Todos somos

Texto por Ana Isabel Arenas Arboleda

Ilustración por Jossi Barbosa

Tal vez me llames exagerada, pero es que ver a un grupo de gente que piensa igual me asusta.

Un universo, un planeta y una chica. Una chica que está inmersa en un mundo que parece grande pero que en realidad es pequeño. Una chica que empezó soñando, viviendo en un universo de palabras y utopías. Una chica con fe, con fe en la humanidad. Esa chica soy yo o, mejor dicho, era yo.

Cuando era niña pensaba en la sociedad como una fuerza de bien. En mi mente las personas malas eran víctimas de los mismos engaños que  —durante lo que conocemos de historia— se repetían en cada período humano. Las venganzas, odios, dolores, humillaciones y pleitos estaban adscritos en nuestras memorias. En la memoria universal que poseemos. Pensaba que el mal podía ser erradicado gracias a la educación y el amor de nuestros padres. ¡Qué sabiduría poseía cuando era niña! Ahora ya no soy esa niña. Todo lo que he visto y oído mengua en mí el deseo de salvar mi país. Mi generación es la razón de mis nuevos pensamientos y desdichas.

La niña que aún vive en mí y que  —por momentos— parece dar su último suspiro, me dice que el mundo puede mejorar y que la generación a la que pertenezco tiene ojos, oídos y corazón. A esa niña ya no le creo. No me parece que mi generación pueda ver, escuchar, entender, razonar y  —mucho menos— sentir. Me siento parte de un grupo de gente que tienen en común la altivez, el deseo de suprimir su consciencia y las ganas de cualquier cambio.

Los de mi generación destruyen, imitan y come de la que ya sabemos. Y les toca duro, les toca pasar depresiones y ansiedades porque no tienen  —o tenemos— esperanza ni principios. Cada que llega una nueva moda ideológica, se desabrochan los cinturones, se quitan los calzones y alzan las manos. La necesidad de pertenecer los  —o nos— mantiene en estado sonámbulo. Todos pensamos igual, todos creemos sentir, todos opinamos, todos somos empáticos.

Todos somos. Es una generación en la que prima lo colectivo sobre lo individual y que prefiere estar segura que libre. Generación rebaño, sociedad homogénea. Lo que más me preocupa de mi generación es la necesidad casi malvada de trasformar.

Todos somos progresistas, todos somos pro ambiente, todos somos el cambio. Todos somos. Tal vez me llames exagerada, pero es que ver a un grupo de gente que piensa igual me asusta. Según teóricos lingüistas y neurólogos hay por lo menos siete maneras diferentes de ver un mismo acontecimiento y que una población similar en edad este de acuerdo con lo mismo, para mí no significa progreso sino retroceso. Esa necesidad de pertenecer hace daño, pero por lo menos nos queda ser parte de un todo ¿no?

El relativismo es otro cáncer de mi generación. Gracias a este no me sorprende la poca educación y la nula capacidad analítica que tenemos. Cada vez más escucho en las aulas respuestas mediocres basadas en el supuesto de la relatividad. No hay argumentación, no hay participación, no hay verdad, no hay realidad. Estos vacíos de lógica se deben llenar, o por lo menos, intentar llenarse. Para no pensar mucho mi generación vive en los tres momentos que describió uno de mis profesores, “sexo, drogas y alcohol”.

Me preocupa nuestro futuro. Como si fuera poco, mi generación no quiere vivir en Colombia, pero  —eso sí— me quiere dejar los sobrados de una democracia republicana. Gracias a frases como “el gobierno debe…” mi país va camino a la esclavitud y la tiranía.

Todos nos queremos ir, todos somos aptos para vivir en libertad. Todos somos. Debido a la perdida de lógica y memoria, en mi generación creemos que el problema es el estado colombiano y no nosotros los colombianos. Pero esta premisa, en pleno siglo XXI, es un acto de suicidio social e ignorancia.

La niña me da esperanzas. A pesar de que creo que la chica es poco fiable e ingenua, es ella quién me permite reflexionar. Cuando soy esa niña me doy cuenta que yo sí quiero generar un cambio positivo, quiero ver bien a mi país, quiero vivir en Colombia. Deseo una nación libre y renovada, solo que no sé qué hacer. La niña me responde que estudie y actúe. Casi todos los días sigo siendo la niña, pero justamente hoy soy la joven que hace parte del todos somos. La joven que extirpa la esperanza de sus ojos y se limita a culpar al gobierno de turno.

Lector, no sé qué hacer. Puedo vivir tranquila haciendo parte del todo o puedo confiar en la realidad, la razón y la verdad. Esto último con grandes consecuencias sociales. Espero que la niña siga siendo niña y si no, deseo encontrar otra niña que me permita volver a creer. Volver a ser. Un universo, un planeta y una chica con fe en el humano, con fe en mi generación.

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