Una crisis peor que la peste
Domingo 12 de abril, Montería
“El presidente Iván Duque anunció las siguiente medidas para prevenir que el Covid-19 siga propagándose: Colombia estará en cuarentena durante 16 días…” No podría salir por tres semanas, pero eso no era lo que más me preocupa.


En realidad, mis pensamientos solo se centran en las medidas que deberá tomar mi mamá con respecto a su empresa. Si no está generando ingresos, ¿cómo cubrirá el sueldo que sus trabajadores le exigirán para sobrevivir durante la cuarentena?

Eso es sin duda más importante que ir a comprar papel higiénico por montones, como si este fuera la vacuna para el virus.

Era sábado en Medellín, recién había terminado de guardar la ropa en mi maleta cuando recibí un mensaje de Mariana diciéndome que me esperaba en su casa. Miré la hora en el celular, 3 en punto, no tenía mucho tiempo para estar con ella así que me apresuré en tomar las llaves del carro y conducir hasta su apartamento.

–Te cuidas –dijo Mariana mientras agarraba las bolsas de las compras que habíamos hecho durante toda la tarde.
–Te voy a extrañar –le anuncié.
–Nos vemos cuando esto acabe –se limitó a decir para luego bajar del auto y sonreírme.
Esa fue la última vez que vi a mi mejor amiga.
Seis días antes de eso se detectó el primer caso de coronavirus en la ciudad. Se trataba de una mujer de 50 años que había llegado de Madrid, España, con síntomas de gripa.

La prueba realizada por la Secretaría de Salud dio positivo para la enfermedad, así que la aislaron en su vivienda para que no tuviera contacto con otras personas; sin embargo, otros dos contagiados aparecieron esa misma semana.

Los tapabocas y antibacteriales empezaron a escasear, las campañas de prevención y buena higiene se acapararon de las redes sociales ocasionando que poco a poco el miedo y la angustia aumentaran con cada segundo.

La universidad programó las clases de manera virtual. En ese momento solo significó una cosa: podría volver a Montería, lo que no pude dimensionar fue las consecuencias que traería.
Mi casa en Montería, ubicada en el barrio Villa Campestre.
Las primeras medidas
“Toque de queda entre las 7:00 p. m. y hasta las 6:00 a. m. en todo el territorio cordobés a partir de este lunes 16 de marzo y de manera indefinida”, ordenó el gobernador Orlando Benítez Mora.

Siempre he relacionado el toque de queda con la guerra, es algo que creía solo le tocaba vivir a los campesinos, mas el destino o quizás una sanción divina me obligan ahora a esconderme dentro de cuatro paredes para que algo, que ni siquiera es tangible, no me mate.

Se sentía extraña. Recuerdo que la primera noche de confinamiento salí a la terraza de mi casa. La calle estaba sola, reinaba el silencio y tal vez un poco de incertidumbre, no sé si eso último lo experimentaba solamente yo.

Mi hermana menor, Pilar, dejó de ir al colegio, le hicieron llegar un comunicado en el que el rector informaba que recurrirían a la virtualidad para poder continuar con el período académico y reducir la probabilidad de contraer el covid-19, pero ¿cómo pueden hacer uso de este recurso si no poseen una plataforma de alta calidad que soporte la conexión de más de 500 estudiantes? Sin duda no es la única escuela que deberá enfrentar ese obstáculo.

Los primeros días de encierro fueron soportables, me sentía como una reina a la que le hacen todo: mi mamá y mi abuela no paraban de darme atención y complacer mis caprichos, el inconveniente llegó cuando mi hermana se quejó por ya no soportar mi presencia.

Decía que pasaba mucho tiempo a su lado, que necesitaba respirar y alejarse de mí. Comenzamos con pequeños insultos y luego pasamos a los gritos. Ella quería que me fuera a quedar con mi papá a lo que yo me rehusaba, vivir con él no es lo que quería.

Para complacer un poco a Pilar opté por acompañar a nuestra progenitora al trabajo, aunque podría decirse que lo hice por mí, ya me estaba abrumando de ver los muros de mi hogar
A la derecha mi hermana María del Pilar y junto a ella nuestra mamá, Aura María Díaz.
Incertidumbre en la oficina
Llegamos al lugar y mi madre no tardó en rociarme con alcohol. No protesté, sabía que solo quería cuidarme. Cuando entramos, varios de los empleados estaban limpiando por doquier, mientras otros repartían tapabocas y colocaban tarros de gel antibacterial en los escritorios.

Me retracto, mi mamá no solo siente la necesidad de protegerme, hay que agregar que además está asustada.

–¿Aura María, qué vamos a hacer? –le preguntó una de las secretarias. ¿Hacer con qué? Pensé.
–No lo sé –respondió caminando hacia su oficina– voy a hacer una llamada y les aviso –le aseguró acomodándose en su silla.
–Al ser una escuela de conducción somos catalogadas como instituciones educativas privadas.

¿Sabías que el Ministerio de Educación anunció que se deben cerrar todos los colegios y usar alternativas virtuales? –me explicó cuando la secretaria se retiró–. Asimismo, se decretó que ningún trabajador puede ser despedido durante la pandemia. Eso quiere decir que tengo que suspender los cursos y seguir pagando el salario a pesar de que no esté entrando plata.

Más tarde, el abogado de mi madre se reunió con ella y le sugirió adelantar las vacaciones de sus funcionarios. No tenía otra opción, se avecinaban tiempo difíciles.
Recepción de la empresa de mi mamá, CEA del Sinú en el municipio de Cereté, Córdoba.
Los malos días que llegaron
El Estado pide que comprendamos la situación y tengamos en cuenta su compromiso con ayudar a los estratos más bajos como el 1 y el 2, pero ¿quién nos entiende a nosotros?, ¿qué hay de la clase media?, ¿qué hay de quienes a pesar de vivir en un sector 3 o 4 no tienen lo suficiente para sobrevivir la crisis económica que se asoma por la ventana?, ¿qué hay de los pequeños y medianos empresarios?, ¿qué hay del resto de colombianos?

–¡Mami! –dije exasperada –te estoy llamando desde hace rato y no me escuchas.
–Ay lo siento, es que estoy leyendo algo que mandaron al grupo Ceas (Centros de Enseñanza Automovilísticas) –sin quitar la vista de su celular¬– dice que hay probabilidad de que esto se extienda hasta junio. Mierda, contesté en mi cabeza.

–Tengo demasiados compromisos, no puedo estar sin trabajar –prosiguió hablando –Tu eres la universitaria, deberías proponerme algo para hacer.
–¿Yo? –le pregunté extrañada– No sé de negocios –le aclaré.
–Ayúdame –le pidió a su novio que se encontraba sentado frente a ella.
–Así como va la vaina, déjame decirte que estamos es jodidos –declaró él.
–¡Qué alentador comentario! –dije en un leve susurro.

Una vez leí que en momentos de desesperación lo mejor es la calma, eso es tan fácil de declarar pero tan complicado de ejecutar.

A veces me pregunto si estamos en el fin del mundo y de ser así, ¿por qué no aproveché mi vida antes de que la catástrofe iniciara? Pude haber reído hasta que me doliera la barrida, bailado por horas sin cesar, comido más de ese pastel de chocolate y disfrutado al máximo mi existencia… El problema es que nunca se sabe cuándo será ese último buen día.

Llevo más de 2 semanas aprisionada –así lo veo yo–, aún hay comida en la nevera y en el cuarto de reserva, mi abuela y mi mamá dejaron de consentirme y se dedicaron a buscar algo productivo para hacer, Pilar sigue discutiendo conmigo y haciéndome enojar, los profesores no paran de llenarme de trabajos y el tiempo que invierto sentada frente a la pantalla del computador me empieza a exasperar…

Tengo fe en que este castigo acabará y volveremos a la agobiante cotidianidad, puede que tarde 2, 3 o en el peor de los casos, 4 meses más, pero sé que la tormenta terminará y el sol saldrá para relumbrar. Hasta entonces seguiré ocultándome en las paredes de mi hogar.
Este contenido hace parte del especial
Diario de la pandemia

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