Un hacedor de muñecos

Texto por Aura Cristina Arcila, Luisa María Montes, Carlos Enrique González

El Zarco se quedó con las ansias de conocer el nuevo trabajo que le habían ofrecido, pero nunca imaginó que sería su primera “vuelta para quebrar a alguien”.

Después de una charla en el despacho del sacerdote amigoniano, Carlos Mauricio Agudelo, esperábamos en una mesa en forma de U cuando de repente llegó el Zarco, quien por ser menor de edad prefiere nombrarse como Juan Camilo, un joven con una altura de más o menos 1,72 metros, de piel morena, contextura atlética y un extenso tatuaje que cubre su antebrazo derecho; lleva un reloj con una cruz encima y dos rosas a cada lado. Juan Camilo resalta de entrada por sus grandes ojos color verde oliva, adornados con cejas pobladas y largas pestañas. Toma asiento con timidez y se dispone para ser presionado por preguntas. Su semblante rígido hace que le propongamos salir a un lugar donde se sienta más relajado.

Nos ubicamos en el pasillo de Casa Blanca, un edificio más del Centro de Atención al Joven Carlos Lleras Restrepo, al fresco de la tarde nos sentamos en la esquina de un pequeño balcón, donde el muchacho empezó a revelarnos su identidad. Al poco tiempo de empezar a hablar, el Zarco se acomoda el tapabocas y descubre su pulido rostro, de sonrisa tierna, con dientes pequeños, nariz prominente y labios gruesos.

El siguiente relato contiene narraciones de violencia y drogadicción:

“Yo me había puesto tapabocas, guantes y gorrito, así como un enfermero. Terminé el trabajo y ya luego botaron los restos en una bolsa negra por la vía Las Palmas; entonces al patrón le gustó como yo camellaba. Me ascendió de rango; me puso a llevar la contabilidad, a liquidar y de vez en cuando hacer vueltas de despedazar muñecos”.

La vida de Juan Camilo comenzó en los alrededores de Ituango; su madre hacía el aseo de una de las zonas de Hidroituango, hasta que con las irregularidades de los contratistas vino el ahorro en los materiales de construcción de los túneles y pasillos internos, y el recorte de personal de servicios generales y personal administrativo.

Sus hermanas, Jezabel y Rosario, ya habían tomado la calle desde sus 14 y 15 años, respectivamente, y se habían entregado a matrimonios de facto a cambio de drogas y alcohol. Él, a sus 11 años, había quedado como único sostén económico de su madre enferma, quien padece de un tumor cerebral y de insuficiencia cardiaca; además, agrega que no se amañaba mucho con su madre, le generaba estrés y prefería salir a dar vueltas por Ituango.

“A mí sí me gustaba mucho el estudio, incluso aún me gusta; me encantaba leer, pero por necesidad de dinero y por influencias de amistades me dejé llevar por el vicio y el crimen; luego de que salí de mi tierra y me vine a vivir al barrio Manrique, mi mamá comenzó a hacer aseo en casas, uno que otro día al mes”, cuenta Juan Camilo.

A pesar de su interés por educarse, continuó las desventuras hurtando y consumiendo drogas, por tal motivo, su familia decidió internarlo en Hogares Claret (institución social), con la intención de rehabilitarlo. Desafortunadamente, allí encontró compañeros que lo siguieron llevando por caminos sombríos. Se escapó de la institución para volver a su casa, fue recibido, pero al poco tiempo, mientras iba “de roce”, unos conocidos de Claret le presentaron al Viejo, un cabecilla de la zona. La escasez de dinero y el placer de callejear del joven lo tentaron a pedirle trabajo, a sus 12 años empezó en el negocio ilegal como campanero, “¡AGUA, AGUA!”, era lo que debía gritar cada vez que un policía se acercaba.

Juan Camilo comenzó a moverse por las calles de Manrique, a vender drogas y participar en robos. Poco a poco comenzó a consumir marihuana, cocaína y ‘ruedas’ (pastillas). Alternaba sus largas estadías en la calle con fines de semana al lado de su madre. Ella, Maria Piedad, hacía cuanto sacrificio podía para intentar sacarlo de ese mundo; lo internó más de una vez en los hogares de rehabilitación Claret y lo hizo jurar que se volvería un joven sobrio y limpio de drogas.

El comienzo de la sangre fría

Luego de varios meses comenzó a necesitar más plata; quería comprar ropa y no le alcanzaba, porque los 100 o 200 mil pesos diarios que conseguía se los “mecateaba”; “plata mala, por donde venía, fácil se iba”, recuerda Juan Camilo; además, necesitaba ayudar a su madre a pagar el alquiler de su casa. Un día se encontró con su jefe, quién lo vio desalentado y le dijo:

–¿Qué tiene Zarco? –le replicó el patrón. 

–Necesito colaborarle a la cucha con el arriendo y me toca comprar ropa.

–¿Necesita plata? ¡Listo! Ahora lo llamo –contestó el patrón al otro lado de la línea.

El Zarco se quedó con las ansias de conocer el nuevo trabajo, pero nunca imaginó que sería su primera “vuelta para quebrar a alguien”, y mucho menos se le pasó por la cabeza que, además de “quebrarlo”, tenía que llevar al elegido a una pieza de un apartamento barato y ‘picarlo’. “El patrón me dijo: ¿Cuánto necesita? Y yo: No, por ahí 800. Y me dijo: Le voy a dar 1.500.000. Nunca me esperé el trabajo que me iba a proponer, porque yo nunca me imaginé que lo iba a hacer, matar a alguien, pero no la típica de ir y quebrarlo por allá, era más distinto; era en una pieza pa’ picarlo”, relata el joven, que aceptó el trato por un millón y medio de pesos.

“¿Sabe qué? El señor de Girasol, Girasol es un supermercado que queda ahí a una cuadra. El señor había tenido una discusión por una plata, que la pusiera como quisiera que no iba a pagar nada, el man se picoteó y lo mandó traer, lo metieron, cuando yo pillé que me pasaron como una especie de hacha, pero más pequeña y me dijeron que lo picara y lo metiera en una bolsa, que ya los otros se encargaban de botarlo. Me dio mucho susto, porque yo nunca había hecho eso, y tampoco sabía cómo hacerlo, a uno le enseñan. Me colocaron un tapabocas, guantes y me colocaron hasta un gorrito, así como un enfermero, y yo empecé, el man lloraba, era un señor de edad, lloraba y me decía que no… Yo iba era por la plata, a mí la plata me vuelve loco, me decía que no, que no lo fuera a hacer, que él tenía familia, empezó a rezar y rezar, porque sabía que yo iba de ahí para arriba. Y no sé, los nervios me causaban risa, yo lo veía así y a mí me daba risa. Bueno, entonces yo terminé y ya lo tiraron”.

Su expresión fría no da cuenta de los hechos macabros que relata.

A partir de este punto, Juan Camilo se convirtió en el mejor descuartizador de la organización y no le volvió a faltar trabajo, también lo pusieron a armar baretos, llevar la contabilidad, liquidar y hacer ese tipo de “vueltas” tétricas. Él relata que le comenzó a ir tan bien económicamente que hasta pudo conseguir mujer, una chica prepago y webcam, 14 años mayor que él; se fue a vivir con ella, hasta que se aburrió y comenzó a perderse de su hogar cada ocho días, en orgías de alcohol y droga.

“Yo nunca pensaba en tener algo serio con ella, pero me fui enamorando; yo estaba en la casa y me decía: viene un cliente, eran clientes fijos de Panamá, Estados Unidos y yo me iba y quedaba dolido; entonces la quería, me gustaba, pero veía eso  y quedaba mal de la cabeza”.

Su extraño idilio de amor duró hasta que su mujer fue de visita a donde la familia en Caucasia, y de regreso su bus tuvo un accidente en el cual murió. “Fue muy duro, porque llevábamos muchos años. Yo la quería y nos entendíamos para muchas cosas”, recuerda Juan Camilo.

A pesar del dolor, siguió “camellando en forma”, hasta que llegó una de sus amigas prostitutas, Juliana; y ella le propuso el que habría de ser el último “encargo” de su atroz carrera delictiva:

–Hay un gringo que porta la plata y es cliente, ¿qué vamos a hacer?

–Hay que hacerle la vuelta, lo que importa es la plata, lo secuestramos y bien –le contestó.

“Ella lo trajo a la casa y bien. Si algo yo soy su sobrino y usted mi tía. Le dije a Juliana”, nos cuenta Juan Camilo.

“Hice como que estaba estudiando, haciendo tareas. A las 5:00 p.m. llegó el mancito; un señor de 50 años, 1.60 de estatura y un cucho bien. Empezamos a hablar, yo tenía un socio y me había prestado un 38 (un revólver), y yo ya había hablado con la señora de enfrente que era mamá de otro socio con el que yo trabajaba, y me había arrendado la casa tres meses por adelantado sin preguntarme nada ni pedirme ningún papeleo. Cogí a ‘cachazos’ al cucho, lo metí a la pieza y lo amarré, le quité la ropa. Le saqué todas las tarjetas, lo mediqué con ‘ruedas’ y amitriptilina para que le hiciera perder el conocimiento y le hiciera decir lo que uno quisiera saber”.

El joven relata que lo tuvo retenido por nueve meses, dándole medicamentos, comida, cambiándole las sábanas y llevándolo al baño. Al gringo le llegaba una pensión de 9 millones mensuales.

“Al final se le puso la piel rara, y ya estaba muy flaco el gringo. A pesar de que yo lo alimentaba, a los pocos días se murió. Quedó muñeco, entonces lo llevé pal baño y lo colgué en unos tornillos que son para colgar la ropa, quedó así colgado de los tobillos perforados y le moché la cabeza para que se desangrará el cadáver en un balde. Luego llevé dos litros de hipoclorito y lo envolví en sábanas para quitarle la humedad y echar las partes en las bolsas; lo envolví en eso y luego en una parte de la maleta, eché la cabeza envuelta y en otra los pies, y me fui a dormir tranquilamente. Al otro día limpié todo el lugar, y me fui para la Asomadera en un taxi”.

En ese trayecto, un oficial de policía detuvo el taxi para una inspección de rutina.

–¿Qué tiene ahí? –preguntó el agente.

–Una ropita que está mojada –contestó Juan Camilo.

“Juemadre, me caí”, pensó en ese momento, cuando el oficial abrió la maleta vio una cabeza.
De inmediato lo trasladaron al Centro de Reclusión de Menores La Pola, en Medellín. Tuvo que contratar un abogado y enfrentar un juicio que le salió por 70 millones de pesos; dinero que recogió su madre entre los amigos. 

El cruel preocupado

En las audiencias judiciales, su madre, Maria Piedad, no dejó de repetir ante jueces y fiscales que su hijo tenía “las manitos más puras de este mundo”, que él no había hecho nada, que él era el niño de su alma. Hasta que fue condenado y ahora purga condena en el Centro de Justicia Restaurativa para Menores.

Afirma haberse convertido al cristianismo y que se entregó por completo a la reflexión espiritual y a las largas lecturas, dado que la cuarentena restringe sus visitas. Sin embargo, para este joven ha sido una situación tensionante, ya que él asegura que tiene problemas mentales y que no poder ver a su madre lo tiene al borde de la locura; pues él siente que en el reclusorio está seguro de un contagio de covid-19, pero le preocupa la salud de su madre, ya que como se mencionó, él era su único apoyo, tanto económico como emocional. Por este motivo, el centro en el que él está detenido, decidió darle un apoyo a su madre por un monto total de un millón de pesos.

“En la pandemia he reflexionado mucho sobre Dios, a mi mamá la pienso mucho; he tenido mucha ansiedad, porque como ella está enferma no quiero que se contagie. Acá adentro había positivos para covid-19 y me asusté, pero nos cuidamos mucho. Ellos se aislaron y no pasó nada gracias a Dios. Dios cuida a sus ovejas. Solo espero que pase rápido esta condena y poder salir a la calle y hacer una nueva vida, sin necesidad de fabricar más muñecos”.

Posts Recomendados