El desafío médico en una unidad de cuidados intensivos

Texto por María Isabel Flórez Ramírez

Fotografías por Francisco Àvia –Hospital

Clínic  de Barcelona

 

Desde hace 27 años, Juan Diego Ciro trabaja en cuidados intensivos y allí se contagió de covid-19 tratando de salvar la vida de quienes tenían el virus. En Medellín, cada médico como él pasó de atender unos 10 pacientes al día, a entre 20 y 25.

La peste negra que se desató entre 1347 y 1351 cobró la vida de unos 75 millones de personas. La viruela, en 1520, se llevó a 56 millones. La gripe española y el sida, entre 35 y 40 millones. El covid-19, con 141 millones de casos, 3 millones de muertos y unas cifras que van en ascenso, es la problemática de salud pública más grave de este siglo.

Juan Diego Ciro es médico de la Universidad Pontificia Bolivariana y anestesiólogo intensivista graduado también en esa institución. Además, hizo una maestría en bioética en la Universidad CES.

Trabajá en la Clínica Las Américas, de Medellín, desde 1994. Allí ayudó a crear la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) y actualmente pertenece a algunos comités de ética en investigación y comités de ética hospitalaria de la ciudad y de otras capitales en Colombia.

Este es su testimonio sobre cómo trabaja hoy el personal de salud en Medellín, con clínicas y hospitales a reventar por el número de pacientes contagiados con el virus:

Una jornada atendiendo covid

“El primer paciente que tuvimos en la clínica llegó cuando ya habían otros casos en la ciudad. Fue un paciente del Chocó y la historia es muy bonita porque su hijo lo trajo en un carro que alquiló en Quibdó con un balón de oxígeno que había comprado; fue esa acción tan oportuna lo que le salvó la vida.

Tuvimos la ventaja de que fue el primero y no se nos murió. Eso nos dio una luz de esperanza, entendimos que no todos los pacientes se nos iban a morir y que podíamos tratarlos.

Siempre que llego al área covid me pongo un overol que tiene escafandra y unas polainas para cubrir completamente el cuerpo; uso una mascarilla N95, adicionalmente una mascarilla quirúrgica y unas gafas. Para entrar a la habitación de un paciente tengo que ponerme unos guantes sobre los que tengo una blusa quirúrgica y me pongo un visor adicional.

Los pacientes casi siempre están sedados e intubados, entonces no puedo interactuar con ellos. Reviso las bombas de infusión y el respirador, también verifico presión arterial, signos vitales y oxigenación. Debo cerciorarme de que los catéteres y las sondas por donde los alimentamos y por donde orinan no estén infectados o sangrando.

Antes de salir de la habitación me tengo que quitar los guantes e higienizarme las manos que todavía tienen otros guantes por debajo. Salgo de la habitación, me quito los otros guantes y la blusa quirúrgica. Me lavo las manos una vez más y limpio las gafas, boto una de las mascarillas, limpio el visor y me vuelvo a lavar las manos.

Con el paciente me demoro alrededor de unos cuatro o cinco minutos, pero poniéndome y quitándome la ropa me demoro entre siete y diez minutos.

Para ese punto ya estoy demasiado cansado, deshidratado por la cantidad de ropa que llevo encima, realmente hay un desgaste físico y mental inmenso.

Normalmente cada intensivista ve 10 pacientes. En este momento cada intensivista está viendo entre 20 y 25 pacientes a la vez, es decir, hemos casi triplicado nuestra capacidad.

En numerosos hospitales del mundo, hasta los quirófanos se volvieron espacios para la atención de pacientes con el virus. Foto Francisco Àvia, Hospital Clínic de Barcelona

La llegada del covid

En Colombia nos demoramos demasiado en pensar qué íbamos a hacer. En más de un año de pandemia logramos abrir en Medellín solo 1000 camas de cuidados intensivos.

Desgraciadamente, pegado a esto van a las instituciones que dicen que requieren el 10% de las ganancias de las hospitalizaciones por covid, aparece la corrupción más grande sin ningún contexto social, no sacrifican nada para construir más unidades, sino que antes aprovechan la oportunidad para enriquecerse.

Antes, con lo que fue la gripe aviar, la gripe porcina (H1N1) y el ébola, nos preparamos académicamente, pero como estas epidemias llegaban muy suaves o no llegaban porque las alcanzaban a controlar en otros continentes, pensamos que jamás nos iba a tocar una pandemia de estas tan brava.

Cuando empezamos a ver la catástrofe que iba a ser el coronavirus, nos preparamos muchísimo más, leímos todas las guías que hicieron los chinos e hicimos simulacros prácticamente para todo. En el momento en que llegó el primer paciente ya teníamos el protocolo muy introyectado y eso nos dio más tranquilidad.

Ver morir a la gente

La perspectiva de la muerte puede cambiar en las personas de acuerdo con su experiencia de vida. Para los médicos algunas veces esta se convierte en un fracaso de nuestra labor y acarrea un estrés grave que, por ejemplo, ahora con esta pandemia es mucho más difícil.

Todo el mundo cree que cuidados intensivos es una escala para morirse y no es así. Hay pacientes que salen adelante, yo tengo un espíritu de batalla con cada uno de ellos.

Pero a veces el organismo no responde a los tratamientos y aprender a parar en esos casos, cuando ya se ha hecho suficiente, también es algo bueno, es algo que tenemos que aprender tanto los médicos como todas las personas.

En pandemia tenemos una connotación diferente porque es mucho más compleja, los pacientes se nos mueren solos, se mueren sin la familia alrededor, con el estrés de una enfermedad muy severa que no les permite respirar.

Tratamos de acompañar a esas personas hasta que fallecen y eso no es fácil, es de lo más difícil que hemos podido atravesar. En algunas situaciones hacemos el esfuerzo por vestir con ropa quirúrgica a alguien de la familia para que lo trate de acompañar, pero no siempre se puede.

Esa parte ha sido lo que a mí personalmente más me ha afectado y he tratado de que todas las personas que fallezcan en el área covid mientras sean infectantes den sus últimos suspiros por lo menos con una mano cercana.

Ver morir a la gente se puede convertir en un privilegio, ver que somos tan frágiles me ha hecho poner los pies sobre la tierra y entender con mucha tranquilidad esta fase de la vida.

El miedo

Llegar a mi casa siempre ha conllevado un estrés muy grande porque tengo que dejar mis cosas a un lado, darme un baño y no tener mucho contacto con mi esposa y mis hijas para no contagiarlas.

En una época llegué a tener muchos conocidos con coronavirus y me quería demorar más tiempo con ellos conversando, explicándole las cosas y apoyándolos, por lo que tenía más riesgo de contagio, me expuse demasiado.

Un día me empezó a doler la cabeza muy fuerte, inmediatamente le dije a mi familia que se aislara, me hice la prueba y salí positivo.

La primera semana fue relativamente tranquila, pero llegó el séptimo día y me empecé a desaturar, tenía fiebre alta y dolor en el pecho. Me pusieron oxígeno y estuve 45 días con él, por lo que tuve que hacer una rehabilitación de la parte pulmonar.

No podía hacer lo que cotidianamente hacía sin ayuda del oxígeno, me cansaba demasiado y me daba mucho dolor en el pecho. Ahí empecé a pensar en otras cosas más allá de la vida, me angustié bastante.

El tercer pico

Con este pico está pasando algo muy interesante, ya no están los mayores de 80 o 90 años, lo que quiere decir que la vacunación ha sido muy efectiva. El virus está atacando a personas más jóvenes.

La ola que estábamos esperando era de la Semana Santa. Sin embargo, los enfermos que están llegando se contagiaron antes. Los siguientes días esto se tornará peor, pues se suman a este pico quienes se contagiaron en Semana Santa.

Los toques de queda ayudan demasiado. Desde el punto de vista médico, la solución es muy fácil, pero no puede existir esa desconexión con la parte social, las personas tienen que trabajar porque tienen que comer.

Dentro de las instituciones redactamos unos documentos sobre cómo definir las prioridades para las unidades de cuidados intensivos. En la primera y la segunda ola prácticamente ni los miramos, pero con este incremento tan masivo de pacientes y con la dificultad en la atención, hicimos unas reuniones donde decretamos la limitación de recursos para poder atender a las personas.

Se tienen establecidos unos parámetros donde se califica a cada paciente, se evalúan las enfermedades que tiene, cómo sería su recuperación en UCI y si pueden o no ser candidatos para un respirador.

El uso del tapabocas, el distanciamiento social, el lavado de manos y evitar las aglomeraciones son normas básicas que hay que respetar para contribuir a la mitigación de los contagios y la mortandad que estos generan.

Todavía nos falta mucho para volvernos a abrazar unos a otros y si no nos comportamos como debe ser, nos va a faltar mucho más. ¡Qué bueno sería que nos podamos volver a reunir todos sin decir que nos falta alguien”.

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