Una lucha inesperada

El osteosarcoma es un tipo de cáncer de hueso. En Colombia, solo un 3% de pacientes pediátricos padecen de este tumor óseo. Quién iba a creer que Natalia Rosa Jiménez Pineda, una adolescente monteriana que cuando tenía 16 años sería diagnosticada con esta enfermedad.

Según la American Society of Clinical Oncology, la tasa de supervivencia posterior a este ser detectado es de 5 años, ella hace parte del 70% que en estos casos sale victorioso.

Todo inició en 2016, fue en agosto más o menos. Me encontraba en el patio de mi casa con mi perrita Luna –una labradora negra– cuando de la nada empezó a olfatearme la pierna derecha muy cerca de la rodilla. De un momento a otro comenzó a chillar y yo solo quedé extrañada, me preguntaba qué le pasaba, era muy raro.

Pasó varias veces, recuerdo que me la encontraba en algún lugar de la casa y al verme se ponía a llorar. Sin embargo, no le presté atención, cómo iba a saber que solo trataba de decirme que había algo malo en mí.

En noviembre empezó a dolerme la pierna justo en el lugar donde Luna me olfateó aquella vez.

Recuerdo el dolor, era punzante, se sentía como pequeños pellizcones que paraban por unos segundos, pero en seguida regresaban. Otra vez lo ignoré, las semanas anteriores estuve practicando para un baile escolar por lo que puede haya mucho esfuerzo físico y eso me pudo haber generado un desgarre… “un desgarre”.

Ella es Natalia Rosa Jiménez Pineda, la adolescente que a sus 17 años le ganó la guerra al cáncer de hueso.

Con el tiempo opté por decirle a mi mami, no encontraba cómo justificar los pellizcos y mucho menos el sentir caliente esa zona. Si en realidad fuera un desgarre el reposo me hubiera curado, mas no fue así.

Consultamos a un médico, el doctor Jader Rico, el cual llegó a la conclusión de que lo mejor sería hacerme una radiografía –una técnica exploratoria que consiste en poner rayos X sobre el cuerpo para tener una imagen de las partes internas– en la que todo salió bien, al parecer no había nada extraño.

Puede que haya sido el instinto de madre lo que logró sacar a la luz la verdad o que Dios se manifestó por medio de ella para que no se quedara con la primera respuesta, cualquiera de las dos es válida para mí.

La dura noticia

–Aquí hay algo -habló mi mamá analizando los resultados –hagamos una biopsia.
–¡No, los huesos de mi hija están perfectos! –reprochó mi papá.

La reacción de él era comprensible, nadie quiere saber algo cruel, mi progenitora insistió. No dudo en que Dios le susurró: “revisa a tu hija, hazle la cirugía, ahí hay algo más”.

Ese mismo mes me hicieron lo que sugirió mi mamá. Se trata de un examen en el que se toma un trozo de tejido o un poco de líquido de un órgano para examinar si existe en este presencia de alguna enfermedad. En mi caso, la muestra sería de la pierna derecha.

Fuimos hasta el hospital Pablo Tobón Uribe, en Medellín, para practicarme esto. En un principio se iba a hacer en Montería, pero unos días antes de mi intervención a un joven de mi edad le realizaron lo mismo y este murió. Yo no quería eso, nadie en realidad, el miedo nos invadió y decidimos cambiar de ciudad.

Luna, la labradora que intentó decirle a Natalia que algo andaba mal con su pierna.
El detonante

Regresé a Medellín el 15 de diciembre para saber qué salió en la biopsia, no esperaba algo trascendental, me decía a mí misma: “va a salir normal”, lo último que se podía pasar por mis pensamientos era padecer alguna enfermedad que me acercara a la muerte, pero a veces el destino te hace unas jugadas que… ¡Dios!

–Doctor, ¿qué arrojó la biopsia? –preguntó mi mamá.

–El resultado dio osteosarcoma. A su hija hay que hacerle quimioterapias –contestó el medico Miguel Murcia, encargado de mi caso.

¿Qué? ¡Paren a mi alrededor! Es impresionante como en un instante se te puede derrumbar la vida, lo que menos se me ocurrió fue tener cáncer, ¡era algo que no estaba contemplado para mí!

No escuché lo que Murcia continuó comentando después de dar la peor noticia de todas, solo me dediqué a sollozar, necesitaba sacarlo todo, no podía creerlo, no quería aceptarlo, hace dos días fue mi grado de bachiller, estaba por empezar a estudiar Medicina, la universidad ya me había aceptado, no podía estar pasándome esto.

El doctor me ordenó cancelar mis planes, debía dedicarme por completo a la medicación. Fue como si mi futuro fuera una pared y de repente llega una bola de demolición y arrasa sin dejar algo útil. El mundo se me destrozó frente a mí en mil pedazos incapaces de volverse a unir.

Imágenes Diagnósticas Jader Rico, lugar en Montería donde Natalia se realizó las primeras radiografías para saber qué pasaba con su pierna derecha. / Foto tomada de internet con autor desconocido.
Una dura etapa

El 26 del mismo mes tuve la primera sesión del tratamiento. Mi mayor temor no era asistir a un hospital por dos días seguidos durante 12 horas para completar la primera de las 8 sesiones que me esperaban: era perder mi cabellera negra y lacia que sobrepasaba mis caderas.

Averigüé una máquina por internet que impedía que esto sucediera, preciso lo que necesitada, pero no por el precio que exigían; me las ingenié e hice un gorro para el frío, no era igual pero era mejor que nada.

Si me preguntan cómo es una quimioterapia no dudaré en expresar que es lo más horrible que existe, el dolor físico más desagradable que hay.

Te inyectan un fluido para tratar de eliminar o reducir al máximo las células cancerígenas, aunque no va directamente al tumor, este recorre todo el organismo y deshace lo que encuentre en el camino sin importar que sea servible. Paradójico, ¿no creen?

De allí el por qué se caen el cabello, las pestañas, se presenta la resequedad en la piel y en los casos desfavorables los órganos fallan.

Las mías eran tan agresivas que si me las suministraban por las venas de mis manos estas se hubieran carbonizado. Tuvieron que ponerme un catéter implantable en el pecho, el cual se dirigía a mi corazón que por medio de la aorta se espacia desde la punta de los pies hasta arriba.

Mientras eso pasaba, yo padecía cómo aquel liquido caliente me quemaba de manera sigilosa.

Con un método tan fuerte como el que yo recibía, existía la posibilidad de un paro en el miocardio, de un shock respiratorio y de muchas cosas más que podían dejarme dormida para siempre.

Mi mamá estaba en constante aflicción debido a ese “pequeño detalle”, por eso prefirió desvelarse para poder percatarse que siguiera con ella.

–¡Naty, levántate! –dijo mi mamá preocupada.

–¿Qué pasó? –contesté somnolienta.

–Naty, dejaste de respirar –se apresuró a decir.

El peroné es uno de los huesos que forma parte de las extremidades inferiores. A Natalia debieron removerle 12 centímetros de este de su pierna derecha para poder sacar el tumor que tenía encapsulado. Foto tomada de la revista IUNOY, sección salud.
La quimiotortura

Al inicio de la quimio pensé: “es fácil, solo recibo ese líquido por 6 horas. Puedo ponerme a leer un libro o estar en el celular”. Qué inocente era.

Esperé a que las últimas gotas de lo que me administraban penetraran en mí para después irme con mi mamá al apartamento que se arrendó para este suplicio.

Ni 15, ni 10 y creo que ni 5 minutos pasaron desde que entramos por la puerta de nuestro alojamiento cuando ya me encontraba con cabeza dentro del retrete del baño. Vomité y vomité hasta ya no poder, sentía que me desmayaba con tan solo intentar sentarme… era aterrador.

Como no pude resistir las náuseas debimos volver al hospital a eso de las 10 de la noche. Me mantuvieron en urgencias hasta el día siguiente y ¿saben qué fue lo primero que me dijeron al levantarme? “¡Tu segunda dosis de quimioterapia!”.

¡Qué maravillosa forma de despertar! No la deseaba, la había pasado muy mal, no merecía este sufrimiento.

La peor situación

A pesar de mis anhelos por no volver a experimentar los horrores de la jornada anterior, debí someterme a ese martirio nuevamente. Volví a Montería al finalizar las horas que me correspondían ese día.

Me enfermé durante el vuelo, era de esperarse, mis defensas estaban tan débiles que el solo acto de tocar un vaso podía hacerme mal. Me hospitalizaron por unas semanas en el IMAT –Instituto Médico de Alta Tecnología– allá fue que ocurrió mi principal tormento.

Estaba peinando de manera suave y delicada mi amado cabello cuando de repente se desprendió un mechón de pelo, ¡BOOM! Estalló una granada… demasiado arduo de llevar.

En 2017 ya estaban armados los planes y no eran sobre la vida universitaria de adolescente que yo tenía visualizada. Sería el año de quimioterapia, de la intervención quirúrgica con el fin de sacar la mayor cantidad de tumor posible y, por último, para cerrar con broche de oro, más quimio.

Estaba abrumada de esas sesiones, necesitaba descansar, recién salía del IMAT y ya estaba tomando un vuelvo para Medellín. En un abrir y cerrar de ojos la enfermera implantaba nuevamente el catéter en mi pecho.

Familia de Natalia. De derecha a izquierda, Óscar Jiménez, Mary Pineda, Camilo Jiménez y Natalia Jiménez.
Milagro tras milagro

Una vez llorando por angustia, pesar, fatiga y en general por lo que me hacía sufrir, tomé la Biblia que reposaba en la mesa de noche de la mi habitación en el apartamento de Medellín, la acerqué a mí y abrazándola susurré: “Diosito, dígame que lo que está en mi cuerpo, ese osteosarcoma usted se lo va a llevar a lo profundo y no volverá jamás”.

Por instinto abrí el libro sin pensar en alguna parte en específico, cuando me detengo a leer lo que salió fue como si el Señor hubiese respondido mi plegaria.

No me fijé en el versículo sino en lo que proclamaba: “Dios se va a encargar de la exterminación de los filisteos y no va a permitir expansión de ellos”. Sin entender ni una palabra de lo que ahí decía, busqué en Google una traducción.

Resulta que los filisteos eran un grupo perverso que buscaban propagarse por la tierra prometida. ¿Entendieron eso? Hay que ser muy mente cerrada para no comprender el mensaje, el Todopoderoso me dio a entender que no debía preocuparme, yo iba a curarme.

La fecha esperada llegó. Luego de alrededor de 4 quimios, ese decir, 16 dosis, el momento de la cirugía se había presentado. Quitaron 12 centímetros del peroné de la pierna derecha donde se encontraba encapsulado el tumor.

Quedé con el pie tambaleando, no podía alzarlo, debía hacer un esfuerzo para no apoyarlo y tratar de levantar lo más posible la cadera para poder caminar.

La mejor noticia de la vida

Los días pasaron y yo seguí con el pie colgado. Me realizaron una electromiografía para evaluar el estado de mis músculos y células nerviosas en la parte afectada.

Manifestaron que presentaba una denervación del nervio peroneo, eso quiere decir que no se hallaban intervenciones nerviosas en esa zona. Me confesaron que era una situación anormal.

Mientras esperábamos un dictamen sobre lo encontrado en la operación, transcurrieron dos semanas y media en las que continuaba asistiendo a las no placenteras quimioterapias con la esperanza de que ese insufrible cáncer no regresara.

De vez en cuando trataba de elevar un poco mi piececito mas era vano, por más que empleara todas mis fuerzas este no se subía.

En una ocasión estando en Medellín se reventó un tubo de gas cerca del apartamento, la gente gritaba “¡SALGAN, SALGAN! y eso fue lo que hicieron al igual que yo. Cuando estaba afuera quedé pasmada, no sabía cómo lo había hecho, dije “mami, me he puesto las chancletas y salí caminando”.

Era sorprendente y milagroso, pero no fue ahí cuando las buenas cosas cesaron. Lo mejor siempre tarda en llegar. Los estudios que le hicieron a los 12 centímetros de peroné estaban listos, la cosa que habitaba en mí se redujo a un 15% de su tamaño original y dio negativo para malignidad. Nadie se confió y prefirieron revisarme para descartar la posibilidad de una metástasis que nunca se produjo. ¡Aleluya, gracias a Dios!

Era como si hubiera permanecido en un túnel repleto de oscuridad que fue iluminado cuando recibí esa última información. No es sencillo que te digan “tienes cáncer”, que la operación que te practicarán se llama salvamiento de extremidad. No obstante, estoy sana y se lo debo al <omnipotente, él cambió el rumbo de la historia, él hizo que todo fuera posible.

No posee peroné en la pierna derecha pero camina, salta y baila sin dificultad alguna. No estudia Medicina, pero sí Comunicación Social que le apasiona mucho más. Hija de Mary Pineda, una médico general, y Óscar Jiménez, un odontólogo, ella es Natalia Jiménez o Naty, como le dicen muchos, una joven que le ganó la guerra al cáncer.

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