Sobre pensar hasta un grito

Texto por Isabel Cristina Zapata Palacio

Ilustración por Jossi Barbosa

Son inmensos los silencios que pueden abarcan una despedida, pero no somos conscientes de los que guarda una persona.

Desde pequeños nos acostumbramos a sentir la uña que nos enterraba nuestra madre por debajo de la mesa cuando decíamos algo políticamente incorrecto en una conversación familiar. A las mujeres nos enseñaron a callar si un hombre silbaba o decía piropos en la calle porque él era más fuerte y era enfrentarlo, además, porque “el silencio es una mejor respuesta” (frase que sigo cuestionando).

Me enseñaron a ver a mis primos callar su llanto porque “los hombres no lloran”; a no alzar la voz ante un profesor porque de pronto me baja la nota y la coge contra mí; de pequeña me enseñaron que en una conversación de adultos no debía meterme y de grande sigo repitiendo la premisa que no se habla de política ni de fútbol; de la misma manera que en mi carrera de Comunicación Social en la universidad me aclararon que no debo tocar ciertos temas en el periodismo.

Estoy cansada de callar, estoy segura de que por tanto silencio en medio de tantas injusticias fue que aprendí a normalizar el miedo, a caminar de la mano con él, ni siquiera llevándolo en los hombros sino tomándolo como mi amigo. Estoy segura de que si nos criaran con mayor valentía no tendríamos que poner una armadura a las personas para que no conocieran nuestra vulnerabilidad. Estoy segura de que si no me hubieran criado con miedo no habría tenido que esperar más de 10 años para hablar sobre acosos y abusos físicos, psicológicos, laborales y sexuales.

Son inmensos los silencios que pueden abarcan una despedida, pero no somos conscientes de los que guarda una persona. A veces me voy sola a andar Envigado, me siento en un restaurante y solo me dedico a escuchar, acto que hoy en día pocos hacen, incluso acto que creo que deberíamos empezar a practicar de forma manual: estar en un lugar y solamente escuchar qué dicen las personas en sus conversaciones. Puedo ver como siempre uno intenta sobresalir más que el otro en sus silencios, y lo importante que es un silencio para que el ruido deje de fastidiar; fastidio, eso siento al hacer esta práctica.

Repugnancia es lo que me generan ya las primeras citas y el agobiante monólogo que construyen las personas en esa noche, devolviéndome un poco al hecho de que ninguno de los dos se escucha para complementar lo que el otro acaba de decir; cada uno dice lo que piensa y considera sin necesidad de deconstruir su argumento; es decir, ambos terminan proclamando cada uno su monólogo y teniendo que recordarle a los días lo que le había contado, una razón más para no estar con nadie, no turbar mi silencio, no repetir palabras que no fueron escuchadas, no olvidar cada vez que salga con ese hombre su monólogo y mucho menos confundirlo con el de otro hombre.

En una sociedad donde se cría con miedos siento que estos actos son muy valientes y rudos, casi tanto como compartir el silencio y la soledad con alguien; punto donde se es más vulnerable al encontrarse con uno mismo y el sonido hasta de mi propia respiración siendo manual y no automática; punto de quiebre que la otra persona puede tomar como ventaja.

Y este es mi punto de inflexión, lo que pienso sobre las cosas para realizarlas; el miedo que me han hecho tenerle a andar descalza por el mundo dando pequeños pasitos realistas sin dejar lo soñador y el sentirme como una mariposa en una escafandra. Padres, familia y amigos, no los culpo por enseñarme a ser así, pero hubiera preferido nacer y crecer rebelde y sin callar. Porque ser rebelde cuesta; cuesta muchos silencios.

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