¿París o Hollywood?

María Paulina Valdés

La serie se torna arrogante al mostrar a Emily como la chica optimista perfecta, con perfiles de redes sociales impecables, y como la estadounidense que llega a imponer sus ideas.

 La serie de televisión estadounidense Emily en París se estrenó el pasado 2 de octubre en la plataforma de streaming Netflix. Creada y producida por Darren Star, esta serie es protagonizada por la famosa actriz Lilly Collins quien interpreta a Emily Cooper, una estadounidense que viaja a París tras una oferta laboral de una reconocida firma francesa.

La serie empieza situando a Emily, una seguidora de la moda y las redes sociales, trabajando en la sección de marketing de una empresa en Chicago. Su jefa, Madeleine, le pide que viaje a Francia a representarla en un cargo de una compañía parisina que no podrá asumir debido a su embarazo; y la estadounidense optimista acepta. Le cuenta a Doug, su pareja, sobre su viaje a la ciudad de las luces; él se nota molesto y le comenta que ella ni siquiera habla francés pero Emily, convencida de su viaje, le responde que fingirá hasta lograr aprenderlo. Este periodo de la serie acontece en menos de cinco minutos por lo que se le ve a la joven casi de inmediato viviendo en la gran ciudad.

Desde su llegada al nuevo puesto de trabajo empiezan los estereotipos parisinos por los que la serie ha recibido una ola de críticas. Muestran a sus colegas como personas despectivas, groseras y aisladas, por lo que la protagonista encuentra una amiga de origen asiático, con quien comparte sus disgustos por los franceses.

Con la llegada de nuevos personajes, en este caso masculinos, se muestra a los hombres franceses como personas infieles que van solo en busca de aventuras, además de ser poco aseados puesto que no se bañan a menudo según expresa un personaje para “conservar el olor de las mujeres con las que han estado”. También se evidencian algunos rasgos sexistas en estos personajes y dan a entender que su cultura está atrasada en varios aspectos respecto a la imagen cultural de la mujer y su papel en la sociedad.

Mientras que la comedia romántica se desenvuelve entre los numerosos romances con coquetos franceses que tiene la protagonista.

La serie se torna arrogante al mostrar a Emily como la chica optimista perfecta, con perfiles de redes sociales impecables, y como la estadounidense que llega a imponer sus ideas, que hace ver como las únicas ciertas y con funcionalidad en una cultura de la que no es miembro; ni de la que hizo un mayor esfuerzo por aprender su idioma, lo cual se puede tornar algo irrespetuoso e interpretar como una supremacía norteamericana manifestada de manera indirecta.

El francés Charles Martin, reconocido crítico, afirmó que: “En Emily en París nos enteramos de que los franceses son todos malos (sí, sí), que son vagos y nunca llegan a la oficina antes del final de la mañana, que son coquetos y no están muy apegados al concepto de lealtad, que son sexistas y atrasados, y por supuesto, que tienen una relación cuestionable con la ducha. Sí, no se escatima ningún cliché, ni siquiera el más débil”. Opinión muy notable puesto que esta comedia romántica logró ofender a toda una cultura e incluso a algunos que no pertenecemos a ella, como es mi caso.

El mismo día oficial del estreno, decidí comenzar a ver esta serie que llevaba esperando desde su anuncio. Sin embargo, los exagerados clichés, los marcados estereotipos, las infinitas boinas, baguettes y cigarrillos, y la predecible trama no lograron llenar las expectativas que tenía. No obstante, puedo resaltar los hermosos paisajes de la ciudad que se evidencian en la grabación, junto con la fascinante colección de atuendos de diseñadores como Kenzo, Christian Louboutin y Chanel que viste la protagonista, además de las estrategias del mundo digital y de las redes sociales que se pueden apreciar en distintas escenas.

Emily en París es una serie de tomas y vestimentas encantadoras pero sin hondura. Si eres una persona a la que le gusta la moda y las redes sociales la recomiendo, siempre y cuando tengas en cuenta que los estereotipos no son más que eso y que vivir en París no te traslada de inmediato a un mundo irreal al estilo hollywoodesco.

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