¡Por favor, ya no más!

María Camila Gómez Ortiz

Yo no posteé nada. Tampoco compartí imágenes, ni siquiera opiné.
Como en muchas otras de las situaciones que me superan: me pasmé. Aterrada, confundida, perturbada, traté de entender. 

La información fue tanta; una opinión por cada cuenta en Instagram, en Twitter y en cada medio de comunicación, cientos de versiones. Pero un único video. Aun así, seguía sin entender. Estaba tan sumida en mis propios asuntos, que parecían más apremiantes, que quise tener un acercamiento a los hechos cuando tuviese el tiempo de apreciarlos bien; si es que algo así puede entenderse. De alguna manera, presentía el luto interno que vendría luego. 

No me equivoqué.

Desperté y busqué el video. No lo resistí. En menos de la mitad de la reproducción estaba transpirando por manos y pies, me dolía el pecho y, sin aviso, comencé a llorar. Era yo quien grababa, era yo quien suplicaba que lo soltaran; me sentí ahí dentro, como testigo silenciosa de un crimen, de un abuso y, retando mi agnosticismo, de un pecado. Cada «por favor, ya» me hacía sentir indefensa, miserable. Mierda. Javier fui yo, pero también le puse el rostro de mi papá, quien por su carácter colérico en cualquier impulso imprudente puede quedar bajo las piernas de un bruto con poder. Luego, fueron amigos y conocidos; y después, fuimos todos.

Mi sentimiento es un dolor nuevo, nacido de la empatía y la conciencia, pero también desde una responsabilidad social y, ahora, profesional. No tuve otro camino que el único conocido en estos casos: cuestionármelo todo. Las preguntas fueron: ¿qué debo hacer?, ¿cómo se ayuda?, ¿y si también doy mi opinión?  Pienso que cualquier publicación en redes sociales sería insuficiente, es casi como una tendencia social, incluso una presión. Un amigo subió en sus historias de Instagram una frase junto con el aterrador video, y se preguntaba algo como: “¿Por qué no los veo indignados?, ¿por qué no suben una foto negra, un hashtag?”. Con esa última, hacía referencia al caso de George Floyd, y yo pensé: “La nueva forma de indignación son las redes”, que me parecen tan ruidosas y tendenciosas.

Pero entonces, ¿llevo mi indignación a las calles? No, no creo que sea prudente; además, no tengo el heroísmo, o tal vez el suficiente ímpetu de exponer mi vida así; aunque entiendo a las personas que ahora mismo quisieran incendiarlo todo. La mayoría de las revoluciones y cambios sociales a lo largo de la historia se han logrado así, pero quiero creer en que Darwin, al plantear la evolución humana, no hizo referencia solo a aspectos físicos.

Resolví que tengo dos formas de ser parte del cambio o, por lo menos, de sentir paz conmigo en días como hoy. La primera, mis palabras, siempre tan insuficientes; la segunda, la educación.  Y todo converge en la segunda. Este dolor social que hoy se llama Javier Ordoñez, pero que también fue Dylan Fuentes y Daniela Quiñones y tantos otros con identidad propia, debo curarlo entendiendo, dándome la oportunidad de ir más allá del post, llenándome la cabeza de argumentos, palabras sabias y poderosas, leyes y prosa.

Así, un día defenderé mis ideas y alzaré mi frente con autoridad, tal vez desde las grandes ligas, donde el eco de las opiniones sí sea escuchado o, quizás, educando a otros. Mientras tanto, decido cambiar el mundo desde la empatía y darle siempre prioridad a la dignidad humana. No suscitando la violencia ni las decisiones mediáticas apresuradas; sino favoreciendo la verdad, pero, sobre todo, creando seres humanos capaces de atender ante un ¡por favor, ya no más! De quien sea.

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