Stay home, stay yoga

Lunes 26 de mayo, Medellín
La cuarentena ha sido motivo de evolución para María Isabel Osorno, una joven que ha sabido adaptarse a una situación que, mientras para muchos es caótica, para ella es un momento de reinventarse y volverse más fuerte. Instagram se ha convertido en la mejor herramienta para ella para transmitir conciencia y calma a sus seguidores. Testimonio.

El comienzo

Pongo la alarma entre las seis y las siete de la mañana, aunque antes de que el coronavirus invadiera la rutina del mundo entero me despertaba a las 4:30 a. m. Ahora puedo dormir un poco más y eso me gusta.

“¿Usted por qué madruga tanto?, ¿por qué se levanta tan temprano?”, me llegó a preguntar una que otra persona que no sabe lo que es disfrutar una clase de yoga desde antes o durante la salida del sol.

En medio de la niebla y las mañanas frías me monto en el carro de mi papá y me dirijo a las casas de mis alumnas de los estratos más altos de la ciudad. Desde hace siete años trabajo haciendo esto.

Todo empezó estando en último grado de bachillerato, en 2013, empecé a asistir a clases de yoga en la academia Yoga Integral Shakti, ubicada en el barrio San Marcos de Envigado. En ese entonces no se hablaba casi de esta disciplina, era vista por el público joven como algo religioso y aburrido; sin embargo, a mí me interesabe mucho aprender sobre esto.

 

Preparando una clase online.

–¿Cómo así que la niña se va cambiar de religión? –le preguntaba mi abuela a mi mamá, pensando que iba empezar a practicar “esas cosas raras de la India”.

–Ma, eso no es ninguna religión, eso es como un estilo de vida, pero ella no va a cambiar nada –le decía mi mamá para evitar el drama.

A mis 17 años ya me había graduado del colegio y como profesora de yoga. Al comienzo el tema no era muy bien aceptado por algunas personas de mi familia, pero mis papás y mi hermana me escuchaban y en algunas ocasiones asistían conmigo a eventos.

Siempre había practicado desde muy pequeña deportes o disciplinas similares: estuve en gimnasia cuando estaba en primaria y más adelante me sentí muy cómoda bailando ballet. Quizá mi pasión se debe a esto, ya que las posturas y la parte física del ballet y el yoga se relacionan mucho.

Un camino inesperado

Ser profesora no era un plan, al principio solo quería aprender. Sin embargo, la vida me fue demostrando que era muy buena para hacerlo y comencé a volverlo parte de mis días dando clases muy esporádicas entre mi familia y mis amigos.

Aún recuerdo la primera clase que di en el gimnasio Brazada en el barrio San Lucas. Fui contratada aun sin ser mayor de edad y mi mamá estuvo en primera fila. Tuvo una excelente acogida por parte de personas mayores que con el tiempo me agradecían por conseguir mayor flexibilidad y recuperar movimiento en su cuerpo.

“María, ¿y vos qué vas a estudiar entonces?, ¿qué te gusta?, ¿qué vamos averiguando o qué?”, me preguntaba mi papá. Él me veía como la ingeniera de sus sueños o lo que fuera, pero graduada y con un trabajo estable.

Mi mamá era un poco más flexible, pero también apuntaba a que me convirtiera en profesional e invirtiera de alguna manera mi tiempo. Una vez graduada no logré decidirme, me gustaban muchas cosas y a la vez nada. Me tomé seis meses entonces para estudiar inglés y seguir aprendiendo de yoga. Aquí empecé a notar  cambios positivos en mi cuerpo, en mis hábitos y en mi mente.

Fluir para avanzar.
Tiempo de cambios

El 2014 fue un año de varios sucesos inesperados. Mi maestra de yoga me asignó el grupo de niños de la escuela para ser su profe y me decidí por fin a estudiar Diseño Industrial en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Terminé mi primera relación sentimental. Sucedía una cosa tras otra. Seguí aprendiendo y fortaleciéndome.

En 2016 renuncié a mi trabajo como profesora de yoga de niños dado que mi experiencia en el tema iba tomando algo más de valor y tiempo. Por los mismos días me aumentaron las horas de clases en el gimnasio Brazada. Allí encontré un espacio no solo de trabajo, sino de amistad y mucho aprendizaje.

Conocí a muchas personas y viví experiencias que marcaron mi vida. La relación con el papá de mi anterior novio era muy buena y con ellos continué compartiendo algunas experiencias de yoga, trabajo, fotos para publicidad para su marca Yoga Warrior, entre otras cosas que aumentaron mis ganas de seguir con ese estilo de vida.

Por el otro lado estaba la universidad, muchos trabajos en grande, un ir y venir constante y una relación con alguien que me enseñó lo importante que es el amor propio.

Por ahí dicen que nuestra luz se enciende en momentos de mayor oscuridad y así fue como lo percibí una vez que me encontré conmigo misma y dejé de lado el miedo.

Volví a disfrutar de la soledad y de la paz que encuentro estando en casa y en familia, sintiendo muchas veces que no necesito nada más para estar tranquila.

Un paso más
Instagram se volvió una red importante para sus clases.

En 2017 empecé a ofrecer el servicio de clases personalizadas a domicilio. Al comienzo tenía muy pocos alumnos, pero todos con muchas ganas de aprender y practicar yoga. Seguí dando mis clases y capacitándome en otros cursos.

Además, logré llevar a cabo mi primer retiro de yoga junto con dos amigas bastante capacitadas en otros temas y lo llamamos Sánate para Sanar, y así fui empezando a dejar huella en la vida de otros. Desde este momento me nombre en Instagram como @Mariainspiration_.

La cantidad de alumnos personalizados fue creciendo, me recomendaban entre ellos y me invitaban a eventos un poco más grandes: conferencias para el Grupo Éxito, meditaciones guiadas, clases para empresas como Punto Cardinal Comunicaciones, Noel, centro comercial Santa Fe y algunas colaboraciones en actividades con Lina Hinestroza, fundadora de Alma Rosa.

“¿Ahora qué me falta?, quiero hacer todo, pero no me está alcanzando el tiempo y me estoy agotando más de lo normal”. Esto fue lo que me pregunté durante los 2 primeros meses del año 2020, hasta que encontré la respuesta en una conversación con una profesional y maestra astróloga.

“Mi niña, no tienes que seguir haciendo algo que no quieres. Tienes un poder muy grande en tus manos que es transformar vidas. Viniste a cambiar el mundo y esa es tu misión, no te distraigas más, esto es lo tuyo y nadie puede quitártelo”, me dijo.

Esas palabras las había estado necesitando desde hace mucho tiempo; sin embargo, pensé en que nunca es tarde para ese tipo de llamados que la vida nos hace. Así que tomé la decisión de dejar a un lado toda mi carrera universitaria que en definitiva no me estaba dejando nada más que cansancio y resignación.

Mis papás lo aceptaron y con buenas palabras me demostraron su apoyo con este gran sueño.

Una reinvención inesperada
Alumnas aprendiendo desde casa.

Todo estaba creciendo muy rápido hasta que llegaron las medidas a tomar por el  covid-19. No me quise quedar quieta mirando cómo todos se llenaban de angustia y me propuse transformar mi forma de trabajo para llegar a más personas y brindarles bienestar en este “tiempo de crisis”.

¿Con cuáles herramientas contaba?, ¿cómo iba a crear un nuevo plan de clases?

Me fui para Falabella con mi papá y me metí en una deuda para comprar un ¡Phone 11, el último y el que veía que usaban muchas personas como medio de trabajo. Confiaba plenamente en que podría tener excelentes resultados grabando mis clases con este celular y así me resultó un poco más fácil llegar a la gente.

Cuando daba todo por perdido, que muchas personas iban a dejar de moverse y que ya no iba a tener casi ingresos para ayudar en mi casa, todo dio una vuelta y las oportunidades comenzaron a llegar para vencer ese temor.

Mis alumnos personalizados eran mi mayor preocupación, pero para ellos hice un plan mensual de acuerdo con las clases que antes veníamos haciendo. Con la ayuda de una amiga logramos crear mi sitio web y a través de este mis alumnos pueden ingresar a un link privado con clases de una hora.

Para ellos, estas son producidas con calidad y con mayor intensidad dado que ya tienen un buen rendimiento. Pongo música de fondo de relajación y explico cada movimiento con mayor detenimiento; los asesoro por medio de WhatsApp y hago una retroalimentación personal de los videos que me comparten haciendo alguna postura.

Después de venirlo planeando meses atrás, por fin abrí mi canal de YouTube y mi Instagram ahora se encuentra lleno de videos tutoriales para el público general de posturas como el escorpión, el paro de cabeza o el split.

Aprendí a editar videos, a hacer plantillas y a descargar música. Comencé a compartir clases en vivo y en una semana había conseguido 500 seguidores más de los que tenía antes de la cuarentena.

Su canal en Youtube.
Nuevas rutinas

Un mat (colchoneta para yoga), un buda, algunas velas y un bafle hacen parte del montaje de un estudio improvisado que organicé en la sala de mi casa.

Subiendo fotos a mi cuenta @Mariainspiration_ y motivando a las personas, se fueron uniendo más alumnos a la práctica, los mismos que hoy agradecen que las clases sean virtuales para disfrutarlas en su casa y hacerlas en el horario que ellos elijan.

También recibí algunas llamadas y mensajes de marcas como por ejemplo Estivo, de vestidos de baño, para publicar rutinas de yoga de 15 minutos en su perfil, al igual que Coletex, quienes me pidieron grabar una meditación guiada para todos sus clientes.

No todo el tiempo se me facilita grabar las clases y mantenerme productiva. Al compartir el espacio con mi familia debo tener en cuenta que no siempre va a haber silencio y que hay otras cosas por hacer como cocinar y organizar la casa.

Llegué a ver el ruido como una distracción para que todo fluyera bien, sin embargo he logrado manejarlo aprovechando algunos momentos claves del día para poder grabar y ellos siempre se han mostrado flexibles y colaboradores.

No hay nada que me haga más feliz que muchas personas me envíen sus fotos o videos haciendo las clases con sus familias y sus mascotas al lado, e intentando todas las “piruetas” que con mucho cuidado y amor explico en mis videos. Gracias a este tiempo en casa he logrado conocer otras habilidades en mí y saber que siempre puede ir más allá.

Sus alumnos recibiendo su clase virtual.

María Isabel Osorno Quiceno nació el 22 de septiembre de 1996 en el municipio de Envigado. Tiene 23 años y vive con sus padres, Elizabeth Quiceno y Juan Carlos Osorno, y con su hermana menor, Ana Sofía Osorno.

Se graduó como profesora de yoga de la escuela Yoga Integral Shakti y realizó un segundo profesorado del que se graduó de la misma escuela como Senior de Yoga.

Comparte el yoga como su estilo de vida. Le gusta cocinar y pintar. La cuarentena ha significado una gran oportunidad para “darse a conocer” y para transmitir a sus alumnos y seguidores todo su conocimiento y pasión por esta disciplina.

Este contenido hace parte del especial
Diario de la pandemia

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