Papá Pifo: rescatando a mi tatarabuelo del olvido
Hay personajes que son como de fantasía y este es uno de ellos: entre muchas cosas que hizo está haber sido soñador de carreteras, sobreviviente de tres desastres aéreos y miembro ilustre de la masonería. Crónica de una leyenda familiar.

“Él era mochito –dijo mi abuela–. Después del accidente del avión del que se lanzó le dio una gangrena la berraca y le tuvieron que amputar las dos piernas. ¡Ten en cuenta que se lanzó antes de que se estrellara! Solo por eso sobrevivió… ¿Sabías que su bisnieto Luis Miguel les quitaba las piernas a todos los soldaditos de juguete de la impresión tan grande que le dio?”

La figura de mi tatarabuelo Papá Pifo estaba rodeada de mitos, pues quedaban pocos parientes que recordaran perfectamente cómo fue su vida. Su nombre era mencionado con frecuencia en las comidas familiares, se relataban una y otra vez las diferentes versiones de sus aventuras.

Sin embargo, fue hasta hace poco que descubrí lo increíble que fue Epifanio Montoya Díez: masón grado 33, sobreviviente de tres accidentes de avioneta y, sobre todo, un hombre que soñaba y soñaba con una carretera que lo llevara hasta el mar. Así, reconstruyendo su historia, me empeñé a salvar a mi tatarabuelo del olvido.
Sueños como para perder la cabeza
Lo primero que pude recuperar de Papá Pifo fue su acta de bautizo: nació el 21 de enero de 1899 en Amagá, municipio del Suroeste de Antioquia. Su familia ya era muy reconocida pues su padre Epifanio Montoya Uribe fue uno de los fundadores de la Federación Nacional de Cafeteros.

Las fotos lo muestran como un hombre serio de ojos inteligentes. En la gran mayoría de sus fotos no muestra expresión alguna, en especial en las que se le ve más joven. Me pregunto si era costumbre de la época o si se debía a la gran quiebra económica que tuvo su padre, la cual hizo que este enloqueciera y golpeara su frente con cuanta pared se encontrara.

Papá Pifo estudió ingeniería civil en la Escuela de Minas y llegó a convertirse en director nacional de vías, lo cual lo llevó a trabajar en grandes proyectos como la Carretera al Mar. Este último proyecto fue su gran sueño, por él fue el único sobreviviente de un terrible accidente de avioneta que lo dejó paralítico.
Papá Pifo y mamá Olga en su matrimonio. / Foto cortesía
No se rendía fácil
El relato de este accidente es lo que hace a Papá Pifo una figura legendaria dentro de nuestra familia, en especial porque había sobrevivido a otros dos accidentes sin herida alguna.

Cuenta la leyenda familiar que mi tatarabuelo estaba en la ciudad de Barrancabermeja, en el departamento de Santander, para coordinar algunos asuntos relacionados con la Carretera al Mar, un proyecto de 408 kilómetros de largo que conectaría a Antioquia con Urabá.

Barrancabermeja es un distrito a las orillas del río Magdalena donde el sol arde fuerte y dificulta el trabajo. A veces me pregunto si sentía miedo al hacer ese trabajo: los derrumbes eran constantes y a menudo se encontraban con dificultades topográficas.

Por otro lado, el tiempo en el cual trabajó en la carretera fue durante la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla, en la década de 1950. A pesar de todo, Papá Pifo no se rendía con facilidad.

Como muchos otros, estaba empeñado en cumplir la meta de conectar a Antioquia con el mar y siendo director nacional de vías llevaba ese sueño de tantos colombianos en sus hombros. Fuera como fuera, seguiría con ese proyecto hasta el final.
Uno de los accidentes
Para regresar a casa Papá Pifo debía montar en avioneta, algo que habría transcurrido con normalidad si tan solo el piloto no se hubiese emborrachado la noche anterior. La falta de sueño y el efecto del alcohol causó que olvidara echarle combustible a la avioneta. Como era de esperarse, a mitad del camino la aeronave comenzó a caer en picada.

Quién sabe lo que habrá pasado por la cabeza de Papá Pifo en ese momento: ¿sintió mucha angustia? ¿Habrá sentido frustración por estar en un accidente por tercera vez? Ya había perdido a su hermano Aquileo en el primer accidente en el que estuvo.

No alcanzo a imaginarme por lo que debió haber pasado en ese entonces, en especial porque la brevedad de los telegramas de la época solo le permitía avisarle esto a su familia: “Milagrosamente vivo, Aquileo muerto”.

Lo único que se sabe del tercer y más fatal accidente es que Papá Pifo no lo pensó dos veces: se lanzó al vació y cayó a toda velocidad para precipitarse a un risco al lado de un río cercano a Barrancabermeja.

Al parecer duró más de un día ahí con las piernas y la columna absolutamente destrozadas, vulnerable a la interperie y a los bichos que abundan en tierra caliente. Fue solo cuando la silueta del helicóptero de rescate se asomó sobre él que Papá Pifo dejó de sentir el ardor insoportable del sol en su piel.
Tras sobrevivir al tercer accidente de aviación, Papá Pifo quedó en una silla de ruedas. / Foto cortesía
Las consecuencias de la gangrena
El rescate, como lo describe su nieta Martica, parecía de telenovela. El estado de Papá Pifo era tan delicado que tuvieron que llevarlo en una sabana y subirlo al helicóptero. Su columna quedó hecha trizas y sus piernas parecían absolutamente irrecuperables.

Sin embargo, los médicos lograron que caminara de nuevo con ayuda de un bastón. Aún así, fue un proceso de superación muy dificil para él. «¿Y cómo era su actitud después del accidente? ¿Se deprimió?», le pregunté a mi mamá.

Ella rió mientras que sus ojos se llenaban de nostalgia. «No, Papá Pifo nunca se deprimió, ni siquiera después de que le amputaron las piernas años más adelante. Primero le amputaron una pierna por la gangrena y después le amputaron la otra.

Pero hasta el último minuto tuvo brillo en esos hermosos ojos miel y una fortaleza inquebrantable, aunque ya quedaba poco de ese hombre de 1.80 de estatura que yo conocía”.
Un hombre recio
Mi abuela Uchi cuenta que vivió con Papá Pifo y Mamá Olga desde los trece años hasta que se casó. En ese entonces era la moda que las niñas estudiaran en Medellín y como mis tatarabuelos vivían allá, Uchi tuvo que irse de su hogar en Barranquilla para mudarse a su casa.

Papá Pifo estaba trabajabando en la Congegación Mariana, la organización detrás de la construcción de la Clínica Cardiovascular Santa María. “Era templado, daba una orden y había que cumplirla”, dijo Uchi.

“Si le decías que ibas a salir y te decía que volvieras a las once, era a las once. Cero excusas. También tenía que tomarse un aguardiente con pedacitos de naranja todas las tardes a las seis, sin falta. La verdad creo que lo hacía para mitigar un poco sus dolores físicos.

Recuerdo que todas las tardes lo traía un un conductor del trabajo, se sentaba en una silla reclinomatic roja, le quitaban los zapatos, le traían su aguardiente con la comida y después se iba a dormir”.
“Tenía que tomarse un aguardiente con pedacitos de naranja todas las tardes a las seis, sin falta”, recuderda la familia. / Foto cortesía
Todo se lo hacía su esposa
Las diferentes versiones de mis familiares comenzaron a contradecirse. Mi mamá y mis tías pintaban a Papá Pifo como un hombre dulce y gentil que nunca fue duro con ellas. Mi abuela lo conoció como alguien estricto pero respetuoso, una figura de autoridad en la casa.

Algunos de mis parientes, como mi tía Martica, describen a Papá Pifo como alguien con un genio bastante fuerte que podía llegar a ser muy intolerante. “Mamá Olga, su esposa, tenía que hacerle todo. Sacarle la ropa, hacer la comida…mejor dicho, si no le sacaba los calzoncillos se iba sin ellos a trabajar. Y si la comida no estaba lista o no estaba hecha tal y como él decía, tiraba los manteles al suelo de la ira que le daba”, dijo Martica.

A pesar de las contradicciones en cuanto al carácter de mi tatarabuelo, siempre habían unas cuantas generalidades: era un hombre trabajador, serio y enfocado en cada proyecto que hacía, con una actitud y elegancia que te hacía respetarlo. Otra cosa que no era gran secreto entre la familia era que Papá Pifo ocupaba un rango de alta importancia en la masonería colombiana.
Prudente ante todo
Los masones han existido en el país desde la época de la Independencia, el mismo Bolívar fue uno de ellos. Hoy siguen en pie, aferrados a sus ideales de ser los mejores ciudadanos y mejorar el mundo con sus conocimientos en varias disciplinas. Resulta fascinante, más no sorprendente, que Papá Pifo haya sido uno de los masones líderes de Colombia. Después de todo, mis tíos lo describen como uno de los mejores ingenieros civiles del país en aquel tiempo.

Tenía amistades de la talla de Gonzalo Mejía, conocido por ser uno de los promotores y grandes empresarios del avance económico y social de Antioquia. También se codeaba con el presidente de ese entonces, Alfonso López Pumarejo, y otros hombres conocidos de la alta sociedad de Colombia.

Sin embargo, a pesar de ocupar un lugar privilegiado, Papá Pifo nunca habló mucho de la gran fortuna que tuvo su padre ni de su estatus como masón. Al contrario, mi mamá me lo describe con una bondad infinita por el prójimo y que era un bisabuelo amoroso.
La leyenda familiar afirma que se codeaba con uno de los presidentes de ese entonces, Alfonso López Pumarejo. / Foto cortesía
Conversión a la fe
Una de las enfermeras que lo cuidaba le contó a mi mamá con una gran alegría que gracias a ese hombre que estaba postrado en la cama, ella tenía casa propia, pues él se la había regalado.

“Papá Pifo era ateo porque los masones no creen en Dios”, dijo Martica. “Todo eso cambió después del accidente”. Al parecer, Papá Pifo pasó por un gran cambio después del accidente que lo dejó inválido.

La verdad no me parece extraño, después de un suceso tan traumático debió haber estado cuestionando sus decisiones de vida y las cosas que lo habían llevado hasta tal punto. Martica describió que fue una monja del hospital quien sacó a Papá Pifo de aquel estado y lo indujo a volver a la fe católica.

Esta mujer permanece anónima, pero es indudable que tras acompañar a mi tatarabuelo mientras se recuperaba en el hospital, lo convenció de asistir a un retiro espiritual en un lugar llamado la Casa Betania.

Nadie sabe lo que sucedió durante ese tiempo, pero al regresar Papá Pifo decidió confesarse públicamente y convertirse al catolicismo. Reunió a varias personas y contó la historia de su vida, confirmando sus lazos a la masonería.

Fue un cambio brusco y emocional para él, pues la conversión significaba dejar atrás su pasado como uno de los masones de rango más alto en el país. Había llegado a la última categoría dentro de la asociación y era muy respetado, por lo cual fue un momento muy difícil. Pero, como siempre lo hizo ante otros retos, no dejó que esto lo afectara. Siempre enfrentó todo hasta el final con esa misma tranquilidad y sabiduría.
Hombre de retos
Aunque su historia pareciera sacada de una novela o algo por el estilo, lo que más caracterizó a Papá Pifo fue un aspecto muy real del que muchas personas pueden aprender: la inquebrantable preseverancia con la que asumía cada reto.

Hay momentos en donde siento ganas de rendirme porque todo parece imposible y es ahí cuando mi mamá me recuerda sobre mi asendencia.

Pensar que uno de mis antepasados fue así de fuerte me inspira a seguir en sus pasos y adoptar esa misma obstinación de resistir y sobresalir.

Es por eso que Papá Pifo debía ser rescatado del olvido, para que su legado se quede con las proximas generaciones de la familia. Más que un masón grado 33, sobreviviente de tres accidentes de avioneta o constructor de un camino al mar, era un hombre fuerte y bondadoso cuya historia merecía ser contada.

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