Los siete colores de la visibilidad

Texto por Andrea Carolina Rodríguez.

Ilustración por Isabela Muñoz.

 

No puedo cambiar, aunque lo intenté, aún si yo quisiera no puedo cambiar. Macklemore “Same love”

En ese periodo de opresión propia, aprendí que la orientación sexual no es una decisión; así nacimos y lo único que podemos hacer es tener valentía para afrontarlo en una sociedad que te quiere oprimir. 

 

Por mi cabeza solo pasaba una cosa ¿Por qué mi hermano mayor sin antes decir nada, llevó a su novia a la casa?  Así, sin explicaciones, ni confesiones o dramas, sin haber tenido una conversación previa sobre el tema. 

¿Por qué si yo les quisiera presentar a mi pareja el proceso sería diferente?.

 El nueve de diciembre del 2020, a las 6:45pm exploté y le confesé a mi madre que me gustan las personas de mí mismo género. Le dije que para bien o para mal de ella, también sentía atracción por los hombres; de manera diferente, pero la sentía. Hasta el día de hoy me pregunto quién o quiénes tuvieron la grandiosa idea de incorporar el proceso obligatorio, de proclamar públicamente la homosexualidad. O sea, salir del clóset.

 Mi proceso de descubrimiento, en cuanto a la orientación sexual fue diferente. Desde que era una niña  he tenido muy claro que me gustan las mujeres, para mí era completamente normal sentir lo que sigo sintiendo por ellas. De hecho me fue extraño darme cuenta de que me gustaban los hombres y, mucho más sorprendente, fue descubrir que lo que yo sentía por mí mismo género, según la sociedad, estaba mal.

Fue tanta la presión que sentía, que tomé la decisión de no volver  a fijarme en mujeres, en dejar de salir con ellas, en dejar a un lado quien realmente soy. Esto porque según mi voz interna, iba a ser lo mejor para mí. 

En ese periodo de opresión propia, aprendí que la orientación sexual no es una decisión; así nacimos y lo único que podemos hacer es tener valentía para afrontarlo en una sociedad que te quiere oprimir. 

 Valentía, valentía, valentía… eso era lo que me faltaba en aquellos tiempos. Mi ser racional sabía que ignorar el tema no iba a hacer que mágicamente me convirtiera en “hetero”; aun así ignoré eso y puse a todos en primer lugar, antes que a mí. Me importaba más ser la hija que mis papás querían, y en hacerlos felices. Si ellos me han dado tanto ¿Por qué los voy a decepcionar con mi orientación? Ese era un pensamiento recurrente. 

Pero un día, el universo conspiró a mi favor y puso en mi vida a una mujer de la cual me enamoré de manera profunda; ella me ayudó a comprender que estaba bien ser bisexual y que no podía pensar en el qué dirán. Debía pensar en mí. 

Fue gracias a esto que desde los 14 años, con gran orgullo, acepté que me puedo enamorar de las personas sin importar su género, sexo u orientación. 

Sí, desde los 14 años me quité un peso de encima y determiné que desde ese momento en adelante, yo le iba a alzar el dedo del medio a la sociedad y elegir salir con quien mi corazón deseara. 

 Fue justo ahí que empecé a vivir una doble vida, todo el mundo sabía sobre mi orientación, a todos se los comentaba de manera abierta, mis redes sociales también lo expresaban. Desde la puerta de la casa de mis papás hacia afuera, no era un secreto, pero de puertas para adentro nadie sabía nada; eran dos Andreas completamente diferentes. Mentira tras mentira yo inventaba para poder cumplir con una promesa que me hice: salir del closet cuando me fuera a vivir sola.

Durante los cuatro años siguientes, alimenté una mentira que se convirtió en una herida profunda, la cual me hacía llorar todas las noches; cada que hablaba con mi mamá sobre cualquier cosa se formaba un nudo gigante en mi garganta; esto como representación a la necesidad de contarle sobre mi orientación sexual. 

 Espero que seamos la última generación a la cual un constructo social nos obligó a salir del closet, espero que no tengamos más miedo al contarle a nuestras familias sobre nuestra pareja. Es momento de parar con la odisea que se ha creado alrededor de este tema; seguimos siendo personas que lo único que queremos es sentirnos libres de amar. El verdadero daño y pecado, lo hacen las personas que incitan el odio a una comunidad que decidió ser fiel a su verdadero ser.

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