Unu stie juom (quédense en casa)
Martes 17 de marzo, isla de San Andrés
Han pasado unas horas desde que llegué a San Andrés, ese paraíso colombiano en el mar Caribe perteneciente al archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina, ubicado a 110 kilómetros de la costa de Nicaragua y a 720 de la de Colombia. Unas horas desde que empecé el aislamiento social y, aunque por fin estoy en mi casa, las circunstancias no me dejan estar tan feliz como desearía.


Y es que hace una semana en Medellín, cuando les rogaba a mis papás adelantar el vuelo de Semana Santa hacia acá, no pensaba siquiera en el nuevo virus, solo quería estar junto a ellos. ¿Quién iba a pensar que me traerían? Y no precisamente para complacer a su hijita.

Unas semanas atrás, no me habría imaginado que el coronavirus cambiaría tanto mi vida, nuestras vidas. Al virus, que hoy anda suelto por las calles, lo veía muy lejano. Al fin y al cabo, estaba por allá en China y si llegaba a Colombia, pues ¡qué más da!, más mortalidad tiene el dengue, ¿no? Pues no.

Antes se hablaba de una supuesta simple gripita, como cualquier otra. Hoy se habla de una pandemia, de miles de muertos en países como Italia y España. Se habla de la deficiencia de los sistemas de salud y crisis económicas en todo el mundo.
Ya ni sé cuál fue el momento en el que me tomé tan en serio lo que está sucediendo, todo está pasando demasiado rápido. Mi conciencia llegó sin avisar y mi pánico lo hizo de la misma forma.
Sector vía San Luis, San Andrés Isla.
Miércoles 18 de marzo
Segundo día de cuarentena y el estrés no para, mis abuelitos se encuentran solos en Bogotá. Habían tenido que viajar por una cita médica de mi abuelo, ya que aquí en San Andrés no se hacen los tratamientos que él necesita. Si no se vienen rápido, creo que entraré en una crisis de pánico, son ellos los que más me preocupan y los que se exponen más porque les toca seguir saliendo a las citas, a pesar del aislamiento.

He llamado a mi abuela a todas horas, en creole, la lengua nativa del grupo étnico raizal al que pertenezco (ella es la única con la que lo hablo). Le expresé cuánto me asusta la idea de que cierren los aeropuertos y no se puedan regresar.

– Granmada, wy unu no cancel evry ting unu de do an come juom, bicas unu can get sic an unu one de Bogotá.
We de tri fi don evri ting fi can go, bicas we hafi go by di dacta di 24 fi don di tritment an go juom.
– But granma, unu no si tings de get diengaros an unu no fi de go out ina bus or taxi mouns so much pipl, unu no hear di nius pan television se di sicnes diengarous fi unu an we want unu come juom quick bicas de guain shet up di airport an unu no guain get fi com juom.
– Arait, wi guain taak tonit and tomarow we cal an si wat wi guain do.
– Arait dem, cal tomaro fi we get di pas quick.
Viernes 20 de marzo
Ya es el cuarto día de cuarentena. Ahora en San Andrés la cosa está tensa, en redes sociales algunos nos atacan a los isleños que decidimos regresar a casa. Dicen “no traigan el virus”, nos dicen “inconscientes de mierda”, se refieren al gobierno como “inútil” por darnos la oportunidad y el plazo de volver, comprometiéndonos, claro, a tomar las medidas que sean necesarias, incluyendo la cuarentena.

Entiendo su preocupación porque hasta yo la sentía, pero cómo se nota que son ellos los que no entienden la preocupación de un padre y una madre mientras su hijo está solo en la ciudad.

“Eso es algo que no se piensa, ¿quién va a correr contigo allá?, nadie. Si te toca aislarte, ¿quién va a salir a mercar por ti?, nadie. Tuviste una crisis asmática hace nada y qué culo de estrés, no me imagino cómo estaría tu mamá si te hubieras quedado allá con esta situación. Yo te traía sí o sí. Además, tú no vas a salir, tú vas a ser responsable y te quedarás en la casa, encerrada”. Más clara explicación que la de mi papá, no hay. Pero bueno, ya estoy en mi casa y eso es lo que importa.
Mis abuelos en las calles de Bogotá, a pesar de haberse ya confirmado el primer caso de covid-19 en la ciudad.
Domingo 22 de marzo
Es el, no sé que día, de cuarentena y no ha sido nada, pero nada bueno. Ayer empezó el toque de queda y hoy desperté con la horrible noticia de que el coronavirus ya está en la isla.

No había muchos detalles de quién era el primer caso confirmado, solo suposiciones. Porque eso sí, en isla pequeña, los chismes vuelan, con cuarentena o sin cuarentena.

Todos han entrado en pánico y ¿cómo no?, solo hay 9 camas de cuidados intensivos en el hospital, no hay personal ni respiradores suficientes para una isla de 27 kilómetros cuadrados, sobrepoblada con 100 mil personas.

Y ni hablar de Providencia –otra isla, más pequeña, también perteneciente al Archipiélago– donde no hay ni unidad de cuidados intensivos. El miedo es gigante. Respecto al infectado, sé quién es y por ello estoy aún más preocupada. Se trata del escolta del gobernador de las islas y la razón por la que me inquieta es porque son cercanos a mi familia: el gobernador es la pareja de mi tía y el padre de mi pequeño primito y ahijado.

No puedo expresar cuánto me inquieta esta situación, definitivamente uno se imagina que este tipo de cosas son lejanas y solo les pasa a otras personas, nunca a uno. Sin embargo, hoy mi familia vive la preocupación en carne propia.

Mi abuela, mi tía, mis primos, uno de ellos de tan solo 7 meses, se vieron obligados a hacerse la prueba. ¬–Me metieron un copito largo hasta atrás del paladar, sentí rasquiña, se me pusieron los ojos llorosos y comencé a toser. Y eso que todo fue muy rápido me contó uno de mis primos acerca de la prueba de covid-19.

Esa explicación me confundió un poco porque tenía entendido que el copito se introducía por la nariz y al parecer hay dos métodos. ¡Qué horror! Un copito introduciéndose en mi nariz o garganta no me hace nada de gracia.

Es claro que siento muchísimo miedo. Un resultado positivo significaría no solo la salud de mis familiares comprometida, sino que también en mi casa podríamos estar contagiados. Solo queda esperar.
Hospital de San Andrés Isla, Clarence Lynd Newball Memorial.
Lunes 23 de marzo
Ya ni sé cuánto llevo de cuarentena, ni siquiera estoy segura sobre qué día es hoy, para mí ya todos son domingos. Mis días consisten en estudiar y nada más. Bueno, tampoco me voy a quejar, por lo menos puedo sacar a mis perros a pasear y así no morir de ansiedad. Me pregunto si ellos entenderán lo que sucede, me causa gracia ver sus caras de confusión cada vez que les limpio sus patas, después de la salida. Ya se acostumbraron, pero me siguen mirando raro.

Así mismo es con cada persona que sale de la casa: en la puerta ya está ubicado el tapete y alcohol para limpiar y dejar ahí todos los zapatos. Sí, estamos siendo muy precavidos y con mucha razón, pero más que todo es porque mi mamá debe ir a trabajar.

Ella es la gerente de una IPS (Institución Prestadora de Salud) de acá de San Andrés y, como cualquier otro día, le toca salir. Desde que esto comenzó, ha estado muy estresada y me ha dicho lo miedosa que es esta situación.

“Siento temor, pero igual hay que ayudar a la gente. Entonces uno como que dice, bueno, salgo y estoy ayudando, pero también estoy en riesgo porque llega mucha gente que está enferma, que quiere la prueba. Todo el tiempo estoy mandándolos a la casa, que no salgan, que tratemos de hacer la consulta telefónica y que no vayan, estamos sacando a los acompañantes…

O sea, siempre luchando con la indisciplina de la gente para uno no verse afectado y también tratando de darle tranquilidad a los que están porque al final yo no estoy al frente, al frente están los médicos, las recepcionistas… Y ahora que tenemos que hacer pruebas, entonces siento esa incertidumbre de cuándo tocará ir a hacer una prueba, cómo va a ser eso, cómo le va a tocar a la bacterióloga. Y también la cuestión está en ir a trabajar con ganas porque en este momento este es el ingreso de la casa y por eso es por lo que podemos estar todos tranquilos, pero hay días que no es tan chévere, pero toca ir”.
Vista de mi mamá todos los días en el trabajo.
Martes 24 de marzo
Ni siquiera me voy a esforzar en averiguar cuántos días llevo de cuarentena. Hoy solo pienso, pienso cómo a medida que pasa el tiempo se hace más raro. Raro porque a veces despierto en las mañanas creyendo que era un sueño.

A veces solo es cuestión de entrar al baño para salir pensando que todo está como lo dejé en Medellín, que tengo que ir a la universidad o simplemente salir a comer algo.

En San Andrés hay gente que todavía no lo entiende, que todavía no entienden el “unu stie juom” (quédense en casa). Siguen con la indisciplina, saliendo a la calle y rompiendo las normas, sin saber que quedándose en casa es nuestra forma de salvar al mundo. Así es, encerrados y con piyamas es como seremos héroes.

Hay que darnos cuenta también que el gobernador de las islas tiene un gran reto y que está haciendo todo lo posible para proteger a su comunidad, pero que no es solo su trabajo, también es el nuestro.

Todas las personas del mundo tenemos que seguir cuidándonos entre todos para pronto volver a los abrazos, para volver a hacer esas cosas que antes hacíamos sin ilusión y hoy añoramos, para ir con emoción a hacer ese mandado que antes nos daba tremenda flojera hacer.

Pero nunca volver a nuestras costumbres pasadas, no deseo que todo vuelva a ser como antes de que el coronavirus llegara a nuestras vidas. Realmente no lo hago porque eso significaría llevarnos a la autodestrucción de nuestro hogar, el planeta. Eso significaría volver a la inconsciencia, como si nada hubiera pasado.

Anhelo con todo el corazón que este virus sea una enseñanza para cuidar de la Tierra porque si no lo es, entonces que nos mate de una vez. Mis pensamientos los interrumpe la voz de mi papá llamándome:
¡Nicole! –me dirijo al cuarto donde él se encuentra.
¿Señor? –le respondo.
Tu tía acaba de mandarnos los resultados de las pruebas que les hicieron.
Dice:
VIROLOGÍA RT PCR para SARS CoV 2 (Covid 19) en muestra respiratoria. Método Utilizado: Reacción en Cadena de la Polimerasa. RESULTADO: …
Este contenido hace parte del especial
Diario de la pandemia

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