuiste sin que yo pudiera anhelar, una vez más, aquellas palabras que tanto esperaba que algún día pronunciaras. 

¿Por qué te fuiste en el momento más angustioso de mi existencia? 

¿Qué hago, entonces, con todos estos sentimientos que me aprisionan el alma? Si me la atraviesas como quien atraviesa la puerta cada día, sin remordimiento, sin pensar, por inherencia.

El problema fue que no la atravesaste para quedarte.

Por el contrario, saliste para nunca más volver y con ello causar un vacío en mi interior.

 

Si pudiera, me aferraría a ti como candado cerrado cuando debe asegurarse.

Pero te has marchado con la llave entre el bolsillo, esa misma que, seguramente, se perderá a medio camino. 

Y fue entonces cuando, en medio de cuatro desoladas paredes que me aprisionaban, me di cuenta de que dediqué gran parte de mi existencia a tratar de hacerte feliz,

a tratar de enorgullecerte, a ser alguien cada día más alejado de mi verdadero ser.

Me dediqué a complacerte y, al igual que tú, tus anhelos se hicieron viento. 

Hoy no me queda más que volver a comenzar sola a pesar del miedo.

 

Hace algunos meses qué no daría por que te hubieses quedado, pero ahora, aún sin comprender la razón de tu partida, me he resignado. 

 

He de aceptar que sí pronuncié un no te vayas, pero estoy segura de que no escuchaste más que un eco tras el sonido de mis palabras.

 

Hay que tener las faldas bien puestas

Hay que tener las faldas bien puestas

Isabella Lopera Tobón

Las mujeres queremos que nos miren como mujeres, no como objetos. Ya es hora de vestir sin miedo.

Hace poco me atreví a hacer algo que nunca había intentado: ir de shorts a la universidad. Antes de salir hice un pequeño sondeo con mis amigas más cercanas para saber si la idea negativa de salir así vestida era solo mía. De 14 mujeres jóvenes, 11 me respondieron que les daba pena vestirse “ligeras de ropa”, lo que me dejó bastante pensativa, pero, aun así, salí a la calle.

Me demoré cinco minutos caminando hacia la universidad, suficientes para que un hombre en moto me pitara y me gritara algo que ni siquiera escuché, sumándose a dos conductores de camión que también hicieron lo mismo. Fue inmediata mi incomodidad frente a mi propia forma de vestir, cosa que no me sucede cuando llevo pantalones. Al llegar a la universidad veía que, mientras caminaba, tanto hombres como mujeres miraban mis piernas, no sé si de manera sexualizada o tal vez en forma de crítica interna para ver si tenía el cuerpo suficientemente perfecto para vestir como lo hacía.

Después, les pregunté a algunas amigas ¿cómo se sienten cuando usan shorts, faldas o vestidos en la calle o en la universidad?

 

  • “Nunca me he puesto una falda en la universidad, pero en la calle me siento insegura y observada”, me contó Amalia González.

 

  • Según Sofía Mesa, “en la universidad me no siento bien. En mi mente digo: Sofía, qué falta de respeto, uno se debe ir más cubiertico”.

 

  • Sobre ponerse shorts, Amalia Gómez se “sentiría demasiado incomoda yendo a la universidad de shorts, primero por las miradas y segundo por los comentarios de los hombres, además porque las mujeres siempre la van a criticar a una”.

Hay momentos en los que una se empodera, como pasa en el Día de la Mujer, que son espacios públicos para abogar y luchar por los derechos femeninos. Son estos los que nos recuerdan aquello por lo que debemos luchar y mejorar: el acoso callejero y la cosificación de nuestro cuerpo como formas de violencia. Vivir sin miedo es un derecho, y hacer algo tan básico como vestir con lo que nos haga sentir cómodas y, consecuentemente, vivir bien.

En Colombia, el acoso sexual está tipificado en el Código Penal dentro del artículo 210, sin embargo, esta reglamentación no comprende que el acoso callejero se da sistemáticamente por muchos individuos en las calles y no solo por uno, de forma repetitiva. Se puede decir que lo más coherente es que el proyecto de ley para penalizar el acoso callejero (propuesto por la congresista Katherine Miranda) se debe normativizar ahora mismo. Pero, pase lo que pase, la sexualización femenina es un problema que sigue y seguirá sucediendo, no solo en la calle, también en espacios universitarios, y que no se detendrá con esa ley.

Debemos pensar que la educación es y puede ser la herramienta más efectiva contra el acoso y la sexualización de las mujeres, debido a que en términos probatorios es difícil llevar a cabo procesos penales en contra de estos. Así que es mejor potenciar desde la prevención. Aunque ya se habla en administraciones públicas, como la Alcaldía de Medellín, sobre estrategias para la incorporación de la educación de género en las instituciones educativas, debería ser algo desarrollado en todo el país, algo que el mismo Ministerio de Educación promulgue.

El acoso y la sexualización hacia la mujer son problemas que hay abordar con urgencia, por lo que no solo se puede esperar a las generaciones venideras. Un castigo penal no previene las situaciones presentes, solo castiga y el daño igual queda hecho. Desde esta concepción, una ley administrativa para prevenir y sancionar puede funcionar como alternativa. Este proyecto podría regularse con castigo pecuniario, porque, al parecer, lo único que nos mueve en este país es el dolor de tener que sacar de nuestros bolsillos. Además de eso, una ley que obligue a tomar cursos de educación de género, así como los hay para las infracciones de tránsito.

En lo personal, hay días en los que ni siquiera quiero salir a la calle porque me siento derrotada, salgo con miedo al ver las noticias de un nuevo feminicidio en Colombia. Sé que el acoso callejero no se compara en lo más mínimo a un asesinato, pero me pasan mil cosas por la cabeza cuando un hombre que va por la calle me deja de mirar como un ser humano y lo empieza a hacer como si fuera una cosa, algo con lo que puede hacer lo que le plazca.

Hay mujeres que les importará más que a otras, de pronto mujeres a las que no les ha tocado en una gran medida, o incluso a los hombres, a los que en ninguna medida les ha llegado. Pero a mí, que sí lo he vivido (y ni siquiera al límite como otras), no me deja de doler por las demás mujeres.

Gay Talese en los límites del periodismo

Gay Talese en los límites del periodismo

Por Sara Tobón Marín

“[…] Lo que la mayoría de personas temen y rechazan en sí mismas. Los tabúes. Los secretos. Los diablos y demonios. Lo sexualmente desconocido. La curiosidad. Hay que delegar en alguien la responsabilidad de enfrentarse a esas existencias tangibles y explicárselas a los demás. He ahí la esencia intrínseca del Voyeur” (p. 155).

Gay Talese, una eminencia del reportaje narrativo y gran referente para los periodistas en todo el mundo, puso su reputación en juego gracias a la publicación de un libro que fácilmente puede pasar de lo inquietante a lo retorcido. El motel del voyeur, publicado en 2016, desató todo tipo de comentarios y controversias en Estados Unidos al contar la historia real de Gerald Foos, quien se consideraba un auténtico Voyeur e investigador de comportamiento sexual.

Este admirable periodista y escritor marcó el periodismo desde 1960 por su particular método investigativo de inmersión presente en todos sus libros y publicaciones. Sus textos publicados principalmente en The New York Times, han sido aclamados por la crítica por los personajes e historias que retratan. Sus perfiles y libros sobre costumbres sexuales y la mafia siciliana, lo han consagrado junto con Tom Wolfe como el padre del periodismo literario estadounidense.

El motel del voyeur tiene como origen una carta que recibe Talese, escrita a mano y sin firmar, en la que su emisor confiesa que tiene en su poder un diario con detalladas observaciones que ha recolectado desde los años 60’s en el motel que compró junto con su esposa en Colorado. En la carta cuenta que estas anotaciones las tomaba desde su ‘plataforma de observación’, construida por él mismo en el techo de su motel, con el fin de espiar a sus huéspedes en sus momentos más íntimos satisfaciendo sus tendencias voyeristas, reuniendo así todo tipo de conductas y costumbres sexuales que marcaron la revolución sexual en Estados Unidos.

Luego de varios meses de haber recibido esta misteriosa carta, el periodista decide viajar a Colorado para conocer a este extraño sujeto y poder confirmar que lo que afirmaba en la carta era real. Al encontrarse con este hombre, lo primero que le extiende es un contrato de confidencialidad, en el que Talese se comprometía a no revelar su nombre ni el nombre del motel si decidía publicar su historia. En ese momento nace la complicidad que duró varios años entre Gay Talese y Gerald Foos, el hombre anónimo que anteriormente le había escrito confesándole su actividad Voyerista.

Foos lleva al escritor a su motel en el que finalmente tiene la oportunidad de conocer la ‘plataforma de observación’ en la que Gerald pasaba horas observando a sus huéspedes desde la oscuridad. Talese logra su objetivo y junto con Foos observa a una pareja joven y atractiva a través de la rendija falsa que había instalado Gerald para ver a sus huéspedes. Juntos son testigos de la actividad sexual de esta pareja y desde ese momento Talese decide mantener contacto con Foos y escribir sobre su diario de observaciones. Como dijo el mismo Talese en su libro: “De no haber visto la plataforma de observación con mis propios ojos, me habría resultado difícil creerme toda la historia de Foos” (p. 93).

Estas curiosas y detalladas notas que iba recibiendo Talese en su casa en New York, relataban todo tipo de relaciones y costumbres sexuales, heterosexuales y homosexuales, fetiches, incestos, violaciones y hasta un asesinato que Foos pudo haber evitado. A medida en que Talese iba reuniendo las notas de Foos, se daba cuenta de todas las consecuencias negativas que tendría en su carrera como periodista si publicaba estas notas, tanto por su contenido como por su única fuente que seguía firme con la condición de permanecer en el anonimato.

Luego de más de 30 años, Foos autoriza a Talese para publicar el libro con las anotaciones de su diario, incluyendo su nombre y todos sus datos personales, motivado principalmente por una latente necesidad de atención pública y la firme creencia de que su diario era una autentica investigación de la revolución sexual que se vivió desde 1960 hasta 1980 en Estados Unidos, por eso sería un total desperdicio si sus observaciones quedaban sin ver la luz pública.

Talese accede a la petición de Foos, el 12 de julio de 2016 se publica el libro y contra todo pronóstico se convierte en uno de los más vendidos en Estados Unidos y da origen a un documental producido por Netflix en 2017 enfocado en contar la historia de Gerald, las diferencias que tuvo con Talese antes de la publicación del libro y cómo fue la respuesta del público ante este inquietante libro.

A pesar del contenido explícito y crudo del libro, capítulo tras capítulo, el lector se va dejando llevar por las historias, las vivencias y los personajes del relato. El libro está compuesto principalmente por las anotaciones minuciosas de Gerald citadas con fecha, descripción de los sujetos que visitaban el motel y las actividades que realizaban con gran detalle en las habitaciones del motel. Además, Talese enriquece su libro con datos biográficos de Gerald que dan pistas al lector del porqué de la extraña fijación de este hombre, siempre desde una perspectiva muy neutra y sin emitir juicios morales, conservando así un papel de mediador entre el Voyeur y el lector como él mismo lo expresaba en su libro: “¿Y cuál era mi papel en todo esto? Yo era el amigo por correspondencia del Voyeur, su confesor, quizá, o el complemento de una vida secreta que había decidido no mantener totalmente en secreto” (p. 170).

El lenguaje que usa Talese en el libro es ameno y permite una fácil lectura, esto en contraste con su contenido y lo que relata, ya que en las anotaciones de Gerald quedaron grabados todo tipo de encuentros sexuales, unos no muy agradables de ver y mucho menos de leer. Sin embargo, el desarrollo del libro permite al lector cambiar de pensamiento a medida en que lo va leyendo, poco a poco se va revelando el porqué de algunas costumbres que tienen vigencia en la actualidad y cuál ha sido su evolución con el pasar de los años.

De igual manera, analizando las anotaciones y comentarios de Gerald, luego de tantos años presenciando todo tipo de conductas humanas, este Voyeur queda con una sensación pesimista ante la moral y ética de las personas en general. Aunque su enfoque siempre fueron las costumbres sexuales, también se interesó en estudiar la honradez de cierto tipo de personas que en público tienen una moral incuestionable pero que en la intimidad demuestran todo lo contrario: 

“Mi voyerismo ha contribuido enormemente a convertirme en un pesimista, y detesto este condicionamiento de mi alma. Lo que resulta tan desagradable es que la mayoría de los sujetos están en sintonía con esos individuos en sus planteamientos. Si nuestra sociedad tuviera la oportunidad de ser voyeur por un día, abordaría la vida de manera muy distinta a como lo hace ahora” (p. 67).

En lo personal, este no es un libro para cualquier lector, se debe tener una mente abierta en el ámbito sexual para que el libro se vuelva ameno y divertido. Es curioso que, aunque todo el libro se tenga presente que lo que hacía Gerald estaba mal, el lector pueda terminar justificando su actividad por las conclusiones a las que llegaba Foos por su acercamiento tan real a la intimidad estadounidense. Al terminar este libro se podría afirmar que ningún estudio científico se pudo acercar tanto a la realidad como lo hizo Gerald con su diario de voyeur.

Kill Bill

Kill Bill

Texto por Ana María Arango Gonzáles 

Nicole Marchena Hernández 

Tras el éxito de Pulp Fiction, Quentin Tarantino y Uma Thurman se unieron de nuevo, esta vez en el 2003, para crear la salvaje, violenta y muy sangrienta Kill Bill vol. 1. Una mujer embarazada se va a casar con su novio, cuando un hombre llamado Bill interrumpe uno de los ensayos de la boda y arma un caos que termina con la protagonista perdiendo a su bebé, a su novio y, además, siendo torturada. Sin embargo, sobrevive para comenzar su venganza y asesinar a Bill. Este clásico reúne varios elementos del cine asiático como el kung-fu, los samuráis y las artes marciales que tanto admira Tarantino. En esta infografía te la resumimos en cinco secuencias.

De Edulab a Edulife: el proyecto académico que ahora es proyecto de vida

De Edulab a Edulife: el proyecto académico que ahora es proyecto de vida

Dayana Palencia

Desde sus inicios, el Edulab ubicado en el barro Doce de Octubre de Medellín, buscó ser parte de la transformación social de la comuna 6. Gracias a la constancia de los estudiantes, la pasión de los profesores y el apoyo de instituciones como la Universidad EAFIT, este proyecto rompió barreras direccionando la forma de aprender a un camino diferente. Esta es su historia.

La comuna 6 de Medellín, Doce de Octubre, ha sido un lugar donde la violencia ha estado presente por muchas generaciones. El alto consumo de sustancias psicoactivas en niños y adolescentes es algo que ha influido en sus futuros. Y, debido a esta situación, ha sido difícil pensar en un después, en un camino diferente e, incluso, en la posibilidad de acceder a educación superior. 

Y aunque han sido pocas las iniciativas que han transitado por esta comuna, las que lo han hecho han tenido impacto en la comunidad, como es el caso del Edulab ubicado en el colegio Jesús Amigo.

Desde la comuna para el mundo

En la Institución Educativa Jesús Amigo opera, desde el 2015, un laboratorio. Nació de la idea de abrir un espacio donde los estudiantes pudieran tener una oportunidad para la experimentación y el aprendizaje colaborativo y basado en proyectos a través del uso de las TIC. 

Para que este reto se materializara en proyectos de incidencia para la comunidad, se consolidó un grupo liderado por la profesora Lorena Avilés Romero, quien en ese momento tenía a su cargo la asignatura de Lengua Castellana; El profesor del Departamento de Comunicación Social de EAFIT, Mauricio Vásquez Arias; y un grupo de 80 estudiantes de diferentes grados, que, con el tiempo, se redujo a 25.

Hasta ese momento, los estudiantes de Jesús Amigo asociaban la idea de un laboratorio con un lugar lleno de microscopios, probetas, beakers, y demás instrumentos. Pero, de la mano de la profesora Lorena, varias horas de trabajo, cubetas de huevo para termorregular la temperatura del salón, tardes de cine para la recaudación de fondos, muchas risas y un proceso de trabajo arduo e intercambio de conocimiento, esos 25 estudiantes aprendieron a entender el concepto LABORATORIO como un lugar de prueba, de error y de aprendizaje

El grupo de Robótica levantaba una y otra vez un robot bailarín; el de Modulado en 3D esperaba dos días para obtener una impresión; y los de periodismo digital y producción audiovisual y sonora, mejoraban cada vez más sus medios de comunicación.

Este laboratorio, que empezó como una actividad extracurricular, les abrió a los estudiantes la posibilidad de ver el mundo de una forma diferente, y de lograr cosas increíbles para su entorno. 

“Transmito lo que sé y hago parte de su crecimiento personal”

Entre el grupo de estudiantes que  le dio vida al Edulab, estaba John Alexis Restrepo Giraldo, quien ahora es comunicador social y magister en Comunicación Transmedia de la Universidad EAFIT, demás de profesor de la media técnica de Comunicación Social del colegio Jesús Amigo. 

Ese John Alexis es el mismo que en su momento de ‘edulasense’, sin consentimiento de su profesora, escribió un correo al hospital Pablo Tobón para poner los servicios del laboratorio a disposición de los niños del pabellón de Pediatría. El correo fue respondido y en consecuencia se desarrolló el proyecto Los Piratas de Pablito, dónde estos estudiantes, utilizando tecnologías modernas, pudieron enseñarles a los niños que debido a su condición habían quedado sin educación. 

Cuando John Alexis se graduó del colegio, debido a su desempeño en el examen de nivel nacional ICFES, logró iniciar sus estudios en la Universidad EAFIT. Él ya conocía sus instalaciones, porque como integrante del Edulab había tenido la oportunidad de recibir varias clases en esta Institución. 

Así, mientras adelantaba sus estudios de Comunicación Social, John Alexis seguía asistiendo al Edulab, lugar al que considera más que un grupo para el trabajo extracurricular. “Ahí se formaron relaciones afectivas y fuertes que hoy en día permanecen, al igual que ese grupo de WhatsApp ‘Edulife’, que es la representación de esos lazos fuertes que se tejieron durante años”, dice.

¡Edulab 2.0!

Pero este laboratorio no solo permitió construir relaciones de amistad, y abrir nuevas oportunidades para sus integrantes, también fue pilar para la iniciativa Edulab Pro, donde los docentes aplicaban las opciones que brindaba la transmedia en escenarios de aprendizaje. Así, gracias a Edulab y al convenio que se había generado con la universidad EAFIT, el colegio pudo avalar la media técnica en comunicaciones y brindar un nivel educativo más avanzado a los grupos de Décimo y de Once.

Es sorprendente ver cómo estudiantes de lo que fue Edulab son ahora los profesores de la media técnica, retribuyendo así esa esperanza que en algún momento recibieron, influyendo en la vida de los niños y adolescentes de la comuna donde crecieron.

Aunque el Edulab ahora no está activo, la idea de restaurar este proyecto transformador está cada vez más latente, un Edulab 2.0 que siga impactando a una comuna olvidada, con personas talentosas, pero con una situación sociocultural donde es cada vez más difícil acceder a nuevas oportunidades.