¿Por qué? Porque sale barato

Texto por Camila Bettin Escobar

Ilustración por Jossi Barbosa

Muchas compañías —entre ellas, Grupo INDITEX (Zara, Bershka, Forever 21, etc.), GAP inc., Mango, Victoria’s Secret — utilizan una fórmula llamada fast fashion, que consiste en introducir rápidamente en tiendas, a un bajo precio, los diseños más alabados de las pasarelas para volverlos tendencia y acelerar su consumo.

Pero muy poco se habla de las manos que elaboran cada prenda.

Bangladesh, el segundo mayor exportador de ropa del mundo, en donde la industria está valorada en 28.000 millones de dólares (El Mundo, 2018), es un buen ejemplo para comprender el lado macabro de esta industria. Asimismo, es uno de los tantos países donde muchas de las multinacionales textiles tienen sus centros de producción.

¿Por qué? Porque sale barato.

Hay cifras y datos que nos demuestran cómo se mueve la esclavitud desde la producción de ropa. Según un informe de la fundación Walk Free, en 2016 existían aproximadamente 24,9 millones de esclavos modernos en el mundo en situación de trabajo forzoso. Más de la mitad todavía se concentra en países donde la industria textil hace presencia. En el caso de Bangladesh, si bien el salario incrementó de 29 euros en 2013 a 83 euros al mes en 2019, sigue siendo insuficiente para vivir, pues según la última cifra del Banco Mundial su PIB per cápita (2019) es de 1.855,7 US, situándose en la parte baja de la lista. Además, las largas jornadas por este precario sueldo suelen estar en promedio sobre las 15 horas diarias, según la campaña Ropa Limpia.

"Casi ocho millones de menores de 18 años trabajan en Bangladesh; realizan jornadas completas, sin días de descanso y en condiciones infrahumanas"

Recordemos la tragedia de Rana Plaza, un edificio de talleres textiles en Bangladesh que en 2013 se desplomó y causó más de 1000 muertos, suceso catalogado por muchos expertos como el peor desastre de la industria textil en la historia. Como indica la BBC (2015), esta tragedia se pudo evitar cuando los trabajadores reportaron las grietas del edificio, pero, por orden de sus jefes, siguieron trabajando. International Trade Union Confederation (2013) denunció que las enmiendas realizadas a la Ley del Trabajo, posterior a este hecho, siguen estando por debajo de las normas internacionales, pues no proporcionan la suficiente protección a la libertad sindical.

Adicionalmente está el tema del trabajo infantil, según la OIT: “Casi ocho millones de menores de 18 años trabajan en Bangladesh; realizan jornadas completas, sin días de descanso y en condiciones infrahumanas” (El País, 2015). Además, esta organización añade que en este país está permitido trabajar desde los 14 años, lo cual fuerza a los niños a abandonar su educación y recreación para llevar sustento a sus hogares.

En cuanto a las condiciones laborales —además de las extenuantes jornadas—, en el documental The true cost se recopilan testimonios como el de Shima, que habla sobre el hacinamiento, las altas temperaturas dentro de los edificios y la falta de elementos para la protección de la salud en la manipulación de tintes y químicos. Cabe resaltar que la Enmienda

Laboral del 2013 realizó cambios significativos en cuanto a la seguridad, como cláusulas que exigen simulacros cada seis meses, vigilancia, implementación de zonas de primeros auxilios, entre otros. Pese a estos cambios, la enmienda solo modificó casos de seguridad concretos, pero no abarcó casos estructurales, como las horas laborales o el hacinamiento en las fábricas.

Pero, ¿quiénes son los verdaderos culpables?

Esta problemática es polifacética y es muy complejo señalar a las multinacionales como las únicas victimarias, pues existen varios actores que muchas veces no percibimos.

El informe sobre la percepción de la corrupción de Transparency International (2018), sitúa a Bangladesh en el puesto número 149 de los 180 países abordados. “La corrupción es cotidiana en Bangladesh, y sus autoridades están ávidas por atraer extranjeros al sector textil, que ha convertido a mucho político en empresario” (Galarraga, 2013). Podemos relacionar esto con lo dicho por Sharan Burrow, Secretaria General de la CSI, quien afirmó, sobre la Enmienda Laboral del 2013, que los propietarios de las fábricas ejercen presión tras bastidores y en su propio poder político como miembros del Parlamento. Por lo que es bien sabido que las leyes y normas están hechas a la medida de su conveniencia.

Por otro lado, están los capataces, quienes dan las órdenes dentro de estas fábricas al más claro estilo de “quien diga algo lo despido”. La campaña Ropa Limpia documentó testimonios de trabajadores a quienes se les instruía sobre qué responder en las auditorías e inspecciones realizadas por las empresas contratantes. También es importante destacar la represión sobre los sindicatos, evidenciada en los testimonios que presenta The true cost, acerca de las golpizas de los jefes a quienes organizan sindicatos o asociaciones.

“Cuanto más contempla, menos vive; cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad, menos comprende su propia existencia y su propio deseo”, Guy Debord

En el borde de lo cínico tenemos a las multinacionales, que esperan lavarse las manos haciendo auditorías –algunas anunciadas– y diciendo que se esfuerzan «en asegurar que los Derechos Humanos en general –y los derechos laborales fundamentales en particular– sean respetados en nuestra (su) cadena de suministro” (Inditex, s.f), pero son estas mismas las que “corrieron a Bangladesh cuando los costes laborales en China empezaron a subir” (Galarraga, 2013). Todo eso conduce a la presión que ejercen estas compañías por conseguir el menor precio por cada prenda, pues amenazan con comprar en otra fábrica si el propietario no baja los precios.

Por último –y muy difícil de determinar– está el consumidor, envuelto en un ciclo infinito de comprar y botar, que difícilmente se pregunta por las repercusiones ambientales y sociales de sus compras. Si existe conciencia al respecto, esta se enfrenta con la tentación de ver la chaqueta de sus sueños a 40.000 pesos. 

Luego viene la decepción al ver que ese artículo que compró no se le ve igual a los modelos o no se siente feliz como le prometía la publicidad. Guy Debord (1999, apartado 30) describe así la situación del espectador de la publicidad: “Cuanto más contempla, menos vive; cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad, menos comprende su propia existencia y su propio deseo”. Ese deseo inculcado por obtener, sin importar qué, se vuelve una costumbre de la cual no se sale tan fácil, porque nunca se satisface o porque se impone la idea de la felicidad en cosas tan banales.

Solemos subestimar el cambio personal porque creemos que es insuficiente ante un patrón en las masas, pero la realidad es que es más significativo de lo que podríamos imaginar. Si nuestros hábitos de consumo acelerado alimentan este modelo ¿por qué no empezar por nosotros mismos? Considero importante informarse sobre qué marcas funcionan de esta manera, qué materiales usan y quién hace sus prendas. Además, tener en cuenta alternativas como la ropa de segunda mano y el slow fashion, que es un modelo que busca hacerle frente a esta problemática.

Aunque la ropa es “la piel que elegimos” (Orsola Castro, 2013), nos proporciona identidad y dice mucho de quiénes somos, no podemos ignorar que nuestras acciones tienen un impacto sobre el mundo y la era en que vivimos. Por lo que “ahorramos” promoviendo el fast fashion, otra persona paga muy caro con su dignidad humana. Entonces, suelta ya esa camiseta de Zara que dice feminism porque en realidad no empodera a nadie. Ya es hora de que miremos el lado oscuro de las cosas y la moda no es la excepción.

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