Viajar en pandemia
Viernes 10 de abril, Montería
—Ahora todos los días se parecen a un domingo —dice mi mamá desde un extremo del balcón.
—Sí, todos los días son igual de aburridos que un domingo —le contesto.


El aislamiento y la ansiedad me están matando. A veces siento que me ahogo, que no puedo respirar. No he podido dormir en mucho tiempo, aunque siempre he sufrido de insomnio, ahora se ha intensificado. Ya no sé qué día es hoy ni qué hora es, solo sé que es tarde.

Estoy en Montería —capital del departamento de Córdoba, una ciudad muy pequeña en el norte del país— y eso me alegra un poco. Estar en mi casa, respirar y que no me huela a combustible, salir al balcón y no ver un edificio al frente, sentir que la vida pasa más lenta en una ciudad que aún no es ciudad. En Medellín, el encierro me tenía enferma, pero acá me siento mejor.
Dos horas para empacar
Mi hermana y yo viajamos de Medellín a Montería el 20 de marzo. En esos momentos estaba recorriendo el mundo el covid-19, un virus originado en Wuhan (China) en diciembre del 2019. El 11 de marzo se confirmó el primer caso en Colombia, desde ese día no ha dejado de incrementar el número de personas contagiadas.

En Antioquia había aislamiento obligatorio, llamado Cuarentena por la Vida, pero no estaba prohibido viajar ni desplazarse a las terminales o aeropuertos.

No teníamos planeado viajar ese día, pues teníamos tiquetes aéreos para el 22 de marzo. Sin embargo, nos llegó un correo de la aerolínea en el que se nos informaba que el vuelo había sido reprogramado para el 24 de marzo con conexión en Bogotá.
Terminal del norte, Medellín.
Váyanse ya mismo para la terminal y se vienen en el primer bus que encuentren, no voy a permitir que pisen Bogotá”, dijo mi mamá cuando le contamos. El aeropuerto El Dorado había sido la puerta de acceso del covid-19 al país, llegar al epicentro del virus era muy riesgoso.

Llamamos a una empresa de transporte terrestre y conseguimos dos pasajes al lado del baño. En otras circunstancias nos hubiera importado, pero en este caso no nos molestó en lo absoluto. Eran las 9:20 p. m. y el bus salía a las 11:15 p. m., teníamos dos horas para empacar todo y llegar a tiempo.

Mi closet siempre ha sido una bola de ropa. Por lo general, cuando tengo que salir de casa, me pongo lo primero que me arroje esa bola. La cogí toda y la empaqué justo como estaba, metí un par de zapatos, dos libros —Satanás, de Mario Mendoza y Mortalidad, de Christopher Hitchens— y mi portátil.

En los bolsos de mano metimos la comida que había en la nevera, lo que era muy frágil se lo regalamos al vigilante de la unidad, como huevos y yogurt. También empacamos pañitos húmedos y alcohol, para desinfectarnos las manos cada cierto tiempo. Mamá quería que usáramos tapabocas y guantes, aunque en la farmacia solo pudimos conseguir guantes, entonces improvisamos con bufandas para taparnos la boca, pero era muy molesto.
En la terminal, las personas nos miraban mucho, creo que era por nuestro outfit de cuarentena.
¿Qué pasará con los habitantes de calle?
Al llegar el taxi, llevamos el equipaje, nos despedimos del vigilante y arrancamos hacía la terminal. En el camino me la pasé mirando por la ventana, los carros que vi los puedo contar con los dedos de mis manos. Jamás había visto a Medellín tan tranquila… aunque era lindo verla así, también era triste la falta de ese caos que la caracteriza.

Pasando por San Diego, debajo de un puente, había un grupo de indigentes rebuscando en la basura algo para comer. Me horroricé, ¿qué será de ellos?, ¿qué pasaría si uno de ellos contrae el virus?, ¿hay un protocolo para ellos? Esas personas que no tienen un techo donde refugiarse son las principales víctimas de esta pandemia.

El taxista frenó en seco y el agua de un charco le cayó a un indigente. Mi hermana y yo nos miramos con tristeza. No sé si lo hizo con intención o tal vez no lo vio; en todo caso, yo estaba bastante enojada y prefería pensar que no lo vio: me cuesta creer que alguien sea tan insensible para hacer algo así.

Mamá tenía afán porque llegáramos temprano, ya que creía que iba a haber muchas personas; al contrario, la terminal estaba vacía. Había pasajeros sentados e incluso acostados en el piso y yo no entendía por qué si había tantas sillas vacías.
"Me cuesta creer que alguien sea tan insensible para hacer algo así".
Pagamos los pasajes y nos sentamos a esperar, todavía faltaba media hora para salir a Montería. En una máquina expendedora compramos dos papas y dos gaseosas para el viaje porque aún no habíamos cenado, y a las 11:10 p. m. ya estaban llamando a los pasajeros. Nos recibieron las maletas y las metieron en el compartimiento.

Entramos al bus, nos sentamos a esperar a que terminaran de empacar. Antes de salir, un joven hizo una recolecta con el fin de completarle el pasaje a su hijo y, después de eso, salimos.

Nos esperaba un camino de más o menos 10 horas, si el chofer iba rápido. Ya estaba preparada para esto: tenía descargados cinco capítulos de Friends en Netflix, para matar la aburrición, pero no me terminé ni el primero porque me estaba mareando.

Entonces me puse a escuchar música y cerré los ojos a ver si a lo mejor se me pasaba. Me quedé dormida por unos minutos, pero me levanté cuando escuché a un niño toser, en esos casos uno piensa lo peor.

Luego de eso intenté dormir, pero no podía. Y no, no era porque el niño tosió, solo se me había espantado el sueño. Me desinfecté las manos con alcohol y abrí la bolsa de papitas, aunque no tenía hambre.

Después de dos horas intentando, me quedé dormida y solo me despertaba a ratos. No hubo parada en Santa Rosa de Osos, como se hacía de manera normal, pero sí en Caucasia para dejar pasajeros y recoger otros. En eso demoraron como una hora y ya me estaba desesperando.
Montería, Córdoba. 6:00 p. m.
Córdoba y protocolos
Uno sabe que ya está en Córdoba cuando mira por la ventana y solo ve pasto y vacas. Ya estaba amaneciendo y el sol se veía tan lindo sobre la tierra ganadera. Duré mucho tiempo mirando y volví a dormirme.

Al despertar ya estábamos en Montería llegando a la terminal. Yo estaba en un trance, tenía mucho sueño y estaba ansiosa por llegar. Sin embargo, solo quería dormir un poco más en el bus.

Al bajar, inmediatamente nos tocó seguir un protocolo de higiene: primero teníamos que lavarnos las manos, luego nos tomaban la temperatura y, por último, llenábamos una planilla con los datos personales y números de contacto.

Me sorprendió que en Medellín, una de las ciudades principales del país, no hubiera ningún tipo de control en la terminal, pero acá sí, una ciudad que seguramente tiene una población ocho veces más pequeña que la de la capital antioqueña.

Mamá nos esperaba en la entrada, nos saludamos de lejos, aunque yo tenía el impulso de abrazarla. “Las extrañé tanto, estoy tan feliz de verlas”, dijo casi llorando, estaba preocupada por nosotras.

Al llegar a casa limpiamos todo con alcohol y nos bañamos el cabello. A pesar de que pude dormir un poco en el bus, sentía que no había descansado, pero ya no podía dormir más: tenía trabajos pendientes y no me podía dar ese lujo.
Cada que entramos a la casa tenemos que limpiar las suelas de los zapatos con alcohol, dejarlos en alguno de los cajones y después desinfectarnos las manos.
Mi casa, todo mi mundo
He leído un artículo sobre el control emocional en estos casos y, gracias a eso, he logrado cambiar la manera pesimista en que estaba llevando la situación. Además, caí en cuenta que tenía que actuar como si mi casa fuese todo mi mundo y ahora me levanto temprano, se acabó eso de dormir hasta las 12 m.; tiendo mi cama, siempre desayuno, me visto con la ropa que normalmente usaría en la universidad, tal vez, así sienta que ya salí. Después organizo mi cuarto y evito procrastinar.

Esta cuarentena me ha hecho más disciplinada, aunque también tengo tiempo para el ocio —porque creo que es necesario— y para pensar en mí. Adicionalmente, me propuse aprender cosas nuevas, como cocinar… aún sigo siendo terrible en eso, pero ahí vamos.

Mi ansiedad va mejorando. Me estoy adaptando al encierro, aun así siento que me hacen falta momentos y personas. En esta circunstancia nos damos cuenta lo débiles y sensibles que somos.

Ahora ya no queremos un carro o el último celular, solo queremos reencontrarnos con los nuestros y necesitamos cosas tan sencillas como un abrazo, un beso o tomar pola con amigos en un andén.
Este contenido hace parte del especial
Diario de la pandemia

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